Cruzanoches Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

Capítulo Veinticuatro

E l joven lord Cástor se encuentra debajo de una arquería, ataviado con una finísima chaqueta militar de color escarlata en la que destacan unos relucientes ribetes de oro.

Se ha cortado el pelo, oscuro y rizado como siempre, y mantiene una postura algo más erguida de lo habitual, probablemente derivada de haber pasado tantos meses en alerta.

Cuando su mirada de asombro se cruza con la mía desde la otra punta de la sala, me olvido hasta de respirar.

Todas las emociones que batallaban en mi interior —la ira, la confusión, el dolor— desaparecen de inmediato, y mi primer impulso es soltarme de Henry, bajar corriendo la escalera y tirarme a los brazos de Will; solo deseo que los últimos tres meses queden reducidos a un recuerdo lejano.

Pero, justo cuando empiezo a separarme de Henry, la muchedumbre se dispersa y deja a la vista a dos mujeres con vestidos de noche estridentes, cada una aferrada a un brazo de Will.

La que está a su derecha le susurra al oído coquetamente y, cuando la otra echa la cabeza hacia atrás para reírse, noto un regusto ácido en la garganta.

Will no aparta la vista de mí ni un segundo, ni siquiera cuando las mujeres sufren otro irritante ataque de risa; se limita a observarme con el semblante serio e inexpresivo.

Agarro a Henry con fuerza y miro para otro lado, decidida a cortar esa conexión que se había establecido entre Will y yo.

Me cuesta recuperar el aliento, pues siento que el corazón se me va a salir por la boca.

Quiero seguir avanzando, pero la atención sofocante de la gente me deja petrificada en el sitio.

Tampoco ayuda que Will se haya vuelto prácticamente un desconocido, a pesar de que por fin estamos en el mismo lugar otra vez.

—Henry…

Me giro hacia el chico, que ya está contemplándome con un rastro de empatía en esos ojos negros. No obstante, debajo de ese resplandor hay otro que irradia diablura.

—Si ibas a pedirme ayuda para darle celos a mi hermano, la respuesta es: sí —comenta él con expresión traviesa.

En verdad no tengo claro qué pensaba decirle, pero no reprimo la sonrisa que se me dibuja en el rostro.

A bordo del Crealuz, Owen y yo siempre andábamos tramando argucias y, desde aquel fatídico día en altamar, he tenido la sensación de que nunca encontraría a nadie tan interesado en liarla parda.

Pero, para mi sorpresa, parece que Henry está dispuesto a seguirme el juego: cuando se arrima más a mí de forma descarada, me embarga una ráfaga peculiar de expectación que disipa todo mi miedo.

—Me matará por esto —susurra mientras bajamos los escalones, haciéndome cosquillas en la oreja con el aliento.

La escalera se me antoja infinita. Noto en todo momento el peso de la atención de los invitados, una mezcla de comerciantes locales, aristócratas y dignatarios visitantes.

Todos ellos han venido a conmemorar el inicio de esta era, cuando los cruzanoches se apoderaron del mundo y nos exiliaron al mar.

Aparte de los criados de lady Isabelle, soy la única humana presente en esta velada de cruzanoches, un detalle que ya están advirtiendo ellos; lo noto por la amargura que reemplaza la curiosidad de sus miradas.

No quiero ni imaginar cómo se pondrían si se enteraran de que también soy una pirata; las reacciones que despierta mi mera humanidad bastan para saber que no ocurriría nada bonito.

De todas formas, esta noche voy disfrazada de Aster Wagner, una amiga de Henry llegada de un pueblecito costero llamado Quimera.

Hoy fingiré ser una de las pocas humanas medio libres de Enigma, y haré como si no me hubiera pasado meses añorando a Will.

¿Por qué iba a demostrarle lo contrario, si es evidente que él no siente lo mismo? Ni siquiera se ha tomado la molestia de venir a verme antes de la velada. Mientras que yo he estado esperándolo durante tres meses, él se comporta como si nuestros encuentros hubieran sido insignificantes.

Como si yo no tuviera importancia para él.

«Céntrate, Aster», me reprocho. Acepté asistir a este evento por una única razón: descubrir todo cuanto pudiera sobre el príncipe de Enigma. Y si el capitán Sombra decidiera personarse en la fiesta, pues… no sé qué haré, la verdad.

—Ojalá pararan de mirarme —digo entre dientes.

—Estarán tratando de adivinar qué encantamientos de belleza has usado esta noche —contesta Henry entre risas.

Le pellizco el brazo y digo:

—Deja de ser tan majo conmigo.

Él suelta otra carcajada. Cuando la multitud nos abre paso, diviso brevemente la mirada fulminante que le dedica Will a su hermano.

—Por si no te acuerdas —replica Henry—, esta noche vengo como tu acompañante. Sería un maleducado si no te halagara.

—Creo que lo preferiría —resoplo.

En cuanto llegamos al último escalón, se acerca a nosotros una muchacha esbelta con un vestido rosa pálido, cuyos rizos rojo burdeos parecen botar a cada paso.

—¡Henry! —exclama esbozando una sonrisa de oreja a oreja, aunque a mí me contempla con un asco evidente—. Feliz Día de la Condenación.

—Igualmente, Trudy —contesta Henry sin ninguna emoción. Se pega más a mí, como si yo pudiera ahuyentar a la chica—. Te presento a Aster.

Tenso todo el cuerpo, convencida de que Trudy me reconocerá, de que destapará mi identidad y acusará a Henry de haber traído a una pirata.

Por suerte, esta vez apenas me mira de reojo.

—Encantada —masculla ella sin borrar la sonrisa, lo que le concede un aspecto desquiciado. Una nubecilla de humo le rodea la cabeza, como una aureola hecha de sombras, pero luego reparo en el cigarrillo que sostiene entre los dedos enguantados y me relajo de golpe—. Henry, ¿te gustaría…?

Los invitados vuelven a sumirse en el silencio, y hasta las palabras de Trudy quedan acalladas cuando se gira hacia la entrada del vestíbulo.

Nadie presenta al joven que llega misma parsimonia que si estuviera dando un paseo dominical, con las manos medio metidas en los bolsillos, pero que capta la atención de todos igualmente.

La mansión entera contiene la respiración, de tal manera que los pasos del chico reverberan por el abarrotado espacio a un ritmo inquietante.

El príncipe de Enigma no tiene nada que ver con el monstruo de mis pesadillas.

La chaqueta de militar negra, adornada con ribetes de color escarlata y hombreras doradas que reflejan la luz de las lámparas de gas, resalta su formidable figura.

Me fijo en sus rasgos, que gozan de una cierta finura: tiene una mandíbula fuerte y afilada, unos pómulos prominentes y un tono tostado de piel, debido a los meses que habrá pasado en el campo de batalla y el mar.

Diría que ha venido a caballo, pues lleva revuelta la melena corta que le roza la barbilla, lo que le confiere un toque libertino a la divinidad autoritaria de su aspecto.

Las dos primeras palabras que se me ocurren al verlo son «peligroso» y «mortífero».

El joven escudriña a la multitud con frialdad.

Varias mujeres —entre las que se incluye Trudy Birtwistle— le hacen una reverencia, como si esa fuera la única reacción posible a la aparición repentina de su imponente presencia, pero él las ignora por completo.

A pesar de que todavía se encuentra a varios metros de mí, advierto con claridad el azul reluciente de sus ojos, que parecen brillar con luz propia cuando se posan en… mí.

Santas Estrellas.

El príncipe enarca las cejas, y creo que sus carnosos labios se curvan levemente, pero aparta la vista de mí tan rápido que achaco el momento a mi imaginación.

Tras ajustarse la banda de color rojo sangre, salpicada de medallas, se fija en Will y esboza una sonrisa macabra.

No me había dado cuenta, pero los invitados se han alejado tanto que Henry y yo nos hemos quedado en primera línea, junto con Will y las dos mujeres, que ahora se han arrodillado a sus lados.

—Tendrías que haberme avisado —dice el príncipe con una voz sorprendentemente ligera y agradable. Su acento suena muy poco apropiado para un miembro de la realeza; habla más bien como un plebeyo o incluso…—. Una pirata, ¿eh? Vestida de noche, encima. Y yo que pensaba que ya lo había visto todo…

Se me hiela la sangre. Mi fachada acaba de irse al traste.

Will se desenreda de las mujeres con expresión indescifrable y se encamina hacia el príncipe, plantado en medio del vestíbulo.

Camina a un paso tranquilo, nada descolocado, pero Henry sí que tensa los músculos del antebrazo y se adelanta sutilmente como si quisiera escudarme.

Will carraspea y me mira por el rabillo del ojo, donde me parece detectar un atisbo de dolor y… sorpresa.

—No estaba al tanto de que mi hermano traería de acompañante a la señorita Oberon.

Ha dicho mi apellido real, en vez de Wagner.

Henry esperaba sacar un momento para informar a Will de la identidad falsa que he asumido, pero al final no ha habido tiempo de hablar con él. Ahora que los invitados han descubierto la presencia de una pirata entre ellos, todos me contemplan de nuevo.

La diferencia es que esta vez noto claramente el calor de su odio, como una llamarada tangible que se cierne sobre mí y amenaza con reducirme a cenizas.

—Lo imaginaba —replica el príncipe sin borrar esa sonrisa macabra, que me revuelve el estómago todavía más cuando se vuelve hacia mí.

Les saca una cabeza a los hermanos Cástor, por lo que es mucho más alto que yo. Pero también se mueve con más agilidad que Will, con una elegancia digna de un bailarín profesional, como demuestra cuando me tiende una mano enguantada y… ¿me hace una reverencia?

Alguien suelta un grito ahogado —probablemente Trudy—, aunque el sonido apenas traspasa el torbellino incandescente de mi mente.

Tampoco oigo bien lo que susurra Henry antes de soltarme. No sé cómo, pero acabo rozando el guante sedoso del príncipe y dejo que me estreche la mano con suavidad.

Después me da un beso en los nudillos, y no puedo evitar disfrutar de la reacción consternada de Trudy, que se abanica con la mano como si fuera a desmayarse.

—Esperaba conocerte durante esta visita —murmura el príncipe con los labios casi pegados a mi guante, sin apartar de mí esos ojos azules como el más profundo de los océanos.

Luego se endereza y añade algo más en voz alta, para que todos se enteren—: Es un placer contar con tu presencia en esta velada, señorita Oberon.

Me complace aceptar el título de invitado de honor, pero estoy más que dispuesto a compartirlo contigo, la única humana con el coraje suficiente para venir aquí y demostrar que los piratas pueden… reformarse del todo.

Me sonrojo al escuchar los cuchicheos que se extienden por la habitación como enredaderas espinosas, los susurros que se me clavan como puñales uno a uno. Aun así, el príncipe sigue observándome con mirada desafiante.

—Señorita Oberon —dice con esa picardía que me provoca escalofríos—, ¿harías el favor de concederme el primer baile de la noche?