Cruzanoches Capítulo veintitrés #3
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Capítulo veintitrés #3

Esta noche seré Aster Wagner, hija huérfana de un zapatero de la costa Despiadada.

Según la historia que debo contar para ocultar mi identidad, lord Bludgrave le hizo un préstamo monetario a mi padre, Hans Wagner, con el fin de que montara un negocio cuando yo era pequeña.

Tras el fallecimiento de Hans el año pasado a causa de una enfermedad desconocida, yo me hice cargo del negocio, que ha resultado ser bastante lucrativo.

Si alguien pregunta, vengo como vieja amiga de la familia Cástor.

No obstante, cuando Killian me ayudó a construir el relato, reconoció que los cruzanoches presentes verían mi supuesta libertad como algo insignificante.

Para ellos, la liberación de los humanos no es más que una farsa, una tontería que nadie se toma en serio.

Aunque sea la acompañante de Henry, la mayoría de los invitados me considerarán poco más que un entretenimiento pasajero.

Se me encoge el estómago, pero me recuerdo una vez más que la opinión de los demás no importa. Aunque ellos no conozcan la verdad, yo sé que no soy una mera muñeca cosificada.

Soy todo aquello que temen.

Soy la muerte en forma de espada. O de alfiler, en este caso.

Soy… un pez muy fuera del agua.

—Espera aquí —dice lady Isabelle con tono tranquilizante—. Henry vendrá a buscarte en un momento.

Tengo la boca demasiado seca para hablar, así que me limito a asentir.

En cuanto ella dobla la esquina y baja por la escalera, una especie de mareo se apodera de mí.

Me tiembla todo el cuerpo, y me noto el rostro acalorado.

Doy un paso atrás y me giro en redondo, dispuesta a huir, pero me detengo al oír un silbido de admiración.

—¿Eres tú de verdad, Aster? —pregunta Henry en voz baja, incrédulo.

Me vuelvo hacia el chico, que me contempla con los ojos como platos desde el primer escalón.

—Uf, para de mirarme así —le espeto, sonrojada.

Cuando suelta una carcajada, recuerdo por enésima vez que Henry también estuvo capturado en el Aullido, que lo dejaron a su suerte en un punto aleatorio de la costa y sobrevivió igualmente.

Por extraño que suene, su risa me reconforta; es un sonido que me infunde esperanza y coraje.

Le pego un tirón instintivo a la cinta de raso amarilla que me rodea el cuello, como si el hecho de aflojarla pudiera sacarme de la memoria aquella soga asfixiante.

Henry se arrima un poco más; es tan alto que parece ocupar todo el estrecho pasillo.

Tensa la mandíbula al reparar en las cicatrices de mi cuello, un gesto que borra de su semblante cualquier rastro de diversión.

Me mira a los ojos con el ceño fruncido y abre la boca para decir algo, pero se lo piensa mejor y vuelve a cerrarla.

—Mi hermano es un idiota —comenta al final sacudiendo la cabeza.

Casi me atraganto mientras recoloco el trozo de raso para cubrir las cicatrices de nuevo.

—¿Por qué lo dices?

Esta vez se fija en lo que hay detrás de mí, la puerta de paño verde cerrada.

—No entenderá el verdadero valor de lo que tiene hasta que lo pierda —responde.

Noto otra punzada en el pecho, pero no se debe a que haya mencionado a Will.

—La encontraremos, Henry.

Él asiente levemente y entorna los ojos. Pero luego relaja el rostro, se endereza y me ofrece el brazo.

—Hueles a magdalena —comenta con una sonrisilla en la comisura de los labios.

—¿Se supone que eso es un cumplido? —resoplo al tiempo que me agarro a su brazo.

—No del todo —contesta arrugando la nariz.

Mientras bajamos juntos los primeros escalones, se me ocurre buscar la X que debería llevar tatuada detrás de la oreja, esa marca que señala a los prisioneros del Aullido.

Por desgracia, él se vuelve hacia mí en cuanto doblamos la esquina y salimos al primer descansillo, lo que nos deja a la vista de los invitados de abajo. Hago como si no hubiera estado mirándolo.

—Ya les gustaría a todas estas cruzanoches tener el aspecto que tienes tú hoy —dice con expresión sincera.

Tras esbozar una sonrisilla burlona, añade—: Eso sí que es un cumplido.

Aunque yo en tu lugar no me enorgullecería de ello.

Hay una probabilidad importante de que Trudy Birtwistle intente apuñalarte en algún momento de la noche.

—¿Para poder bailar contigo? —pregunto con una consternación fingida—. Si se diera el caso, nos batiremos en duelo por tu mano.

Henry vuelve a reírse, algo que apacigua la tensión nerviosa de mi estómago. Damos un paso tras otro en dirección al recibidor de la planta de abajo, donde las conversaciones ya rozan lo ensordecedor. Doblamos otra esquina, llegamos al último descansillo y…

Se hace el silencio en todo el espacio.

Nunca había visto tanta gente en el vestíbulo principal de la mansión.

Todos se fijan en mí, pero, en lugar de las miradas de odio que esperaba recibir, percibo una curiosidad tan vívida que casi me tropiezo.

De hecho, algunos de los presentes parecen incluso celosos.

Henry carraspea en voz alta, una señal para que continúe bajando.

Sin embargo, en el mismo instante que levanto el pie para pasar al siguiente escalón, diviso a alguien que me roba el aliento por completo.

Will ya está aquí.