Cruzanoches Capítulo veintitrés #2
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Capítulo veintitrés #2

—Ojalá os hubiera acompañado —lamenta ella maldiciendo entre dientes. Toma una larga tira de raso amarillo y me envuelve el cuello con ella para ocultar las viejas cicatrices—. Me gustaría haber estado allí para clavarle una daga en el pecho a ese cruzanoches.

Pestañeo varias veces, estupefacta. Margaret parecía más dispuesta que nadie a dejar atrás nuestra vida de violencia y matanza.

Sé que no debería hacerlo, pero empiezo a sacarme el guante, con la intención de mostrarle el tatuaje encantado y la promesa de venganza que simboliza.

A fin de cuentas, Jack ya le ha contado más de lo que debería, y Margaret es mi hermana.

Por no mencionar que a ella también le han marcado el brazo.

Si busca venganza, la Orden puede ayudarle a conseguirla.

—Margaret —digo cuando los trazos de tinta negra empiezan a aparecer en mi antebrazo—, necesito contarte…

—¡Sorpresa! —exclama Annie entrando de un salto.

Elsie llega detrás de ella, cargada con un jarrón lleno de flores.

Las dos niñas rompen a reír, claramente animadas por los inminentes festejos de la noche, aunque no hayan empezado aún.

Poco importa que Elsie deba quedarse encerrada en las habitaciones de la planta superior, donde tendrá que escuchar la música y las risas de abajo sin poder participar como Annie.

Vuelvo a subirme el guante hasta el codo. Ya le contaré lo de la Orden por la mañana, después del baile. Con suerte, habré acertado y querrá unirse. Así no hará falta seguir escondiéndole nada de esto, lo cual agradecería. Y quizá también me sirva para sentirme menos… sola.

Tanto Elsie como Annie se detienen y me miran fijamente, boquiabiertas.

—¡Pareces…! —comienza a exclamar Elsie.

—¡… una princesa! —termina Annie por ella.

No puedo evitar que el rubor me tiña la cara. Sin embargo, mientras las niñas adulan el vestido, reparo en las flores que ha traído Elsie y se me encoge el corazón.

—De parte de un admirador secreto —dice ofreciéndome el ramo con expresión traviesa.

—¿Son para mí?

Trago saliva y acepto las flores. Inhalo el aroma dulce y embriagador, que me llena el estómago de mariposas.

Estos lirios híbridos, cuyos pétalos blancos y rosas brillan como ellos solos a la luz dorada de las velas, me descolocan por completo.

Intento recordar lo que me explicó Will de su significado, pero no se me ocurre nada.

De parte de un admirador secreto…

En mi opinión, no era ningún secreto que Will y yo sentíamos…

una admiración mutua, aunque nunca lo reconociéramos en voz alta.

Aun así, estas flores no pueden ser de nadie más.

Y después de descubrir que me mintió sobre muchas cosas, o al menos que no me contó la verdad sobre la Orden de Hildegarda y sus planes, las emociones que me despierta este ramo no son más que una mezcla mareante de ira, confusión y dolor.

¿Cómo se atreve a mandarme flores? ¿Implica eso que ya ha vuelto?

¿Se encuentra en algún lugar de la mansión?

Por lo que sé, podríamos estar a una habitación de distancia.

Creo que voy a vomitar.

—Ay, hija mía —dice la voz de mi madre, lo que disipa las náuseas de mi estómago.

Está junto a la puerta, con el pelo recogido en un moño perfecto.

Echo de menos los rizos salvajes y desbocados que solían enmarcarle las mejillas, así como la sonrisa despreocupada que lucía antes.

La mujer que se me acerca con una cajita de terciopelo no se asemeja a la pirata feroz de mis recuerdos, pero sigue siendo mi madre, fuerte, hermosa y sabia.

Además, el orgullo que se dibuja en sus curtidos rasgos al verme con el vestido hace que me olvide de Will, el sylke y todo lo demás, aunque sea un instante.

—¿Te gusta?

Mi madre sonríe, pero yo no paso por alto el rastro de tristeza que denotan sus labios.

—Naciste para ponerte ese vestido —contesta.

La contemplo con cierta inquietud mientras ella cuenta las estrellas plateadas del escote. Estira el brazo y roza la novena.

—Una para Owen… —susurra, tan bajito que casi no puedo oírla.

Las lágrimas le anegan los ojos azules, pero se aclara la garganta, agranda la sonrisa y abre la caja.

En el interior yacen dos pendientes de perla iridiscentes, que emiten un destello rosado al reflejar la luz de las velas.

Sabía que mis padres cobraban un salario decente, pero no que los Cástor les pagaban lo suficiente para comprar unas joyas tan extravagantes.

Reprimo las ganas de llorar mientras mi madre toma el primer pendiente y lo mete en el agujerito de mi lóbulo; me sorprende que no se haya cerrado todavía.

—Ya está —dice tras colocarme el segundo. Se aparta un poco de mí y me acaricia la mejilla—. Esta noche llevarás contigo una pequeña parte del mar.

Esas palabras me dejan al borde del derrumbe, pero logro aferrarme a mi frágil compostura.

—Gracias —murmuro con voz ronca, luchando contra el nudo de la garganta.

La siguiente sonrisa que esboza me recuerda a Owen, un parecido que se me clava en el corazón.

—Hoy te has superado, querida Margaret —declara lady Isabelle al entrar en la habitación, convertida en la personificación del color carmesí. La tiara que corona el esmerado recogido de su cabello centellea como una galaxia en miniatura. Me tiende un brazo—. ¿Vamos ya, Aster?

Miro de reojo a Margaret, que asiente para infundirme aliento y me quita el ramo de las temblorosas manos.

Por primera vez desde que Killian me regaló sus armas, he de separarme del único medio que tengo para defenderme.

Le supliqué a Margaret que buscara la manera de esconder las dagas debajo del vestido, pero ella asegura que la tela es demasiado ajustada.

Aun así, daría cualquier cosa por llevar atado al muslo un cuchillo de untar, unas tijeras o lo que fuera, algo que me sea útil en el caso de que mi identidad salga a la luz.

Después de las atrocidades que cometieron Percy y sus Sabuesos en pleno centro de Paraíso de Tinta, así como el subsecuente levantamiento contra ellos por parte de los humanos, Killian dice que los cruzanoches se sienten aún más incómodos con mi gente. Si decidieran desahogarse conmigo…

—Aster —susurra Margaret, lo que me saca de mis pensamientos.

Noto que me toca la parte trasera de la cabeza, un gesto que pasa bastante inadvertido.

Me llevo la mano al pelo de la zona, donde Margaret ha insertado un largo alfiler para sujetar el recogido.

Al palpar con los dedos el metal frío y puntiagudo, siento que se me saltan las lágrimas.

Margaret ha encontrado una solución para no dejarme indefensa.

Tengo ganas de besarla en la mejilla, pero no puedo demorarme más.

Respiro hondo, le dedico a mi hermana una sonrisa agradecida y tomo el brazo de lady Isabelle.

—¡Ay, esperad! —exclama Margaret.

Se acerca al tocador y agarra una botella ornamental de color ámbar. A continuación, me rocía de la cabeza a los pies con un perfume avainillado. Se me escapa un estornudo, lo que le arranca una carcajada luminosa a lady Isabelle.

—¿Lista? —pregunta la mujer con una sonrisa cálida.

Asiento de inmediato, para que no se me ocurra cambiar de opinión, y permito que me saque de la habitación.

Cada paso que damos por el largo pasillo retumba al ritmo de mi corazón.

No sabría explicar por qué, pero una parte de mí espera que Will aparezca en cada puerta que dejamos atrás.

Sin embargo, cuando llegamos al final del corredor y oigo las conversaciones amortiguadas de los invitados que ya aguardan abajo, el pulso se me acelera por una razón totalmente distinta.

Esta última semana, he recibido lecciones constantes de etiqueta por parte de Henry, Killian, Jack e incluso la pequeña Annie.

Me han grabado a fuego las normas que debo cumplir en esta velada: «Acepta con elegancia cualquier invitación a bailar.

No bailes más de tres veces con la misma pareja.

No cruces el salón ni entres sin acompañantes.

No te quedes junto a la mesa de la comida».

Me repito meticulosamente cada una de ellas, decidida a aprendérmelas de memoria.

En cualquier caso, el reglamento de un evento como este es la menor de mis preocupaciones, ya que Henry estará ahí para guiarme.

Lo que me carcome las entrañas realmente no es cómo debo comportarme, sino el papel que me toca representar.