Capítulo veintitrés
Capítulo Veintitrés
— E l juicio final… —repite Jack con la boca tensa, pasándose una mano por el pelo. El chico examina el naipe ensangrentado a la luz de la penumbrosa alacena—. Deduzco que el Día de la Condenación implica algo diferente para aquellos que habéis vivido siempre en el mar.
Hace unos días, poco después de que regresáramos de Paraíso de Tinta, Killian me dijo lo mismo.
—A nosotros nos enseñaron que era un día para conmemorar —explico—, un día para recordar la sangre que fue derramada seiscientos años atrás, antes de que nos viéramos obligados a huir.
—En ese sentido es igual para los cruzanoches —comenta en voz baja. Luego, incómodo, se rasca la nuca y añade—: Quitando lo de huir, claro. Pero todo eso del… juicio final…
—Esa parte es cosa nuestra —confirmo con un nudo en el pecho—.
Algunos creen que el Día de la Condenación es una promesa, que el Rey Verdadero retornará un día y juzgará a los cruzanoches que nos expulsaron de nuestras tierras.
Así es como abandonaremos las aguas y recuperaremos lo que nos pertenece por derecho.
—Qué radical —bromea él con las cejas enarcadas.
—Dijo el que pertenece a una organización secreta formada para derrocar a los reyes de Enigma —replico, exasperada—. No eres el más indicado para…
La puerta de la despensa se abre de sopetón.
Le quito la carta a Jack y la meto en el delantal antes de que Margaret la vea.
Ella nos estudia con las manos en las caderas, suspicaz.
A su espalda suena el ajetreo de la cocina, donde mi padre grita una orden tras otra entre el estruendo de las sartenes.
—¿En serio? —pregunta Margaret con cara de incredulidad, mirando a Jack—. ¿No se te ha ocurrido ningún escondite más ingenioso?
—Nunca he fardado de ingenio —bromea Jack levantando las manos en señal de rendición, y después esquiva a mi hermana para salir de la alacena.
—No lo decía por ti —precisa Margaret con labios temblorosos, intentando reprimir una sonrisa.
Profiero un quejido y le ofrezco las muñecas, como si fuera a esposarme y llevarme directa al matadero.
—Venga, no te cortes.
—Más vale que dejéis de pasar tanto tiempo juntos —resopla antes de agarrarme del brazo y sacarme de la alacena—. Ya tengo bastante con un liante melodramático.
—Yo no me considero tan melodramático —masculla Jack.
Cuando Margaret le da un beso en la mejilla, él se sonroja.
—¿Qué eres, entonces? —pregunta mi hermana.
—El favorito de las Estrellas —contesta él con los ojos relucientes, tocando la zona de piel que han rozado los labios de Margaret.
Me aclaro la garganta y digo:
—Prefiero enfrentarme a lo que me espera arriba antes que soportar… esto.
Margaret se pone como un tomate, pero Jack me guiña el ojo. Justo en ese instante, mi padre lo obliga a coger un cuchillo de pelar y lo manda hacia la montaña de patatas. Margaret aprovecha para llevarme a la planta de arriba, directa hacia…
La puerta de paño verde, que está abierta.
La miro de reojo, con el corazón a todo trapo.
—¿A qué viene…?
Mi hermana esboza una sonrisa, aparentemente satisfecha con mi reacción. Entrelaza su brazo con el mío y cruzamos juntas el umbral que separa el corredor para criados y los aposentos de los Cástor.
— Lady Isabelle nos ha dado permiso para usar sus habitaciones esta tarde —explica.
Apenas oigo lo que me dice. Dejamos atrás la primera puerta que hay a la derecha, esa estancia que comparte pared con la mía.
Me obligo a avanzar, pero me cuesta apartar la vista de ese pomo pulido.
Por un instante, no sé si podré reprimir el impulso de entrar a los aposentos de Will.
¿Lo encontraré ahí, tumbado en la cama? ¿Qué aspecto tendrá su lecho?
—¿Seguimos, Aster? —dice Margaret tirando suavemente de mí.
—Sí, perdona —murmuro.
No me atrevo a mirarla mientras continuamos por el pasillo, pero sé que ella me observa.
—¿Estás preparada? —pregunta dándome un apretón en el brazo.
¿Preparada para qué? ¿Para que me quemen con planchas de peinar y me pinten con colorete sacado de unos tarritos delicados?
¿Para meterme en un vestido de seda finísima que cuesta lo mismo que un barco pequeño?
¿Para tirarme la noche agarrada al brazo de Henry en una sala repleta de cruzanoches, donde fingiré ser…
algo diferente a mí misma? ¿Para conocer al príncipe de Enigma? ¿Para ver a Will?
Will… Por alguna razón, creo que podré sobrellevar todo lo que me espera menos su presencia. La mera idea de verlo otra vez me hace sentir…
—Sí —miento, porque la verdad conllevaría darse la vuelta, salir por la puerta de paño verde y no volver a cruzar ese umbral nunca más.
—Eso se queda donde está.
Así suenan las primeras palabras que pronuncio después de que Margaret prácticamente me encadene al taburete del tocador.
No he rechistado cuando me ha empolvado los labios y las mejillas con un discreto maquillaje rosa, ni cuando me ha rizado el pelo y me ha peinado la mitad de la melena en un complejo recogido.
Hasta he aceptado que me curve las pestañas sin lanzarle más que una miradita de protesta.
Pero por aquí no paso: no pienso separarme de la pulsera de Owen, ni esta noche ni nunca.
Margaret retira la mano y asiente. El fuego que brilla en sus ojos me resulta familiar: es la misma mirada que veía en ella cuando luchábamos juntas a bordo del Crealuz.
—Sí, eso se queda donde está.
Suelto un suspiro y noto que la tensión de mis hombros se disipa un poco. A su vez, Margaret cambia la expresión de guerrera curtida por otra de chica traviesa. Saca del armario el portatrajes de cuero, sonriendo de oreja a oreja.
—Ahora viene la parte divertida —me dice.
—¿No te ha bastado con ponerme ese pringue negro en las pestañas? —pregunto con el ceño fruncido.
—Uy, eso ha estado bien, sin duda —responde enarcando las cejas, mientras abre la bolsa y me indica que me gire y levante los brazos—. Pero esto va a ser inolvidable.
Uf. Lo último que necesito en esta vida son más momentos inolvidables.
Cierro los ojos cuando Margaret empieza a meterme el vestido por la cabeza. La tela se desliza por mi piel como si fuera agua, fresca y suave.
Una vez, cuando era pequeña, Lewis y yo oímos a nuestra madre reconfortar a Margaret, que lloraba como una descosida.
Faltaba una semana para el cumpleaños de nuestra hermana, y su único deseo (desde siempre) era ponerse un vestido como los de los libros ilustrados que robaba nuestro padre.
Lewis se pasó los días siguientes trabajando hasta que le sangraban los dedos, decidido a crear un regalo digno con los pedazos de tela que saqueaba de barcos enemigos.
El vestido resultante era una preciosidad tejida a la perfección.
En aquel entonces, solo pude sentir envidia de Margaret.
Por el contrario, cuando abro los ojos y asimilo mi propio vestido amarillo canario, la expresión que embarga el rostro de Margaret en el espejo solo transmite admiración y amor fraternal.
La culpabilidad me estruja el corazón. Estas telas no estaban pensadas para embellecer la piel embarrada y ensangrentada de una pirata como yo.
La que se merece un armario repleto de vestidos como este es Margaret, mi leal y devota hermana, que ya no se atreve a confesar sus propios deseos, por mucho que en el fondo tenga celos.
—Hala —jadea ella.
Me fijo en el espejo de pie y estudio mi propio reflejo. Recuerdo haber pensado que Owen no me reconocería con el uniforme de criada, pero ahora, cuando veo mi pálida figura envuelta en la luz dorada de los majestuosos aposentos de lady Isabelle, soy yo la que no se reconoce.
La tela se ajusta a mi silueta, mucho menos demacrada que en tiempos del Crealuz gracias a la mejoría de mi alimentación, y se derrama hasta los pies como una cascada sedosa de color atardecer.
El tejido amarillo canario, ese tono específico que representa al clan Oberon, lleva varias estrellas de plata bordadas por el amplio escote; nueve, para ser exactos.
Tal y como yo lo pedí: una por cada miembro de mi familia, incluyendo a Owen.
El vestido solo deja al aire los brazos y la zona ahuecada de las clavículas, donde una serie de cicatrices me surca la pecosa piel. Me fijo especialmente en el cuello, en las sutiles líneas blancas que me talló una soga en el pasado…
De repente, Margaret carraspea y me enseña unos guantes largos, a juego con el vestido.
Estiro los dedos para que me meta el primero en una mano.
Mientras me sube el segundo por el otro antebrazo, donde se encuentra mi nueva marca herrada, atisbo la P grabada en la piel de la propia Margaret.
Nuestras miradas se cruzan, y el semblante de mi hermana vuelve a endurecerse.
En un lugar como este, colmado de lujos y belleza, cuesta bastante imaginar a la encantadora Margaret con el rostro manchado de sangre y un alfanje en cada mano.
—Sé que te negarías a llevar los guantes si pudieras —murmura con una sonrisa triste y torcida.
Tras una larga pausa, contesto:
—No me avergüenzo de ser quien soy.
Pero, por primera vez en mi vida, no tengo claro que sea cierto.
Margaret asiente y termina de ponerme el guante, para luego aferrar mi mano entre las suyas.
—Owen estaría orgulloso de ti —dice con amabilidad.
Quiero pensar que lleva razón, que Owen se sentiría orgulloso de saber que estoy luchando por desmantelar el régimen de los cruzanoches, que estoy dando caza a varios secuaces mientras maquino cómo matar al príncipe.
Pero la manera en que Margaret pronuncia el nombre de Owen, con un leve rastro de furia en esos oscuros ojos, me lleva a preguntarme si ella tampoco ha superado la muerte de nuestro hermano.
—Jack me ha contado lo de Dorothy —dice de pronto. Me suelta del todo y sacude la cabeza—. ¿Crees que estará…?
—¿Muerta? —La verdad es que no lo sé—. Por su bien, espero que sí.