Capítulo veintidós #2
—Sé que eres tú, rata asquerosa —me espeta Percy—. ¿Has traído a tus maestros para que terminen la faena por ti?
—Suéltala, Percy —ordena lord Bludgrave—. Se acabó. Todos tus hombres están muertos.
Percy suelta una carcajada tan afilada como un trozo de cristal roto.
—¡Los Sabuesos de Paraíso de Tinta! —grita con tono socarrón.
Se dobla por la mitad, pero no tengo claro si lo hace por dolor o por diversión—.
¿De verdad creíais que prestaba lealtad a una pandilla de fracasados, que ni siquiera han podido hacerles frente a un puñado de humanuchos armados con herramientas de jardinería?
—Varias sombras comienzan a emerger de su cuerpo como tentáculos de humo negro.
Aunque ya no tiene ojos, Percy me mira a la cara con la cabeza ladeada.
Cuando habla de nuevo, la voz agria y gutural que brota de su boca no es la suya—: El Gremio de las Sombras me ha acogido con los brazos abiertos .
El runrún de la sangre en mis oídos queda sustituido por un pitido agudo. Respiro hondo para intentar serenarme, pero el aire de la estancia me resulta árido y abrasador. No había reparado en el hedor a humo, rancio y ceniciento, que ahora me asfixia por completo.
«Está poseído», comprendo con una punzada de pánico. ¿Se habrán dado cuenta ya Henry y lord Bludgrave? Yo soy la única que ve al sylke , pero ¿pueden ellos olerlo? ¿Son conscientes de lo que le está haciendo al otro cruzanoches?
Percy vuelve a hablar, esta vez con su propia voz:
—¿Se encuentra el honorable Henry Cástor con vosotros? —Señala con la barbilla una cajita de madera situada en el tocador más cercano a Henry. Después se lame los labios y esboza una sonrisa amplia y macabra—. Ábrela.
Henry frunce el ceño y le echa un breve vistazo a su padre.
Al final, arrima la mano enguantada a la tapa de la caja, y yo estiro el cuello para ver qué hay dentro.
Se trata de un dedo cortado y sangriento, al que va atado un trozo de terciopelo negro, el lazo que Dorothy siempre se ponía en el pelo.
Pero apenas me da tiempo a vislumbrarlo, pues Henry se abalanza sobre Percy de inmediato.
Lord Bludgrave se interpone entre ellos para impedirle el paso a su hijo.
—Tu mascotita humana es una criatura encantadora —canturrea Percy con expresión vil—. Supongo que iba de camino a reunirse contigo cuando mis hombres la capturaron.
—¿Dónde está Dorothy? —Gruñe Henry. Luego, desesperado, añade—: ¿Qué has hecho con ella?
Percy chasquea la lengua; tiene la frente bañada de sudor.
—Es una vergüenza que los hijos del gran lord Bludgrave retocen con chicas humanas —espeta con el rostro completamente asqueado—.
Pero ¿qué se podía esperar de alguien cuyos padres simpatizan con los humanos y traicionan a su rey, a su propio país?
—Escupe otra vez como si las palabras le supieran a veneno, pero lo que sale de la boca ahora es sangre—.
Sois una deshonra para nuestro pueblo. —Las siguientes palabras las pronuncia la misma voz áspera y gutural de antes, en un idioma antiguo—: Palomi havella dinosh beyan .
Creo que Henry profiere un sollozo igual de inhumano y grave, más digno de una bestia que de un chico.
—Pagarás por esto, Percy. El rey…
Percy suelta una risotada, tan cortante que me encojo.
— Mocoso insolente —dice la voz del sylke .
Los labios del cruzanoches se tuercen hasta revelar unos dientes ensangrentados, y aparta lentamente la pistola de la cara de la niñita—.
El proceso ha comenzado. Ha llegado la hora de que los monarcas y sus reinos se postren ante la única reina verdadera.
El mundo entero se arrodillará ante ella .
Le lanza a lord Bludgrave una reluciente mirada de odio, acompañada de una sonrisa siniestra que le curva las comisuras de la boca.
—Incluso los valerosos Cástor —añade Percy con su propia voz, temblorosa y henchida de una jovialidad homicida.
De un momento para otro, Percy tira a la pequeña por la ventana abierta. Se oye un gritito de sorpresa que retumba en mis oídos, seguido de un crujido acuoso.
Desenfundo la daga casi sin darme cuenta y me lanzo hacia Percy. Se la clavo en el pecho, justo encima del corazón.
No quiero que muera tan rápido.
Percy cae de rodillas cuando arranco el puñal, pero no intenta frenar la incesante hemorragia.
De hecho, estira los brazos como si estuviera dispuesto a aceptar cualquier castigo.
Aunque debería cuestionar esta rendición tan súbita, ahora mismo solo tengo un pensamiento en mente.
Giro sobre mis talones y trazo dos arcos con la daga.
La sangre de Percy me salpica la cara cuando sus manos cortadas aterrizan en el suelo con un golpe seco.
No volverá a tocar a ninguna niña.
Me cambio la daga a la mano izquierda y le asesto un puñetazo con la derecha, en la que brilla el resplandeciente y dorado puño de acero.
Se oye un crujido cuando los huesos de su cara sufren el impacto.
Le pego tantas veces que se me engarrota el brazo, pero disfruto de todo ello: del dolor que me invade el hombro, de la vocecilla que me exige seguir derramando la sangre de Percy, de la furia incandescente y asfixiante que se apodera de mí.
—Aster… —dice alguien, pero no sé quién; el ritmo animalesco de mi corazón me impide oír nada más.
La siguiente carcajada de Percy suena como una ventana al romperse en mil pedazos, y consigue que me frene con el puño en el aire.
— Qué violenta eres, Aster —susurra el sylke , aunque no entiendo cómo logra hablar con el rostro desfigurado de Percy. Me arrimo como si estuviera hipnotizada, en contra de lo que me suplica la parte más racional del cerebro. El sylke chasquea la lengua suavemente—. Igualita a tu hermano .
Esa última palabra es como una cuerda que me arrastra de vuelta a la realidad.
Lo he encontrado: este es el sylke que asesinó a Owen.
Enfundo la daga en el cinturón con rapidez y saco el trabuco sujeto a la cintura. Coloco el cañón entre los ojos ensangrentados e hinchados de Percy y…
— Owen manda recuerdos .
Me quedo petrificada, como si el aire de toda la habitación se hubiera consumido.
—¿Owen? —me oigo gimotear.
Bajo el trabuco justo cuando Henry me agarra por el cuello del vestido y me aparta del sylke de un tirón.
—¡Tenemos que irnos! —grita, pero apenas lo escucho por encima de los crujidos de la madera.
Una viga incendiada se desprende del techo y aterriza en el punto exacto que ocupaba yo hace un instante. Aplasta a Percy por completo.
Pensaba que el olor a humo salía del sylke , pero la densa nube negra que me ahoga y me abrasa los ojos es real. La rabia me tenía tan ensimismada que no me había percatado de que ha estallado un incendio.
A pesar del calor que nos envuelve, las últimas palabras pronunciadas por el sylke todavía consiguen helarme la sangre: «Owen manda recuerdos».
Henry me saca de la habitación y me baja por las escaleras con el fuego en los talones.
—Ha sido un accidente —jadea cuando llegamos a la calle, justo detrás de lord Bludgrave—. Lo siento mucho, padre —masculla tras soltarme, sacudiendo la cabeza con la cara empapada de lágrimas—. No sé qué me ha ocurrido. Creo que… que no podré contenerlo.
—No pasa nada, hijo mío —contesta lord Bludgrave dándole una palmadita en el hombro; después me mira por el rabillo del ojo con expresión inquieta.
Henry se endereza y se vuelve hacia el edificio estirando las manos enguantadas, pero lord Bludgrave lo obliga a bajarlas.
—No —dice de repente con el rostro ensombrecido. Cuando Henry se gira hacia él, confuso, añade—: Deja que arda.
El chico asiente débilmente. Lord Bludgrave vuelve a contemplarme, y la danza de las llamas se refleja en sus ojos.
Le doy la espalda para que no se entere de que lo he pillado, pero no paro de pensar que reconozco esa mirada escrutadora, que busca respuestas para una pregunta que no debería hacerse.
El fuego devora la posada y la reduce a cenizas. Ante el escalón de la entrada se encuentra la niña que Percy tiró por la ventana, empalada en un madero astillado, con la vista fija en el cielo estrellado y un chorrito de sangre entre los labios.
—Henry, no podemos dejarla así —susurro con voz ronca, y decido acercarme a ella.
Él me alcanza un instante después, serio. Seguramente está preocupado por Dorothy, pero aun así vuelve a alzar las manos enguantadas y… vacila.
—¿Qué es eso? —murmura.
Doy un paso más en dirección al cuerpo destrozado de la niña y entorno los ojos para ver lo que ha captado la atención de Henry.
Un naipe descansa sobre la blusa rota de la pequeña, como si alguien lo hubiera colocado ahí después de la caída.
Se trata de una jota de tréboles, pero para mí significa mucho más que eso.
—Es un mensaje. —Recojo la carta, la misma exacta que Owen tenía como amuleto de la suerte, y me la guardo en la manga—. El sylke quiere hacerme creer que mi hermano sigue… —La palabra se me atraganta—. Que sigue…
—Vivo —termina Henry por mí con el ceño fruncido, asintiendo lentamente—. ¿Y te parece convincente?
No contesto.
—Será mejor que apartes la mirada, Aster —sugiere Henry con amabilidad, al tiempo que levanta las manos.
Eso tampoco lo hago, ni siquiera cuando el cadáver de la niña estalla en llamas.
Sí, lo observo todo con atención: Henry se gira hacia la pila de madera desparramada en medio de la calle, donde hace apenas unas horas colgaron a una familia; cuando les prende fuego a los restos de la horca, una columna de humo negro se alza hacia el firmamento.
Mientras tanto, sigo dándole vueltas a la voz del sylke , a las palabras que pronunció en ese lenguaje antiquísimo.
Sé lo que significan, porque Owen me las enseñó. Son las mismas palabras que mi pueblo, la gente de los mares, susurra una vez al año, durante el Día de la Condenación. Durante el día en que el cielo se torna tan rojo como la sangre.
Palomi havella dinosh beyan.
Se avecina el juicio final.