Capítulo veintidós
Capítulo Veintidós
U na ráfaga jubilosa e implacable de satisfacción se propaga por mi pecho.
Margaret y Jack permanecen abrazados en la parte trasera de la carreta, consolándose entre ellos mientras los guardias nos abren la verja. La señora Carroll se adentra en el largo camino de entrada de la mansión Bludgrave, iluminado con faroles.
Sé que no debería sentirme así, que debería acurrucarme con ellos dos, que debería preocuparme por Jack y empatizar con Margaret. Pero, cada vez que noto el escozor de la marca del antebrazo, se me escapa una sonrisa.
Ahora nada ni nadie podrá negar que soy una pirata.
Rozo las empuñaduras de las dagas con las manos, cubiertas de la sangre de los Sabuesos, y recuerdo una y otra vez los alaridos de Percy, que me llenan de orgullo.
La verdad es que no tengo ninguna explicación para la sangre que le brotó de los ojos.
¿Se tratará de algún efecto relacionado con mi maldición?
¿Es posible que mi habilidad para ver a los sylkes me otorgue también la capacidad de infligir semejante dolor?
Sea como sea, el mero hecho de pensar en la hemorragia que le he provocado reaviva esa energía electrificante de mi interior.
Los guardias, Gylda y Hugh, han dado la voz de alarma: para cuando llegamos a la escalera delantera, lord Bludgrave y Henry ya están poniéndose los guantes de piel, y Boris viene de camino con el carruaje motorizado.
Lady Isabelle sale envuelta en la luz cálida y dorada de la mansión e invita a la señora Carroll a tomar un poco de té, mientras que Albert toma las riendas de la carreta.
Una vez que Margaret y yo hemos ayudado a Jack a bajar, Lewis y Charlie nos lo quitan de encima y lo conducen al interior de la casa. Mi hermana los sigue a trompicones. Va susurrándole algo a Jack como si pudiera curarlo con palabras cariñosas.
Killian está recostado en una columna de la entrada, donde se fuma un puro con una expresión indescifrable.
Me saluda con un gesto de la cabeza y yo se lo devuelvo, queriendo mandarle un agradecimiento silencioso por las dagas ocultas en el bolsillo del delantal.
Me parece ver un amago de sonrisa en su rostro, pero el humo de una calada le tapa la cara antes de que pueda fijarme mejor.
Me vuelvo hacia Henry, que va bajando los escalones con parsimonia.
—Pensáis ir allí, ¿verdad? —le pregunto.
Él suspira y se sube el guante de piel hasta la muñeca.
—Mi padre dice que ya le hemos dado bastantes oportunidades a Percy. Ha llegado la hora de imponerles un castigo ejemplar a él y sus Sabuesos.
—Os acompañaré.
—¿Acaso tienes armas? —me dice con cierto escepticismo.
—Soy una pirata, por si no te acuerdas —replico sacando el trabuco de la funda atada a mi espinilla.
—¿Cómo iba a olvidarlo? —Remacha él con una sonrisilla y un brillo macabro en esos oscuros ojos.
Seguimos el rastro de sangre: hay cuerpos tirados por toda la calle, tanto de humanos como de cruzanoches, dejados al alcance de unos monstruosos buitres negros.
La plataforma se ha venido abajo, pero la familia ahorcada todavía yace entre los escombros de la madera destrozada, con la piel azulada y los rostros hinchados como cualquier otro cadáver.
Las manos de Henry parecen emitir electricidad estática, deseosas de acceder al manán de los guantes.
Lord Bludgrave intenta mantener la compostura mientras observa el resultado de la masacre con el ceño fruncido.
Me ha mirado más de una vez a lo largo del trayecto, pero no se ha mostrado en contra de mi presencia.
De hecho, creo que le parece bien: «Percy ha cometido un ultraje contra ti y tu hermana, así que estás en tu derecho de hacérselo pagar», dijo cuando me subí al vehículo.
Aprieto la empuñadura de una de las dagas, sujeta a mi cintura.
Me he quitado el delantal y lo he cambiado por la capa oscura que lord Bludgrave le mandó traer a Sybil.
No es como las capas mágicas de los cruzanoches, al menos que yo sepa, pero me sirve para esconder el cinturón donde he metido las dos dagas y el trabuco de Killian.
Me pregunto qué pensaría Will si me viera así.
¿Echaría de menos a la chica que contrató de por vida en la audiencia o a la chica que solía ser antes del hundimiento del Crealuz?
En cualquier caso, ahora que voy encaminada hacia el peligro con nada más que mi astucia, un par de dagas y unas cuantas balas de acero, siento que vuelvo a ser yo misma, algo que no había ocurrido desde la muerte de Owen.
La posada está medio inclinada a la izquierda y se encuentra entre una carnicería y una herrería, con una fachada que debió gozar de un reluciente tono esmeralda, pero ha quedado reducida a un verde enfermizo.
En menos de media hora, la calle que estaba a rebosar se ha sumido en un silencio absoluto; hasta la luna ha decidido ocultarse entre las nubes.
Cuando el carruaje motorizado termina de aparcar, nos acercamos a la entrada de la posada. La desgastada puerta está manchada de huellas sangrientas.
Lord Bludgrave gira el pomo.
El hedor a muerte me golpea como un maremoto.
Tanto el recibidor como la taberna adyacente están rociados de cadáveres, enterrados debajo de sillas destrozadas y platos rotos.
Al igual que antes, hay una mezcla de humanos y cruzanoches, todos ellos con los ojos y la boca abiertos, como si estuvieran emitiendo un grito inaudible.
Una capa de sangre recubre el suelo entero, lo suficientemente alta para embarrarnos los zapatos.
Se oye un gemido. Me asomo por encima de la barra y encuentro al posadero tirado al otro lado, aferrado al mango partido de la horca oxidada que le atraviesa el cuerpo. El hombre me contempla con la mirada perdida y la barbilla empapada de rojo.
«Es un cruzanoches —me digo a mí misma—. Debería dejarlo morir».
—Por favor —jadea estirando una mano hacia mí.
La sangre, roja como un rubí, ha encharcado las puntas metálicas que tiene clavadas.
A pesar de nuestras diferencias, los cruzanoches y los humanos sangramos de la misma manera.
Este señor podría ser el hermano o el padre de alguien.
Si Owen solo hubiera acabado malherido, ¿habría recibido la ayuda de algún cruzanoches?
¿Habría intentado salvarlo alguien como Will?
—Henry —susurro girándome hacia el chico, que contempla apenado al posadero—, ¿no podrías curarlo?
Él sacude la cabeza con el ceño levemente fruncido.
—Eso no entra en mis habilidades.
A continuación sigue a su padre hacia la escalera, pero yo vacilo. Me arrodillo y le toco la mejilla al hombre, que ya tiene la piel fría.
—Todo irá bien —susurro, aunque no sé si lo digo para calmar su conciencia o la mía.
Lord Bludgrave nos indica que esperemos al pie de la escalera. Se oye un gritito en una de las plantas superiores, tan tenue y roto como el último suspiro de una persona.
Me miro las manos, que podrían pasar por un par de guantes color carmesí.
Al acariciarle la cara al cruzanoches, los dedos se me han llenado de rojo, pero también he sentido la misma ráfaga de poder que noté cuando Percy cayó de rodillas, la misma vitalidad que me embargó la noche que me metí a la fuente.
Si el poder y el control me ponen así… quizá no sea tan diferente de los cruzanoches ni de los secuaces.
Igual soy hasta peor.
Henry y yo vamos subiendo la escalera detrás de lord Bludgrave, y dejamos a nuestra espalda los rellanos de la segunda y la tercera planta.
La madera anticuada y podrida cruje con cada paso que dan ellos, pero no con los míos: equilibro el peso de mi cuerpo por instinto, con cuidado de pasar inadvertida.
«Sigilosa como una ratoncita», pienso con un nudo doloroso en el pecho.
Aprieto fuerte la empuñadura de una de las dagas.
«Parece que la ratoncita vuelve a corretear por la cubierta esta mañana», solía decirle Owen a Margaret cuando yo me acercaba a él por la espalda. Lo recuerdo tan claramente como si estuviera aquí ahora, hablándome al oído: «Cuidado, ratoncita. Si sales en busca de sangre, acabarás encontrándola».
Le ruego a las Estrellas que hallemos precisamente eso: sangre; a poder ser, la de Percy.
Les pido también que me otorguen la fuerza necesaria para arrancarle el corazón de cuajo.
Y si se toman la molestia de concederme su favor, de llevarnos hasta lo que nos ha traído aquí, espero que los Cástor comprendan por fin el significado de la marca de mi brazo: puede que me hayan arrancado del océano, pero las aguas no olvidan, y ellos tampoco deberían hacerlo.
Soy la asesina que temen, el monstruo que acecha entre la oscuridad.
Y cuando encuentre a Percy, no mostraré piedad.
Al final de la última escalera yace un cruzanoches ataviado con una capa negra, de cuyo cuerpo desplomado sobresale la punta de una lanza burda. La luz de una lámpara de gas se refleja en un objeto metálico, y me agacho a inspeccionar el puño de acero que aferra el rígido hombre caído.
Sin pensármelo dos veces, le rompo los abotagados dedos y paso el arma de su mano a la mía. Owen solía usar una igual.
«Solo cuando la cosa se pone personal», habría añadido él.
Y esta noche es uno de esos casos.
Nos detenemos al fondo de la cuarta planta y lord Bludgrave no duda en tirar la puerta de una patada.
Dentro de la habitación, de espaldas a la ventana abierta, se encuentra Percy, con los ojos cerrados y recubiertos de sangre seca.
Tiene sujeta a la niña que vi con él el día que llegué a Paraíso de Tinta.
Solamente la reconozco por su altura y su complexión, pues el resto de sus rasgos han quedado indiscernibles: le faltan mechones enteros de cabello rubio y lleva la cara hinchada y amoratada.
La pequeña suelta otro gemidito, un sonido que se me clava en el corazón como un cuchillo. «Elsie podría haber acabado como ella», pienso. Intento sacármelo de la cabeza, pero no puedo evitar imaginar a mi hermanita en garras de Percy, con una pistola pegada a la mejilla.