Cruzanoches Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

Capítulo Veintiuno

Y a ha caído la tarde en Paraíso de Tinta, y los rayos amelocotonados del sol se derraman suavemente por la tienda de la costurera.

La ventana de la segunda planta da al canal de abajo y deja entrar la agradable brisa de septiembre, que trae consigo el aroma a pan recién hecho de la panadería de la señora Carroll, situada en la acera de enfrente.

—Prefiero el primero de todos —comenta Margaret con los labios fruncidos, inclinando la cabeza de un lado a otro—. Te pegaba más.

Suelto un gruñido de protesta mientras la costurera me desata el enésimo vestido, tan áspero y engorroso como todos los anteriores. Jamás comprenderé que las mujeres cruzanoches se pongan estos armatostes ridículos por voluntad propia.

—Esto es agotador.

—A mí me lo vas a decir… —murmura Jack de espaldas a nosotras, con la vista fija en el papel pintado de flores rosas que recubre las paredes del diminuto probador.

—Me llevo el primero —le digo a la anciana, permitiendo que Margaret me ayude a volver a ponerme el soso vestido negro de siempre.

Nunca imaginé que el uniforme de criada terminaría gustándome, pero la tela de algodón me queda como un guante y me permite moverme con más libertad.

Y también respirar con menos dificultad.

Mientras Margaret y Jack acuerdan el pago y la fecha de entrega con la costurera, recupero el trabuco que había escondido en el delantal y me lo ato de nuevo a la espinilla, agradecida de notar su familiar peso otra vez.

La anciana nos despacha enseguida, encantada de librarse de nosotros, pero manda recuerdos para Lewis; al parecer, visita esta tiendita con más frecuencia de lo que yo sabía.

Empezamos el largo camino de vuelta a la mansión Bludgrave justo cuando el atardecer comienza a bañar las calles de Paraíso de Tinta con su fulgor ámbar, y varios mozos y mozas con las caras embadurnadas de hollín se apresuran a encender las farolas del ajetreado pueblo.

Jack compra una rosquilla frita para compartir entre los tres en un puesto alumbrado con velas, que le cuesta cinco billetes negros y relucientes con un sol escarlata trazado en el centro; son tenores, la moneda de Enigma.

Desde que empezamos a trabajar en la mansión, he visto a mi padre guardarse los rollos de tenores que le va entregando lord Bludgrave, pero yo no he tocado todavía ni uno solo de esos extraños billetes tintados.

Puesto que es mi padre quien se encarga de gestionar las ganancias de toda la familia, no he sentido la necesidad de pedir un sueldo propio.

Siempre ha sido él el que ha adquirido todo lo que necesitábamos, por lo que la mera idea de comprar algo con mi propio dinero se me antoja extraña.

Además, aparte de hacerme con un barco y una tripulación, no se me ocurre nada que pueda interesarme.

—Si llegas a probarte un solo vestido más —masculla Jack con la boca llena de rosquilla—, te juro que habría…

El chico se detiene cuando doblamos la esquina y nos topamos con una muchedumbre agitada. Margaret se tensa a mi lado al reparar en la plataforma que se alza en medio de la calle.

Cuatro sogas cuelgan de la estructura, tirantes por el peso de los cadáveres que sujetan: un hombre, una mujer y dos niños, en cuyas frentes han grabado una P cruenta.

Percy se encuentra al pie de la horca, con el rostro y el cuchillo manchados de sangre.

—Tenemos que dar la vuelta —susurra Jack con un nudo en la garganta.

Pero, mientras que él y Margaret se disponen a marcharse, yo me abro paso entre la multitud. No sé qué es lo que me empuja a hacerlo, más allá del deseo de arrancarle el corazón de cuajo a Percy.

—¡Aster! —sisea Margaret, que intenta agarrarme en vano.

Mantengo la cabeza gacha y me esfuerzo por oír lo que está diciendo Percy, aunque el sonido atronador de mis furiosos latidos me lo pone difícil.

—¡Que esto sirva de advertencia! —grita el cruzanoches—. Cualquier humano que dé refugio a piratas acabará colgado.

—¿Sin un juicio previo? —chilla alguien entre el runrún inquieto de la gente—. Pero el rey dice que…

—¡En Paraíso de Tinta no hay ningún rey! —replica Percy con una sonrisa cruel—. Olvidaos de los juicios. A partir de ahora solo se celebrarán ejecuciones.

La muchedumbre estalla en murmullos de pánico. Unos cuantos cruzanoches asienten en señal de conformidad con el anuncio de Percy y los hombres que lo acompañan, todos ellos ataviados con capas negras. Alguien me aferra del brazo cuando me falta poco para llegar hasta ellos.

—Tenemos que irnos —dice Jack con un tono nada familiar; ya no habla como un mozo de cuadra, sino como un soldado—. Ahora mismo.

Echo un último vistazo a los rostros boquiabiertos de los niños ahorcados y respiro hondo, intentando olvidar el escozor de la soga que ciñó mi propio cuello en su día. Justo cuando me giro para salir de la multitud con Jack, Percy dispara al aire.

—Ah, ya están aquí las ratas inmundas —escupe con una risotada—. Los piratas no podéis resistiros al hedor de la basura, ¿eh?

No me hace falta verlo para saber que se dirige a mí. Al volver la cabeza hacia atrás, me percato de que la gente se ha dispersado a nuestro alrededor: Jack y yo nos hemos quedado al descubierto.

Se me cae el alma a los pies, pues uno de los compinches de Percy ha atrapado a Margaret y le ha puesto un cuchillo en el cuello. Percy sonríe más todavía, lo que deja al aire unos dientes torcidos y amarillentos. Camina hacia mí con parsimonia, pero Jack se interpone entre nosotros.

—Lord Bludgrave no…

Percy le arrea una bofetada con el dorso de la mano, y la sangre de Jack me salpica la cara. El regusto metálico del líquido me inunda las fosas nasales, pungente y empalagoso.

—Mocoso insolente… —Gruñe Percy con expresión desbocada, como si la mera mención de lord Bludgrave bastara para despertar en él una rabia homicida.

Me agarra el rostro de tal manera que me restriega la sangre del pulgar por los labios y la mandíbula.

Se inclina tanto hacia mí que noto el tacto cálido de su alcoholizado aliento, y se me saltan las lágrimas.

Cuando baja la mano de mis mejillas al cuello, hago lo que puedo por no vomitar—.

Tu señorito ya no está aquí para protegerte.

—¿Y quién te protegerá a ti? —replico antes de escupirle en los ojos enrojecidos.

Percy suelta una carcajada macabra y chirriante. A continuación, hunde los dedos en mi melena y me arrastra hacia la plataforma.

—Encima de ser estúpida, estás ciega. —Me tira al suelo y les indica a sus hombres que detengan a Jack.

Lo traen hasta aquí y le pegan un puntapié en la parte posterior de las piernas para que caiga de rodillas—.

Puede que entre los muros de la mansión Bludgrave te sientas segura, pero en estas calles mando yo.

Uno de los compinches de capa negra calienta un hierro sobre unas llamas y se lo entrega a Percy, mientras que otro empuja a Margaret hacia delante y la obliga a estirar el brazo. Percy le remanga el vestido como si estuviera desenvolviendo un regalo.

—Deberíais aclararle a la gente lo que sois —dice con calma, aunque su mirada transmite un odio ardiente y jovial—. Unas piratas asquerosas.

Margaret chilla cuando Percy le pega el hierro a la piel.

Jack se levanta de un salto, pero lo obligan a arrodillarse otra vez de una patada.

Yo no puedo hacer más que contemplar la situación con impotencia, y los gritos de mi hermana siguen retumbando en mi mente mucho después de que Percy aparte el hierro de ella.

Ahora hay una P roja y abrasada en el antebrazo de Margaret, que se desploma entre sollozos.

Jack aprieta los dientes y forcejea con sus captores.

—¡Esto es ilegal! —brama el chico—. ¡Sus nombres están escritos en el Corso del Rey! Han quedado absueltos de sus crímenes.

Percy le hace un gesto a otro de los hombres, que aporrea a Jack con precisión hasta dejarle el semblante hinchado e irreconocible. Además de salirle sangre de la boca, la nariz y los oídos, los párpados amoratados se le han cerrado solos y respira con gran dificultad.

Percy me aferra del brazo, y dos de sus compinches me sujetan por los hombros para inmovilizarme.

Siento que el corazón me va a reventar, pero, cuando el cruzanoches me sube la manga, no hay ni rastro del tatuaje encantado que me hizo Killian.

No pienso gritar. Me niego. Cueste lo que cueste.

El hierro candente me calcina la piel, y me muerdo el labio inferior para reprimir un alarido, tan fuerte que el sabor de mi sangre se mezcla con la de Jack.

Cuando se me nubla la vista, me vienen a la cabeza el trabuco atado a la espinilla y las dagas escondidas en el delantal.

Podría degollar a Percy sin que se enterase.

Por desgracia, sus Sabuesos me tienen rodeada y, por muy rápido que matara a Percy, no llegaría a tiempo para salvar a Margaret y Jack.

—Ya estaría —canturrea Percy retirando el hierro.

El hedor a carne quemada le provoca arcadas a Jack, pero mis sentidos no perciben nada más que el dolor, la ira y la necesidad de derramar sangre.

En realidad, también noto algo aún más intenso, una vibración rítmica y pulsante que me resulta tan familiar como el romper de las olas o las goteras de la cocina del Crealuz, aunque es algo totalmente nuevo.

Pese a ello, reconozco su voz: es la misma que me ha susurrado al son de las mareas desde que tengo memoria.

Percy tira el hierro sin apartar la vista de la marca que me ha hecho. Sus dedos bajan de la P achicharrada al cuero trenzado que me rodea la muñeca.

—¿Y esto qué es?

«Como te atrevas a tocarla, serás tú quien se quede ciego», pienso.

No me muevo ni un poco, pero, en cuanto eso se me pasa por la mente, un chorro de sangre incesante comienza a brotar de los ojos de Percy. Cuando se agarra la cabeza con las manos y profiere un alarido agónico, sus hombres me sueltan de inmediato. Menudos idiotas.

Margaret aprovecha ese momento de distracción para zafarse de sus captores y utiliza el cuchillo con el que la habían amenazado para cortarles el cuello. Mientras tanto, yo saco las dagas del delantal y apuñalo a los hombres que sujetan a Jack, sin darles tiempo para reaccionar.

Margaret lo ayuda a levantarse al tiempo que suenan unos agudos silbatos, seguidos del estruendo de unos cascos.

La señora Carroll, la panadera a la que saludó Will el día que llegamos a Paraíso de Tinta, llega a las riendas de una carreta, con el rostro colorado a pesar del fresco de la tarde.

Cuando nuestras miradas se cruzan, ella pega un respingo y se inclina como si quisiera verme mejor, pero al final pestañea varias veces y sacude la cabeza ligeramente.

Luego vuelve a mirarme, y supongo que esta vez no detecta lo que le había llamado la atención antes, fuera lo que fuera, pues un destello de confusión surca sus rechonchos rasgos.

—Rápido, venid —nos urge, frenando lo justo para que Margaret pueda ayudar a Jack a montarse en la parte trasera de la carreta.

Tras subirme por mi cuenta, enfundo las dagas y las cambio por el trabuco, con el fin de cubrirnos las espaldas mientras nos alejamos por la calle a toda velocidad. No recuerdo haberme sentido tan viva en todo el tiempo que llevo en tierra firme.

Percy sigue chillando y arañándose los ojos ensangrentados, rodeado de sus hombres. Poco antes de que doblemos la esquina, los humanos de la calle se hacen con horcas y otras armas improvisadas y se abalanzan sobre Percy y los Sabuesos. Pese al caos, oigo las palabras que gritan las gentes:

—¡Muerte al rey!