Capítulo veinte
Capítulo Veinte
— T e noto distraída —dice Killian.
El resplandor plateado de la luna baña su negro cabello y todo el invernadero, de modo que Liv y las otras hadas parecen estrellas fugaces que revolotean alrededor del viejo roble.
Han transcurrido dos semanas desde que Henry me invitó al Baile de la Condenación, y el ambiente de la mansión Bludgrave apenas ha cambiado, quitando que los días se han hecho más cortos y las noches más largas con la entrada definitiva del otoño.
El momento más emocionante de cada día consiste en esto mismo, en estudiar con Killian en el invernadero.
Sin embargo, esta noche me cuesta concentrarme: cada palabra que pronuncia parece entremezclarse con la siguiente, un batiburrillo de nombres, datos y fechas que nunca lograré aprenderme.
—Estoy cansada —gimoteo mientras recorro con el dedo un surco de la rama en la que me he sentado.
Killian enarca una ceja y cierra el pesado tomo de piel que tiene en el regazo.
—Vaya, pensaba que la historia de las Tierras Ardientes era un tema bastante entretenido —responde él. Le rasca las alargadas orejas a Dinah, que suelta un suspiro de gusto—. ¿Qué te preocupa?
La búsqueda del sylke .
Mi plan para matar al príncipe.
La misión de derrocar a un reino entero.
Will.
—Nada. —Estampo la cabeza contra el tronco, en un intento de apaciguar la tormenta imparable de mi mente—. ¿Vamos a hablar de cazar secuaces o no?
—¿Qué te parece si charlamos de constelaciones, mejor? —propone él ajustándose los botones del oscuro chaleco a rayas. Es la primera vez que veo al almirante sin su habitual uniforme, y así parece más humano de lo que me gustaría—. ¿O de flores, quizá? Antes te servía.
Fulmino con la mirada el lugar en el que solía tumbarme con Will mientras paso una página tras otra del libro que sostiene Killian.
—Seiscientos años de reyes y reinas. Seiscientos años de guerras. Seiscientos años en los que mi pueblo nunca ha saboreado la libertad —comento—. Ya se han producido otras rebeliones. ¿Qué hace diferente a la de la Orden de Hildegarda?
—¿Has oído hablar de la isla Roja? —pregunta él con expresión inquisitiva, encendiéndose un puro entre los labios.
El corazón me da un vuelco, pero me limito a asentir, esforzándome en aparentar indiferencia.
Antes de seguir, Killian le pega una larga calada al puro y suelta el humo.
—Cuando la guerra llegue a su fin, el trono regresará a manos de los humanos. —Vacila un segundo y me mira de reojo—. Hay quien cree que la corona recaerá sobre una descendiente de Hildegarda, la Madre de las Reinas.
Me estremezco al recordar la corona de místikas que me puso Will, así como las palabras que susurró: «Serías una excelente reina».
Jugueteo con la pulsera de cuero, dándole vueltas alrededor de la muñeca.
—¿Por qué se le llama Madre de las Reinas?
Killian sacude las cenizas del puro y contempla con ojos guiñados las ascuas que caen a sus pies, como si pudieran revelarle algún secreto.
—En un pasado lejano, gobernaba Enigma una reina que creía en la magia, la libertad y la bondad.
Hildegarda era tan feroz como justa, tan sabia como valiente.
Gracias a su pericia para la hechicería, curaba a sus súbditos con métodos milagrosos y los protegía de los mitos más mortíferos, aquellos a los que no osaban enfrentarse ni los guerreros más condecorados.
Contaba con el favor del Rey Verdadero, que mandó a una sacerdotisa elysiana a este mundo para concederle a la reina un poder que solamente él poseía.
El brillo ardiente del puro se refleja en los ojos de Killian, que vuelve a dar otra gran calada. Exhala el humo y me observa con expresión curiosa, envuelto en la pálida luz azul de la luna.
—William me comentó que tu barco se llamaba Crealuz. —Ladea la cabeza, escrutando mi rostro—. ¿Sabías que ese es uno de los nombres de Morana, la reina de los secuaces?
Se me cae el alma a los pies, tan pesada como una roca. Hago un débil gesto de negación.
—Eso no tiene sentido. ¿Por qué iban a elegir mis padres el nombre de una secuaz para nuestro barco?
—Morana no siempre fue una secuaz —revela Killian frunciendo el ceño. Los tentáculos de humo que emanan del puro me resultan hipnotizantes—. De hecho, fue la mano derecha del Rey Verdadero.
El runrún de las hojas es lo único que rompe el silencio. Hasta Liv y las hadas se han callado, atentas a cada palabra que pronuncia Killian.
—Cuando el Rey Verdadero le otorgó una fracción de su poder a Hildegarda, Morana cayó en el pozo de la envidia.
Cruzó las puertas de Elysia para llegar a este mundo e intentó robarle a la reina la magia del Rey Verdadero.
Asesinó a Hildegarda y absorbió el manán de su sangre.
Sin embargo, tras conseguir el poder que tanto había ansiado, el Rey Verdadero le prohibió regresar a Elysia.
Como castigo, condenó a Morana a pasar la eternidad en Kaos, una dimensión henchida de oscuridad y desesperación.
Por desgracia, tu pueblo abrió una entrada a Kaos y liberó a Morana de su prisión.
«Así se formaron las Tierras Ardientes», comprendo. La grieta por la que los secuaces invadieron nuestro mundo. Will me lo contó la mañana posterior al asesinato de los Hackney.
—Pero ¿qué relación tiene todo esto con la isla Roja? —pregunto sin parar de toquetear la pulsera de Owen. La isla Roja era su sueño; no, era el de los dos.
—Hildegarda se anticipó a la furia de Morana.
Poco antes de morir, dio a luz a una heredera y la ocultó en una isla donde supuestamente ningún secuaz podía poner el pie.
Los descendientes de Hildegarda llevan siglos gobernando allí, a la espera del momento adecuado para recuperar el trono que les pertenece.
—Y ese lugar es la isla Roja, ¿no? —susurro con el corazón en un puño.
Killian asiente y continúa:
—No obstante, Morana le robó algo más que su poder. El don que le concedió el Rey Verdadero a Hildegarda iba acompañado de un título.
—Crealuz… —Vuelvo a sentir lo mismo que noté en el tren cuando conocí a Will; es como si una parte de mí se encogiera ante esa palabra.
Pero luego se aviva de nuevo, como si quisiera oír mejor o…
hacerse escuchar—. ¿Y no sería más fácil que la heredera de Hildegarda le arrebatara la magia del Rey Verdadero a Morana? ¿Por qué permanece escondida?
—Para recuperar ese poder, primero habría que extraer el manán del cuerpo de Morana —explica Killian con el rostro compungido, apagando el puro en el tronco del viejo roble—. El problema es que la reina de los secuaces no ha vuelto a poseer un cuerpo desde el día que asesinó a Hildegarda.
Claro, es una sylke : una sombra sin sangre propia. La frustración me trepa por la garganta, amarga y acre.
Killian se saca dos dagas del cinturón, oculto debajo de la chaqueta de lana. Las oscuras hojas de acero emiten destellos iridiscentes de color verde, morado y azul.
—La Liga me ha hecho viajar por todo el Mundo Conocido, desde Kane y Tytón a la República de Ruina.
Durante una travesía de oeste a sur, de Barbarie a Nera, sufrimos un naufragio.
Fui el único superviviente. La familia que me rescató me llevó a su hogar, en las costas de la isla Roja.
Allí me ayudaron a recuperarme y me dieron estas maravillas.
—Me tiende las dagas—. Están hechas de acero elysiano, lo único capaz de desterrar a un sylke .
Agarro una empuñadura con cada mano. Se me encoge el estómago al notar las protestas de los brazos, que han perdido práctica.
Me he vuelto débil sin darme cuenta, pero lo más importante ahora no es eso, sino que por fin estoy un paso más cerca de cumplir el sueño de toda una vida.
Por un momento, me olvido del sylke y del príncipe; lo único que queda en mi mente es la cara que puso Owen aquella última mañana, el brillo que inundó su mirada al mencionar el santuario para piratas donde podríamos ser libres.
Siempre tuvo razón: la isla Roja existe de verdad.
—Entonces… —Trago saliva mientras el corazón amenaza con reventarme el pecho— ¿sabes cómo llegar a la isla Roja?
Algo parecido a la pena surca los ojos del almirante, pero el destello desaparece tan rápido que lo achaco a mi imaginación. Al final, él sacude la cabeza y dice:
—Cuando me recuperé lo suficiente para marcharme, me vendaron los ojos y me dejaron cerca de la costa Despiadada en un bote de remos.
Intento camuflar mi decepción estudiando las dagas gemelas. Los puños están decorados con cuarzos, mientras que los guardamanos tienen forma de alas. Son de una calidad excelente, ligeras pero lo bastante afiladas para cortar hueso. Estas armas pertenecían a mi pueblo, a unos humanos.
—¿Por qué me las das? —pregunto.
Killian contempla el cielo que reluce al otro lado del techo acristalado, y reconozco la manera en que observa las estrellas, como si fueran sus amigas y las conociera todas por su nombre.
—Sé lo que significa esa mirada tuya. No es la primera vez que la veo —responde con expresión grave, sin apartar la vista de las dagas—. Si insistes en recorrer este camino, las vas a necesitar.
Cuando regreso de puntillas a nuestra habitación, pasada ya la medianoche, Margaret sigue despierta.
Apenas me da tiempo a reparar en su rostro bañado de lágrimas antes de que ella me abrace fuertemente entre sollozos y jadeos.
Por mucho que me disgustara separarme de las dagas, me alegro de haber dejado el regalo de Killian en manos de Liv y las hadas, al menos por esta noche.
Si Margaret las hubiera notado escondidas entre mi ropa, me habría hecho preguntas a las que no podría responder.
—No tendría que haber dicho nada de aquello —susurra sin parar de llorar—. Lo siento muchísimo.
Le devuelvo el abrazo con un doloroso nudo en el pecho.
—No pasa nada. Fui yo la que te provocó —contesto acariciándole el pelo.
—Pero yo soy la hermana mayor. Se supone que no debería dejarme provocar —replica ella, a medio camino entre la risa y el llanto. Le tiemblan los hombros, y se mantiene aferrada a mí con gran vehemencia—. No he dormido nada. Solo podía pensar en que te habías marchado y no ibas a volver, y… yo…
—Estoy aquí mismo, Marge. No me iré a ninguna parte —le aseguro.
Ella se separa un poco sin soltarme los hombros y me estudia con expresión suspicaz.
—¿De verdad? —Se sorbe la nariz—. A mí me da la impresión de que todavía no has tirado la toalla.
Abro la boca, pero la cierro de nuevo. Killian me acaba de confirmar que la isla Roja existe.
No se trata de un cuento de hadas, una leyenda ni una mentira que nuestros padres nos permitieron creer: es real.
Podríamos escaparnos allí y vivir en libertad, a salvo.
Lo que más deseo en el mundo ahora mismo es contárselo a Margaret.
Pero no lo hago.
—Tenías razón —elijo decir al final—. La búsqueda de la isla Roja era una fantasía. Esta es nuestra nueva vida.
No obstante, me callo una parte de la verdad: aunque no planeo quedarme aquí para siempre, tampoco me marcharé demasiado pronto.
Esperaré hasta que haya encontrado al asesino de Owen, hasta que le haya atravesado el corazón con una daga al príncipe, hasta que el rey y la reina de Enigma conozcan el nombre de Aster Oberon y teman a la chica que nunca se doblegó ante nada ni nadie, ni siquiera el mar.
Margaret ladea la cabeza y me contempla con esos vidriosos ojos de color zafiro de una manera inquisitiva que solamente podría venir de ella.
Es como si percibiera la esperanza infantil que me ha dominado desde que oí el primer relato sobre la isla Roja, como si ella también la sintiera con la misma intensidad.
Después de esboza una sonrisa desgarradora, colmada de una decepción entendible únicamente para aquellos que se han atrevido a soñar.
—Al menos fue una fantasía bonita.