Capítulo diecinueve
Capítulo Diecinueve
C ontemplo uno a uno a los miembros de mi familia, sentados alrededor de la mesa.
Se ha hecho tarde, pues hemos esperado a que el resto de los empleados se acostaran para cenar juntos.
A bordo del Crealuz siempre lo hacíamos, pero últimamente apenas conseguimos reunirnos unos pocos para tomarnos un bocado.
Aunque me gustaría hablarles de la Orden, el sylke y el cambiante que el Gremio de las Sombras ha enviado para torturarme, sé que ellos no lo entenderían.
Se supone que debo superar el pasado, no aferrarme a él con más fuerza que nunca.
—Echo de menos mis libros —comenta Elsie con los labios fruncidos, removiendo las gachas sin ganas.
—Lord Bludgrave tiene una librería llena de ellos —dice Margaret con un suspiro melancólico—. Es una maravilla.
—Me alegro por él —resopla Albert.
—Parece que alguien está de morros —bromea Lewis revolviéndole el pelo a nuestro hermano menor.
—Lo que estoy es harto de hacer tareas estúpidas —masculla Albert con la boca llena de gachas—. A ver, ¿por qué no podemos probar los platos que padre prepara para los Cástor?
—Albert… —lo reprende nuestra madre, que se mantiene seria y tranquila, como si viera elegancia en el hecho de comer gachas en una habitación fría.
—¿Qué pasa? —replica él. La cuchara produce un estruendo cuando la deja caer en el cuenco vacío—. Nada de esto es justo. ¿Por qué tuvimos que dejar de ser piratas?
—¡Albert! —exclama Margaret en voz baja—. ¡Ya sabes la respuesta!
—¿Seguro? —intervengo yo encogiéndome de hombros mientras deslizo la cuchara de manera distraída por la papilla del plato—. No todos estábamos deseosos de darle la espalda a nuestra vida.
—¿Crees que yo quería acabar así? —contesta Margaret, con una mirada gélida que me hiela hasta los huesos—. Adoraba la vida que teníamos, probablemente más que tú.
Charlie sigue comiéndose las gachas sin quitarnos ojo a Margaret y a mí.
—¿A qué te refieres con eso? —inquiero apretando el mango de la cuchara.
—¡Solo terminamos al alcance de los cruzanoches porque Owen insistió en explorar el Aciago! ¡Porque tú le seguiste el juego a sus… sus… fantasías de encontrar la isla Roja!
—Margaret —dice mi madre con más dureza de la que ha usado con Albert; la diferencia es que él no ha mencionado a Owen, como sí ha hecho ella.
—¡Y todo porque os tragasteis un estúpido cuento de hadas! —prosigue mi hermana con el rostro completamente rojo—. La isla Roja nunca ha existido. Es una leyenda, Aster. Nada más.
Se levanta de sopetón y se aleja corriendo por la escalera.
Bajo la vista a las gachas, con el corazón acelerado.
¿Cómo puede culpar a Owen de lo que nos sucedió?
Él les pidió a nuestros padres que explorasen las regiones más recónditas del Aciago, pero ellos insistieron en que era demasiado peligroso.
En todo caso, deberíamos echárselo en cara a nuestra madre: si hubiera hecho caso a Owen y se hubiera adentrado en el Aciago, no habríamos estado en los límites exteriores de la zona cuando los cruzanoches pasaron por allí.
Nos habríamos escapado de ellos y Owen seguiría vivo.
Se forman varias burbujitas en la superficie de mis gachas, como si fueran a entrar en ebullición.
—Yo no tengo problema con las tareas —comenta Charlie, en un intento poco disimulado de cambiar de tema—. Me distraen lo bastante para no pensar en…
Al ver la mirada punzante que le lanza nuestra madre, se calla y deja caer los anchos hombros.
—¿Para no pensar en Owen? —termino por él.
La ira me invade el corazón, tan vehemente que parto la cuchara en dos con la mano—.
No nos moriremos por pronunciar su nombre, ¿eh?
—Me vuelvo hacia mi madre, que contempla mis gachas con expresión frustrada—.
Se supone que ya no somos piratas, ¿no? Así lo decidió padre al firmar el Corso del Rey.
—Me aparto de la mesa con un empujón—. Owen era nuestro hermano, y me niego a olvidarlo.
Me marcho sin mirar atrás, ni siquiera cuando Lewis me llama con la voz colmada del mismo dolor que yo siento por dentro. Llego enfurecida a la cocina, donde mi padre y Henry trabajan junto a los fogones con las cabezas gachas, haciendo como que no han oído mi berrinche.
Cuando cruzo hasta la puerta y salgo al patio anochecido, Henry me sigue de inmediato.
Hace un mes que nos unimos a la Orden y, por mucho que me haya esforzado en evitar al chico, se pasa las horas muertas en la cocina con mi padre.
Últimamente lo noto diferente; ya no le da un trato agresivo a mi familia.
Es más, el otro día se tomó la molestia de ayudar a Margaret a meter los sacos de harina en la despensa, lo que le consiguió un «gracias» refunfuñado de parte de mi hermana y miradas suspicaces de parte de Lewis y Charlie.
No puedo evitar preguntarme si lady Isabelle le habrá ordenado que me vigile, pero otra parte de mí piensa que simplemente se siente solo sin Will.
He de reconocer que me resulta más tolerable cuando lleva la cara cubierta de harina y el delantal salpicado de grasa.
Aunque sea duro ver a mi padre cocinar con alguien diferente a Owen o yo, creo que les viene bien a los dos.
—Sé a dónde vas —dice Henry, que ya me ha alcanzado.
Las tareas de la cocina le han empapado la frente de sudor, y va comiéndose un puñado de avellanas; cada una que se mete en la boca me saca un poco más de quicio.
—¿Y qué? —le espeto, a punto de estallar.
—El tío Killian te está entrenando, ¿verdad?
—Ahora soy parte de la Orden, ¿recuerdas?
—¿Y? —Se planta ante mí de un salto y me corta el paso—. ¿Te ha enseñado alguna cosa útil?
—Claro —respondo antes de apartarlo con el hombro.
«Muchas más que Will», añado para mis adentros.
En las pocas semanas que llevo reuniéndome con Killian en el invernadero, he aprendido más sobre los secuaces que en todo el mes que pasé con Will.
Por ejemplo, ahora sé que los sylkes huelen a humo, los cambiantes odian el perfume y los gores no pueden andar hacia atrás.
Resulta evidente que Will nunca quiso que yo cazara al sylke , al menos por mi cuenta.
Nuestros encuentros clandestinos no fueron más que una pérdida de tiempo.
¿Cómo pude creer que él veía en mí algo más que una amiga?
Yo misma llegué a desear que nuestra relación fuera a más, cuando en realidad él no pensaba ayudarme.
Me ocultó información clave, como la existencia de la Orden de Hildegarda, sus planes para derrocar al rey y todo lo demás.
Aun así, todavía no tengo respuesta para la pregunta que me tortura cuando intento dormir: ¿qué beneficio pretendía sacar Will de esta situación?
—¿Se puede saber por qué me estás siguiendo?
Henry se encoge de hombros y empieza a masticar otra avellana.
—Así te devuelvo el favor. —Tras un instante, se pone incómodo y añade—: Y, eh…, he oído lo que has dicho antes. Quería asegurarme de que todo iba…
—Estoy bien, Henry. —Subo por la colina en dirección al huerto, cuyos árboles parecen arder: la llegada del otoño ha teñido las hojas de tonos rubí y ámbar, brillantes como las llamas—. ¿Desde cuándo te importo tanto?
—No me importas —replica él con el rostro colorado y un gesto de indiferencia.
—Genial, entonces. Si no tienes nada más que…
—Sí que hay algo más —suelta de repente, y luego se saca un sobre del bolsillo del pecho—. Will me pidió que te diera esto. Y, antes de que me acuses de fisgón, te diré que la ha encantado para que solo puedas leerla tú.
Vacilo un instante. El sobre huele a pólvora. Con los dedos algo temblorosos, saco los papeles doblados que contiene y despliego la carta.
Entre las páginas se encuentra prensado un tallito seco de salvia azul.
«Y esta de aquí significa “estoy pensando en ti”», recuerdo.
Se me acelera el corazón. Por alguna razón, saber que se ha tomado la molestia de escribirme una carta me llena el estómago de culpabilidad.
Yo me he pasado todo el tiempo cabreada con él por haberse marchado; o lo que es peor, cabreada con él por irse sin contarme la verdad sobre la Orden.
Si me atrevo a leer ahora lo que Will necesita decir, cuando todavía existe una posibilidad de que nunca vuelva a casa, puede que el mensaje me atormente para siempre.
Hago una mueca y vuelvo a meter la carta en el bolsillo de Henry sin mirar ni decir una sola palabra, aunque sí me quedo la flor.
—Creía que odiabas a la gente como yo —murmuro acariciando los frágiles pétalos.
—Ya, bueno, eso era antes de que me fueras útil para mantener alejada a Trudy Birtwistle.
—Comprueba que el sobre está bien guardado—.
Hablando del tema… Falta justo un mes para el Baile de la Condenación.
Es un festejo bastante importante. Pasamos toda la noche despiertos para darle la bienvenida al amanecer, y mi madre no repara en gastos.
—No me sorprende —mascullo.
Es curioso que los cruzanoches celebren su victoria del Día de la Condenación en lujosos salones de baile, mientras que nosotros nos habríamos quedado sentados en el húmedo casco de nuestro barco, conmemorando con solemnidad a los humanos que se sacrificaron para defendernos hace seiscientos años.
—En cualquier caso —continúa él aclarándose la garganta—, necesito que alguien me proteja de Trudy y evite que me saque a bailar.
Con un poco de ayuda, podrías parecer algo más que una humana.
—Pone mala cara al reparar en lo insultante que suena eso, como si no hubiera sido su intención ofenderme, pero no se corrige—.
¿Qué me dices? ¿Te apetece hacer una travesura?
¿Va en serio? ¿Quiere que yo asista a un baile con él? No sé exactamente qué cambio ha sufrido estas últimas semanas, pero empiezo a pensar que la causa es que ha perdido la cordura por completo.
—No —respondo.
Tiro al suelo el tallo de salvia azul, que cruje satisfactoriamente cuando lo piso.
—Vengaaaa —lloriquea Henry—. ¿De verdad vas a rechazar la oportunidad de ser la única humana en una fiesta para cruzanoches?
—Sí.
Tras soltar un resoplido, él se detiene y dice:
—Will estará allí.
Me tropiezo al dar el siguiente paso, pero me repongo y sigo andando, decidida a no distraerme del paisaje nocturno que se extiende ante mí.
Henry corre hasta alcanzarme y después continúa avanzando de espaldas, con una sonrisa juguetona dibujada en los finos labios.
—También traerá al príncipe.
—¿Y? —replico con el pulso acelerado.
—Puesss… —canturrea—. La Orden quiere que tú y yo lo vigilemos.
—¿Por qué?
—Corren rumores —responde bajando la voz— de que ese pirata alborotador, el capitán Sombra, se presentará aquí el Día de la Condenación.
—¿Aquí? —repito; el corazón me da un vuelco tan fuerte que casi se me para.
Al ver cómo asiente Henry, deduzco que no sabe nada de la relación entre su hermano y su informante.
—Los contactos de mi padre creen que intentará asesinar al príncipe. Puedes negarte a asistir, por supuesto, pero piensa que tenemos la misión de proteger al príncipe…
Ciertamente. Esa fue la orden oficial que nos trasladaron en la última reunión: el príncipe debe seguir con vida, al menos hasta que se case con la princesa de Barbarie.
Sin embargo, después de oír hablar sobre la crueldad de su familia y el manán que están recolectando de los humanos, preferiría mil veces clavarle un puñal en el pecho.
—Supongo que te debo una —añade Henry rascándose la coronilla—. Gracias a ti, mis padres por fin han permitido que me una a la Orden.
—¿Por qué no te dejaban antes?
—Al parecer, tengo problemas de actitud.
—Quién lo habría dicho.
El chico se come otra avellana abstraídamente mientras contempla los terrenos de la hacienda, como un rey sentado en el trono que le pertenece.
—Jack te llevará a la costurera de Paraíso de Tinta —declara.
Suelto un quejido de protesta y esquivo a Henry de nuevo para entrar en el túnel de manzanos.
—Vale —acepto entre dientes—, pero no esperes que baile.
—¡Quedamos en eso! —exclama Henry a mi espalda.
Aunque la mera idea de pasar una noche entera con él me provoca escalofríos, lo que siento por dentro es una mezcla incesante de miedo y expectación.
El príncipe vendrá a la mansión Bludgrave.
La Orden no me permitirá arrancarle el corazón con un cuchillo, pero al menos tendré una oportunidad única para estudiarlo de cerca.
Él no es una sombra, sino una persona de carne y hueso con puntos débiles, como todo el mundo.
Pienso descubrir hasta el último ellos, para ser la única que sepa cómo matarlo cuando llegue la hora de la verdad.