Cruzanoches Capítulo dieciocho #2
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Capítulo dieciocho #2

El mito hace una especie de reverencia con expresión adusta.

Sus ojos negros transmiten un agotamiento que conozco bastante bien: es la consecuencia de vivir como un fugitivo.

Llevar una vida así le pasa factura al cuerpo, y reparo en las diversas líneas que surcan su joven rostro, envejecido por los años de soledad y miedo.

—Los ataques de gores se han duplicado desde nuestra última reunión —responde Bronmir, cuya voz grave posee una serenidad casi soporífera—.

Y el número de humanos que se une al ejército de los secuaces aumenta cada día.

El Gremio de las Sombras promete resguardarlos del régimen de los secuaces y liberarlos de los cruzanoches. Para siempre.

—Las gentes de Espino no han tenido tanta suerte —añade Tollith jugueteando con el chaleco.

—Tollith se coló en las instalaciones que han construido allí los Caballeros de Sangre para albergar a los rebeldes detenidos —revela Elatha; no se me escapa que ha evitado llamar a lord Bludgrave por su título.

—¿Quiénes son los Caballeros de Sangre? —pregunto.

Esta vez, todos se giran hacia mí.

—Los guardias personales del rey —explica Jack con expresión compasiva—. Unos brutos desalmados.

Tollith asiente y se recoloca las gafas una vez más.

—Tratan por igual a los jóvenes y a los viejos —dice entre escalofríos, y el hombrecillo barbudo que está a su lado le toca el hombro para consolarlo—.

Los tienen en unas condiciones… —Se le rompe la voz y sacude la cabeza—.

Nunca había visto nada semejante. Cada día cavan fosas nuevas para tirar más cadáveres dentro.

—¿Qué opinas tú de las instalaciones, Grendwin? —le pregunta Killian al hombrecillo.

En ese instante, me percato de que es un enano. Él se frota la nariz, redondeada y roja como una cereza, y escupe al suelo.

—Muerte al rey —dice con un acento marcado y cantarín.

—Entiendo lo que sientes —coincide el barón Rencourt esbozando una sonrisa macabra.

Se me acelera el pulso. Hablan de traicionar al rey como si fuera lo más normal del mundo; no huyen de él, sino que pretenden hacerle cara de frente.

Además, puesto que también cuentan con cruzanoches entre sus miembros, pueden infiltrarse en las fuerzas reales y desmantelar el gobierno desde dentro, justo como mencionó Will hace semanas.

—¿Has descubierto algo más? —pregunta Birtwistle.

—Están… —empieza el tejón, pero entonces vacila y me mira de reojo.

—Puedes seguir, Tollith —insta lady Isabelle haciéndole un gesto alentador, a lo que él asiente.

—Todavía no tengo pruebas —susurra con voz ahogada—, pero sospecho que están recolectando manán.

—Santo Creador Absoluto —exclama Jack, totalmente pálido—. ¿No dice la ley que…?

—¿Acaso ha habido algún monarca en la historia que haya acatado sus propios decretos? —resopla el barón Rencourt—. ¡Lo sabía! Pretenden acaparar todas las rosangrías del Castillo Sombrío para ellos solos y forzarnos a los demás a consumir aquello que prohíbe el Rey Verdadero.

Me viene a la cabeza una de mis conversaciones con Will, en la que sacamos a colación el potencial de la sangre humana como fuente de manán para los cruzanoches.

Según él, sería un recurso «valiosísimo», pero me aseguró que la ley lo prohibía.

No obstante, nunca comentó que el rey hubiera construido instalaciones especiales en Espino con el fin de detener y desangrar a los humanos que se sublevaran contra la Corona.

No puedo evitar preguntarme si el manán que emplean los Cástor para impregnar sus capas y guantes también sale de esas…

instalaciones. Se suponía que todas las leyendas sobre cruzanoches que trataban a los humanos como ganado eran falsas, pero…

, si están lo bastante desesperados para saltarse sus propias leyes y desafiar a su venerado Rey Verdadero, la situación debe de estar peor de lo que yo creía.

Mientras yo siga aquí, no permitiré que Elsie y Albert crezcan en un mundo así, donde se les considere poco más que ovejas destinadas al matadero.

—Quiero unirme a vosotros.

Por segunda vez, todos se vuelven hacia mí.

—¿Y qué hay de tu familia? —pregunta lady Isabelle con las cejas arqueadas.

Vacilo un instante al pensar en Margaret, que ahora mismo estará llenando de babas su adorada almohada.

—Han estado luchando por sobrevivir desde que tomaron su primer aliento. Aquí por fin pueden vivir en paz, y no deseo arrebatarles esa oportunidad.

—De acuerdo —acepta ella inclinando la cabeza.

—¿Estás preparada para recitar el juramento? —dice Killian acercándose a mí; ahora recuerda más a un almirante que al pícaro tío de Will.

—Los piratas no hacemos juramentos —replico, mirándolo a los ojos con los hombros enderezados.

—Imaginaba que dirías eso —contesta con una sonrisa divertida; por un momento, es como si tuviera delante a Will.

—Si se niega a recitarlo… —balbucea el barón Rencourt.

—Yo me responsabilizaré de sus acciones —intercede Killian.

Se sube la manga de la camisa para revelar un tatuaje que lleva en el lado interior del antebrazo; se trata de una daga con alas, en cuya hoja hay grabadas dos palabras antiguas: nivim derai .

La imagen se esfuma de repente, pero enseguida reaparece, como si tuviera voluntad propia.

El almirante me tiende la mano, expectante.

—Ya he dicho que no quiero saber nada de juramentos —protesto.

—Esto nos sirve para distinguir a los aliados de los enemigos.

—Señala las antiquísimas palabras del tatuaje y me las traduce—: «En tiempos de necesidad».

Es un mero encantamiento, que solamente pueden ver aquellos que poseen la misma marca, a no ser que nosotros mismos decidamos mostrarla.

Si actúas en contra de la causa, esta marca desvelará tus verdaderas intenciones.

Le echo un vistazo a Jack, que también se sube la manga y me enseña su propio tatuaje. A su espalda, lord Bludgrave me observa atentamente con los ojos entornados.

Aprieto los puños. Todo lo sucedido tras la muerte de Owen se ha escapado a mi control, desde el momento en que nos capturaron hasta nuestras nuevas vidas como criados.

Le prometí que no se apoderarían de mí, pero ya lo he incumplido; y me prometí a mí misma que intentaría superar su muerte por el bien de mi familia, pero no soy capaz.

A pesar de que puedo ver las sombras de los sylkes , no he avanzado nada con la búsqueda del asesino de mi hermano.

Para más inri, el Gremio ha mandado a sus cambiantes para que me atormenten, así que no me queda otra opción: debo acudir a aquellos que cuentan con más recursos que yo.

«Pero no haré ningún juramento», insisto para mis adentros.

No pienso comprometerme con la Orden de Hildegarda; solo utilizaré a sus miembros igual que el Gremio pretende usarme a mí.

Colaboraré con Killian para cazar al cambiante y me aprovecharé de la Orden para derrocar al rey y su linaje entero.

Lo haré por Elsie y Albert, por mis padres, por Margaret, Charlie y Lewis, por todas las personas que estén en nuestra misma situación.

Y por Owen.

Tras remangarme y dejar al aire la pulsera de cuero trenzado, acerco el brazo desnudo a Killian y digo:

—Muerte al rey.