Capítulo dieciocho
Capítulo Dieciocho
E l primer lobo se adelanta de manera acechante, flanqueado por otros dos que gruñen y chasquean las fauces. Me llevo la mano al trabuco de la espinilla, pero Henry no parece preocupado: suspira hondo y me indica que me quede quieta.
—Basta ya —ordena una voz dulce y calmante, que retumba por todo el claro.
Al oírla, los lobos se vuelven dóciles y regresan a su escondite entre los arbustos.
Lady Isabelle se planta ante mí y Henry con las manos entrelazadas.
—Para escuchar a escondidas, más valdría que entrarais —comenta enarcando una ceja.
Henry la sigue al interior como un cachorrito al que le ha caído una regañina, pero yo vacilo antes de cruzar el umbral.
La última vez que estuve aquí, rodeada por el perfume de las flores y los coloridos orbes centelleantes de las hadas, Will me contó que iba a marcharse.
A pesar del grupillo reunido entre las rosas, la ausencia de Will deja el ambiente del jardín frío y desvitalizado.
Sin él, los pétalos se han marchitado y las hadas no irradian la jovialidad de siempre.
—Hablando de la sombra —dice Killian, cuyo tono suena tan tranquilo y afable como el de su hermana.
El hombre se encuentra espatarrado en una de las ramas más bajas del viejo roble, con un tobillo apoyado en la rodilla contraria y un puro entre dos dedos.
Liv está sentada en su hombro, pero, al verme entrar, deja de balancear las piernas y cruza el jardín para pegar la frente a mi nariz, su típico saludo.
—Vaya, parece que aquí te conocen bien —señala el barón Rencourt con cierta amargura.
Liv se yergue sobre mi hombro, se lleva las manos a las caderas y le saca la lengua al anciano barón.
—No se puede decir lo mismo de usted —replico con llaneza, conteniendo una sonrisilla.
Él tuerce el gesto y enarca una ceja.
—¿Esta es la cría, entonces? —murmura mirando de soslayo a lord Bludgrave.
Lady Isabelle esboza una sonrisa dulce, pero la manera en que enseña los relucientes dientes transmite un mensaje de advertencia.
—Se llama Aster —precisa apoyando una mano en mi codo, al tiempo que se interpone entre Rencourt y yo como haría una madre.
El barón Rencourt frunce los regordetes labios en señal de desagrado.
—Señorita Oberon —interviene George Birtwistle, que se acerca con los hombros encogidos como si cargara con un peso invisible.
También se retuerce las manos ansiosamente, un movimiento constante de los dedos que quizá lo ayude a organizar los pensamientos—.
Tus amigos ya te habrán contado los rumores sobre la Orden de Hildegarda, ¿no?
—No tengo amigos —contesto cruzando los brazos.
Henry suelta un resoplido.
—Daría igual que los tuviera —apunta Killian—. Son pocos los susurros sobre la Orden que discurren por Enigma. Ningún humano o cruzanoches que precie su vida se atrevería a mencionar en voz alta lo que ocurrió en Espino.
Espino… El día que llegamos a la costa y nos arrastraron a la audiencia en la plaza del pueblo, uno de los cruzanoches que nos capturaron comentó algo sobre ese lugar.
—¿Qué pasó en Espino? —pregunto.
Pero los demás giran la cabeza hacia la puerta del invernadero, nuevamente abierta.
Contemplo a los recién llegados con los ojos como platos y la boca abierta.
El extraño grupo que se adentra en el jardín parece sacado del libro sobre mitos de Elsie, como si alguien estuviera pasando las hojas para dejar salir a las criaturas.
Una figura con medio cuerpo de mujer y medio de cervatillo cruza el umbral trotando a cuatro patas, seguida de un joven con piernas y cuernos de cabra.
Detrás de ellos viene un tejón con gafas que se ajusta la pajarita del chaleco brocado, claramente nervioso.
Aunque los humanos huyeron al mar, los mitos decidieron quedarse en tierra firme.
Yo creía que ya los habían exterminado, pero todo apunta a que han sabido esconderse mejor aún que nosotros: ahora mismo, en el invernadero de Will, tengo delante de las narices a un puñado de ellos, vivitos y coleando.
No obstante, lo que resulta más sorprendente no es el hombre de medio metro con barba blanca y mejillas sonrosadas que entra después del elegante tejón, sino el chico que aparece en último lugar.
—¡¿Jack?! —exclamo al ver al mozo de cuadra, que cierra la puerta a su espalda.
—¿Aster? —La mirada estupefacta del muchacho pasa de mí a Henry y de vuelta a mí—. ¿Qué haces aquí?
—Eso te pregunto yo a ti.
Me fijo de nuevo en la mujer con una corona de astas que emergen de los mechones ondulados de su larga melena verde. «Es una cervitauro», recuerdo, satisfecha conmigo misma. Seguro que Elsie se sentiría orgullosa de mí.
—Yo… Eh… —balbucea Jack jugueteando con los puños de la camisa, y luego se sacude la tierra del hombro.
—No te preocupes, Jack —dice lady Isabelle antes de volverse hacia mí—.
Aster, querida, durante los últimos siglos, los humanos, los cruzanoches y los mitos han estado luchando hombro con hombro por cambiar las cosas.
Esto —añade señalando al grupo reunido en el invernadero— es una mera parte de una coalición mucho más grande.
—La Orden de Hildegarda, ¿no…? —Fijo la vista en una rosa específica, cuyos brillantes pétalos rojos no se han visto afectados por la partida de Will—. ¿Queréis que mi familia y yo nos unamos a vuestra rebelión?
—No sé si «rebelión» sería el término apropiado —intercede lord Bludgrave, que da un paso al frente con las manos entrelazadas a la espalda. Atisba con nerviosismo a los mitos—. Estamos aguardando el momento oportuno. Si pudiéramos ampararnos en los métodos legales…
—Ya hemos probado todas las posibilidades que ofrece la ley, Silas —interrumpe Killian, cuya voz serena ha adoptado un tono tajante que nunca antes le había oído usar.
Me chirría que se haya dirigido a lord Bludgrave por su nombre de pila, y tardo un instante en comprender que nadie lo había llamado así delante de mí, ni siquiera su esposa.
—La familia Anteres ha tenido esclavizada a la humanidad desde la Caída —continúa Killian—.
Al igual que el resto del Mundo Conocido, han sacado provecho del trabajo, los inventos y los servicios militares de los humanos, pero ni se han planteado ni se plantearán devolverles la libertad.
—Se gira hacia mí con una expresión más amable—.
Nuestro pueblo vino aquí para proteger a los humanos de los secuaces, no para subyugarlos.
Hasta que se repare el equilibrio y los cruzanoches y los humanos unan fuerzas como iguales, los secuaces seguirán plagando este mundo.
—Le da una calada al puro, que lo envuelve en una nube de humo, y se vuelve de nuevo hacia el resto del grupo—.
El reino de Barbarie se ha comprometido a apoyar a la Orden, siempre que su princesa ascienda al trono cuando llegue el momento de ajusticiar a los Anteres.
Hasta entonces, debemos proteger por todos los medios a nuestro príncipe, para que pueda desposarse con la heredera de Barbarie este invierno.
—Mira al barón Rencourt—. ¿Mandaste a tus hombres a vigilarlo?
—Hacen lo que pueden —bufa él—. El príncipe es un cabroncete escurridizo.
No termino de asimilar lo que estoy oyendo. Creía que yo era la única decidida a acabar con el príncipe, pero esta coalición, la Orden de Hildegarda, se ha propuesto el mismo objetivo que yo.
—El Gremio de las Sombras no descansará hasta que el príncipe y la princesa estén muertos y enterrados —grazna Birtwistle—.
Por muchas promesas que Barbarie le haya hecho a la Orden, el acuerdo solo seguirá en pie mientras la princesa esté a salvo.
Por ahora se encuentra bien resguardada entre las murallas del Castillo Sombrío, pero una vez se formalice el matrimonio, nada impedirá que el príncipe la asesine si descubre nuestro plan.
Y, si ella cae, Barbarie se sumará a nuestra lista de enemigos.
Lleva toda la razón. Yo misma empiezo a imaginar qué le haría el príncipe a la princesa si destapase el complot de la Orden contra su padre o la estratagema para entregarle el dominio de Enigma a Barbarie, pero Killian interrumpe mis pensamientos.
—Barbarie ya es un enemigo —precisa mirando a lord Bludgrave con expresión incisiva—.
Pero, ahora mismo, lo necesitamos para nuestra causa.
Cuando el príncipe y la princesa estén casados, ella tendrá acceso a las barreras mágicas que rodean el Castillo Sombrío.
Podrá tumbar las defensas del rey desde la propia capital de Enigma.
Y, con el apoyo de las fuerzas de Barbarie, haremos cosas mucho más útiles que organizar cenitas y jugar a las sociedades secretas en el bosque.
—Eres tan cínico como siempre —protesta lord Bludgrave.
—Si tú hubieras luchado en el frente, quizá también lo serías —le espeta Killian, que se incorpora de la rama y planta los pies en el suelo—.
Lo sucedido en Espino, desde la proclamación pública de la rebelión hasta el aplastante castigo impuesto por el rey, no es más que el principio.
La falta de actuación por nuestra parte…
—¿Cómo que «la falta de actuación»? —Gruñe lord Bludgrave—. Estoy poniendo en riesgo a mi propia familia para…
De pronto, la mujer de cabello verde se aclara la garganta.
—Cuando los rebeldes de Espino pidieron ayuda, fueron los mitos y no los cruzanoches quienes acudieron al rescate de los humanos —dice con voz clara—. ¿Me equivoco, Tollith?
El tejón, Tollith, levanta una de las zarpas para enderezarse las gafas.
—Elatha está en lo cierto —responde con una aguda voz humana.
Yo me muerdo el labio inferior para evitar que se me abra la boca.
Lord Bludgrave se pone colorado y se dedica a examinarse los botones de la camisa.
—No nos hemos reunido aquí esta noche para culparnos entre nosotros —comenta con un profundo suspiro. Después se gira hacia el hombre con patas de cabra—. Bronmir, ¿traes alguna noticia de la costa Despiadada?