Cruzanoches Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

Capítulo Diecisiete

A las semanas de la partida de Will, la mansión Bludgrave organiza una pequeña cena en homenaje a sus vecinos: el barón Rencourt, un hombre fortachón que compensa su falta de cuello con una gran altura, y George Birtwistle, un embajador enclenque de rostro enjuto llegado de Calamidad, conocido entre los empleados como el Comerciante.

Los acompaña la hija de diecisiete años del segundo, Trudy Birtwistle, a quien los criados apodan socarronamente como el Terror de Calamidad.

Según Boris, el reservado cochero de los Cástor, lord Bludgrave y George Birtwistle planean concertar una alianza familiar mediante un matrimonio entre Henry y Trudy, una pareja que suena bastante apropiada a juzgar por el apodo de la muchacha.

Mientras nos encargamos de los preparativos pertinentes, mi madre se comporta como si hubiera sido limpiadora toda la vida, en vez de la capitana de una tripulación pirata forajida, y Lewis hace lo que puede por cumplir como nuevo mayordomo personal de lord Bludgrave; el pobre se pasa el día corriendo de aquí para allá, procurando mantener la postura altanera que va de la mano con el cargo.

En cuanto a mi padre y a mí, nos compenetramos al máximo en la cocina, tan centrados en los cuchillos que no necesitamos levantar la cabeza ni hablar para comunicarnos.

Sybil friega los platos a solas, aún más desdichada de lo habitual, y Jack y Albert abren nueces pecanas sentados en el suelo.

Elsie ha insistido en ver cómo Margaret peina a Annie con algo llamado «planchas», y Charlie —que añora su puesto como contramaestre del Crealuz— ha elegido el día de hoy para reparar un armario de la despensa adyacente a la cocina, lo que pone histérico a Lewis.

—¡No hay tiempo para eso! —chilla—. ¡Llegarán en cualquier momento!

Charlie profiere una sarta de palabrotas entre dientes, pero el silbido de la tetera me impide oír bien la gresca de mis hermanos.

Es una suerte que mis tareas sean cosas repetitivas como cortar zanahorias; de no ser por el golpeteo distractor de los cuchillos, acabaría pensando en la voz que oí en la colina y la oferta que me hizo: «Juntos pondremos de rodillas a todos los monarcas y sus reinos».

Reprimo un escalofrío. Aunque me preocupa lo atrevido que se está volviendo el Gremio de las Sombras, me inquieta todavía más lo tentada que me tiene su proposición.

Estoy convencida de que lo que vi era un cambiante, de que el Gremio me ha espiado el tiempo suficiente para saber lo que opino sobre la realeza, y ahora creen que me pasaré a su bando solo por satisfacer mi sed de venganza.

Pero, si acudo a ellos, estaría traicionando a Owen.

El objetivo principal de mi venganza sigue siendo matar al sylke ; eso no ha cambiado.

Sin embargo, una vez que me haya deshecho del asesino de mi hermano, iré directa a por el príncipe.

Y cuando llegue el momento de arrancarle el corazón con la daga, no necesitaré que me ayude nadie, ni un cruzanoches ni mucho menos un secuaz.

La cena se desarrolla sin incidente alguno, y Lewis y Charlie le comunican a mi padre los muchos halagos que hacen los comensales sobre los platos.

El caos me resulta bastante agradable; es como si volviera a estar en plena batalla a bordo del Crealuz, solo que blando un cuchillo de cocina en lugar de un alfanje.

Cuando los chicos regresan con los platos de postre rebañados, mi padre me despacha con un gesto de la mano.

—Tómate un descanso. Te lo has ganado —dice.

No se lo discuto. Me duele la espalda, me tiemblan los hombros y las manos se me engarrotan con una acción tan simple como limpiarme el chocolate en el delantal.

Para cuando termino de asearme, los Cástor y los invitados ya se han retirado a sus aposentos.

Toda la mansión se ha sumido en el silencio, salvo Sybil y Elsie, que corretean como ratoncitas de una habitación a otra para encender las chimeneas.

En vez de salir a los jardines, aprovecho esta oportunidad para explorar los pasillos desiertos, una idea que no sacia del todo a mi curiosidad.

Recorro el pasillo que discurre por debajo de la escalera con la mano pegada a los intrincados grabados de los paneles de madera, hasta que me topo con un retrato de Will.

Probablemente lo pintaron poco antes de que nos conociéramos, pero en él viste el soso uniforme verde oliva de la Liga, acompañado de una banda negra decorada con diversas medallas.

Lleva los oscuros rizos apartados de los ojos esmeralda, cuyo brillo de diversión es patente hasta en esta ilustración.

A estas alturas ya habrá cruzado mi añorado océano. Por el contrario, yo no tengo otra opción que quedarme aquí a desplumar pollos y picar ajos para festines que nunca podré degustar.

La puerta del vestidor que hay a mi lado se entreabre levemente con un crujido, y noto que algo se mueve entre las prendas del interior.

Acerco los dedos al trabuco que me he atado a la espinilla, pero entonces oigo unos pasos que bajan por la escalera y me giro hacia allí.

No llego a ver quién se encuentra al otro lado de la barandilla, porque una mano me tapa la boca y me mete en el guardarropa de un tirón.

Henry invoca una llamita con la punta del dedo y cierra la puerta, por lo que acabamos encerrados juntos en un espacio estrecho y penumbroso.

A pesar de que siento pena por el joven noble, hace semanas me prometí a mí misma que no volvería a agarrarme desprevenida.

Saco el cuchillo de cocina que guardo siempre en el delantal y lo arrimo a su muslo, preparada para derramar la sangre que haga falta.

Puede que Henry sea capaz de aniquilarme con la mirada, pero hasta el más mínimo gesto de mi muñeca se asegurará de que él también caiga conmigo.

El pánico inunda los ojos del chico a medida que se acercan los pasos. Por el hueco de abajo veo que una silueta se detiene al otro lado de la puerta.

—¿Henry? —susurra una voz femenina entre risitas—. ¿Dónde estás, querido Henry?

Un instante después, la sombra pasa de largo y el sonido de las pisadas se aleja cuando dobla la esquina.

Al ver el cuchillo que le he acercado al muslo, Henry me quita la mano de la boca, irritado. Me dispongo a girar el pomo, pero entonces me aferra la muñeca.

—Hacer esperar a una dama es de mala educación —comento con sequedad.

—Trudy Birtwistle tiene más de sanguijuela que de dama —gruñe él.

—Perfecta para ti, entonces.

—Ahora que lo pienso, será mejor que me mates de una vez —replica, exasperado.

—Qué melodramático eres —canturreo antes de esconder el cuchillo en el delantal—. Suenas igualito a Jack.

—Puaj, las Estrellas no lo quieran —contesta con una mueca de asco, pero me suelta la muñeca. Sin embargo, vuelve a agarrarme cuando tomo el pomo otra vez—. Prométeme que no le contarás dónde me he escondido.

—Uy, ¿por qué te traicionaría yo así? —pregunto con una mano en el pecho, haciéndome la ofendida—. Ni que hubieras intentado… ¿Cómo fue lo que dijiste? ¿Destruirme con una sola mirada?

Me libera de un empujón y tuerce los labios, dolido.

—Qué más da. Mi padre piensa casarme con esa muchacha sin importar lo insufrible que sea. —El odio prende sus ojos y, por un instante, temo que se desahogue conmigo—. Seguramente pienses que me lo merezco.

Aparto la mano de la puerta.

—¿No puedes decidir con quién casarte? —pregunto, recordando la ternura con la que trató a Dorothy la noche que ella encontró a los Hackney muertos.

Él contempla con furia la llama que le arde en la punta del dedo, como si fuera su padre quien la ha encendido.

—Aunque pudiera, la persona que yo elegiría… —Sacude la cabeza, de tal manera que los cortos rizos negros le cubren el ceño fruncido— no es una opción factible.

—Ahora que lo mencionas, ¿qué ha sido de Dorothy? —murmuro al pensar en Sybil, que estaba fregando los platos sola, sin charlar con la otra doncella como de costumbre.

Henry no niega de quién está enamorado; de hecho, parece aliviarle que yo lo haya deducido.

—Anoche recibió una mala noticia —responde con los ojos entornados, suspicaz. Luego le lanza una mirada fulminante al abrigo de piel que se le viene encima, como si fuera un ser vivo en pleno acecho—. A su madre le queda poco. Dorothy cuidará de ella hasta que le llegue el momento.

—Vaya. —Es lo único que se me ocurre.

Dorothy siempre ha dejado claro que no le caigo bien.

Tardó poco en encariñarse con Lewis y la pequeña Elsie, pero nunca ha querido saber nada del resto de mi familia, convencida de que éramos unos piratas despiadados y nada fiables.

Después de lo que vimos la noche del asesinato de los Hackney, se corrió el rumor de que los Sabuesos, la banda de Percy, estaba involucrada de alguna manera.

Aun así, ella siguió tratándome igual, como si se negara a desechar sus sospechas.

Eso no quita que me apene su ausencia, más por el pobre Henry que otra cosa.

—Si le cuentas a alguien lo que crees haber descubierto…

—Me freirás el cerebro, ¿no? —lo interrumpo a la vez que giro el pomo—. No te preocupes, que te guardaré el secreto. Siempre y cuando prometas tratar bien a Margaret.

—Tu hermana no tiene nada que temer —declara quedamente con expresión solemne.

Me pregunto si él también se acordará de lo mucho que cuidó Margaret a Dorothy aquella funesta noche.

Justo en ese instante, la llama se apaga y Henry vuelve a cubrirme la boca. Dos personas más se acercan a paso apresurado, y sus sombras cruzan por delante del vestidor.

—Killian ya está allí con los demás —dice lord Bludgrave en un susurro.

—Un invernadero… —musita el segundo hombre con voz grave y ronca—. No sería de extrañar que los soldados del rey se enterasen de lo que os traéis entre manos.

Cuando hablan de un invernadero, ¿se refieren al de Will, al lugar que se convirtió en nuestro refugio?

— Lady Isabelle ha establecido barreras para impedir que nadie entre en ese claro, a no ser que vaya por invitación mía o de lord Cástor —responde lord Bludgrave con confianza, pero el temblor inquieto de su tono lo contradice—. Además, ya se lo he explicado, lord Rencourt. Contamos con…

—Sí, sí —lo corta el barón—. No me repita más lo de vuestra supuesta arma secreta. ¿Cuánto piensa esperar para desvelarle a la Orden la identidad de esta arma secreta que tenéis escondida?

—No me corresponde a mí revelar el secreto… —comenta lord Bludgrave mientras se aleja, y ya no oigo lo siguiente que dice.

Cuando el sonido de los pasos termina de desaparecer, Henry me suelta por fin y sale del vestidor sin esperar a que yo me reponga. Comienza a recorrer el pasillo, y yo lo imito andando de puntillas.

—No me sigas —susurra mirándome de reojo.

—Vale —suspiro alzando la voz levemente—. Supongo que iré en busca de la señorita Birtwistle y…

Él profiere un quejido y se detiene ante la puerta principal para asomarse al exterior.

—Dichosos piratas… —refunfuña, pero al final me indica que acelere el paso y se pega a la pared para cruzar el jardín con sigilo.

Se para de nuevo al llegar a la esquina de la mansión, y después atraviesa el patio del ala oeste al amparo de los rosales. Tras cerciorarnos de que no hay nadie a la vista, subimos la colina a la carrera, en dirección al túnel de manzanos.

Yo me muevo con la agilidad necesaria, mientras que Henry pisa hojas y ramas cada dos por tres. Cuando nos acercamos al invernadero, el runrún ininteligible de unas voces nos hace frenar. Me agacho y pongo la oreja en la pared de cristal.

—¿… admitir piratas en la Orden? —resopla el barón Rencourt—. ¿Qué vendrá después? ¿Un cambiante?

—Son humanos, milord —contesta lady Isabelle con serenidad, usando un tono amable pero firme—.

Considero que la familia Oberon podría ser una baza importante para nuestra facción.

De todos los humanos que se han comprometido con nuestra causa, ellos tienen más razones que nadie para unirse a esta batalla.

Will me dijo que su familia era diferente, que luchaba contra la realeza desde dentro; esta tal «Orden» debe de ser el núcleo de toda la estrategia.

¿Es por eso por lo que salvó a mi familia de la sentencia que nos deparaba aquella audiencia, de la vida que nos esperaba en alta mar?

¿Qué beneficio pretende obtener la Orden?

Alguien se aclara la garganta.

—Vamos, George, ¡escúpelo de una vez! —exclama lord Bludgrave, animado.

—Discúlpeme, señor. —Apenas capto la vocecilla endeble del embajador, que queda amortiguada por el cristal y el denso follaje—.

Al incrementar la frecuencia del comercio entre Barbarie y Enigma, el rey ha perturbado el equilibrio.

Los humanos que antes se conformaban con las duras condiciones de una vida en altamar se han cansado de tragar con todo.

Nunca tendremos una oportunidad mejor. Por eso coincido con lady Isabelle: si la Orden desea formar una alianza con los piratas, convendría que nuestro bando contara de primeras con el apoyo de unos cuantos de ellos.

El barón Rencourt suelta un resoplido y dice:

—Bueno, ¿y qué se os ha ocurrido para…?

De repente, oigo un gruñido a mi espalda. La luz de la luna me permite vislumbrar unas criaturas de pelaje encrespado, dientes afilados y relucientes ojos amarillos. Las reconozco por los dibujos que vi en los libros de Elsie: son lobos.