Capítulo dieciséis
Capítulo Dieciséis
— A sí —dice Jack, indicándome de nuevo cómo agarrar las riendas de Cáligo.
—Lo he pillado —gruño mientras repaso mentalmente la lista de instrucciones que me ha dado, sorprendentemente corta: «No hagas ruidos fuertes, mantón la calma, siéntate erguida, tira a la izquierda para girar hacia la izquierda y a la derecha para ir hacia la derecha».
El chico aceptó de buena gana darme clases de equitación, pero creo que ha empezado a arrepentirse de ello en algún momento; no sé si ha sido cuando me ha explicado cómo colocar la silla de montar o cómo subirme a ella.
Jack pone cara de exasperación y levanta las manos como si hubiera tirado la toalla.
—Bueno, pues si lo has pillado, mucho estás tardando en empezar —masculla echándose a un lado.
Respiro hondo y espoleo suavemente a Cáligo, que arranca a un ritmo lento y tranquilo. Sujetar las riendas es bastante diferente a ir detrás de Will y confiar en que él se encargue. «¿Cómo pude cometer el error de dejarlo todo en sus manos?», me pregunto con amargura.
La fría brisa del día me agita la melena, y espoleo al caballo una vez más para que pase a trotar.
El plan inicial era cruzar el huerto, llegar al viejo molino que hay en la otra punta de la hacienda y volver aquí.
Sin embargo, seguimos más allá del molino.
Cáligo parece disfrutar tanto como yo del aire fresco y la libertad, así que no me resisto al impulso de urgirle que acelere.
Jack me ha enseñado que «la herramienta principal de un jinete es el equilibrio». Por suerte, pasé diecisiete años enteros en alta mar; mis piernas se fueron adaptando al vaivén de las olas desde el momento en que nací. Mantener el equilibrio no es problema para mí; lo tengo todo bajo control.
De repente, Cáligo suelta un fuerte relincho y se encabrita. Tras aferrarme a las riendas con el corazón en un puño, localizo por el rabillo del ojo aquello que ha sobresaltado al caballo: una sabuesa corre directa hacia nosotros, cruzando el jardín con tanta rapidez que las orejas le aletean.
Cáligo sale disparado hacia el bosque que bordea la empinada pared de un acantilado.
—¡So, Cáligo! —grito en vano.
Noto que se acercan otros cascos retumbantes, tan atronadores como los de Cáligo. El almirante aparece a mi lado montado a lomos de Thea, la unicornio de su hermana, que cabalga al ritmo de mi caballo.
—Tranquilo, chico, tranquilo —le dice con voz amable pero autoritaria, y Cáligo comienza a frenar nada más oírlo.
Nos paramos del todo junto a los límites del bosque. Cuando la sabuesa llega trotando, el almirante ya se ha apeado de Thea y está esperándola con los brazos cruzados, serio.
—Dinah, ¿no te tengo dicho que persigas solo a los de tu tamaño?
—riñe haciendo un gesto de desaprobación.
La perra se detiene con las orejas hacia atrás.
El hombre se arrodilla y permite que le salte a los brazos sin dejar de mover el rabo.
Luego me mira y susurra algo con tono cómplice—: En realidad, no le he enseñado nada por el estilo.
Al fin y al cabo, los perros son expertos en localizar a los secuaces con el olfato.
Abro la boca, pero no me sale ninguna palabra. Relajo las manos y me percato de lo mucho que me escuecen de tanto aferrar las riendas.
—¿Cómo lo ha hecho? —pregunto—. ¿Cómo ha conseguido que frene?
—A decir verdad, es bastante sencillo —responde alisándose la chaqueta.
No es la sosa prenda de color oliva que acompaña al uniforme de la Liga, sino una que luce el verde oscuro representativo de la Casa Bancroft, con un amenazante lobo plateado bordado en el pecho—. Solo hace falta una pizca de magia.
—Entiendo —suspiro, decepcionada.
El almirante se levanta y estira una mano.
—Me llamo Killian.
—Y yo Aster —contesto dándole un apretón.
—Lo sé —comenta con un guiño travieso—. Mi sobrino cuenta que pretendes cazar a un sylke .
Aprieto los dientes para evitar quedarme boquiabierta. Will ya me había avisado de que su tío estaba al tanto de todo, pero no esperaba que Killian sacara el tema con tanta franqueza.
—¿Cómo va la búsqueda? —pregunta con tono despreocupado mientras le acaricia el hocico a Cáligo.
—Regular —reconozco—. Aunque me cruzara con la sombra por casualidad, no tendría manera alguna de matarla.
—¿Te refieres a algo como esto? —Killian se saca un trabuco de la cartuchera y me lo ofrece—. Toma, cógelo.
Lo acepto sin vacilar, deseosa de notar el tacto frío del metal. Mis dedos se adaptan rápidamente al mango del arma de chispa, y todos mis músculos parecen suspirar de alivio.
—En el frente llamamos a esto «aullador» —dice con mirada nostálgica—, porque ese es el sonido que profiere un sylke cuando le metes un balazo entre las cejas.
—Entonces, ¿es posible matarlos?
Él me contempla con cierta perplejidad mientras se rasca el mostacho.
—Solo si han poseído a alguien y si usas balas de hierro elysiano.
Pero a un sylke no se le puede matar del todo; meramente lo mandas de vuelta al lugar del que salió.
—Hace una pausa para fruncir el ceño—. Will me comentó que llevabais un mes siguiéndole la pista a uno.
¿Acaso no te explicó lo que sucedería cuando lo capturaseis?
La vergüenza me forma un nudo en el estómago.
Pienso en todas las noches que pasé con Will en el invernadero, donde casi siempre charlábamos de flores y constelaciones, nada más.
Cada vez que le traía alguna pista, él me prometía que la investigaría.
Pero, por mucho que me describiera diferentes métodos para atrapar a un sylke —con cuerdas de plata trenzada o trampas con carne podrida de cebo—, después siempre se apresuraba a cambiar de tema.
Y yo no insistía más en el asunto, pues estaba demasiado centrada en sobrellevar la pena, en arrimarme a alguien que veía mi habilidad como un don valioso y no una maldición.
He sido una estúpida.
—Comprendo —dice Killian, y luego se encoge de hombros—. Bueno, tiene sentido.
—¿Por qué?
Me guardo el trabuco en el delantal y alzo el mentón, preparándome para soportar otra tanda de verdades dolorosas.
—Pues… —empieza el almirante mientras se sube de nuevo a la montura de Thea—. Si mi sobrino te hubiera contado todo lo que necesitabas saber, él habría dejado de hacerte falta, ¿no?
Después espolea con decisión a la unicornio, que sale galopando.
Me quedo sola en la ladera de una colina, pensando en lo diferente que sería mi vida si no hubiera perseguido a aquel sylke hasta el camarote del capitán, o si no hubiera encontrado a Annie escondida allí, o si le hubiera disparado en vez de perdonarle la vida, o si no hubiera conocido a Will, o si él no hubiera rescatado a Elsie y tratado a mi familia con tanta bondad, o si no me hubiera pedido que lo acompañara al invernadero esa noche, o si no me hubiera quedado aquí.
Pero lo hecho, hecho está.
Y Killian lleva razón: si hubiera creído que Will no me sería de ayuda, habría aceptado la talega que me ofreció Jack sin dudar. Habría huido y no tendría que darle vueltas a cosas como la postura correcta para montar a caballo, las balas elysianas o Will.
Vuelvo a recordarme que no necesito a Will para nada. Ni ahora ni antes. Y, gracias a la información que me ha proporcionado Killian sobre cómo eliminar a un sylke , podré apañármelas sin la ayuda de nadie más.
Una ráfaga de viento frío me sacude la ropa, y siento el impulso de girarme en la silla de montar y mirar atrás.
Ahí está Dinah, que gruñe con voz grave y atronadora mientras le enseña los dientes al viejo molino.
Pero, un instante después, gimotea y corre tras Killian con el rabo entre las piernas.
La niebla emerge del cercano límite del bosque y empapa la colina de humedad.
De un momento para otro aparece… Owen, con una herida chorreante de sangre en el pecho.
Estira la mano hacia mí, contemplándome con unos ojos rojos y brillantes.
Una nube voraz de sombras y oscuridad brota de todo su cuerpo.
Me llevo la mano al trabuco de Killian, preparada para acabar con el cambiante que ha osado adoptar la apariencia de mi hermano. Sin embargo, Owen desaparece en cuanto parpadeo.
Pero luego me llega el susurro de una voz suave y persuasiva: «Juntos pondremos de rodillas a todos los monarcas y sus reinos —me dice—. Solamente tienes que pedirlo».