Capítulo quince #3
—Jack se ha propuesto enseñarme a montar a caballo —le respondo, usando una verdad para enmascarar una mentira. Miro atrás y lo veo a la sombra de Cáligo, como una silueta oscura y solitaria recortada en un mar de hierba plateada—. Empezará a darme clases mañana.
Ya no puedo enseñarle el cuchillo; solo conseguiría que se distrajera durante las penurias que le esperan los próximos meses.
Además, como se marchará mañana, tampoco serviría de nada.
Pero yo seguiré aquí, igual que Owen seguirá muerto.
Y, aunque su tío Killian esté dispuesto a ayudarme, no puedo confiar en él.
Ni siquiera tengo claro que pueda confiar en el propio Will, puesto que ha contado nuestro secreto sin avisarme.
En cualquier caso, con o sin Will, la misión es la misma: pienso atrapar al sylke por mi cuenta.
Un denso manto de niebla cubre toda la hacienda, compuesto de tentáculos ensortijados que se extienden por los jardines y tapan todo cuanto tocan.
Desde el rellano superior del patio interior puedo contemplar el camino de entrada, donde Charlie mete un petate en el automóvil que espera allí.
Pero lo único que deseo es entregarme a la niebla y desaparecer para siempre.
—Si me descuido no te oigo —digo sin apartar la vista de la ventana.
Ni la escalera ha crujido ni la alfombra se ha movido, pero hace mucho que no dependo de sonidos como esos para detectar la presencia de alguien.
—No sé de qué te sorprendes —replica Margaret colocándose a mi lado, y luego me pega un codazo travieso—. A ver quién te enseñó a andar como una ratona.
Mi hermana también se vuelve hacia el camino de fuera, donde ya se han reunido los Cástor para despedirse de Will. Observa con especial interés a Jack, sentado al volante.
—Pero tú sí que no eres tan sigilosa como crees —murmura con una mirada cómplice, enarcando las cejas—.
Por las noches, cuando despierto y tú no estás en la cama…
no me cuesta mucho deducir dónde has ido.
Veo cómo te mira. —Al igual que yo, ahora se fija en Will, que abraza a su tío con su nuevo uniforme militar verde.
Mi hermana sonríe tristemente cuando el chico se arrodilla para rascarle las orejas a la sabuesa de Killian—. Y también cómo lo miras tú a él.
—Ya no importa —respondo, sonrojada—. Puede que no vuelva nunca.
—¿Y si lo hiciera? —insiste ella, acariciándome el brazo con el mismo cariño y consuelo que nuestro padre.
Contemplo a Will mientras se despide de Henry, que le devuelve el abrazo con más fuerza de la que cabría esperar.
Cuando se separan, Will se gira hacia la mansión y escudriña hasta la última ventana con el rostro apenado.
Me escondo detrás de una cortina inmediatamente, y Margaret me imita.
Al final, él se rinde y le dice un último adiós a su familia, para luego subirse al automóvil.
Cuando Charlie se dispone a cerrar la puerta del vehículo, Annie salta de los brazos de su madre.
Tanto Margaret como yo nos ponemos en tensión, pero lo único que hace la niña es aferrarse a la pierna de Will, inconsolable, y nosotras dos soltamos un suspiro de alivio.
No sé por qué esperaba que le clavara el cuchillo ensangrentado en el pecho, si lo he guardado en el baúl que tengo a los pies de la cama.
Pero… ya no sé qué pensar. Mientras no pueda confirmar que el Gremio de las Sombras no está controlando a Annie de alguna manera, debo mantenerme en guardia.
Lord Bludgrave toma a Annie, y Will levanta la mirada de nuevo. Esta vez sí que me divisa junto a la ventana, lo que me deja petrificada. Abre la boca como si fuera a decir algo, pero la puerta del automóvil se cierra y me impide verlo.
El vehículo parte hacia la verja de hierro que hay al final del camino, y el odio que siento por el príncipe de Enigma se transforma en algo más cruel y asfixiante: me entran ganas de apuñalarlo, de hacer que se desangre por arrebatarme a Will.
Pero, por mucho que odie al príncipe, detesto todavía más al propio Will por aceptar marcharse.
—No pienso hacerme ilusiones —contesto, y luego le doy la espalda a la ventana y a Will.
Dejo atrás a mi hermana y bajo corriendo por la escalera, en dirección a la cocina.
Allí se encuentra mi padre, atareado con los preparativos del desayuno.
Me ha concedido la mañana libre; al igual que Margaret, él también habrá intuido que quería despedirme de Will aunque fuera desde lejos.
Ahora inclina la cabeza para saludarme, con el rostro colmado de compasión.
En ocasiones, cuando lo miro, veo a Owen en esos ojos bondadosos que tanto se parecen a los de mi hermano, lo que me rompe el corazón por enésima vez.
Cruzo la puerta a toda prisa y salgo al patio. He sido una estúpida por confiar en Will, por alejarme tanto de todo lo que conozco. Mi lugar no está en tierra firme: solamente el mar podría aliviar esta rabia que siento; solamente las aguas podrían curarme las heridas.
Aunque le prometí a Owen que los cruzanoches no se apoderarían de mí, luego me convencí a mí misma de que debía quedarme aquí por el bien de mi familia, así como para encontrar al sylke y vengar a mi hermano.
Sin embargo, ahora que Will se ha marchado, he de reconocer que nada de eso era cierto.
No solo he incumplido la promesa que le hice a Owen, pues dejé que los cruzanoches me sacaran del mar y me tomaran de criada, sino que también he olvidado quién soy realmente.
Pero eso se acabó.
Soy Aster Oberon, pirata del mar del Oeste.
Ni necesito la ayuda de nadie ni pienso postrarme a los pies de ningún rey.
Me vengaré como es debido y, una vez haya matado al sylke que me quitó a Owen, me enfrentaré a los cruzanoches que pretenden exterminar a mi gente.
Es el único modo de construir el futuro que se merecen Albert y Elsie: debo crear un mundo en el que puedan vivir en libertad, sin miedo de aquellos que nos consideran esclavos.
Prefiero morir luchando a vivir de rodillas.
Una parte de mí siempre ha sabido que me sería imposible adaptarme a una vida de servidumbre. Jamás podría dejar de ser quien soy, porque yo no olvido ni perdono. Ahora que Will se ha ido, lo veo más claro que nunca. Ya no tengo nada que perder.
Puede que un sylke asesinara a Owen, pero si los cruzanoches no hubieran asaltado nuestro barco, mi hermano seguiría vivo.
Fue el capitán del príncipe quien decidió atacar el Crealuz.
Fue un soldado del príncipe quien disparó a Charlie en la plaza.
Y son los padres del príncipe quienes cazan y esclavizan a mi pueblo.
Vete a saber qué clase de salvajadas cometerá el propio príncipe o cuánta sangre habrá derramado ya.
Él tiene la culpa de todo lo sucedido. Me lo ha robado todo, absolutamente todo.
Y pienso matarlo con mis propias manos.
Cuando acabe con el secuaz, mi siguiente objetivo será él.