Capítulo quince #2
Me aguanto otra tanda de risitas al reparar en el atuendo de Albert, igualito al del mozo de cuadras: unos pantalones marrones, una camisa amigada de color nata y unos raídos tirantes negros. Me apostaría cualquier cosa a que se lo ha prestado todo el propio Jack.
—Uy, ¡ya te gustaría saberlo! —responde Margaret con el rostro sonrosado.
Por primera vez desde que se hundió el Crealuz, me doy cuenta de algo que me llena de alegría: puedo ser feliz en cualquier lugar en el que tenga a mi familia, en el que pueda reírme de esta forma con Margaret.
Y, aunque la mansión Bludgrave no cuente con velas ni mástiles, quizá llegue a convertirse en un hogar para mí.
Si acaso no lo es ya.
Le acaricio el hocico a Cáligo mientras tarareo al son de los silbidos de Jack y luego busco en el bolsillo del delantal aquel lirio que me regaló Will hace semanas.
Cuando mis dedos rozan por fin los frágiles pétalos secos, la expectación me acelera el pulso. Después palpo el fardo con el cuchillo ensangrentado que descubrió Margaret, deseosa de mostrarle esta nueva pista a Will.
—Ya debería haber llegado —le murmuro a Cáligo, que responde con un relincho.
Al oírlo, Jack se asoma por la esquina sin soltar el rastrillo.
—No se lo eches en cara —comenta secándose el sudor de la frente—. Su tío, Killian, lo habrá pillado mientras intentaba escabullirse.
—En efecto —dice una voz grave y entrecortada.
Me doy la vuelta y encuentro a Will apoyado en el marco de la puerta, a la luz de la luna.
El chico se acerca a mí, pero con la mirada fija en Cáligo, frío y distante.
La manera en que se mueve, con los hombros erguidos y el mentón alzado, le hace aparentar el doble de edad.
Cuando se digna por fin a contemplarme, la seriedad de su rostro y la tensión de su mandíbula no hace más que aumentar.
Se sube al lomo de Cáligo sin mediar palabra y me ofrece una mano.
Se me seca la boca en cuanto me agarro a su cintura y salimos galopando hacia la colina.
En el último mes, Will me ha recibido todas las noches con saludos cálidos, después de pasarnos los días enteros fingiendo una cruel indiferencia el uno hacia el otro.
Por lo tanto, hoy no puedo evitar preguntarme si he hecho algo mal.
¿He llevado demasiado lejos la fachada de desinterés?
Hurgo en mis recuerdos y repaso todas las interacciones formales que he mantenido con Will esta semana.
De repente, se me ocurre una posibilidad que me provoca escalofríos: ¿habrá cambiado de opinión sobre mí?
¿Habrá llegado a la conclusión de que soy la verdadera responsable de todo lo ocurrido?
No habla hasta que la puerta del invernadero se cierra a nuestra espalda y Liv corre a saludarlo con las otras hadas, cuyas risas suenan como la más dulce de las músicas. Sin embargo, él las aparta con la mano. Liv se aleja con las alas decaídas.
—Discúlpame, no sabía si podría mirarte a la cara —dice revolviéndose los oscuros rizos con una mano.
Baja la vista a unos rosales marchitos y estira la mano.
Cuando toca las flores, se enderezan y recuperan su habitual brillo rojo, pero él frunce el ceño todavía más—. Ni siquiera ahora lo tengo claro.
Me arrimo un paso, pero él se gira y se encamina hacia el viejo roble. Así, dándome la espalda, apoya una palma en la corteza y agacha la cabeza.
—Will… —murmuro con la mano en alto, dispuesta a tocarle el hombro, pero él se vuelve de repente y me agarra la muñeca.
—Por favor —ruega en voz baja, con los verdes ojos anegados de lágrimas. Me estudia fijamente, como si quisiera memorizar hasta el último detalle de mi rostro—. No me lo pongas más difícil.
Se me forma un nudo en la garganta. Al final, solo ha hecho falta un mes para que se decida a echarme de la mansión. ¿Qué harán mis padres? ¿Saldrán en mi defensa? ¿Se arriesgarán a perder el futuro que les están construyendo a Elsie, Albert y los demás?
—¿A qué te refieres? —Me atrevo a susurrar, sin quitarle ojo a la mano que me sujeta; soy plenamente consciente de que podría partirme cada hueso del brazo, y de que nada le impediría seguir con los de la columna.
Él se percata y afloja un poco los dedos. Con gran delicadeza y lentitud, me sube la manga para dejar al aire la cinta de cuero trenzado. Después se saca del bolsillo del pecho una segunda pulsera, la mía.
—Nunca llegaste a pedírmela —comenta levantando la cabeza, pero sin mirarme a los ojos.
—Sabes perfectamente por qué —replico con el estómago encogido, y luego aparto la vista de él.
Cuando me suelta la mano, yo la dejo caer.
—Así es —susurra con el ceño fruncido, apretando la pulsera en el puño.
Nuestras miradas se cruzan, lo que genera una especie de conexión vacilante entre nosotros, tan tirante que podría romperse en cualquier momento.
De repente, los dos hablamos a la vez:
—Tengo que contarte algo.
—Tú primero —se apresura a añadir él.
—No, por favor. —Ahora mismo, el cuchillo ensangrentado no parece tan importante como descubrir el porqué de la pesadumbre de Will—. Empieza tú.
Esta vez es él quien desvía la vista, con el rostro claramente ensombrecido.
—Mi tío ha traído noticias de parte del príncipe.
Como muestra de buena voluntad, el príncipe planea viajar a Barbarie con el fin de supervisar el estado del conflicto en su frontera.
En resumen, va a formar un escuadrón. —Sigue jugueteando con la pulsera, tan inquieto que le tiembla el músculo de la mejilla—. Y ha solicitado que yo me una.
—¿Y qué? —pregunto entre parpadeos, desconcertada.
—Pues… he aceptado acompañarlo —confiesa lentamente con un hilo de voz.
Retrocedo un paso, conmocionada.
—¿Cuándo te marchas?
—Mañana —responde él con la mirada fija en la pulsera, incapaz de apartar los ojos de ella y posarlos en mí.
Mis pies se giran hacia la puerta por su propia cuenta y me llevan al fresco aire nocturno del exterior.
Will se irá mañana.
—¡Aster, espera! —exclama siguiéndome por el túnel de manzanos, pero yo ya me he adelantado demasiado.
El chico silba para llamar a Cáligo. Justo cuando emerjo del huerto y comienzo a bajar la empinada colina, el sonido atronador de los cascos irrumpe con tanta fuerza que me vibran hasta los zapatos. Cáligo se detiene ante mí y me impide avanzar más.
—No me queda otra —jadea Will con voz ronca. Transmite un nivel de desesperación que no encaja con un cruzanoches joven y pudiente—. El príncipe cuenta conmigo. Confía en mí. Creía que tú lo entenderías mejor que nadie.
El peso del cuchillo sangriento guardado en mi delantal amenaza con derrumbarme.
¿Qué haré sin Will? En todo este mes no hemos progresado nada con la búsqueda del asesino de Owen, y este cuchillo podría ser la pista que tanta falta nos hacía: es una prueba de que no fue un gore quien mató a Querido, de que un cambiante está intentando inculpar a Annie y mandarme un mensaje.
Recuerdo lo que había escrito en el lado interior del collar de Querido: «¿Me has echado de menos?
». ¿Por qué se habrá tomado tantas molestias el Gremio de las Sombras?
¿Por qué habrán matado al atroxis de Annie y dejado el cuchillo donde pudiera hallarlo Margaret?
Casi se me ocurre pensar que el sylke esperaba que llegara a mí, que el cambiante quiere guiarme hasta ese monstruo y el resto del Gremio.
Pero ¿de qué les sirvió decapitar a los Hackney y fingir que el responsable fue un gore?
¿Acaso lo hicieron con el único objetivo de jugar conmigo?
—¿Te encuentras bien? —pregunta Will, plantado delante de mí.
La mente me ha aturullado tanto que el mundo entero se había convertido en un borrón para mí, y ni siquiera había reparado en que Will se había apeado del caballo.
—Sin ti no podré seguir con todo esto —confieso con voz rota—. No tengo ni idea de cómo cazar a un sylke .
—Mi tío, Killian, ha dedicado toda una vida a perseguirlos —dice con el ceño fruncido, rascándose la barbilla—. Le he pedido que te ayude mientras yo no esté aquí.
—¿Le has hablado de lo nuestro? —pregunto, boquiabierta.
—¿A qué te refieres con «lo nuestro»? —replica él con una inocencia fingida.
Aprieto los puños, más frustrada que nunca por no tener una daga a mano.
—Ya lo sabes.
—Cuando le expliqué todo lo ocurrido, como el hecho de que tu nombre estuviera escrito en la frente de la señora Hackney, dio por sentado que era obra de un sylke —prosigue él, estudiando el suelo con expresión afligida—. Él mismo me preguntó si podía ayudarnos en algo.
—¿Y si no quiero que se entrometa? —refunfuño con los brazos cruzados.
—Si te dijera que puede localizar al sylke que mató a tu hermano, ¿de verdad rechazarías su oferta?
Me muerdo la lengua. Atrapar al asesino de Owen fue precisamente lo que nos empujó a trabajar juntos.
O, al menos, ese era el plan hasta hoy…
—Estoy preocupado por Annie —reconoce Will con ternura—. ¿Podrías cuidar de ella mientras yo esté fuera? Es decir, ¿podrías asegurarte de que no se meta en ningún lío?
—¿Como colarse en otro barco con destino a Barbarie?
—Por ejemplo, si te ves capaz —contesta con algo parecido a una sonrisa burlona, aunque sus ojos permanecen tristes y apagados.
Los dos nos quedamos callados un instante, como si el silencio pudiera volverse eterno e impedir que nos separemos. Pero nada dura para siempre; lo sé de primera mano.
—Entonces, ¿esto es una despedida?
—Pero no definitiva —recalca él, inclinando la cabeza con una mueca tensa.
Saca de nuevo mi pulsera y me la tiende.
—Quédatela tú —rechazo con un gesto de negación, intentando transmitir una indiferencia que no siento.
Lo rodeo y pongo rumbo a la mansión, aunque lo que desee realmente sea subirme a la montura de Cáligo y alejarme de Will todo lo posible.
—Espera, Aster —dice a mi espalda—. ¿No tenías algo que contarme?
Ralentizo el paso y hundo las manos en el delantal, en busca del fardo donde se oculta el cuchillo. Sin embargo, lo primero que rozo son los pétalos secos del lirio blanco, y se me cae el alma a los pies.