Cruzanoches Capítulo quince
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Capítulo quince

Capítulo Quince

K illian Bancroft, almirante de la Octava Flota del rey, es conocido entre los empleados de la mansión Bludgrave como «el León de Enigma».

Sin embargo, cuando llega un martes de junio a mediodía, a Elsie le parece que el tío de Will recuerda más bien a un gato atigrado, tanto en aspecto como en actitud.

—Tiene cara de pillo —comenta mientras ajusta las ruedas de un automóvil en miniatura, en el que lleva trabajando toda la semana con Annie.

Las dos niñas están sentadas en el suelo de la cocina, ajenas al ajetreo que las rodea: Sybil vigila con agobio la olla de patatas cocidas que he dejado a su cargo, mientras que mi padre corta cebolletas a un ritmo veloz y Dorothy friega a conciencia el plato de cobre con las sobras del pudin de pan.

Annie mete el pincel en un bote de pintura roja y se esmera en darle una segunda capa al vehículo.

—Mi madre dice que es tremendamente brillante —apunta la chiquilla, que suspira con melancolía—. Antes venía de visita cada dos por tres, pero no desde que partió a la guerra cuando yo era pequeña.

—Sigues siendo pequeña —señala Elsie con exasperación, alisándose el sencillo uniforme negro.

—¿Y qué eres tú, entonces? —pregunta Annie llevándose las manos a las caderas, un gesto que le mancha el vestido de volantes amarillo de pintura roja.

—Una pirata —responde mi hermana con elegancia, sin molestarse en apartar la vista de la tarea.

Sonrío para mis adentros mientras amaso un pegote de masa sin prestarle demasiada atención.

Le echo un vistazo a la ramita de salvia azul que me encontré esta mañana en el delantal; ahora está tomando el sol en la botella de leche que uso como jarrón, junto con los otros mensajes secretos que el diligente Will me va dejando cuando puede.

«Y esta de aquí significa “estoy pensando en ti”», me explicó justo anoche entre las coloridas luces del invernadero.

¿Por qué no me ha besado aún, con las oportunidades que ha habido? ¿Y por qué deseo que lo haga?

Me regaño a mí misma por preguntarme qué tacto tendrán sus labios y por preocuparme de lo que pueda opinar de mí, pues no ha vuelto a intentar besarme desde la noche en que nos interrumpieron los lobos. Ahora mismo hay asuntos más apremiantes.

Siento que ha pasado un año desde que hallamos el collar de Querido, aunque en realidad ocurrió hace solo un mes.

En tan poco tiempo, casi todo el mundo parece haberse olvidado del brutal asesinato de los Hackney y del mensaje grabado en las cabezas decapitadas.

No obstante, Will y yo no hemos olvidado nada: por las noches, cuando el resto de la mansión ya se ha acostado, vamos con Cáligo al invernadero, donde analizamos las escasas pistas y planeamos estrategias para atrapar al cambiante.

Pero la verdad es que no hay mucho con lo que trabajar, y cada día me noto más interesada por Will y menos por la misión.

La mayor parte del tiempo la dedicamos a tumbarnos junto al viejo roble y observar las estrellas.

Le he ido enseñando las constelaciones y sus historias, las leyendas de mi pueblo y mis antepasados.

Algunas noches nos quedamos dormidos al amparo de ese manto celestial, y siento que nadie me conoce tan íntimamente como Will.

Pero luego, cuando amanece y cada uno sigue con su vida, nuestra amistad se reduce a un mero recuerdo y pasamos a ser poco más que simples desconocidos: el señorito de la grandiosa mansión y la criada que faena en su cocina.

—Aster, ¿podemos hablar un momento? —pregunta Margaret desde la puerta, y después se apresura a añadir—: Fuera.

No espera a que yo conteste, sino que esquiva a Elsie y sale corriendo al patio del ala oeste. Aun así, no se me escapa la breve mirada que le lanza a Annie. Margaret no suele asustarse de nada, por lo que me levanto de inmediato al ver semejante destello de terror en su rostro.

—¿Qué ocurre? —susurro escrutando nuestros alrededores, para asegurarme de que estamos solas.

El cielo despejado del verano transforma la hacienda en un magnífico paraíso de verdes lustrosos y flores coloridas, que crecen en todo su esplendor a pesar del calor agobiante.

—He encontrado algo raro —dice Margaret mientras se saca un fardo de los pliegues del vestido.

Desenrolla la tela y me muestra un cuchillo de cocina, manchado de sangre reseca y pegotes de pelo negro áspero. «Es el pelaje de un atroxis », pienso con horror.

Si este es el cuchillo con el que mataron a Querido…

—¿De dónde lo has…?

—Estaba debajo de la cama de Annie —explica Margaret con el rostro pálido y los ojos como platos—. No sé qué hacer. Si aviso a alguien, quizá crean que me lo he inventado, o que fui yo quien…

—Yo me encargaré. —Le quito el cuchillo y vuelvo a taparlo con la tela—. No hace falta que se entere nadie más.

—Pero… —Mi hermana se abraza el cuerpo con manos temblorosas, como si estuviera tiritando a pesar del sol veraniego que nos abrasa—. No creerás que Annie sería capaz de hacer algo así, ¿no? Estoy con ella a todas horas. Si fuera así, ya habría mostrado algún indicio de agresividad… o de…

Se queda contemplando la puerta como si esperara que Annie salga con los dientes y las garras por delante, preparada para atacar.

Por alguna razón, el cambiante ha querido que Margaret halle el cuchillo en la habitación de Annie.

En un primer momento me horroriza que el secuaz se mueva por la casa sin más, como si buscara provocarme, pero ese miedo se convierte rápidamente en una necesidad imperiosa de acabar con los jueguecitos del monstruo.

Se está esmerando en señalar a Annie como sospechosa, y no logro entender por qué.

Si el sylke hubiera poseído a Annie, yo lo sabría: podría verlo claramente, como sucedió en el barco.

Aun así, no tengo explicación para la sangre que llevaba Annie en las manos cuando Jack y yo la encontramos cerca del templete, ni para el hecho de que un gore le perdonara la vida a la niñita, si realmente fue una de esas criaturas quien mató a Querido.

Según me contó Will, los gores no hacen distinciones entre unas posibles víctimas y otras.

Si Annie estaba presente cuando uno de ellos devoró al atroxis , también habría terminado asesinada.

—No te preocupes —le digo a Margaret mientras me guardo el fardo en el delantal.

Esta noche, cuando me reúna con Will, le preguntaré si él entiende lo del cuchillo.

Sin embargo, no puedo hablarle a Margaret de mis encuentros secretos con el señorito de la casa.

Si alguno de los otros criados descubriera que Will y yo pasamos tanto tiempo juntos, podría avisar a un agente de Paraíso de Tinta, y entonces sí que nos meteríamos en un buen lío.

Me froto el cuello y trago saliva.

—¿De qué hay que preocuparse? —suelta de repente Henry, que dobla la esquina de la casa y se acerca a nosotras, con un arco en la mano y una aljaba de flechas colgada del hombro.

—De nada —masculla Margaret de espaldas a él, mirándome con expresión suplicante y asustada.

Henry saca una flecha y la coloca en el arco. Apunta al cielo con despreocupación y luego hacia la nuca de Margaret, con una mueca traviesa dibujada en el rostro.

—Querrás decir «de nada, milo…».

—Cuidado, sobrino —interviene un hombre ataviado con un reluciente uniforme de color oliva, que también aparece por la esquina.

El tono castaño oscuro de su cabello me recuerda al de su hermana, lady Isabelle, y lleva la barba recortada y arreglada, además de varias medallas recién pulidas en la chaqueta militar.

También tiene los mismos ojitos verdes que lady Isabelle, aunque los de él poseen un brillo más inquisitivo y juguetón—.

La vida me ha enseñado que una mera flecha no basta para tumbar a una niñera.

Me guiña el ojo con una sonrisa galante.

«Sí que es pillo», pienso.

Henry baja el arco y quita la flecha, aunque sigue girándola entre los dedos.

—Nunca malgastaría una flecha con una pirata —gruñe cuando pasa por nuestro lado. Luego baja la voz, como si quisiera que solo lo oiga yo, y añade—: Tampoco me haría falta.

Cuando el almirante extiende la mano y flexiona los dedos, Henry se para en seco. O sea, que el tío de Will también es un forjahuesos.

—¿Estás seguro? —le pregunta al chico, pero sin apartar la vista de mí.

Ahora entiendo de quién ha heredado Will esa mirada indagadora, ese reluciente sentido del humor y esa inteligencia misteriosa—.

Me temo que cometerías un error al elegir una pirata como diana de práctica.

Tengo entendido que es casi imposible atraparlas.

Henry suelta un resoplido en cuanto el almirante baja el brazo y lo libera.

—No tanto como piensas —comenta con arrogancia mientras nos deja atrás.

De no ser por sus poderes mágicos, ya le habría borrado esa sonrisa insoportable del careto con un cuchillo.

—Me cuesta creerlo —replica el almirante. Luego nos hace una pequeña reverencia a nosotras—. Disculpadnos, señoritas. Parece que mi sobrino ha olvidado quién le enseñó a usar el arco.

Cuando los dos se alejan por el patio, Margaret endereza los hombros y recupera su habitual confianza.

—Puede que la presencia de este almirante le venga bien a Henry —dice.

Probablemente tenga razón, pues el muchacho profiere una inusual carcajada mientras forcejea de broma con su tío.

No puedo evitar sonreír al recordar lo que mencionó Will sobre lo ocurrido con Henry y el Aullido.

Me da esperanzas ver que alguien más ha recuperado la risa después de sobrevivir a ese horrible barco.

—No le digas que te has enterado por mí, pero Elsie encuentra a Henry apuesto —añade Margaret con una sonrisilla en la comisura de los labios.

—¡¿Apuesto?!

Las dos rompemos a reír como niñas pequeñas, y me olvido por completo del cuchillo escondido en mi delantal.

—¿Qué os hace tanta gracia? —pregunta Jack asomándose por la puerta; Albert lo imita desde atrás, pegado a él como una segunda sombra.