Capítulo catorce #2
—Son los lobos, como la otra vez —explica con suficiencia, recostado en el tronco del viejo roble—. Les dije que no lo hicieran más mientras estuviéramos aquí, pero se ve que les parece gracioso que te asustes con esa facilidad.
—No me he asustado. —Agarro una místika del montón que ha reunido Liv para trabajar y jugueteo con los pétalos—. ¿Y qué significa eso de que se lo dijiste?
—Mi afinidad me permite comunicarme con todos los seres vivos —revela Will con una sonrisa encantadora, dándole una palmadita al roble—. Con las flores, los árboles, los insectos y… los lobos.
—Suena fascinante.
Pienso en Albert, que daría lo que fuera por charlar con cualquiera de las muchas ardillas de la hacienda. En vista de que vivimos en un mundo donde un chico puede hablar con los árboles y donde los lobos tienen sentido del humor, no me extrañaría que lo consiguiera algún día.
—A veces lo es —coincide, pero se le ensombrece el rostro y empieza a arrancar briznas de hierba.
—Supongo que también resulta abrumador —comento observándolo con atención.
Él tuerce los labios, como una especie de mueca.
—¿Quieres saber por qué me uní a la Liga de los Siete? —pregunta.
Me pilla tan desprevenida que me limito a asentir, incapaz de contestar. Creía que los nobles tenían el deber de servir en el ejército; no era consciente de que Will había tenido la posibilidad de escoger.
La expresión del muchacho se ablanda, pero su mirada se torna indescifrable, como si estuviera reviviendo unos recuerdos que no desea compartir con nadie.
—Hace cuatro años, me alisté a la Liga de los Siete para evitar que reclutaran a Boris —dice por fin con un hilo de voz.
Boris, el amable cochero de los Cástor, apenas ha cruzado unas cuantas palabras conmigo, pero no me lo tomo a pecho: por lo que he visto, no habla demasiado.
—Lo llamaron a filas a los treinta y nueve, solo un año antes de que quedara fuera del plazo de elegibilidad.
La nobleza no está obligada a luchar en la guerra; de hecho, se prefiere que no lo haga, con el fin de preservar los linajes.
Pero yo le solicité al príncipe que me dejara ir en lugar de Boris, y él aceptó la propuesta.
»Al principio me enviaron a las trincheras que bordean las Tierras Ardientes. Un día estaba clasificando los suministros hasta que me avisaron de que los sylkes habían poseído a una unidad entera de soldados. El comandante me ordenó ejecutar a los sesenta hombres y mujeres.
—¿Por qué a ti? —pregunto, horrorizada; Will no podía tener más de quince años en aquel entonces.
Él pone mala cara y rueda una brizna de hierba entre los dedos.
—Cuanto más fuerte es la magia de un cruzanoches, más difícil es que lo posea un secuaz.
Los sylkes evitan acercarse a los nobles, pues solamente pueden apoderarse de los cruzanoches menos poderosos.
—No deja de mover los largos dedos, ni siquiera cuando arruga el trozo de hierba—.
Yo ya sabía de entrada que me tocaría encargarme de ciertos incidentes, pero…
Se detiene a tragar saliva. Nunca lo había visto tan compungido ni vulnerable. Permanezco inmóvil, a la espera de que continúe.
—Los científicos no logran descubrir el porqué, pero los lobos son una de las pocas criaturas de este mundo que pueden expulsar a los sylkes con un mordisco.
El comandante me indicó que atrajera a una manada hambrienta hacia un gran foso que habían cavado fuera del campamento base.
—Aprieta los dientes tanto que se le tensa la mandíbula—.
Tras llevarlos hasta allí, me mandó tirar a los soldados dentro, uno a uno.
Se queda en silencio un largo rato, con la vista fija en un punto lejano.
—Siguen siendo ellos mismos cuando mueren —prosigue, desconsolado—.
Los portadores son conscientes de todo lo que les ocurre, aunque no puedan controlar sus propios cuerpos.
—Hace otra pausa, con la barbilla un tanto temblorosa.
Reprimo un escalofrío al pensar en lo atrapado e indefenso que se sentiría uno en esa situación, algo que yo entiendo de primera mano—.
Los sylkes … se rieron mientras los lobos despedazaban los cuerpos.
Ni siquiera obligaron a los portadores a defenderse.
Ya sabían lo que pasaría cuando poseyeron a un grupo de soldados; era justo lo que buscaban.
Pero la imagen de esa gente… y los gritos…
Cuando la brizna de hierba termina de romperse entre sus trémulas manos, Will clava la mirada en el suelo y se muerde el labio inferior con fuerza. Luego respira hondo y me contempla con esos ojos vidriosos.
—Nunca quise ser lo que soy.
Esas palabras me golpean como una patada en el estómago.
—Yo… tampoco, la verdad —confieso con voz rota.
Él me estudia como si fuera la primera vez que ve mi rostro.
—¿Y en qué deseas convertirte ahora? —pregunta.
No sabría decir por qué, pero me viene a la cabeza la máscara del capitán Sombra. ¿En qué deseo convertirme? Nadie me lo había preguntado nunca. Pienso de nuevo en la mano tendida del capitán, en su oferta de llevarme a un lugar seguro. ¿Es eso lo que anhelo? ¿Vivir a salvo? ¿Acaso es posible?
No: en este mundo no hay ningún sitio donde pueda estar a salvo.
Lo que deseo es encontrar al asesino de Owen y recuperar la libertad para poder navegar entre los vientos del mar del Oeste con una bolsa llena de dinero y una brújula que me lleve al refugio de la isla Roja.
Pero si quiero conseguir esas cosas, primero debo volverme tan despiadada como aquellos que ansían controlar mi destino.
Aprieto los puños como si sujetara un alfanje invisible, cuyo peso fantasma noto en la mano.
—Deseo ser poderosa.
—Aster Oberon, pirata del mar del Oeste, ya eres algo mucho mejor que eso —canturrea Will con expresión macabra—. Eres temida.
Sí: temida, maldita, odiada.
El recuerdo de la calavera sonriente del capitán Sombra se extiende por mi mente como una mancha de tinta escarlata.
Aparto la vista de Will y la centro en las místikas desperdigadas a mi alrededor como un círculo ceremonial, en un intento de borrarme la máscara del cazarrecompensas del subconsciente.
Will, que está hecho todo un caballero, se recuesta de nuevo en el árbol.
Pero no deja de mirarme, como si supiera por qué recodo me han llevado los pensamientos.
—Él estaba allí el día que arribamos al puerto. —Las palabras se me escapan como si hubieran cobrado vida—. Tu… informante, me refiero —añado torpemente—. Detuvo una ejecución.
—Eso he oído —dice Will con rostro cauto, y luego se pone en pie—. Mi padre lo leyó en el periódico.
—¿La información no te llegó del propio capitán Sombra?
—No he tenido oportunidad de hablar con él desde que regresé —responde con los labios algo curvados.
Jugueteo con la pulsera de cuero que me ciñe la muñeca.
No le he contado nada de lo sucedido aquel día a Margaret ni al resto de mi familia, y ellos tampoco me han preguntado nunca por qué me separé de ellos; estaban tan preocupados por Charlie que ni se dieron cuenta.
Además, si le mencionara a Margaret que volví a encontrarme cara a máscara con el capitán Sombra, ella tacharía lo sucedido de alucinación.
—Se ofreció a llevarme con él. —No sé por qué se lo suelto a Will, pero, una vez empiezo, no soy capaz de parar; es como si este secreto hubiera estado ansioso por escapar—.
Es una larga historia. Le robé un medallón y él quería recuperarlo.
Aquel día nos cruzamos por casualidad en la plaza, y dijo que podría…
—Las palabras se me atragantan— mantenerme a salvo.
Aunque la expresión reservada de Will no cede ni un instante, su mirada sí que transmite una leve sorpresa.
—Ah, ¿sí? —Se arrodilla y vuelve a centrarse en el rosal, cuyos tallos enfermos corta con más primor que nunca—. ¿Y por qué no te marchaste con él?
Recojo una de las místikas que Liv ha descartado y froto los suaves pétalos entre los dedos, que se impregnan del dulce aroma.
—Charlie estaba herido —contesto—. Y no podía abandonar a Elsie después de que Owen se sacrificara por ella.
A ella y a mí.
Will asiente lentamente y pregunta:
—¿Sabes por qué la gente deja rosas en las tumbas?
El cambio de tema es tan repentino que me descoloca por completo, y hago un gesto de negación.
—En el pasado, mi pueblo creía que las rosas de tu mundo eran iguales que las rosangrías de Elysia —dice de espaldas a mí—. Las colocaban sobre los cuerpos de los fallecidos con la esperanza de que el manán de las flores resucitara a sus seres queridos.
Se detiene a podar un tallo especialmente leñoso y lo inspecciona con gran curiosidad. Un capullito de rosa ha logrado resistir en una parte aislada de la rama muerta, como si hubiera tenido las suficientes ganas de vivir para desafiar al ciclo inevitable de la naturaleza.
—En la actualidad, lo único que generan las rosas entre mi gente es desdén —prosigue tras tirar la rama a un lado—.
Les parecen poco más que una imitación burda de las rosangrías, un recuerdo de lo grandiosos que solíamos ser.
Pero, para tus antepasados, las rosas siempre fueron un símbolo de romance, de pasión.
Corta una flor sana del rosal y se gira para arrodillarse ante mí. Cuando me la ofrece con un gesto dramático, me acaloro hasta lo indecible.
—Solo hay una cosa más poderosa que el miedo, Aster —añade mientras me pone la rosa detrás de la oreja, con una voz grave que me resulta deliciosa como la miel y suave como el terciopelo.
—¿Cuál? —susurro, prácticamente sin aliento.
Él esboza una sonrisa aniñada que le dibuja hoyuelos en las mejillas.
—El amor.