Cruzanoches Capítulo catorce
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Capítulo catorce

Capítulo Catorce

U nas noches después del incidente en el despacho de lord Bludgrave, me encuentro tumbada a la sombra del viejo roble del invernadero, donde intento imitar los movimientos ágiles de Liv para trenzar una corona de flores híbridas moradas.

Según Will, que se está ocupando de los quehaceres del jardín, se llaman «místikas».

—Hace siglos —me explica sobre ellas, frunciendo el ceño mientras poda un rosal cercano—, un forjahuesos cruzó una rosa con la flor que te da nombre, el áster. Los forjahuesos son los únicos capaces de cuidarlas, y pocos saben mantenerlas con vida como es debido.

Está claro que Will es uno de ellos, porque estos peculiares capullos han invadido todo el jardín.

De vez en cuando termino observando al chico sin darme cuenta: me fijo en las pecas que le salpican la nariz, en la línea que forman sus labios cuando se concentra o en el tenue resplandor dorado que emana de sus manos cuando resucita un pétalo marchito con magia.

Cuando mis pensamientos pasan a señalarme la anchura de su espalda o el rizo que le cae sobre la frente por mucho que intente apartárselo, me vuelvo a repetir el mismo mantra de siempre: «Solo somos amigos. Solo somos amigos. Solo somos amigos».

Últimamente me obligo a recordar con más frecuencia que no puedo confiar del todo en él, pues ya van dos veces que me ha instado a dormir con su magia.

Y, a pesar de nuestra ambigua amistad, sé que nunca se vería conmigo de no ser por el lío del Gremio de las Sombras y el sylke .

«Bueno, en realidad apenas habláis de los secuaces», me recrimina una vocecilla.

Y la verdad es que la banalidad de nuestros encuentros no me molesta demasiado.

Al fin y al cabo, aunque Will me considere una aliada y nada más, no quiero forzar la situación y arriesgarme a perder…

lo que sea esta relación nuestra. Gracias a él, tengo a alguien que se toma mi habilidad como un don y no una maldición.

Y a alguien que me abrazó con gran ternura la noche que me crucé con el cambiante en la habitación de Elsie y Albert.

Will se gira y me toca el brazo con delicadeza.

—¿Te encuentras bien, Aster?

Una ráfaga de calidez fluye desde su mano hasta mi nuca y deshace el tenso nudo de la zona.

—Sí —respondo medio adormilada, mientras una parte recóndita de mí se percata de que mi boca está sonriendo sin permiso.

Él me estudia con atención, pero al final me devuelve la sonrisa y sigue con sus tareas sin comentar nada más.

Vuelvo a sentirme como si mis pensamientos quedaran en un lugar lejano, como si estuvieran pidiéndome a gritos que despierte, reflexione y lo cuestione todo.

Por alguna razón, cuando estoy sola me resulta mucho más fácil odiar a Will por emplear su magia para cosas como dormirme en contra mi voluntad, algo que debería parecerme repulsivo e imperdonable.

Pero, cuando estoy con él, es como si todos esos reproches se esfumaran: en vez de odiarlo, acabo excusando su comportamiento.

Y lo peor de todo es que me convenzo de que lo hace con buenas intenciones, incluso.

—¿Qué me dices de Annie? —le pregunto a Will, en un intento de encontrar algo que me distraiga de su prominente mandíbula—. ¿También es una forjahuesos?

Él ríe con suavidad mientras se sube las mangas hasta los codos. Nunca me había dado cuenta de lo… interesantes que podían llegar a ser unos antebrazos.

—Los hijos suelen heredar las afinidades de sus padres, pero no siempre ocurre —contesta—. Yo salí a mi madre, y Henry a mi padre. Sin embargo, Annie es lo que llamamos una «cantavientos». Controla el aire.

—Nunca la he visto usar sus poderes.

—Es muy pequeña. Todavía está aprendiendo a dominar su don —explica sonriendo—. Mi padre quería mandarla a una academia de la capital que se especializa en instruir a niños nobles, pero mi madre se negó rotundamente.

No es la primera vez que oigo hablar de una de esas academias, pero el concepto siempre se me ha antojado como algo de otro mundo.

A bordo del Crealuz, nuestros padres eran los únicos profesores que había y el mar era nuestra única aula.

No me imagino cómo sería asistir diariamente a un colegio con más críos, y seguro que no lo preferiría a la valiosísima educación que recibí lejos de cualquier pared de ladrillo.

—Y los de la cuarta afinidad eran los…

—Cribasangres —termina él por mí, al tiempo que tira a un lado un ramo de flores muertas—. Ellos controlan todas las aguas del mundo.

—¿Las aguas? —repito con un regusto amargo en la boca.

El agua siempre ha sido nuestro santuario, nuestro refugio. El hecho de que los cruzanoches puedan arrebatárnosla cuando les plazca me hace sentir… débil.

—¿Conozco a alguno? —pregunto.

—No que yo sepa —responde con expresión amable.

Ayer, mientras yo barría la cocina, Sybil y Martin hablaron de las afinidades.

Los oí decir que los cribasangres están considerados como el subgrupo más poderoso —y letal— de los cruzanoches, pero no mencionaron que pudieran manipular el agua.

A juzgar por lo que descubrí poniendo la oreja, el rey y la reina son cribasangres.

Y el príncipe también.

—¿De qué tipo es Percy?

Will se para en seco un instante.

—El don de las afinidades solamente recayó en la nobleza —contesta con la boca tensa—. Los cruzanoches como Percy pueden hacer magia sencilla, pero nada más. Algunos como él dependen del manán para aparentar más poder del que tienen, hasta el punto de volverse adictos.

Aunque quiero indagar más en esa «magia sencilla», decido darle prioridad a otro tema.

—Hablando del manán —digo lentamente, queriendo centrarme en la conversación sin distraerme lo bastante como para pincharme con la corona que estoy trenzando con Liv—.

Jack insinuó que mi padre y yo tendríamos que aderezaros la comida con manán, pero no he visto ni una mota de ese polvo dorado desde que llegamos.

Will se sienta sobre los talones y se sacude la tierra de las manos.

—Últimamente hay escasez —me recuerda con el ceño fruncido—. Y, en cualquier caso, mi familia siempre reparte más del que se queda. Solo nos guardamos la cantidad suficiente para impregnar nuestros guantes y capas.

Siento curiosidad por cómo se impregna una capa con polvo mágico, pero algo más ha estado carcomiéndome la cabeza desde que me enteré de que los Cástor distribuyen el manán.

—¿De dónde viene?

—Antes… —Will alarga la palabra— podía extraerse de una flor conocida como «rosangría».

—Un destello de oscuridad le surca la mirada—.

Crecían en abundancia por toda Elysia y, cuando los míos quedaron exiliados de esa dimensión, también empezaron a florecer por el Mundo Conocido.

Sin embargo, los campos se han ido secando con el paso de los años.

Ahora solo queda un jardín en la capital de Enigma, Jade, resguardado entre los muros del Castillo Sombrío.

Abro la boca para preguntarle de dónde podría estar saliendo el resto del manán, si el número de rosangrías se ha reducido tanto, pero una punzada de dolor me interrumpe.

—¡Maldición!

Will acude a mí antes de que pronuncie la palabra entera, moviéndose a una velocidad sobrenatural. Toma mi mano y examina la herida.

—Estoy bien —insisto—. Solo me he pinchado con una dichosa espina.

Cuando la gotita de sangre se derrama por la yema de mi dedo, recuerdo lo que dijo Will la noche del asesinato de los Hackney, y también lo que hizo en la fuente.

—Mencionaste que la sangre humana era la fuente más pura de manán —susurro—. Si hay escasez, ¿no implicaría eso que nuestra sangre se ha convertido en un recurso valioso?

Will suspira hondo, se saca un pañuelo del bolsillo y me limpia el dedo con todo el cuidado posible.

En ese momento, un fulgor dorado rodea repentinamente el verde de sus ojos, pero desaparece antes de que el miedo se apodere de mí.

Cuando nuestras manos se rozan, las mariposas de mi estómago disipan por completo cualquier rastro de temor.

—Valiosísimo, más bien —reconoce con inquietud—. Pero no es algo que deba preocuparte. La ley prohíbe el consumo de sangre humana.

—Pues Percy lo hace —replico sin apartar la vista del pañuelo manchado de Will, que lo dobla y se lo guarda de nuevo en la camisa.

No quiero ni pensar en la cantidad de niñitas que Percy habrá comprado con ese mismo fin, como intentó con Elsie.

Will recoge la corona de místikas de mi regazo y continúa trenzándola con la misma destreza que Liv. Tras colocármela en la cabeza, susurra:

—Creo que serías una excelente reina.

—Si llegara al trono —digo con cierta burlonería, consciente de lo ridículas que suenan esas palabras viniendo de mí—, mi primera orden sería colgar a Percy de las murallas del castillo.

—Me extraña que no se te haya ocurrido algo más creativo —bromea Will.

—Claro que tengo más ideas —confirmo—, pero me temo que serían demasiado cruentas para los oídos de un señorito tan recatado como tú.

Los verdes ojos de Will relucen de diversión, acompañados de una sonrisa que le marca hoyuelos en las dos mejillas.

—¿Ves? Eso es lo que más me gusta de ti —comenta mientras me endereza la corona.

—Ah, ¿sí? —El rubor me trepa por el cuello y me tiñe las mejillas—. ¿Te refieres a lo mucho que me preocupo por tu frágil sensibilidad o a mi pasión por la violencia?

«Pasión» no es la palabra que elegiría para describir tu sed de sangre —murmura con una expresión más traviesa, bajando la mano a mi cara—. Pero el hecho de que me consideres sensible… —Me acaricia los labios con el pulgar, un gesto que me estremece— sí que será mi perdición.

Se inclina hacia mí con los ojos cerrados. Cuando noto la calidez de su aliento en el rostro, no dudo en salvar la distancia que nos separa. Me cuesta respirar, pero entreabro los labios y…

De repente, un aullido rasga el aire y yo retrocedo de un salto, tan brusco que la corona de místikas sale volando. Las risas roncas de Will son la única razón por la que no pongo pies en polvorosa.