Cruzanoches Capítulo trece #4
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Capítulo trece #4

—Lord Cástor ha insistido en que te dejemos descansar —contesta Margaret entre bostezos, tapándose hasta la barbilla sin siquiera abrir los ojos—. Le dijo a padre que tenías mal aspecto y te había dado el día libre. Y que nadie debía molestarte.

El dolor me castiga el hombro, y me muerdo el labio para reprimir un grito mientras cruzo la habitación con torpeza. Me extraña mucho que haya podido pegar ojo, pero sospecho que es obra de Will y su don.

—¿A dónde vas? —pregunta Margaret con los ojos igual de cerrados—. Es más de medianoche.

—A ninguna parte —respondo junto al marco de la puerta—. Me apetece tomar el aire un poco.

Espero hasta salir de la casa para bajarme el cuello del vestido y examinarme el hombro izquierdo. Después del suplicio que me ha causado, creí que lo tendría completamente calcinado o deformado, pero no hay ninguna herida que explique esta sensación punzante, ni una mísera picadura de mosquito.

Profiero un gruñido y atravieso el jardín. Cuando llego a las piedrecillas que bordean el estanque, me quedo en ropa interior y me adentro en las relucientes aguas, cuyo frescor me alivia el hombro. Paso un buen rato flotando bocarriba, con la mirada puesta en la luna.

Me viene a la cabeza aquello de «el Rey Verdadero lo ve todo». ¿Estará observándome ahora mismo desde ahí arriba? ¿Le daré pena? ¿O quizá vergüenza ajena?

El dolor termina aplacándose: cuando respiro hondo, ya no me encojo. De hecho, no había respirado con tanta facilidad desde que puse pie en tierra firme. Es como si el agua reavivara una parte vital de mí.

Un cuervo aletea en las alturas, bañado en el fulgor plateado de la noche.

Desciende hacia la otra punta del estanque y se posa en la cúpula del Templete de Hildegarda, desde donde me observa con complicidad.

El bosque que se alza al otro lado de la construcción recuerda a una ola oscura e impenetrable.

De repente, el ave extiende las alas y se zambulle hacia los árboles.

Hay un breve momento en el que me planteo seguirlo.

—No deberías estar levantada tan tarde —dice la voz serena de mi madre desde la orilla.

Me giro hacia ella nadando con pericia.

—No podía pegar ojo.

—¿Vuelve a costarte dormir? —pregunta mientras despliega una toalla y me la tiende—. Tu padre comenta que no estás descansando mucho.

Continúo abriéndome paso entre las aguas, que se deslizan por mis brazos de manera placentera.

—No consigo acostumbrarme a este sitio —contesto, lo cual no es mentira del todo—. La casa está tan… quieta.

—¿Verdad que sí? —responde ella con una sonrisa que me rompe el corazón.

Salgo del estanque sin decir nada más y permito que mi madre me envuelva en la áspera toalla blanca. No obstante, hay algo que ha estado carcomiéndome la cabeza desde que hablé con Will en el despacho de su padre.

—Nuestras pulseras… —Jugueteo con la cinta de cuero trenzado mientras mi madre me aparta los mechones mojados de la cara—. Wil… Eh… Lord Cástor mencionó que había notado magia humana en ellas —digo con un hilo de voz, mordiéndome el labio inferior—. Pero se habrá confundido…, ¿no?

Una emoción indescifrable surca la mirada de mi madre, que le echa un vistazo a mi pulsera. Aun así, lo único que me transmite su expresión es una tranquilidad despreocupada.

—Por supuesto —afirma con ligereza—. Deberías saber que las leyes de nuestro pueblo prohíben la hechicería.

—Ya —cedo, aunque una parte de mí está decepcionada.

Ella me acaricia la mejilla con la callosa palma de la mano. Los ojos le brillan como zafiros al reflejar la luz de la luna.

—Tienes preocupados a tus hermanos.

—Pues no entiendo por qué —replico arrebujándome más en la toalla para resguardarme de la fresca brisa que me revuelve la melena.

—La familia es lo único que nos queda en este mundo. Si hay algún problema…

—No me pasa nada, madre —miento alejándome de sus mimos.

Al ver que ella esboza una sonrisa desafiante, sé que me ha calado de lleno.

—Haz el favor de contármelo ya —exige con los brazos cruzados. Por primera vez desde que llegamos a la mansión Bludgrave, recuerda a una capitana pirata—. Dime qué te inquieta tanto.

—¿Cómo lo haces? —pregunto con los ojos anegados de lágrimas ardientes y furiosas—. ¿Cómo finges ser una persona diferente? ¿Cómo dejas a un lado tu verdadero yo?

Mi madre sonríe con cierta tristeza y eleva la vista al cielo, cubierto de nubes que tapan casi todas las estrellas.

—Mi verdadero yo no depende de dónde esté. —Me mira fijamente y, por un instante, sus ojos parecen brillar desde dentro, como si todo su ser estuviera compuesto de luz estelar—. Sé que esto te resulta difícil, Aster, pero no hay nada en el mundo que no puedas hacer. Dale un poco más de tiempo.

Siento el impulso de llevarle la contraria, pero no serviría de nada. Esta no será la noche en que consiga sonsacarle las respuestas que quiero.

Ella sigue con el interrogatorio, como si intuyera que me estoy callando cosas:

—¿Te pasa algo más? Si necesitas contarme cualquier…

—Qué va —la interrumpo, pues no quiero mentirle más todavía—. Me acostumbraré con el tiempo, como tú has dicho.

Mi madre asiente y me contempla con la misma ternura del día en que el capitán Sombra me llevó de vuelta al Crealuz.

Aquella mañana, me cubrió los hombros con una sábana raída y me acarició la cara con una de sus callosas manos.

Y, cuando el sol comenzó a salir del horizonte, dijo: «El Rey Verdadero lo ve todo».

Como si fuera él quien había mandado al capitán Sombra a rescatarme; como si hubiera decidido reaccionar a mi sufrimiento por una vez.

Pero ahora sé que el Rey Verdadero no vigila nuestras penurias y tribulaciones con intención de ayudar.

Si quiero que se haga justicia en este mundo, no puedo esperar a que los cielos intervengan: debo buscar mi propia solución en este plano terrenal.