Cruzanoches Capítulo trece #3
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Capítulo trece #3

Will deja los dedos cerca de mi mejilla, de modo que puede rodearme el mentón con la callosa palma de su mano. Su tacto me transmite una ráfaga de calma instantánea que disuelve la tensión de mi cuello y mis hombros, como un trozo de mantequilla al entrar en contacto con una sartén caliente.

—O sea, que te di lástima.

—No, me sentí culpable —precisa con los ojos nublados.

—¿Culpable? ¿Por qué?

—Debería haberlos encontrado antes de que pudieran causarle a más gente el mismo sufrimiento que a Henry —responde entre dientes.

—Will —digo suavemente—, lo que me ocurrió no fue culpa tuya. En aquel entonces ni siquiera nos conocíamos.

—A veces siento que te conozco de toda la vida —susurra él acariciándome la cara con el pulgar.

El estómago me da un vuelco, y pierdo la capacidad de formular palabras coherentes.

—Cuando te vi… —prosigue mirándome con total arrebato, como si pretendiera hurgar en las profundidades de mi alma—, decidí que no podíamos meterte en el calabozo. Ya habías vivido suficientes penurias.

Suspira hondo y retira la mano. La piel se me pone fría y sudorosa en cuanto desaparecen sus dedos, y la jaqueca que me ceñía la nuca se torna aún más intensa que antes.

—Algunos miembros de mi especie cuentan con habilidades únicas que van más allá de los poderes que poseemos por naturaleza —comenta pellizcándose el puente de la nariz—.

En mi caso, yo tengo un don único para la persuasión.

Es similar a la hipnosis que pueden ejercer los secuaces, pero no requiere acceder directamente al manán de la sangre humana, por lo que también es menos potente.

Y menos intrusivo —añade con cierta incomodidad—.

Te tuve dormida en el barco dos semanas porque así me era más fácil protegerte.

Solo el Rey Verdadero sabe lo que habrías intentado de haberte quedado despierta.

La verdad es que no puedo discutírselo: si hubiera estado despierta, habría hecho todo cuanto estuviera en mi mano por sembrar el caos en las vidas de Will y el resto de su tripulación.

Aun así, lo que sentí el día que arribamos a la costa y me liberó de sus poderes persuasivos se parecía mucho al efecto de una droga sedante.

Preferiría no revivirlo en un futuro cercano.

—¿Y qué me dices de las pulseras? —insisto—. ¿Por qué no me las devolviste durante el viaje en tren?

Él vacila un instante y vuelve la mirada hacia las agitadas llamas.

—Percibí en ellas un rastro de magia humana —contesta con un hilo de voz—. Quería inspeccionarlas bien antes de dártelas, por si pudieran originar acusaciones de hechicería.

—¿Hechicería? —repito mientras me froto los brazos, sintiendo un frío repentino.

Los cruzanoches prohibieron la práctica de magia entre los humanos hace seiscientos años, pero siempre ha sido la propia humanidad quien ve la hechicería como una abominación.

Algunas personas creen incluso que tiene la culpa de que acabáramos malditos, que la sed de poder de nuestros antepasados los condujo a la perdición y por eso ahora nos encontramos bajo el yugo de los cruzanoches.

Cuando éramos pequeños, Lewis birló un libro sobre hechicería de un barco abandonado y nuestros padres nos advirtieron de los peligros de la magia humana: nos explicaron que la habían prohibido con razón, que jamás debíamos mezclarnos en esos asuntos, y quemaron el tomo por si las moscas.

No obstante, me dio tiempo a leer unas pocas páginas: había encantamientos para ayudar con las tareas de limpieza, para poder meter los contenidos de una habitación entera en un saquito, para arreglar objetos rotos y hasta para curar huesos fracturados.

En aquel momento no pude entender qué hacía a la hechicería tan terrible, pues parecía algo que podía facilitarnos la vida.

Cuando le comenté esas dudas a mi padre, él me contó historias de hombres y mujeres que cometieron verdaderas atrocidades por hacerse con el control del mundo, como sacrificar a sus seres queridos o asesinar a gente inocente.

Ahora comprendo que ese control se refería a las habilidades de las que gozan los cruzanoches y los secuaces.

—Menuda sandez —declaro con un gesto de negación.

—No sé yo —dice mirándome de reojo—. ¿Por qué te ordenaron que no te la quitaras nunca, entonces?

Me encojo al notar otro ataque de parte de la jaqueca, que apenas me deja pensar.

—Separarse del distintivo personal es lo mismo que renunciar a tu clan.

—Interesante —murmura Will asintiendo, al tiempo que se rasca la barbilla—. ¿Alguna vez te lo has quitado?

Aprieto el puño hasta que las uñas se me clavan en la palma, luchando contra el dolor que me baja de la nuca al hombro izquierdo.

—No por voluntad propia —replico entre dientes, recordando el montoncito de distintivos que había acumulado el Aullido como trofeos.

Cuando el capitán Sombra me rescató, la mayor parte de la tripulación no iba a bordo.

Mantuvo a uno de ellos con vida para que le enseñara dónde habían guardado mi pulsera, y se aseguró de que la llevara encima antes de dejarme en el Crealuz.

Sigo sin entender por qué me rescató ni cómo supo encontrar a mi familia, pero solamente un pirata se habría tomado la molestia de recuperar mi distintivo.

—¿Cómo sabes por dónde buscar al Aullido? —pregunto—. Nunca pasa mucho tiempo en un mismo sitio.

—Tengo una especie de informante que consiguió encontrarlo una vez, pero ese día apenas había tripulantes a bordo. Ha estado rastreándolos desde entonces. —Suspira hondo, frustrado—. O, más bien, ha estado intentándolo.

El corazón me da un vuelco.

—¿Es ese informante un capitán?

Will me lanza una mirada rara, pero no llega a contestar.

—¿Conoces al capitán Sombra? —susurro con el pulso a toda vela.

Él se gira y mira hacia la puerta del despacho un segundo, alarmado.

—Bastante bien —confiesa secamente—. ¿Cómo lo has…?

—Me lo ha dicho el instinto —miento con la mente desbocada.

Si Will está en contacto con el capitán Sombra, quizá pueda mandarle una carta de mi parte. Todavía estoy a tiempo de recuperar la libertad y unirme a la tripulación de Sombra. Prometió llevarme a un lugar seguro, donde no podrán localizarme ni los sylkes ni los cambiantes.

«Que el Creador Absoluto me perdone», rezo para mis adentros. ¿Qué hago pensando en todo esto? No puedo marcharme de la mansión Bludgrave hasta que haga pagar al asesino de Owen. O quizá nunca me atreva a irme…

—¿Aster? —murmura Will mirándome desde más cerca aún. La calidez de su aliento es lo único que interrumpe la frialdad de mi piel—. ¿Seguro que te encuentras bien?

—Que sí —gruño, tanto por la frustración como por el dolor del hombro—. Estoy harta de que todo el mundo me pregunte lo mismo.

—Es que te veo un poco…

—¿Un poco qué? —le espeto—. ¿Cansada de tirarme los días encerrada en una cocinucha asfixiante? No todos estamos en posición de pasearnos por la hacienda vestidos de punta en blanco, milord.

Will suelta un resoplido airado.

—Solamente pretendía…

—¡Me da igual lo que pretendieras! —lo interrumpo a gritos.

Justo cuando me giro para salir corriendo de la habitación, el dolor de la cabeza y el hombro me golpea con tanta fuerza que pierdo el equilibrio.

Estiro el brazo en busca algo a lo que agarrarme y consigo rozar los utensilios de hierro que hay junto a la chimenea, pero se me resbalan y aterrizan en la alfombra con gran estruendo.

Will alarga la mano en el momento perfecto y me sujeta antes de que caiga a las llamas.

Después me sienta en el sillón del escritorio de lord Bludgrave y me aparta de la cara varios mechones sueltos de pelo oscuro y ondulado, como una niñera sobreprotectora.

—¿Estás enferma, Aster? —le oigo decirme al oído con voz amortiguada.

Quiero asegurarle que no me pasa nada, pero temo vomitar si abro la boca.

—¿William? —Lord Bludgrave entra en la estancia con la bata carmesí medio torcida y el pelo revuelto, como si acabara de levantarse. Se detiene al verme espatarrada en su sillón, con la cara cenicienta y la mano de Will pegada a mi sudorosa frente—. ¿Qué está ocurriendo aquí?

—Me he cruzado con Aster en el pasillo —contesta el chico con firmeza y serenidad, sin dejar lugar a dudas.

Se aparta de mí y mete las manos en los bolsillos—.

Me ha dicho que tenía mucho frío, así que la he traído aquí para que se sentara junto al fuego.

Pensaba que eso la ayudaría, pero es evidente que no se encuentra bien.

Iba a llevarla con la señorita Margaret.

—Comprendo —asiente lord Bludgrave, aunque contempla a Will con los ojos entornados—. De acuerdo, asegúrate de que reciba los cuidados apropiados.

Las Estrellas me hacen el favor de reducir el dolor del hombro a una punzada apagada, de modo que logro erguirme por mi propio pie.

—Estoy bien —insisto alisándome el delantal con manos temblorosas—. Me disculpo por esta impertinencia.

Cruzo la puerta que ha abierto lord Bludgrave sin mirar a Will. Las rodillas me ceden en cuanto salgo al pasillo principal, pero me apoyo en la pared para no caerme. Me siento como si siguiera en el mar y una tempestad azotara las aguas.

—¡… una humana, William! —susurra lord Bludgrave con furia al otro lado de la puerta abierta, mientras yo me alejo por el corredor a trompicones—. ¡Nos pones a todos en riesgo!

La palabra «humana» se me clava como un puñal, algo que no había sucedido hasta ahora.

Unas lágrimas ardientes me empapan las mejillas. No sé cómo lo hago para llegar hasta mi habitación sin desmayarme, pero consigo tumbarme en el catre justo antes de que el agotamiento me venza. Mientras se me cierran los ojos, diviso la rejilla de arriba.

Dos ojos rojos y brillantes me observan desde la oscuridad del conducto.

—¿Por qué no me ha despertado nadie? —exclamo levantándome de un salto, con el corazón a punto de estallar.