Cruzanoches Capítulo trece #2
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Capítulo trece #2

Toda la pared cilíndrica de la estancia, dividida en tres plantas, está cubierta de librerías.

Una escalera de caracol sube a los pisos superiores, y en el centro de este despacho perteneciente a lord Bludgrave se alza un gigantesco escritorio de caoba, situado frente a una chimenea tan grande que yo cabría dentro erguida.

El rugiente fuego caldea el espacio, mientras que varias lámparas iluminan las pilas de volúmenes esparcidas por el lugar.

Les agradezco a las Estrellas que no haya ningún tragaluz que permita la entrada del deslumbrante sol.

Mientras le echo un vistazo a la habitación, me pregunto si Elsie y mi padre la habrán descubierto ya.

Fueron ellos dos quienes acumularon libros de todas las temáticas posibles en el Crealuz.

Mis obras favoritas de esa colección eran los tomos de cuentos que nuestra madre nos leía por las noches, en los que aparecían leyendas sobre tierras lejanas, aventureros osados y princesas fugitivas.

Mis padres insistieron en que aprendiéramos a leer de niños y se esmeraron en educarnos con la máxima rigurosidad posible para unos piratas.

Aun así, yo nunca le di demasiada importancia a la lectura, al menos hasta que Mary Cross se refugió en el Crealuz tras el naufragio del barco de su familia; la pobre muchacha ni siquiera había visto un libro en toda su vida.

—¿Te encuentras bien? —pregunta Will con delicadeza, sin apartar esa mano que me incendia toda la espalda desde las lumbares.

El aroma a rosas y tierra húmeda me embriaga tanto que tardo un momento en contestar. «Solo somos amigos —me repito una y otra vez, sin importar que mi cuerpo reaccione como un traidor al tacto del chico—. Y nada más».

—He encontrado algo —respondo antes de girarme hacia él y alejarme un poco.

En un primer instante, él deja la mano en el lugar que ocupaba yo, pero luego se alisa las solapas de la chaqueta y mira con los ojos entornados la talega que le ofrezco.

—¿Qué es?

—Ya lo verás.

Will abre la bolsa y vuelve a cerrarla al instante, frustrado.

—Me disculpo de corazón —dice sin devolvérmela.

Se la puede guardar en la chaqueta, pues la bolsa se encoge como por arte de magia hasta alcanzar el tamaño perfecto para el bolsillo interior—.

He estado toda la mañana buscando puntos débiles en las barreras mágicas que habíamos levantado en torno a la mansión, pero no he detectado el rastro de ningún intruso.

—Su voz se convierte en un susurro—. La única explicación es que algún miembro de mi familia esté dejando entrar al secuaz.

Me noto el estómago cada vez más revuelto.

—¿Podría ser…?

—¿Annie? —termina él por mí, frotándose el mentón—.

Yo también lo he pensado, pero no maneja la magia con la suficiente destreza para hacer algo así.

Mi padre estableció las barreras antes de que ella naciera.

Además, están pensadas exclusivamente para impedir que los secuaces pongan un pie en la hacienda.

Nada debería poder derribarlas, a no ser que alguien salga de los límites del bosque.

Aunque Annie esté vinculada a ellas por su linaje, le costaría muchísimo manipularlas sin la ayuda de mi padre.

—¿Y crees que él…? —Planteo mordiéndome el labio.

—No —rechaza Will de inmediato, totalmente serio—. Mi padre se ha dedicado en cuerpo y alma a luchar contra los secuaces. Si se enterara de que uno ha logrado colarse en la mansión… —Sacude la cabeza—. Seguiré revisando las barreras. Habré pasado algo por alto.

En ese preciso instante, la luz ámbar de un farol se refleja en la rejilla de latón que hay encima de él.

—¿Sería posible que…? —Vacilo un momento—. Fíjate en esa rejilla. Hay más por toda la casa. ¿Podrían colarse por ellas?

Will me contempla con la cabeza ladeada, pensativo, y luego eleva los ojos hacia la tapa metálica del techo.

—Son para la ventilación —explica lentamente—.

Hace varios años, mi madre insistió en instalar un sistema centralizado de calefacción y refrigeración.

Mi padre no le veía sentido, pues tenemos chimeneas por todas partes, pero ella logró convencerlo.

—Frunce el ceño y se revuelve el pelo con una mano—.

Los conductos están dentro de las propias paredes de la mansión, por lo que las barreras también deberían protegerlos.

—Me observa con la mirada escrutadora de siempre—. ¿Por qué lo dices? ¿Has visto algo?

—Puede que se tratara de una pesadilla —reconozco encogiéndome de hombros.

Pero nada más pronunciar esas palabras, reparo en un detalle que se me había escapado hasta ahora: los terrores nocturnos no han vuelto a atormentarme desde que llegué a la mansión Bludgrave.

Ni una sola vez. Aparte de anoche, cuando el dolor me mantuvo en vela, he estado durmiendo como un tronco en mi camita.

Margaret achaca esta mejoría a que ahora uso una almohada, pero la cara de Will me hace intuir que eso no tiene relación alguna.

—Imposible —remacha él—. Cuando Henry regresó a casa hace años, apenas podía cerrar los ojos sin ponerse a gritar.

—Tensa la mandíbula antes de recoger una botella de cristal.

Dentro hay un barco de velas negras en miniatura, que se bate en duelo contra una tempestad.

Después de ver las cosas que hace Will con solo girar la muñeca, esta magia me parece mucho más sencilla, pero eso no quita que me maraville igualmente—.

Mi tío Killian es experto en hechizos protectores y estableció barreras antipesadillas en la mansión para ayudar a Henry.

—Se encoge de hombros y añade—: Yo tampoco me quejo, la verdad.

Solo duermo bien cuando estoy en esta casa.

Will coloca la botella con el barquito encima de una pila de libros. En cuanto deja de tocarla, las aguas del interior se calman y las velas se hinchan como si las impulsara una brisa suave.

—¿Qué viste?

Me muerdo el labio inferior y dudo antes de responder:

—La noche que llegamos aquí… creí vislumbrar… algo como… —Me rozo la pulsera oculta debajo de la manga izquierda y suelto el aliento, temblorosa—. Da igual. Aquel día fue muy largo. Le mente me jugó una mala pasada.

—¿Qué tipo de mala pasada? —insiste él en voz baja.

—Había unos ojos rojos —susurro con el corazón en un puño—. Y me observaban…

Will frunce el ceño. Se pasa un buen rato estudiándome en silencio, con los ojos un tanto entornados.

—¿Sabrías detectar si alguien de la mansión está poseído?

—Eso creo —respondo con la mirada fija en las estanterías, queriendo escapar de la atención calculadora del chico—. Pero, Will…

—¿Qué ocurre?

—Dices que hay barreras contra las pesadillas, ¿no?

—continúo con lentitud, decidiéndome a contemplarlo por fin—.

Pues Albert tuvo una la mañana después de que encontráramos a los Hackney muertos.

Le pareció ver… —Respiro hondo y aprieto los puños para evitar que me tiemblen las manos—. Le pareció ver a Owen.

—¿A Owen? —repite con expresión indescifrable—. Es posible que la magia de mi tío se haya debilitado desde la última vez que nos visitó. Le pediré que revise sus barreras en cuanto llegue.

Ni siquiera se para a sopesar cualquier otra posibilidad, de modo que me permito sentir un cierto alivio.

Lo de Albert fue una mera pesadilla: no vio a Owen de verdad.

Aun así, por mucho que podamos culpar a las barreras, una parte de mí sigue preguntándose si sucede algo más, algo que Will se niega a contarme.

La mirada del chico me recorre el brazo como una caricia y se detiene en la silueta abultada de la pulsera escondida.

—Siempre he creído que los distintivos personales de los piratas eran pendientes de oro o medallones de bronce —comenta—. ¿Por qué lleváis vosotros pulseras?

Paso los dedos por el cuero trenzado que hay dentro de la manga, algo descolocada por el cambio súbito de tema.

—En el mar, mis hermanos y yo solo nos teníamos los unos a los otros.

Estas tres tiras entrelazadas simbolizan el vínculo irrompible que nos une —explico con el ceño fruncido, y después fijo la vista en su cara—.

Charlie me dijo que me tuviste apartada de ellos dos semanas.

¿Decidiste quitarme las pulseras antes o después de encerrarme drogada en tu camarote?

—No te drogué, Aster —contesta él con la mandíbula un tanto tensa, al tiempo que se mete las manos en los bolsillos.

Me rodea y se detiene frente a la chimenea, de espaldas a mí—.

La primera vez que te vi a bordo del barco, estabas arrastrándote hasta tu hermano.

Recogiste la pulsera, y luego… Cuando divisaste al sylke , supe de inmediato que podías verlos.

Bueno, en un primer instante solamente lo sospeché, pero enseguida me lo confirmaste.

A pesar de que debías de estar aterrada, pues acababas de presenciar un momento horripilante y extraño, no dudaste en perseguirlo hasta el camarote del capitán. Tuve claro que necesitaba conocerte.

Su oscura silueta se recorta en las llamas, lo que me provoca un escalofrío. Recuerda a la sombra de un sylke , pero transformada en un cuerpo de carne y hueso.

Me viene a la cabeza lo que comentó en el tren: «Las maldiciones no son nada nuevo para mí».

—Sin embargo, cuando te vi allí tirada… —continúa en voz baja, apenas audible en comparación con el rugido del hogar—, me percaté de que estabas marcada.

—¿Marcada? —repito con el corazón en un puño.

Se vuelve hacia mí y me indica que me acerque con una simple mirada, por lo que cruzo la ornamental alfombra en dirección al cálido abrazo del fuego.

Contemplo con disimulo al chico, cuyos ojos reflejan la luz ámbar.

Cuando acerca una mano para apartarme un mechón extraviado de la mejilla y recolocármelo detrás de la oreja, me roza el lóbulo, y eso hace que me estremezca de nuevo.

—Ahí está —murmura con rostro sombrío. Toca el tatuaje en forma de X, una cicatriz que he intentado olvidar con todas mis fuerzas—. Henry tiene una igual.