Cruzanoches Capítulo trece
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Capítulo trece

Capítulo Trece

M e paso toda la mañana con la sensación de que alguien me observa.

No me quito de encima esa inquietud, que se asienta al final de mi columna y me eriza la piel cuando crujen los tablones del suelo o el viento agita las contraventanas.

De vez en cuando, la rejilla de latón encajada al pie de la pared de la cocina me llama la atención, y creo ver unos ojos rojos y brillantes que siguen cada uno de mis movimientos.

Pero estoy casi segura de que son fruto de mi imaginación, porque, cuando me fijo mejor, no vislumbro nada más que la oscuridad del conducto.

—Hoy te noto nerviosa —comenta mi padre mirándome de soslayo, mientras pela una zanahoria con la precisión necesaria para no malgastar ni un trozo—. ¿Va todo bien?

Trago saliva y me obligo a sonreír.

—Sí, es que estoy algo cansada. Últimamente no duermo mucho.

Él entorna los ojos, aunque al final asiente.

—Pero te encuentras bien, ¿no?

—Sí, claro —miento, sin hacer caso de la insoportable jaqueca que me ha tenido en vela casi toda la noche, ni de la zozobra que me revuelve el estómago.

Los rayos del sol vespertino se cuelan por los tragaluces, tan deslumbrantes que siento ganas de taparme la cara, pero me resisto al impulso y me giro hacia mi padre, inquisitiva—. ¿Tan mal aspecto tengo?

—Mira la chapuza que has hecho —contesta señalando el tomate que me tocaba trocear, y luego esboza una sonrisa que me recuerda a Owen.

Se me escapa una carcajada al reparar en los restos apachurrados del fruto rojo, pero después frunzo el ceño y digo:

—A nadie le gustan los piratas sinceros.

Dorothy, que estaba secando platos en la otra punta de la cocina, me lanza una mueca escandalizada, a lo que yo respondo poniendo cara de exasperación.

—Ni aunque se hayan reformado —remacho con mordacidad, añadiéndole la suficiente malicia a mi sonrisa para que Dorothy aparte la vista de mí.

—Corre a descansar un poco —sugiere mi padre amablemente, al tiempo que me da una palmadita en el hombro—. Necesito que estés a pleno rendimiento para la cena de esta noche.

Vacilo un momento, sin poder sacarme de la mente el recuerdo de aquellos ojos rojos que me vigilaban desde el techo la primera noche que dormí aquí.

Ahora sé que se trataba de un cambiante.

Aunque no hubiera tenido la sensación de que me iba a estallar la cabeza, anoche no habría podido pegar ojo, no después de toparme con ese secuaz cambiaformas en la habitación de mis hermanos.

Y dudo que ahora consiga descansar mucho más, pero al final acepto tomarme un descanso.

Me dirijo a la planta de arriba y abro la puerta de mi habitación con lodo el cuerpo en tensión.

Se me corta la respiración. Ahí, encima de mi cama, está la talega que desapareció la noche del asesinato de los Hacknoy. Me acerco lentamente, con el corazón cada vez más acelerado. A pesar de la inquietud que me genera la rejilla del techo, me centro en abrir el saco con manos temblorosas.

En el interior hay dos pares de ojos que apestan a muerte.

Tiro la talega y retrocedo a trompicones.

—¿Eres tú, As? —pregunta Charlie llamando a la puerta, y solo espera un segundo antes de abrirla.

Lleva el uniforme carmesí de los guardias, ya que se ha ofrecido a cubrir el turno de Hugh, que cayó resfriado ayer tarde.

Se me hace raro verlo con el dragón dorado de los Cástor en el pecho, pero he de reconocer que le queda bien—. ¿Ocurre algo?

Supongo que habré soltado un gritito sin darme cuenta.

—No —contesto. Me apresuro a recoger la talega y paso por su lado para salir por la puerta—. Todo va bien.

Mis palabras no parecen convencerlo, a juzgar por cómo mira la bolsa que escondo a la espalda, pero no ahonda en el asunto.

—Vale… —Se aclara la garganta y prosigue con torpeza—: Oye, si alguna vez necesitas hablar con alguien, sabes que puedes contar…

—No te preocupes, Charlie —insisto alejándome ya por el pasillo—. Estoy bien, de verdad.

—Seguro —suspira él, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados. Justo antes de que yo empiece a bajar la escalera, él añade algo más con la voz colmada de tristeza—. También era mi hermano, ¿sabes?

Me paro en seco, a punto de pisar el primer escalón.

—Y el de Lewis, Margaret, Elsie y Albert… —continúa—. Todos lo echamos de menos, Aster. No estás sola. Nada te obliga a darnos la espalda porque Owen haya…

—Estoy bien, Charlie —repito, esforzándome en mantener el tono sereno.

No espero a que responda: desciendo por los escalones a la carrera, aferrada como un cepo a la talega.

Sé que Charlie lo hace con buena intención.

Al fin y al cabo, solo se llevaba un año con Owen; en muchos sentidos, estaba más unido a él que la mayoría de nuestros hermanos.

Pero nunca podrá entender lo que yo estoy viviendo ahora, ni él ni los demás.

No es Margaret quien se ha convertido en el objetivo del Gremio de las Sombras —el tenebroso ejército secuaz de Morana—, ni es Lewis a quien persigue el cambiante.

Para colmo, Elsie y Albert ya se han acostumbrado del todo a la seguridad fingida de este lugar, sin ser conscientes de que los secuaces podrían atacar en cualquier momento.

Nadie más comprende el odio que siento, ni mi necesidad de vengar a Owen.

En esta mansión hay únicamente una persona que me haga sentir menos… sola.

Quizá sea eso lo que me lleva a deambular sin permiso por el patio interior del ala oeste, con la desconsiderada esperanza de encontrar a Will tan solo como yo.

Los rayos de sol entran por el techo acristalado y le aportan un brillo ígneo al color carmesí de la escalera, aparte de iluminar los relucientes cachivaches que decoran esta parte de la casa.

Todas las cucharas de plata, las delicadas piezas de cerámica y los distintos jarrones pintados a mano reflejan la luz, lo que resulta bastante cegador.

Solo me haría falta birlar unas cuantas cosas para poder fugarme a la costa Despiadada a base de sobornos.

Y, una vez allí, probablemente me sobraría el dinero suficiente para comprarme un barco e incluso contratar una tripulación.

A lo mejor hasta podría conseguir información sobre el paradero del capitán Sombra. ¿Seguirá queriendo que me una a él…?

Aprieto la talega con las manos. Si el objetivo del sylke soy yo, ¿no significa eso que mi familia quedaría a salvo en cuanto yo me marchara de la mansión Bludgrave? El Gremio de las Sombras ya no tendría razones para atormentarlos, ¿no?

Ojalá consiguiera localizar a Will de una vez. Si lo veo, quizá pueda reemplazar las náuseas del estómago por las incesantes mariposas que surgen cuando me acerco a él.

«Por el amor del Creador Absoluto —me reprocho—.

¿Cómo puedo ser tan ingenua?». Me doy la vuelta y me dirijo a un panel específico de la pared, que abrirá uno de los corredores para criados.

Aunque Will aceptara ayudarme a cazar al sylke , seguramente no le hará gracia que venga a buscarlo a plena luz del día, menos aún en una parte de la casa que yo no debo frecuentar.

Por nuestra seguridad, es imprescindible que ni su familia ni la mía se enteren de que nos reunimos en secreto; el único que está al tanto de nuestros encuentros es Jack.

No debería esperar que me trate diferente al resto de los empleados, aunque anoche hiciera justo eso al estrecharme entre sus brazos…

—¿Aster?

Me paro en seco nada más oír esa voz grave, y miro hacia la barandilla por la que se asoma Will con expresión neutral. Esto me pasa por hacerme ilusiones. ¿Cómo se me ha ocurrido pensar que se alegraría de verme?

El chico baja la majestuosa escalera a ritmo pausado, evitando mirarme en todo momento. Un traje con chaleco negro resalta la silueta esbelta y musculada de su cuerpo, y no puedo evitar que me recuerde a un lobo con piel de cordero: parece poderoso, calculador y… peligroso.

Me viene a la cabeza lo que me comentó la otra noche: «Las cosas peligrosas y mortíferas suelen gozar de una belleza sin igual».

Cuando llega al último escalón, me contempla por fin, con más intensidad de la necesaria.

—¿Buscas algo? —masculla mientras se ajusta los puños de la camisa.

«Sí, mi cordura», respondo para mis adentros, pero lo único que digo en voz alta es:

—No.

—Pues la cocina queda bastante lejos de aquí —comenta con una ceja enarcada.

Asiento rápidamente, sin soltar la talega que llevo cargada a la espalda.

—Entendido. Ya me iba.

Me recoloco la bolsa sobre el pecho a la vez que me giro hacia la pared y presiono el panel. «Soy estúpida —me recrimino con el corazón encogido—. Muy pero que muy estúpida».

—Espera.

Contengo la respiración al oír como se acercan sus lánguidos pasos. Soy consciente de que lo tengo detrás, como si irradiara una electricidad que solo yo puedo detectar.

—Aster —dice en voz baja.

Miro hacia atrás al mismo tiempo que él retira la mano, como si hubiera hecho un amago de tocarme.

Se me forma un nudo en el estómago cuando él comprueba que estamos solos y estira el brazo para abrir el pasadizo de los criados.

Luego inclina la cabeza, un gesto sutil para ordenarme que entre, y yo obedezco, aunque eso suponga que la presión de mis entrañas se acreciente y mi rostro se sonroje.

El momento de pasar al penumbroso corredor es el más humillante de toda mi vida.

Las lágrimas de rabia me anegan los ojos mientras espero a que la puerta se cierre con un chasquido, pero luego pego un respingo al notar el tacto de una mano en las lumbares.

—Ven por aquí —murmura Will, cuyo cálido aliento me acaricia la oreja.

Lo sigo a las profundidades del pasillo, anonadada, y nos detenemos ante otro panel. Esta puerta sale a una de las habitaciones favoritas de Margaret, aunque yo no había tenido oportunidad de verla aún.