Cruzanoches Capítulo doce
38%

Capítulo doce

Capítulo Doce

N o me hace falta esperar mucho para que Margaret empiece a roncar.

Enciendo un candelero y recorro a puntillas el pasillo; dejo atrás la habitación de mis padres, y luego la de Lewis y Charlie.

Cuando paso por delante de la de Albert y Elsie, la puerta entreabierta cruje ligeramente, como si me invitara a asomarme.

Me cuelo por el hueco y aguardo a que la cálida llama de la vela ilumine las camitas.

A pesar de la penumbra, reparo en la figura que se alza junto al cuerpecillo dormido de Elsie, de espaldas a mí.

El corazón me da un vuelco.

—¿Lewis? —susurro.

La silueta gira la cabeza para mirarme. Dos ojos rojos, fulgentes como brasas recién prendidas, se cruzan con los míos. Toda la figura está recubierta de sombras neblinosas que parecen brotar de su propia piel.

No es Lewis.

Las sombras se arrojan sobre la vela para apagarla y nos sumen en la oscuridad.

Un instante después, el intruso salta por la ventana abierta.

Tiro el candelero y me lanzo a perseguirlo.

Pero, cuando saco la cabeza al húmedo paisaje de la noche y miro abajo, los rosales del suelo están intactos.

En las alturas, un cuervo planea a la luz de la luna en dirección al bosque, donde los prominentes acantilados bordean el valle y las cascadas negras se derraman por las paredes de roca.

—¿Qué pasa, Aster? —murmura Albert frotándose los ojos.

—Duérmete —digo con voz temblorosa tras cerrar la ventana y darle un beso en la frente.

Recojo el candelero y salgo al pasillo. Nada más llegar a la escalera, echo a correr. Cruzo la cocina a toda prisa y emerjo en el jardín del ala oeste. Para cuando alcanzo las caballerizas, tengo la respiración agitada y mi corazón amenaza con reventar.

Will ya está allí, apoyado en el establo de Cáligo con una capa negra sobre los hombros. Supongo que mi cara le explica lo que acaba de ocurrir, pues se arrima un dedo a los labios y me mira con urgencia.

—No podemos hablarlo aquí —dice.

Llevamos a Cáligo hasta el invernadero, tan rápido que los cascos del caballo esparcen tierra por todo el túnel de manzanos.

Entro al edificio con Will y él se encarga de cerrar la puerta.

Liv y las otras hadas se encuentran reunidas junto al viejo roble, y nuestra aparición no interrumpe en absoluto sus cantos ni sus danzas.

De repente, un aullido cercano rasga el aire nocturno.

Pego un respingo y me dispongo a sacar algún arma, sin acordarme de que ya no tengo ninguna, pero Will permanece impertérrito.

—Eso son los lobos —murmura.

Se quita la capa y me la echa sobre la espalda.

Pesa menos de lo que esperaba, y es como estar envuelta en un manto de alivio: se me relajan los músculos y se me aclara la mente.

Cuando Will me ajusta el cierre del cuello, las incesantes mariposas de mi estómago consiguen que me olvide del horror vivido hace apenas unos minutos.

La tela parece irradiar una calidez reconfortante que me acaricia hasta el último centímetro de piel. Huele como él, a rosas y tierra húmeda.

—Lo has visto, ¿no? —me pregunta con el ceño fruncido y un destello intrigado en esos ojos verdes.

Asiento y noto lo mucho que se me ha secado la boca.

—Lo tuve justo delante, pero no conseguí… no pude…

—No dependía de ti. —La mirada de Will se ensombrece cuando agacha la cabeza—. Me temo que no te he sido del todo sincero.

—¿Qué significa eso? —digo retrocediendo un paso. De repente, siento que el peso de la capa me asfixia.

—¿Recuerdas lo que sucedió anoche en la fuente? —Comienza en voz baja, pasándose una mano por los rizos oscuros.

—¿Lo de tus ojos…? —murmuro.

Creía que me había imaginado el resplandor dorado que brotó de ellos y sustituyó a su habitual color verde.

—Absorbí el poder del manán que fluía en la sangre —revela con la mandíbula crispada—.

Y eso reforzó mi don para… controlar. Me otorgó unas habilidades similares a las de un secuaz.

—Se observa las manos, compungido—. Hice mal en usarlas contigo, pero necesitaba tiempo para explicarme, y no podía correr el riesgo de hablarlo en un lugar tan público.

Reaccioné por instinto y he de disculparme por ello.

Tenso los músculos, incapaz de controlar el ritmo acelerado de mi pulso.

Utilizó poderes mágicos para obligarme a dormir, aunque eso supusiera ir en contra de mi voluntad.

Aprieto los dientes y me preparo para despedazarlo a base de insultos, o con mis propias manos si surge la oportunidad.

Pero, cuando me roza el brazo, el mero tacto de sus dedos hace que mi furia se disipe y quede reemplazada por la comprensión.

—Yo habría hecho lo mismo en tu lugar —reconozco.

El alivio reaparece en su rostro, al menos hasta que yo cruzo los brazos.

—Pero aquí sí tenemos privacidad, así que empieza a cantar —exijo enarcando una ceja.

Will retira la mano con expresión indescifrable.

—Algunos humanos y cruzanoches aceptan servir a la reina secuaz porque ella promete concederles poderes como estos.

Aquellos que la apoyan dejan de ser humanos.

Y de estar vivos, en cierto sentido. —Alza la cabeza para estudiarme—.

Pierden la humanidad y se convierten en criaturas cambiaformas que necesitan consumir sangre para sobrevivir.

A estos seres, que pueden aparecerse ante ti con el aspecto que les plazca, los llamamos «cambiantes».

—¿Cambiantes? —repito—. Pero ¿cómo…?

—No es muy difícil —me interrumpe, azorado—. Basta con un mordisco.

—¿Un mordisco?

Me tiembla la voz al recordar el sueño que tuve justo después de la muerte de Owen, en el que algo me hincaba los dientes en el hombro.

—¿Recuerdas aquello de que mi gente considera tu habilidad como una maldición? —continúa con expresión grave, bajando la barbilla.

Me alejo a trompicones. La capa se me resbala de los hombros y se arremolina en el suelo como un charco de terciopelo negro.

—¿Me estás diciendo que… soy una…?

—No —remacha agarrándome del brazo, para que me acerque a él.

Me tropiezo con la capa y extiendo los brazos para frenar la caída, pero acabo estampando las palmas contra el pecho de Will. Él se tensa al percibir mi tacto, aunque luego me mira con amabilidad. Siento que al final sí he caído a sus pies, pero no como esperaba. Continúa hablando con suavidad:

—Si te hubiera mordido uno, lo sabrías. La marca de los dientes te habría podrido la carne, y el veneno de secuaz se habría infiltrado en tu cuerpo y te habría transformado ya.

Me encuentro tan vulnerable que no me aparto de él. Es la primera vez que alguien me abraza así, de una forma tan reconfortante. Me resulta casi abrumador: él es demasiado bondadoso, y estamos demasiado cerca.

—No suenas convencido —comento con dificultad.

—Pues lo estoy —murmura él sin apartar la vista de mis ojos—. Tú, Aster, no eres una cambiante.

Las murallas de mi interior se resquebrajan por completo y se vienen abajo.

Estoy agotada, y lo único en lo que puedo pensar es en que tengo a mi lado a Will, al cálido y protector Will.

Cuando me estrecha entre sus brazos, me derrumbo del todo.

El vacila un instante, como si hubiera cruzado un límite del que yo no era consciente, pero luego me abraza más fuerte todavía, con más intensidad de la que yo creía posible.

No puedo evitar preguntarme si los sucesos de los últimos días también lo han dejado a él falto de consuelo.

«Los amigos no hacen estas cosas», me susurra una vocecilla, pero no la escucho. Ahora mismo, lo único que capta mi atención es el pulgar que me roza la columna, y me concentro por completo en disfrutar de este momento y esta caricia.

La proximidad de Will me envalentona, por lo que hundo la cara en su camisa e inhalo el dulzón aroma a flores y tierra mojada que lo caracteriza.

Añoro el cariño de mis padres, pero no puedo acudir a ellos ni contarles todo lo que he descubierto sobre el mundo y sobre mí, pues ellos desean que deje atrás el pasado.

Siempre han sabido más de lo que decían sobre los cruzanoches, y me apuesto a que también disponen de información sobre los secuaces, aunque no quieran sacarla a la luz.

Si les explicara que he visto a un sylke y que pienso cazar al asesino de Owen, ¿pensarían que estoy maldita, como el resto de la gente? ¿Creerían que he perdido la cordura?

Permanezco abrazada a Will más tiempo del debido, con la mejilla apoyada en su pecho para notar la regularidad de sus latidos. Cuando me despego por fin, él sigue rodeándome con los brazos como un escudo.

—Posees una habilidad única —comenta con normalidad, como si no se hubiera percatado de que ha bajado la mano a mis lumbares—.

En el frente, los soldados tienen que ponerse un equipo especial para detectar a los sylkes .

Nunca había conocido a nadie que pudiera ver las sombras como tú.

Bueno, a nadie que no se hubiera transformado ya en un cambiante.

—Pero ¿cómo es posible? —Logro preguntar con voz ronca. Soy plenamente consciente de lo íntima que es esta situación, pero ni siquiera así me siento capaz de separarme de él—. ¿Por qué puedo verlos?

Él sacude la cabeza y aparta las manos. No tardo ni un instante en echar de menos la sensación del abrazo.

—No lo sé —reconoce. Deja los dedos cerca de mi brazo, como si acabara de reparar en lo pegados que estábamos—. Pero lo que has visto esta noche no era ningún sylke .

Me recoloco un mechón detrás de la oreja, y ese movimiento hace que él recapacite por fin: aleja el brazo del todo y se frota la nuca.

Una sonrisa tímida amenaza con dibujarse en su sonrojado rostro, lo que resulta en una expresión demasiado humana y modesta para alguien como Will, que tiene la capacidad de romper huesos con un giro de la muñeca o de poner de rodillas a un hombre con solo agitar un dedo.

«Somos amigos, y nada más», me recuerdo ahora que he escapado de su abrazo y puedo pensar con lucidez.

Me aclaro la garganta sin parar de juguetear con la pulsera de Owen.

—Entonces, ¿crees que era un cambiante? —pregunto.

Will borra esa sonrisa aniñada de la cara y asiente antes de contestar:

—Los sylkes que campan por este mundo toman el aspecto de una sombra hasta que poseen a un humano, y para pasar a otro portador deben matar primero al anterior.

Por el contrario, los cambiantes siempre tienen un cuerpo físico hecho de carne y hueso, no de humo.

Y no necesitan buscar portadores, pues ya pueden transformarse en lo que quieran.

Añado esa información a mis apuntes mentales sobre los diversos tipos de secuaz: «Los sylkes poseen, los gores devoran y los cambiantes se transforman».

—Temía que el Gremio intentara reclutarte, y eso es precisamente lo que está haciendo —prosigue Will rascándose el mentón—. Si no hubieras interrumpido a esa cosa…

No termina la frase, pero la parte final queda implícita: si no hubiera entrado en la habitación de mis hermanos pequeños, Elsie y Albert estarían muertos.

—¿Qué puedo hacer para detenerlo?

Odio lo frágil que suena mi voz, lo indefensa que me siento.

Las posesiones de los sylkes y la naturaleza sanguinaria de los gores ya me parecían terroríficas por sí solas, pero ahora resulta que me enfrento a un tipo totalmente distinto de secuaz, a un monstruo que puede adoptar el aspecto que le plazca.

En altamar nunca dudaba de mí misma. No me costaba matar, pues era imprescindible para sobrevivir; lo único que necesitaba para derribar al enemigo y ganar la batalla era desenfundar las dagas y las pistolas con la rapidez suficiente.

Pero ¿cómo voy a acabar con algo que se refugia entre las sombras, a menos que yo misma aprenda a luchar a oscuras?

Y, si me dejo llevar por dicha oscuridad, ¿acabaré convertida en una más de esas sombras?

—Nada. Al menos esta noche. —Will se inclina para recoger la capa del suelo—.

El cambiante volverá a hacer acto de presencia y, cuando eso ocurra, nos guiará hasta el sylke .

Pero, entretanto… —Me da la espalda y pone rumbo al viejo roble.

Allí extiende la capa sobre la hierba y se tumba encima, con las manos entrelazadas debajo de la cabeza—. ¿Te apetece acompañarme?

—Aunque no podamos hacer nada, ¿de verdad te parece el momento apropiado para echarte una siesta? —replico arqueando una ceja.

—Hace rato que debería haberme acostado, así que técnicamente no sería una siesta. —Esboza una sonrisilla jocosa a la vez que me invita a sentarme, dando golpecitos en el hueco libre de la capa—. Tengo entendido que los piratas sois expertos en contar historias.

Señala el techo de cristal. El cielo nocturno brilla en las alturas, como un tapiz viviente de constelaciones con nombres heredados de leyendas.

Me recuesto a su lado con cuidado de no cubrir el pequeñísimo espacio que resta entre nosotros, como si Will no me hubiera estrechado entre sus brazos hace apenas unos minutos.

—¿Cuál es la historia de esa? —pregunta apuntando hacia Astrid y la Corona de Siete Velas.

—Preferiría hablar de lo que haremos con el sylke después de atraparlo —comento mirándolo de soslayo.

El suspiro que suelta no tiene nada que envidiarle a los del melodramático de Jack.

—No me sorprende, dado lo obsesionada que estás con las matanzas —responde girando la cabeza, de tal manera que nuestras miradas se cruzan.

Resoplo y vuelvo a fijarme en las estrellas, pero la intensidad de su atención consigue que me sonroje.

—Entonces, sabrás lo que pienso hacerte si te interpones en mi camino, ¿no? —digo.

Veo por el rabillo del ojo que esboza una sonrisa torcida, lo que deja al aire unos dientes tan blancos y relucientes como las propias estrellas.

—No me des ilusiones.