Cruzanoches Capítulo once
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Capítulo once

Capítulo Once

M e despierta un sonido inimitable: el llanto de Albert.

Salto de la cama y me examino la ropa, el pelo y las sábanas, preparada para enfrentarme a la sangre que lo habrá manchado todo, pero es como si nunca me hubiera metido en la fuente cruenta.

Llevo el pelo limpio y seco, las sábanas no tienen ni una marca y el uniforme está como nuevo.

Creo recordar que Will me metió en el estanque y me lavó la sangre del cabello, una imagen que me llena el estómago de mariposas.

¿Sería él quien me cambió la ropa también?

Justo cuando empiezo a sonrojarme, un recuerdo más se cuela en mi mente: Liv y las otras hadas me arrancaron a tirones el uniforme ensangrentando, y Will nos dio la espalda mientras ellas me vestían al lado del viejo roble del invernadero.

Después visualizo otro momento, en el que Will me tumba en mi cama cuidadosamente y me tapa con la manta.

Los gimoteos se repiten y me sacan del ensimismamiento.

Corro por el pasillo hasta la habitación de Albert, donde mis padres ya están consolándolo.

La luz del sol baña a Charlie, que se encuentra arrodillado junto a la cama de nuestro hermano menor.

Me saluda con la cabeza como si no se acordara de mi temerario baño en la fuente, el collar que encontramos ni los ojos dorados de Will.

—Pero es verdad que lo vi —solloza Albert con el rostro pegado al pecho de nuestra madre—. ¡Vi a Owen!

—Ea, ea, ya pasó —canturrea ella acariciándole el pelo—. Lo habrás soñado.

Cuando mi padre me mira, reparo en que le han salido todavía más patas de gallo.

—Ha llegado el momento —dice—. Le pediré a lord Bludgrave que nos conceda un rato libre esta tarde.

Asiento con un nudo en la garganta. Si estuviéramos en altamar, lo normal sería que ya hubiéramos celebrado los ritos funerarios de Owen hace mucho.

Una parte de mí esperaba que mis padres se olvidaran de ello para siempre, como si el hecho de no despedirse de él significara que sigue con nosotros.

Pero mi padre tiene razón: ha llegado el momento de dejar que Owen descanse en paz, de aceptar su muerte por fin.

Me paso toda la mañana aturdida. Después del almuerzo, los ocho nos reunimos en una loma verde que da a un espléndido prado de flores silvestres, pero yo siento que estoy muy lejos de aquí.

Lo único que hago durante toda la ceremonia es contemplar un enorme roble, en cuya rama más alta se posa un cuervo de aspecto astuto que nos observa con interés.

Una vez, Owen me dijo que le gustaría ser un pájaro.

Se me escapa una sonrisa triste y compungida al pensar que igual ha cumplido su sueño.

Lewis ha cosido una réplica en miniatura de la bandera del Crealuz, en la que aparece un canario amarillo rodeado de nueve estrellas plateadas. Ahora se la ofrece a nuestra madre mientras ella recita de memoria un pasaje del Salterio del capitán Gregory.

—Que las olas honren el coraje y la proeza de esta vida —dice mi madre como conclusión de la ceremonia, con una mirada solemne y anegada de lágrimas.

—Y que las Estrellas pregonen su gloria —murmuramos los demás al unísono.

Lo siguiente que dicta la tradición es que disparemos al aire veintiuna veces, en representación del número de años que Owen vivió en este mundo.

Sin embargo, no tenemos ninguna pistola, por lo que nos besamos las yemas de dos dedos y los alzamos hacia el cielo con el pulgar estirado.

Al igual que el resto del rito, este gesto final parece reconfortar a mi familia: Margaret y Lewis se abrazan, Charlie se sienta a Albert en los hombros y mi padre se echa a Elsie sobre la espalda.

Todos comienzan a descender por la colina en dirección a la mansión, salvo mi madre, que permanece en la cima con la vista fija en el horizonte y el curtido rostro bañado de lágrimas.

—No recuerdo que llevaras ninguna pulsera cuando capturaron a tus hermanos y hermanas —susurra con voz ronca, casi inaudible—. Las recogió William, ¿verdad?

Rozo la cinta de cuero que perteneció a Owen.

Mi madre las hizo todas cuando yo era pequeña, y eligió el cuero trenzado como símbolo del vínculo irrompible que nos une.

Según el Credo, cuando un pirata cae en plena batalla, su distintivo personal debe acabar en manos del miembro de su clan que presenciara la muerte.

Una vez que la lucha acaba, hasta los clanes enemigos ofrecen un momento de tregua para que se cumpla esta costumbre.

—Sí —contesto quedamente.

—Y se ha guardado la tuya —señala mi madre con el ceño fruncido.

No sé cómo, pero ella ha podido diferenciar mi pulsera de la de mi hermano. Yo apenas las distingo, quitando que la de Owen está un pelín más desgastada.

—Así es —asiento.

Puesto que fue Will quien me encontró aquella mañana, justo después de que Owen cayera asesinado, me parece lógico que mi pulsera haya acabado en su poder.

Al fin y al cabo, Aster Oberon, la temible pirata del mar del Oeste, murió en cuanto los mástiles del Crealuz se hundieron entre las olas.

Aunque Will no forme parte de nuestro clan, fue él quien presenció esa muerte.

En cierto sentido, está en su derecho de quedarse mi distintivo.

Empiezo a bajar la colina para evitar que me haga más preguntas sobre el tema, pues no me quedan fuerzas para responderlas. Si me quedo con ella, no solo tendré que despedirme de Owen, el Crealuz y nuestro pasado, sino también de mí misma. Y no creo que esté preparada para ello.

Owen se ha marchado, pero su pulsera siempre me recordará que fue mi hermano y existió en este mundo, que luchó con valentía hasta el último segundo.

Y, aunque mi familia haya decidido seguir adelante y decirle adiós a Owen, la persona que tiene mi pulsera nunca olvidará que fui pirata antes de convertirme en pinche de cocina, que solo sigo aquí por lealtad, que esta nueva vida en tierra firme no cambia la verdad: aquel día, el mar se tragó las almas de dos Oberon.

—¿Aster? —murmura una voz, oculta entre los rosales del camino.

Me paro en seco y me llevo una mano a la cadera por puro instinto, en busca de una daga que ya no está ahí.

Will emerge de los arbustos con el rostro sonrosado.

—No pretendía asustarte —dice frotándose la nuca.

Viéndolo con esa camisa de lino blanco arrugada y las rodillas embarradas, cualquiera pensaría que es un jardinero y no uno de los señores de la casa.

De hecho, si no lo conociera, hasta me parecería humano.

Casi se me olvida que anoche miró la fuente como si estuviera sediento y el agua sangrienta fuera lo único que podría saciarlo.

—No me has asustado —miento dando un paso atrás.

A juzgar por cómo se rasca la barbilla, creo que me ha leído la mente.

—Entiendo perfectamente que te sientas así —comenta con un suspiro, y luego se saca un lirio blanco del bolsillo del pecho—. Si deseas que no vuelva hablarte…

—Eso no será necesario —suelto sin pensar, colorada—. Además, ni yo misma sé lo que siento.

La culpabilidad me oprime el estómago sin piedad.

Acabo de despedirme para siempre de Owen, así que debería estar llorando su muerte.

Sin embargo, ahora mismo solo soy capaz de debatirme entre mi odio por los cruzanoches, por lo que le hicieron a Owen y a todo mi pueblo, y el odio que siento por mí misma, por esta necesidad ferviente e incomprensible de estar con Will.

Él hace un amago de acercarse, pero no me achanto. Me estudia con esos ojos verdes, en los que brilla más arrepentimiento del que puedo comprender.

—Lo que hice anoche… y lo que le dije a mi familia para explicar que tú y yo estuviéramos juntos… fue para protegerte. Si alguien descubriera cuán… —se lame los labios y frunce el ceño— estrecha es nuestra relación…

—¿Por qué crees que me hace falta un protector?

—No es eso. —Contempla el lirio que sostiene entre los dedos con expresión frustrada—. ¿Recuerdas lo que te conté de esos humanos que eligieron unirse al bando de los secuaces?

Me limito a asentir.

—Se hacen llamar «el Gremio de las Sombras» —continúa con la mandíbula en tensión y el ceño aún más fruncido—. Están al servicio de la reina de los secuaces, una sylke conocida como Morana.

El nombre le provoca escalofríos, y se pasa una mano por el pelo para serenarse.

—¿Morana? —repito; a mí también me ha puesto los pelos de punta.

Él asiente con gravedad y sigue hablando:

—Antes de la Caída, de que mi pueblo se exiliara de Elysia, ella estaba encerrada en Kaos, el reino del inframundo.

Por desgracia, quedó liberada cuando tu gente creó las Tierras Ardientes.

Nadie sabe dónde se oculta, o si ha optado por poseer algún cuerpo, pero se especula que ha pasado todos estos siglos en las propias Tierras Ardientes, a la espera de que los cruzanoches y los humanos se destruyan entre ellos.

Así podría conquistar este mundo sin ningún impedimento.

Mira para atrás un momento y se gira hacia mí de nuevo, esta vez con una cara más amable.

El sylke que mató a tu hermano está al tanto de que puedes verlo —prosigue en voz más baja—.

Esa es la razón por la que te ha seguido hasta aquí, por la que está jugando contigo, por la que nos mandó un gore anoche para aterrorizar a toda la mansión.

El ejército de Morana, el Gremio, siempre procura reclutar a las personas que poseen tu habilidad, por temor de que puedan usarla contra ellos.

Y lo que hacen para conseguirlo es arrebatarte todo lo que te convierte en humano, como tus conocidos y seres queridos.

—Da otro paso hacia mí. Se acerca tanto que, si yo siguiera teniendo la daga, podría clavársela en el pecho sin darle tiempo ni a parpadear—.

El señor y la señora Hackney eran como miembros de la familia para mí, pero si el Gremio hubiera querido enviar el mensaje con más eficacia, las cabezas que encontramos anoche podrían haber sido perfectamente las de tus padres.

Me mete el lirio en el delantal, y el estómago me da un vuelco al notar la proximidad de su mano.

—Lo que te dije iba en serio —murmura a continuación, sin apartar la vista de la flor que me sobresale del bolsillo.

Cuando alza la cabeza para mirarme, sus largas pestañas proyectan sombras sobre las pecas de su rostro—.

Si todavía deseas que te ayude, reúnete conmigo en las caballerizas esta noche, una vez que todos se hayan acostado.

Retrocedo un poco, sin aliento.

—¿A qué viene el lirio? —pregunto al recordar lo que me comentó ayer sobre el lenguaje secreto de las flores.

Se fija en la colina que hay detrás de mí, donde mi madre ya empieza a bajar entre las muchas flores silvestres, que le suben hasta las rodillas.

—Simboliza condolencia con aquello que ha llegado a su fin —explica con ojos vidriosos—. Y también la esperanza de un nuevo comienzo, de lo que está por venir.

«Un nuevo comienzo…», pienso mientras acaricio los suaves pétalos.

Al observar a mi madre, que sigue descendiendo por las ondulaciones de la esplendorosa loma, con un mar de flores coloridas a los pies, siento que estoy viendo a una persona nueva.

Si ella ha sido capaz de empezar otro capítulo, de despedirse del pasado y la mujer que fue, yo también puedo hacerlo. O, al menos, he de intentarlo.

Pero todavía no estoy preparada.

Lo primero que necesito hacer para superar el pasado es asegurarme de que Owen descanse en paz por fin. Y no hablo de recitar salmos, izar banderas o recrear homenajes. Si de verdad quiero salir adelante, debo encontrar al sylke , y solamente Will puede ayudarme.