Cruzanoches Capítulo diez #2
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Capítulo diez #2

El esboza una sonrisa torcida y luego, como si acabara de recordar por qué me ha llamado, ensombrece el rostro y se vuelve hacia la poza de la fuente con expresión concentrada.

—Se me ha ocurrido algo.

—Uy, eso sí que no me lo esperaba —bromeo.

El curva los labios muy ligeramente.

—Mira eso. —Señala el cáliz con la barbilla—. ¿Lo ves?

Entorno los ojos y detecto un destello dorado cada vez que la luz de los faroles titila. No sé qué es, pues está demasiado arriba, lejos de mi alcance. Me subo a la base de la fuente, pero ni siquiera me da tiempo a meter el pie en el agua ensangrentada porque Will me agarra de la muñeca.

—Te vas a ensuciar la ropa —avisa, pero su rostro irradia algo parecido al miedo, por lo que la verdadera razón de su interrupción debe de ser otra.

—Vale, pues entonces métete tú —sugiero al tiempo que me zafo de él.

Presupongo que Will volverá a contemplar la fuente con el mismo pavor de antes, o quizá con asco. Sin embargo, la emoción que se acaba dibujando en sus rasgos mientras observa el agua rojiza es otra, una que me revuelve el estómago: el hambre le ha nublado la mirada.

Al final, aparta la vista y se vuelve hacia la mansión, dándome la espalda a mí y a la fuente sanguinolenta.

—No puedo.

—Bueno, pero yo sí —contesto.

Ahora no doy lugar a que me detenga: introduzco un pie en el agua y luego el resto de la pierna. Me abro paso hacia la estatua, calada hasta las caderas de agua cálida y espesa. Porque es solo eso: agua. Me niego a considerarla sangre.

Aunque se haya teñido por completo de rojo…

Estiro el brazo y agarro la tira de cuero que cuelga del cáliz.

«Es un collar para mascotas», deduzco al reparar en el cascabelito dorado que adorna el cierre.

Me giro lentamente. Ya casi he regresado al borde de la fuente cuando algo me agarra de la pierna y me hunde en el agua.

Intento liberarme a patadas, en vano; lo que me haya atrapado se niega a soltarme, e incluso me clava las garras en la carne.

Como no tengo manera de escapar, decido centrarme en ralentizar el ritmo acelerado de mi corazón.

El agua no es nada nuevo para mí; siempre ha sido mi ayudante, mi aliada.

Es algo que me confiere fuerza y me da ventaja.

Puedo aguantar la respiración todo el tiempo que haga falta, pero primero he de mantener la calma.

«Esta vez no vendrá a salvarte», dice la vocecilla que se cuela en mi mente, tan rasposa como la arena.

«No necesito que me salve nadie», respondo.

Ahora que vuelvo a encontrarme dentro del agua, por primera vez desde que me alejaron del mar, una ráfaga de energía renovada se propaga por mis venas y activa hasta el último de mis nervios.

Me dejo llevar por la fuerza vivificante de ese torrente.

Deseo quedarme aquí, sumergida, aunque eso signifique ahogarse.

Justo cuando empiezo a entregarme a la oleada de poder que me inunda el cuerpo, alguien me saca de la fuente bruscamente. En un primer momento, dejo de luchar con lo que intentaba hundirme y me revuelvo contra la persona que pretende rescatarme.

—¿Aster? —masculla una voz temblorosa—. ¡Respira, Aster!

«¿Owen?», pienso mientras vomito agua cruenta entre jadeos, pero luego recuerdo de sopetón que no puede ser él.

No se me aclara la mente hasta que alguien me pone en pie y me limpia la sangre de los ojos con el dobladillo de su camisa.

La capa de rojo que me nubla la vista se disipa lo bastante para reconocer los ojos azules de Charlie, colmados de pánico.

Y, detrás de mi hermano, Will me mira con el rostro blanco como el papel.

En cuanto me repongo un poco, Charlie se gira hacia él con furia. Agarra a Will por el cuello de la camisa y comienza a zarandearlo.

—¡¿Pensabas dejar que se ahogara?! —Le gruñe—. ¿Por qué no la has ayudado?

Los ojos de Will, más ensombrecidos que nunca, nos pasan de largo a Charlie y a mí.

—La… sangre…

—¿En serio me vas a decir que un cruzanoches le tiene miedo a la sangre? —le espeta Charlie antes de empujarlo y tirarlo al suelo.

Will tensa la mandíbula y hunde las manos en la hierba. Luego aparta la vista de mí, con el ceño fruncido.

—No es por miedo —dice entre dientes. Cierra los ojos con fuerza y respira agitadamente un rato. Cuando el ritmo de su pecho se relaja, reabre los ojos y noto que se le han llenado de vergüenza—. Las leyendas que os han contado tienen una parte de verdad.

Se levanta y se alisa la ropa. Sigue evitando mirarme, por lo que se vuelve hacia los extensísimos jardines del lugar.

—Cuando comenzó la guerra, algunos cruzanoches aspiraron a hacerse con los poderes psíquicos de los secuaces —prosigue en voz baja—.

Esa clase de poder… nos cambió. Las historias sobre cruzanoches que se bañan en sangre o se la beben como si fuera vino no son un mero cuento.

La sangre es la fuente más pura de manán, y la de los humanos goza de más potencia que ninguna otra.

—Se gira hacia mí con una mueca lúgubre—.

Pero también nos transforma en criaturas sanguinarias y descerebradas, igual de malignas que los secuaces.

Nos volvemos tan feroces como un gore y el doble de mortíferos.

Presto atención a todo lo que explica, pero siento que lo estoy escuchando desde un sitio lejano.

Me levanto las faldas del vestido para inspeccionar la herida que me causaron las garras debajo del agua.

Sin embargo, la piel de la pierna está intacta: no hay ni rastro de los arañazos.

Empiezo a dudar que la mano fuera real, siquiera.

—¿Qué has encontrado? —pregunta Will acercándose a mí, pero Charlie se interpone entre nosotros como una torre inamovible.

Me doy la vuelta y busco por el suelo hasta encontrar el collar, tirado en la hierba y empapado de sangre. Lo recojo y lo limpio en el faldón de la camisa de Charlie, sin pedirle permiso ni nada. En el lado interior del cuero hay cinco palabras grabadas:

¿ ME HAS ECHADO DE MENOS ?

Trago saliva y cruzo una mirada con Will.

—Es el collar de Querido —dice con los ojos entornados.

—O sea, que al final sí fue un gore el que mató a la mascota de lady Annie —murmura Charlie.

—No. —Will toma el pedazo de cuero y examina las palabras trazadas en él—. Los gores no saben escribir. La persona que haya dejado estos mensajes está usando a uno de ellos para cubrirse las espaldas.

Luego cruza por delante de mí y Charlie y se dirige a la fuente, sin quitarles la vista de encima a las cabezas de los Hackney.

Cuando me dispongo a seguirlo, Charlie suelta un grito ahogado y me frena sin previo aviso.

—¡Aster! —exclama, alarmado—. ¿Qué te pasa en los ojos?

Will se gira en redondo. De un momento para otro, metela mano en el agua ensangrentada y agarra a Charlie del brazo, sin que él tenga tiempo para reaccionar.

—Encárgate del señor y la señora Hackney —le pide con la suavidad de quien canta una nana—. Y olvida lo que acabas de ver.

Charlie empieza a caminar hacia la fuente con la mirada perdida, como si estuviera en trance. Mientras mi hermano desclava la cabeza del señor Hackney de la espada, Will me aferra el codo con tanta delicadeza como firmeza.

Sus ojos han cambiado de verdes a dorados, y emiten un fulgor tenue y cautivador que aplaca mi miedo. Después me roza la mejilla con los dedos, cuyo tacto me transmite una ráfaga de calma muy familiar.

—Duérmete —me susurra.

Intento resistirme al efecto, pero el mundo se va desvaneciendo a mi alrededor. Lo último que veo son los ojos dorados de Will, que me coge en brazos como si no pesara nada.

En ese instante, me viene a la mente la advertencia implícita de mi madre: «No confíes en nadie». Sé que también se refería a Will, o quizá lo dijera especialmente por él.

Quiero ser la buena hija y tripulante que acataría sus órdenes. Pero ya es demasiado tarde para eso: cuando me dejo llevar por el amable beso de la oscuridad, los brazos de Will me hacen sentir más segura que toda una vida en el Crealuz.