Cruzanoches Capítulo diez
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Capítulo diez

Capítulo Diez

W ill y yo cruzamos miradas de perplejidad. Al pie de la fuente yace una navaja empapada de sangre, la misma que había en la talega que me dio, esa que tiré al barro. Al final resulta que no se la ha llevado ningún animal.

—Un gore no dejaría este mensaje —declara Will, que recoge la navaja para inspeccionarla—.

Esos monstruos solo saben matar y devorar.

Es innegable que uno de ellos ha asesinado al señor y la señora Hackney, pero esto…

—Añade estudiando el texto cruento— lo ha hecho otra persona.

—Se gira hacia mí—. Parece que tienes un don especial para ganarte enemigos.

—¿Quién te dice que ella no está en el ajo? —Ladra Henry lanzándome cuchillos con los ojos.

—Ya te he explicado que estaba conmigo —replica Will con voz grave y amenazante.

—¿Y qué hacíais juntos? —inquiere Henry ladeando la cabeza—. ¿Acaso has olvidado lo que manda la ley? ¿O simplemente crees que estás por encima de todo?

—Lo mismo te pregunto yo a ti, hermanito. —Will señala a Dorothy, que sigue desmayada entre los brazos del chico—. ¿Acatas tú la ley del rey?

Henry se muerde el labio y suelta un resoplido. No me sorprendería que estuviera fantaseando con quemarnos vivos a los dos.

—¿De qué ley habláis? —susurro, cada vez más incapaz de soportar las miradas indiscretas de mi familia y los Cástor.

—Los cruzanoches y los humanos tienen prohibido… relacionarse —contesta Will frunciendo los labios ligeramente.

Me aparto de él a toda prisa, tambaleándome y notando las mejillas coloradísimas.

—Pero si nosotros no hemos…

—Y tanto que no —remacha Will sin apartar la vista de Henry, furibundo—.

Hace un rato, Aster me siguió hasta el Templete de Hildegarda.

Le despertaba curiosidad, por todo lo que pasó con Querido, pero yo le advertí de lo inapropiado que era quedarse a solas conmigo sin una carabina presente.

Ya estaba acompañándola de vuelta a la mansión cuando oímos al gore —prosigue, a medio camino entre un gruñido y un susurro—. Eso es todo.

—Entonces, ¿por qué…? —empieza a decir Henry, como si pretendiera interrogar más a su hermano, pero lord Bludgrave elige ese momento para carraspear con fuerza.

El hombre se saca del bolsillo un reloj atado a una larga cadena de oro y lo abre. Tras estudiar la esfera con atención, posa los ojos en Will y enarca una ceja.

—Será mejor que dejemos este asunto para otro momento.

Mañana nos espera un día muy ajetreado. He recibido aviso de que mi cuñado, el almirante, llegará en poco más de un mes.

Ha decidido pasar el verano en la mansión Bludgrave, y tenemos el deber de acogerlo.

Faltan muchas cosas por preparar, y ahora que el señor y la señora Hackney han…

Deja la frase sin terminar y suspira hondo.

—No se inquiete, milord —interviene mi madre con la seriedad de un consejero político, más que la de una limpiadora—. Lewis asumirá los quehaceres del señor Hackney.

—Muchas gracias —acepta lord Bludgrave inclinado la cabeza—. No sé qué habríamos hecho si mi hijo no os hubiera traído a casa.

—De no ser por ellos, el señor y la señora Hackney seguirían vivos —resopla Henry.

Todavía me fulmina con la mirada, pero yo se la devuelvo sin achantarme. Sé lo que está pensando, porque yo misma lo tengo en mente: podría matarme con una sola mirada.

—Basta ya —estalla lady Isabelle, claramente agotada. Se vuelve hacia Henry—. Lleva a Dorothy a su habitación y haz todo lo que pida Margaret.

El chico frunce los labios con amargura, pero no rechista, pues eso supondría no ayudar a Dorothy.

Tras levantar a la muchacha en brazos, acompaña a mi hermana al interior de la mansión.

Hago el amago de ir tras ellos, ya que me preocupa dejar a Margaret sola con él, pero me detengo al ver que Jack se apresura a cruzar el umbral después de Henry.

—No deis detalles de lo ocurrido al resto de los trabajadores. Ya tendrán suficiente con los rumores —dice lord Bludgrave echándoles un vistazo significativo a Gylda y Hugh, a los que luego despacha con un leve gesto de la cabeza.

A continuación, les desea una buena noche a mis padres y se encamina de regreso a la mansión con lady Isabelle. Lewis no tarda en seguirlos.

Mi madre me indica que me acerque, y yo dejo que me estreche entre sus brazos sin vacilar ni un segundo. Sé que esta muestra de afecto no es solamente una forma de consolarme, sino también una manera de pasarme un mensaje sin que Will se percate.

—Mantente alerta —susurra con la boca entre mi pelo—. No hay mejor fachada que la bondad.

Con eso me quiere decir que no confíe en nadie, y capto sin problema el matiz más subliminal: «Ni siquiera en Will».

Contemplo al chico por el rabillo del ojo; sigue examinando el cuchillo con el que se han tallado las palabras en las cabezas degolladas.

Ser empleados de los Cástor no ha impedido que estos dos humanos acaben empalados en una espada de cruzanoches.

Tenso los músculos al notar una punzada de dolor en el hombro izquierdo.

Con todo lo que ha ocurrido —la batalla que desembocó en nuestra captura o el viaje en tren a Paraíso de Tinta—, no me extraña que mi cuerpo se esté viniendo abajo por fin.

Aun así, no es momento para distraerme con unas pocas magulladuras.

No puedo permitirme olvidar cómo hemos terminado aquí, ni perdonar a los culpables.

Pero una pequeña parte de mí se niega a razonar y desea que lo haga.

En el fondo, a pesar de todo lo que me han enseñado y todo lo que he aprendido, quiero confiar en Will.

Las órdenes de mi capitana siempre han sido la única ley por la que me rijo, y ahora mismo siento que las estoy violando.

Tras soltarme, mi madre me recoloca un mechón detrás de la oreja y se aterra al brazo de mi padre otra vez.

Él me sonríe, pero el cansancio de sus ojos me transmite algo muy diferente: «Al final no estamos tan a salvo como esperábamos».

Luego me acaricia la mejilla, un gesto que pretende tanto consolarme como infundirme confianza.

—Nada de esto es culpa tuya —me dice.

La tensión de mi hombro se esfuma nada más oír esas palabras. Si mi padre está de mi lado, eso significa que el resto de la familia también lo está.

Decido disculparme por el comportamiento que tuve después de la cena y decirle que no voy a echarle en cara lo del Corso del Rey.

Sin embargo, antes de que yo consiga encontrar las palabras adecuadas, ellos entran en la mansión y cierran las dos puertas.

Charlie y yo permanecemos en la escalera, mientras que Gylda y Hugh se alejan por el larguísimo camino de entrada.

En el mar, Charlie se encargaba de deshacerse de los cadáveres tras cada refriega: se esmeraba en frotar el suelo de la cubierta hasta que no quedaba ni rastro de sangre ni excrementos, y, si había algún miembro adoptado de nuestra tripulación entre los caídos, les organizaba un entierro.

Tiene sentido que sea él quien se ocupe de este berenjenal.

Mi amable y cariñoso hermano, ese mismo chico que se pasó una semana llorando cuando rompió por accidente la caja de música favorita de nuestra madre, es el único con el suficiente estómago para quitar las cabezas decapitadas y limpiar la fuente ensangrentada.

—¿Necesitas que te…? —empiezo, pero Charlie niega con la cabeza.

Ya contaba con que rechazaría la oferta de ayuda, pues siempre le ha gustado trabajar solo, pero quería que aceptara mi compañía. Por raro que suene, me apetece más restregar manchas de sangre con Charlie que regresar a mi habitación y quedarme a solas con mis pensamientos.

Ojalá tuviera a Owen conmigo; así no me sentiría tan sola.

Además, él no descansaría hasta encontrar una respuesta para todo esto, para la talega desaparecida, la navaja cruenta y el mensaje.

«Todo el mundo sabe que no hay cortejo más sincero que una decapitación —habría bromeado—.

A lo mejor te ha salido un admirador secreto».

Charlie se sube las mangas y se dispone a agarrar la cabeza del señor Hackney con esos brazos tan largos.

—¿Le importa? —le pregunta a Will con sequedad, dejando claro que no le está pidiendo permiso.

—Ahora que lo dices, de momento preferiría que las dejaras ahí —responde él sin apartar la vista del cuchillo.

Charlie suelta un gruñido frustrado. Al ver cómo contempla a Will, empiezo a dudar de que este sitio lo haga tan feliz como yo creía. Después de todo, un cruzanoches le pegó un tiro en el hombro, y no parece que esté preparado para olvidarlo ni perdonarlo.

—Aster —me llama Will, que suelta la navaja y se asoma a la fuente—. Ven a echar un vistazo.

Charlie estira un brazo para impedir que me acerque más.

—¿Por qué se empeña en involucrarla en todo este lío? —le espeta a Will.

—Porque aquí pone «Hola Aster» —contesta Will con frialdad—. Es evidente que le incumbe.

Hago que Charlie baje el brazo y lo miro a la cara. Sus rasgos son más delicados que los de nuestra madre, pero transmiten la misma determinación. Aun así, se nota a la legua que todavía no controla su temperamento tan bien como ella.

—Confía en mí —le digo, plenamente consciente de lo que significa esa frase para mis hermanos y para mí.

En la vorágine de la batalla, esas tres palabras podían suponer la diferencia entre sobrevivir y morir, por lo que jamás incumplimos el pacto implícito en ellas.

Charlie asiente y, aunque ahora mismo no estamos rodeados de cañones ni banderas ondeantes, siento que nos encontramos al frente de una guerra inevitable.

—Siempre —responde apoyándome una mano en el hombro—. Estaré esperándote allí cuando acabes.

Tras lanzarle una última mueca de advertencia a Will, se dirige a la escalera.

—Qué familia más encantadora tienes —comenta Will una vez que Charlie se aleja lo suficiente.

—Es lo que tiene ser pirata —replico con un gesto de desinterés—. Salimos así de nacimiento.