Capítulo nueve
Capítulo Nueve
— Q uédate aquí —me susurra Will antes de salir por la puerta sigilosamente.
Sin embargo, yo no soy de acatar órdenes, y me niego a quedarme sola en el invernadero.
El corazón me late con tanta fuerza que noto el pulso en los oídos.
¿Quién ha podido gritar así? «Por favor, que no sea ninguno de mis seres queridos», les ruego a las Estrellas.
Intento olvidarme de todo lo demás, aunque sea para convencerme de que estoy manteniendo la calma, pero en el fondo no paro de preguntarme quién se reía.
Quién… o qué.
—Es un gore —responde Will en voz baja, como si me hubiera leído la mente—. Tendría que haberlo imaginado.
Recuerdo lo que aprendí de las explicaciones de Dorothy sobre los distintos tipos de secuaz: los sylkes poseen a la gente, mientras que los gores se los zampan.
La luz de la luna me permite seguir a la silueta de Will, caminando con cuidado de no hacer ningún ruido innecesario.
Esa carcajada… sonaba gutural y aguda a la vez, como si dos voces se estuvieran riendo al unísono.
Siento que me ha lijado la piel y me ha dejado los sentidos a la intemperie; ahora, me encojo cada vez que Cáligo pega un respingo y contengo la respiración cuando piso alguna que otra rama.
—¿Por qué se estaba…? —empiezo a preguntar mientras examino el barro en busca de la talega, pero me detengo al ver que ha desaparecido.
Se me cae el alma a los pies, y me muerdo el labio inferior para reprimir un quejido de frustración. ¿Quién se la habrá llevado? El pánico me oprime el pecho, pero lucho por mantenerlo a raya. Habrá sido cosa de algún animal. Sí, seguro.
—Los gores solo se ríen cuando terminan de comer —dice Will mientras se sube a la montura de Cáligo.
Luego me tiende la mano.
Me agarro a su brazo y trepo hasta el hueco que queda detrás de él.
—¿Significa eso que…?
No me siento capaz de terminar la frase. Me aferró a Will sin ninguna vergüenza y me pego a él todo lo posible. Agradezco que esta vez no conteste. El chico espolea a Cáligo con suavidad, y el viento me araña la cara mientras recorremos el huerto y el jardín de vuelta a la mansión Bludgrave.
Cuando solo faltan unos segundos para llegar a la entrada principal de la casa, ya no sé si preferiría que Cáligo acelerara o frenara por completo.
La familia de Will se encuentra reunida en la escalera.
Los guardias, Gylda y Hugh, flanquean a lady Isabelle, que se abraza al serísimo lord Bludgrave entre sollozos.
A su lado, Henry sostiene entre sus brazos a una Dorothy inconsciente y le aparta el pelo de la cara con especial delicadeza.
Mis padres también están con ellos; los únicos miembros de mi tripulación que faltan son Albert y Elsie, además de Annie, Sybil y el resto de los empleados.
Huelo la sangre mucho antes de verla.
Nunca le he prestado demasiada atención a la fuente que ocupa el centro de la glorieta de entrada.
La estatua, una mujer alada con una larguísima melena ondulada, se apoya con un solo pie sobre una pila de rocas.
Con una de las manos alza una espada en señal de victoria, mientras que con la otra sujeta un cáliz un poco ladeado, como si estuviera pensando en derramar el contenido.
Su angustiado rostro mira fijamente hacia abajo, hacia el agua que brota del recipiente y se va acumulando en la poza.
Pero ahora, esa agua se ha tornado roja y espesa, y hay dos cabezas humanas clavadas en la espada.
Son las del señor y la señora Hackney, cuyas caras lucen un rictus de terror permanente.
También les han arrancado los ojos, y no hay ni rastro de sus cuerpos.
Se me revuelve el estómago al comprender que el gore los habrá devorado.
Will se apea de un salto y yo cometo el error de imitarlo sin pensármelo dos veces. Aterrizo de mala manera sobre las manos y las rodillas, pero me levanto a trompicones y corro hacia Margaret. Está al lado de Jack, que le aterra la mano como si ella fuera lo único que puede impedirle huir.
—¿Qué ha pasado? —Logro mascullar, tan bajito que apenas me oigo.
Los rostros de Charlie, Margaret y Lewis transmiten la misma gravedad. Durante las batallas en altamar veíamos cosas mucho más horribles, así que… ¿por qué están tan azorados?
Lewis me contempla con el rostro colmado de confusión, pero no dice ni una palabra.
—Se oyó un grito —explica mi padre—. Y luego… —Corta la frase a medias y sacude la cabeza—. El señor Hackney… llamó a la puerta… como si…
—Como si estuviera pidiendo ayuda —termina mi madre, acariciándole el hombro con cariño—. Para cuando Dorothy fue a abrir —añade antes de señalar la fuente—, eso era lo único que quedaba de él.
—¿Y vosotros dos no visteis nada? —le pregunta Will a Hugh, un soldado de la edad de Charlie.
El guardia, cuya piel oscura parece plateada a la luz de la luna, hace un gesto de negación y mira de reojo a Gylda. Ella lleva la rubia cabellera recogida en una trenza muy similar a la mía y esboza una mueca de amargura pura y dura.
—Oímos los chillidos —responde él con voz gutural y un acento que no reconozco—, pero no los encontramos a tiempo. Discúlpenos, señor.
Los dos vigilantes hincan una rodilla en el suelo y agachan la cabeza.
—No tenéis que pedir perdón —dice Will indicándoles que se levanten—. Habéis cumplido con vuestro cometido. Este ataque era algo que no podíais controlar. El responsable sabía cómo burlar nuestras protecciones mágicas.
Henry suelta un resoplido y me lanza una mirada rebosante de odio.
—¡Tú tienes la culpa! —me espeta.
Charlie se coloca delante de mí con los hombros erguidos, pero es Will quien sale en mi defensa.
—Ella estaba conmigo —gruñe—. Padre, es evidente que esto es obra de un gore y no de…
—¡Ya lo sé! —estalla Bludgrave, con el rostro más colorado de lo normal por la luz de los faroles—. Pero en todos mis años de vida, ninguno de los gores con los que me he cruzado ha hecho nada como eso.
El hombre apunta a las cabezas empaladas. Cuando Will y yo nos acercamos a la fuente, comprendo por qué me observa con extrañeza hasta mi propia familia.
En las frentes del señor y la señora Hackney hay dos palabras grabadas, trazadas con la sangre que chorrea de las cuencas vacías:
Hola
Aster