Capítulo ocho #3
—Esto no es obra de mi padre.
Él sonríe.
—No —confirma con la boca llena. La diversión danza por sus ojos de nuevo—. Los ha hecho Henry.
Me resisto al impulso de escupirle los trocitos de manzana a los pies.
—¿Cuándo? Mi padre y yo hemos estado metidos en la cocina todo el día.
—La señora Carroll tiene una panadería en el pueblo y deja que Henry pase el rato allí —explica con una sonrisa cada vez más grande.
—Pero si es un miembro de la nobleza —comento sacudiendo la cabeza, sin apartar la vista del brillo mantecoso y los agujeros perfectos del hojaldre.
Will arquea una ceja y come otro bocado con expresión pensativa.
—Y tú una pirata —dice por fin—. Eso te hace tozuda, rebelde e independiente. De más, si me lo permites. —Me guiña el ojo y muerde otro trozo del postre—. Pero también eres abnegada, inteligente y bondadosa.
Abro la boca para discutírselo, pero él me manda callar con una expresión implorante.
—Por el contrario, yo soy un cruzanoches —prosigue—. Un forjahuesos, para ser exactos. Pero esa misma afinidad que me permite manipular los huesos de los demás, también me permite curarlos.
Echa un vistazo a mis muñecas, donde ya no queda rastro de las heridas que él mismo me cerró, y luego me mira a los ojos como si buscara algo en ellos, igual que siempre.
Después se fija en algo que hay detrás de mí y estira el brazo. Me siento tremendamente estúpida por encogerme, pues lo único que sujeta en la palma cuando vuelve a su posición inicial es un capullo rosa y sedoso.
—Y hacer que crezcan las flores —añade con suavidad mientras me lo ofrece.
Lo inspecciono con atención y me lo llevo a la nariz. Los pétalos huelen parecido a la menta.
—Es una siemprepena —susurra—. Huele deliciosa, pero un simple trocito te colma de una tristeza tan inmensa que muchos se quitan la vida después de probarla.
Hay quienes se despiden de sus examantes con un ramo de siemprepenas, como si fuera una especie de mensaje: «Tú también me endulzaste la vida, pero seguir amándote me llevaría directo a la muerte».
—Suena cruel —mascullo al tiempo que dejo la flor en el tronco, a mi lado.
—Quizá —admite él en voz baja con una sonrisita. Sus ardorosos ojos se posan en mi rostro una vez más—. Pero la realidad es que las cosas peligrosas y mortíferas suelen gozar de una belleza sin igual.
Nuestras miradas se cruzan y, cuando su intensísima atención baja hasta mis labios, siento que me quedo sin aliento. Un rubor candente e incómodo se extiende por mis mejillas, y noto que él tensa los músculos para contener la respiración.
El efecto de la palabra «belleza», frágil y volátil, se apodera de nosotros.
Tras un rato que se me antoja eterno, aparto la vista de él y me meto otro bocado de pastelillo de manzana en la boca. Will se gira de nuevo hacia el jardín, donde Liv y las otras hadas cantan mientras danzan; sus melodiosas vocecitas recuerdan a un coro de campanillas.
—Claro que Henry es capaz de causar daño, de ser cruel y egoísta, como todo el mundo.
Pero la misma afinidad con la que te atacó los nervios le permite poner un homo a la temperatura perfecta para hacer un pastelillo riquísimo.
Su magia puede sembrar destrucción, pero, entre las cuatro afinidades existentes, también es la única que puede crear luz.
—Hace una breve pausa para pensar—. Dale una oportunidad.
Si dejáis a un lado vuestras diferencias, creo que podríais llegar a ser buenos amigos.
¿Yo? ¿Amiga de un cruzanoches? La idea me parece inconcebible, pero luego caigo en algo que me perturba: en otras circunstancias, si Will no fuera un señor feudal y yo no trabajara de criada en su mansión, lo consideraría un amigo.
Aunque… ¿qué me obliga a seguir las reglas?
La propia familia Cástor desdeña de manera abierta las normas de etiqueta social, pues tratan a sus criados con respeto y dignidad.
Yo también tengo derecho a hacer lo que me plazca, a elegir los amigos que quiera, incluso si uno de ellos es Will.
«Pero solo puede interesarme como amigo, y nada más», me recuerdo.
Soy consciente de que estoy olvidando lo más primordial con una rapidez imprudente: fueron los cruzanoches quienes asaltaron nuestro barco, y es culpa de ellos que Owen muriera asesinado.
Si me quedo aquí, ¿olvidaré a mi hermano del todo?
¿Será como si nuestro pasado ni siquiera hubiera existido?
Con el paso del tiempo, ¿terminaré considerándome una simple pinche de cocina, en vez de una pirata?
Me niego. Si no tengo otra alternativa que quedarme aquí, debo centrarme en la misión que me propuse: aquel secuaz pagará por lo que le ocurrió a Owen. Sin embargo, sé que Will también lleva razón; no puedo hacerlo todo por mi cuenta.
—Necesito que me ayudes —suelto de repente, poniéndome en pie.
—Quieres encontrar al sylke que mató a tu hermano, ¿no? —dice con expresión seria, mirándome desde el suelo.
Mientras yo intento buscar las palabras para responder, él se levanta, se sacude la ropa y recoge la cesta con una mano.
—Empezaba a pensar que no me lo pedirías nunca —comenta mientras se dirige de vuelta al camino—. He de reconocer que, después de lo sucedido con Querido…
—Ya. —Me apresuro a seguirlo, impulsada por una ráfaga de energía tan súbita que casi me tropiezo.
Creía que mi vida en este lugar se reduciría a pelar patatas y trocear cebollas.
No obstante, si hay oportunidades para maquinar, al menos tendré algo que me recuerde a la vida en altamar—. Pero no es Annie.
Al decirlo, me doy cuenta de que estoy convencida de ello.
Will se detiene y se gira para observarme.
—¿Seguro?
—Sí —asiento—. Esperaba percibir la presencia del sylke durante la cena. No sé cómo ni por qué, pero puedo detectarlo. Y el caso es que no lo noté dentro de ella.
Él relaja los hombros, pero no llega a dar ni un paso más, pues vuelve a ponerse en tensión y suelta la cesta.
Todas las luces del invernadero se apagan de golpe, y Liv huye hacia el roble junto con sus amigas, envueltas en un silencio tan repentino que se me hace raro no oír sus voces de cascabel.
Del exterior también llegan los relinchos angustiados de Cáligo.
Es en ese instante cuando lo escucho: un grito espeluznante rasga la noche, lejano y presente al mismo tiempo.
Pero no es el alarido lo que me hiela la sangre y me eriza el vello de la nuca, sino la carcajada que lo acompaña.