Cruzanoches Capítulo ocho #2
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Capítulo ocho #2

—Y quizá lo seas —replico alzando la barbilla—. ¿Cómo puedo saber que no estás fingiendo toda esta…?

Me sonrojo al darme cuenta de lo que estaba a punto de soltar por la boca.

—¿Toda esta qué? —insiste él, con la voz tan grave como un trueno lejano—. ¿Bondad?

—Eso no es lo que pensaba decir —contesto mordiéndome el labio inferior.

—Tampoco lo esperaba —masculla con una mirada mucho más sombría—. Además, no todo lo que se cuenta sobre el príncipe puede tacharse de mentira. Sí que es despiadado, calculador y sanguinario.

—Y aun así lo consideras tu amigo.

No era una pregunta, pero él siente la necesidad de responder igualmente:

—Somos como hermanos. —Nunca lo había visto tan serio—. Haría lo que fuese por él.

Trago saliva al oír esa última frase. Si el príncipe de verdad es como lo describe Will, entonces…

—¿Es por eso por lo que provocas tanta inquietud entre tu gente? —pregunto—. Aquel soldado del tren temía que lo mataras si no cumplía tus órdenes.

—Como señores feudales de esta región, mi familia tiene el deber de mantener a raya a hombres como Percy y su panda de rufianes —afirma con la mandíbula en tensión.

Se seca la frente con el dorso de la mano y se yergue de nuevo—.

No estoy orgulloso de todo lo que he hecho, pero es necesario que algunos esperen crueldad de mí.

Así es como protejo a Paraíso de Tinta de chusma como Percy.

Pese a que la primavera todavía mantiene fresco el aire del exterior, la humedad del invernadero es prácticamente insoportable y hace que el uniforme se me pegue a la piel.

—Quieres que te tengan miedo…

—Cuanto más te teme alguien, menos obligado te ves a darle razones para hacerlo —declara con la cabeza gacha.

—Hablas como mi madre —resoplo.

Él profiere una carcajada que suena grave y lúgubre, pero también plena y melodiosa.

—A lo mejor no soy yo quien inquieta a la gente —comenta alzando una ceja—. Al fin y al cabo tú eres una pirata.

Hace apenas unas horas, esa posibilidad me habría alegrado la vida, pero ahora se me cae el alma a los pies.

Cuando él ha dicho eso de «rio estoy orgulloso de todo lo que he hecho», me he sentido bastante identificada; podría teñir los mares de rojo con la sangre que he derramado a lo largo de los años.

Inspirar miedo era tan imprescindible para sobrevivir en altamar como lo es para Will aquí.

Por eso me convertí en alguien temible, en alguien que no pedía ayuda, en alguien autosuficiente, en alguien que enterraba el dolor en las profundidades del océano, donde ni siquiera el sol lograba adentrarse.

Antes solía preguntarme cómo habría sido mi vida de haber nacido en tierra firme, en qué tipo de persona me habría convertido. Pero la pena y la amargura que he ido acumulando se han juntado para atormentarme, como un maremoto que amenaza con ahogarme a todas horas, una y otra vez.

—¿Y cómo acabó Annie a bordo del barco? —pregunto, ansiosa por cambiar de tema.

Es una listilla —suspira frotándose el rostro—.

Se coló de polizona. Para cuando la descubrí, ya estábamos a medio camino de Barbarie.

Sopesé exigirle al capitán que diera la vuelta, pero…

—Me mira de reojo con expresión pensativa—.

Mi lealtad hacia el príncipe no fue la única razón por la que acepté unirme a la travesía.

Nos ordenaron que no nos involucráramos en los asuntos de los piratas, con una única excepción.

—Vacila un momento—. ¿Has oído hablar del Aullido?

Se me encoge el estómago y me llevo la mano al cuello por instinto, como si todavía estuviera ahí la soga que mantuvo retenida a mi yo de dieciséis años.

No he podido olvidar los gritos que salían de las otras celdas, ni la imagen de los cuerpos mutilados: siguen apareciendo en todas mis pesadillas.

Por alguna razón que no termino de entender, nadie de aquel barco se atrevió a ponerme la mano encima.

Pero los otros prisioneros no tuvieron tanta suerte.

—Secuestraron a Henry con tan solo nueve años —dice Will con voz ronca, prácticamente susurrando.

Percibo en sus ojos el odio que yo misma siento—.

Lo torturaron durante doce días, hasta que por fin aceptaron el rescate que les ofrecimos.

Y tardamos una semana más en encontrar el lugar de la costa donde lo dejaron tirado.

—Frunce el ceño y aprieta los dientes—. Nunca volvió a ser el mismo.

Esas palabras me suenan familiares. Después de que el capitán Sombra me rescatara de las garras del Aullido, mis hermanos se pasaron semanas mirándome como si la chica que les habían devuelto no fuera Aster Oberon, sino el fantasma de la que había sido su hermana.

Un día, Lewis me asustó por accidente y yo estuve a punto de rajarle el cuello; llegué a rozarle la mandíbula con la daga antes de reconocerlo.

Un rato después, oí que Margaret le susurraba a Charlie algo como: «Es que…

no parece la misma». ¿Por qué esperaban que nada hubiera cambiado?

Los dos meses que pasé capturada se convirtieron en una parte imborrable de mí.

Logré escapar del Aullido, pero no de lo que viví allí.

En un momento, el odio que sentía por Henry se transforma en pena. ¿Cómo voy a detestarlo, si lo entiendo mejor que su propio hermano?

—No todos los piratas somos así… —murmuro.

—Lo mismo podría decirte yo de los cruzanoches —replica Will lanzándome una mirada significativa.

Noto que me arden las mejillas. Will y yo tenemos más cosas en común de lo que pensaba: los dos deseamos vengar la muerte y la tortura de nuestros hermanos, respectivamente.

—¿Y conseguiste localizar al Aullido? —pregunto con un hilo de voz.

Will parece echar la vista atrás, tan concentrado que los músculos de sus sienes se estremecen. Al final, levanta la mirada y se detiene a disfrutar de la luz lunar.

—No.

Observo a Liv y al resto de las hadas, que sobrevuelan la cabeza de Will y se dirigen al fondo del invernadero, donde un grueso roble se alza entre las flores y las plantas. ¿Quién diría que este joven, cuyo pasatiempo es cuidar de hadas y flores, esconde una sed de venganza oscura y voraz?

—¿Sabe tu familia que vienes a este sitio?

Cuando se fija en lo que estoy mirando, se le dibuja una sonrisilla en el rostro.

—Mi padre rescató a Liv y sus amigas durante una misión cerca de la frontera sur. Fue él quien me pidió que velara por ellas.

—¿Por qué?

Su sonrisa se agranda hasta que le sale un hoyuelo en cada mejilla.

—Porque las hadas sacan su magia de las flores, y yo… —Will extiende la mano y flexiona los dedos. Un instante después, varias rosas espléndidas brotan del suelo, ya florecidas. Él las contempla con satisfacción—. Hago que crezcan, vaya.

—¿Y qué me dices del príncipe? —inquiero con los brazos cruzados y los ojos entrecerrados, tratando en vano de camuflar mi asombro—. ¿Sabe él lo diferentes que sois tu familia y tú?

Él frunce el ceño y vuelve a ponerse serio.

—Tienes que entendernos —dice mientras me guía hacia el imponente roble—.

Para alcanzar nuestras metas, primero debemos cumplir con…

lo que se espera de nosotros. Si el objetivo es desmantelar un sistema que beneficia a los cruzanoches y busca eliminar todo lo demás, ¿no te parece lógico que aprovechemos nuestra posición para hacerlo desde dentro?

Me quedo boquiabierta al oírle confesar eso como si nada. ¿Por qué no se me había pasado por la cabeza esta posibilidad? Si Will y su familia han resultado ser menos leales al rey de lo que yo creía, ¿qué otros secretos ocultan?

Me dejo caer sobre una de las ramas más bajas y deslizo los dedos por los surcos de la corteza, lo que me recuerda que Albert solía soñar con ver árboles.

Yo lo consideraba infantil e ingenuo por tener esas aspiraciones, pues la tierra no era propiedad nuestra, sino de los cruzanoches.

Pero la realidad es que, antes de exiliarse al mar, mis antepasados también tuvieron jardines donde plantaban árboles como este.

He estado tan obsesionada con odiar este lugar que no he sido capaz de ver las oportunidades que ofrece.

Puede que los sueños de Albert sean mi mayor pesadilla, pero ¿qué tiene de ingenuo el fantasear con construir un hogar en tierra firme?

¿Acaso existe una venganza mejor que reconquistar todo lo que nos arrebataron en el pasado?

Will se sienta a mi lado y coloca la cesta de pícnic entre nuestros cuerpos.

Cuando él respira hondo, yo lo imito y me permito saborear el aroma floral y húmedo del ambiente.

No obstante, el orgullo me impide reconocer que en el Crealuz no había flores ni nada que oliera así de dulce, pues se supone que todavía anhelo recuperar la brisa fresca y salada del mar.

—Los secuaces odian las flores —murmura Will mientras hurga en la cesta, de la que saca dos pastelillos dorados. Me ofrece uno de los postres y, con una sonrisa traviesa, añade—: Y también el azúcar.

Giro el dulce entre las manos para que me caliente las palmas.

A pesar de que era Elsie quien coleccionaba libros, mi padre decidió darme a mí dos de los volúmenes que consiguió.

Uno de ellos era Sabores de Enigma, un libro de cocina escrito por un tal Cornelius Drake.

El tomo contenía decenas de imágenes de platos que yo no habría podido probar ni en sueños.

En aflamar no contábamos con muchos recursos, pero, en tierra firme, los cocineros como Drake podían hacer de todo: pastas de té, helado de pan tostado y…

pastelillos. En aquel entonces no entendía que esas delicias pudieran interesar a los cruzanoches; en mi mente no comían más que carne humana, lo que no se parecía en nada a la sopa de guisantes o al pudin de vainilla y chocolate.

Ahora que llevo dos noches aquí, lo que me cuesta imaginar es que lord Bludgrave prefiriera un corazón humano a una mera ensalada.

Cuando muerdo la corteza hojaldrada del postre, la calidez del relleno de manzana me inunda las papilas gustativas. Mientras mastico con cuidado, miro de reojo a Will y digo: