Capítulo ocho
Capítulo Ocho
C uando cierro los ojos y dejo que el viento me saque varios mechones de la trenza, puedo fingir que sigo a bordo del Crealuz.
Me sujeto a la cintura de Will con un brazo mientras sostengo la talega con el otro, y no paro de darle vueltas a la cabeza.
¿De verdad seré capaz de escapar sin despedirme de mi familia?
¿Qué pensarán mis padres de mí si lo hago?
Me imagino cómo reaccionarán Elsie y Albert al enterarse de la noticia: él romperá a llorar y ella intentará reprimir las lágrimas.
«Pero estarán mejor sin mí», me repito por vigésima vez.
Lo más probable es que ni siquiera me echen de menos.
Al fin y al cabo, mi padre no contó con mi opinión antes de decidir que nos quedaríamos.
Llegamos al Templete de Hildegarda y pasamos junto a los pálidos pilares de piedra que sujetan la cúpula de esta peculiar construcción, bañada por la luz de la luna.
Después nos adentramos en el largo túnel que conforman los manzanos del huerto norteño, y acabamos saliendo a un claro rodeado de árboles frondosos.
En medio del espacio se alza un invernadero, recubierto de celosías blancas que impiden fisgonear el interior.
Will se apea de Cáligo y pone rumbo al edificio sin ofrecerse a bajarme. Me quedo sentada en la montura, más insegura que el día en que Owen me enseñó a trepar por la jarcia del Crealuz.
El chico se gira y me lanza una mirada traviesa.
—Vaya, pensaba que podrías sola…
Pongo cara de exasperación y levanto la pierna por encima de la montura, igual que lo ha hecho él. Por desgracia, se me engancha un pie en el estribo. Se me encoge el estómago cuando empiezo a caerme, pero aterrizo en brazos de Will.
Me deja en el suelo con delicadeza, sin apartar esos ojos verdes de mí.
—No puedes hacerlo todo por tu cuenta, Aster —suspira después de retirar la mano de mi espalda. Aun así, no se aleja; tengo su nariz a un palmo de distancia—. ¿Acaso te morirás por pedir ayuda?
Las mariposas que revoloteaban por mi estómago caen fulminadas, y yo doy un paso atrás.
—No quiero tu ayuda para nada —le espeto, airada—. Sé lo que pretendes.
—¿Y qué pretendo? —pregunta con la cabeza ladeada, aproximándose un poco.
Esta vez me niego a retroceder y me descuelgo la talega del hombro.
—¡Aprovecharte de todo esto! —Lanzo la bolsa, que aterriza en un charco de barro cercano—. Por eso estás tratando a mi familia así.
El rostro de Will se ensombrece cuando frunce el ceño.
—Te aseguro que mi intención…
—¡Ya estás otra vez con tu intención! —bufo—. Creo que ha quedado bastante clara, lord Cástor. No pienso endeudarme más contigo, tu familia ni ningún otro cruzanoches. —Me saco la pulsera de Owen de la muñeca y la zarandeo ante sus narices—. ¿Qué diablos quieres de nosotros?
Debe de haberle molestado que haya mencionado su título oficial, pues se le forman todavía más arrugas en la frente.
—Había oído hablar de estos distintivos, y entiendo lo que significan para tu gente —susurra con amabilidad—. Si no la hubiera recogido yo, se la habría llevado alguna otra persona.
Aprieto la pulsera entre los dedos y grito:
—¡Ibas a dejar que me marchara sin devolvérmela!
—Sabía que no le darías la espalda a tu familia —argumenta él mientras desata la cesta de la montura y pone rumbo al invernadero. Se detiene ante la puerta y se vuelve para estudiarme con expresión molesta—. O, al menos, eso pensaba.
Me muerdo el labio y aparto la mirada de él, sin parar de restregarme la pulsera por los nudillos. No quiero reconocerlo, pero sé que lleva razón: no seré capaz de abandonar a mi familia, especialmente después de lo que ha sucedido con Henry esta misma noche.
Will se pasa una mano por los oscuros rizos y tensa la mandíbula.
—No me debes nada, Aster —afirma con suavidad—. Así que, ¿piensas acompañarme o no?
En vez de esperar a que yo responda, abre la puerta de sopetón y se esfuma al interior.
Le echo un último vistazo de anhelo a la talega medio enterrada en el barro y luego a los ojos negros como la tinta de Cáligo; estoy tan cerca de la libertad que creo saborear la sal de la brisa marina.
Pero, al final, me dirijo hacia el invernadero y paso dentro, donde el aire terroso asfixia por completo mis pocas esperanzas de escapar.
Desde fuera, la silueta ensombrecida de las plantas agrupadas junto a la ventana le confería un aspecto un tanto abandonado a toda la construcción.
Sin embargo, cuando la puerta se cierra a mi espalda, siento que acabo de entrar en un mundo completamente distinto.
Varias esferas fosforescentes flotan en el aire, y unas figuritas bioluminiscentes corretean de un lado para otro entre las coloridas flores.
Esos seres alados también revolotean sobre la cabeza de Will, con unas risitas que me recuerdan al sonido de un cascabel.
El chico extiende la mano, y una criaturita de color rosa chillón se le posa en la punta del dedo.
Contemplo asombrada su piel castaña y su rizada cabellera negra; parece una humana diminuta, pero con unas orejas largas y finas que acaban en punta.
De la espalda le brotan unas alas tan sedosas como las de una mariposa, que se agitan cada vez que se ríe.
Un resplandor rosado emana del interior de su cuerpo, como si su propio corazón brillara, y baña de color el rostro pálido de Will.
—Me gustaría presentarte a Liv —comenta mientras esboza una sonrisa tímida, algo nada habitual en él—. Liv, esta es la famosa Aster.
La tal Liv se yergue con delicadeza y aletea hasta mí.
— Neeshta —dice su dulce vocecilla, que suena como si me estuviera hablando desde el fondo de un pozo.
Después me toca la mejilla con una mano pequeñísima y apoya la frente en mi nariz, lo que me hace cosquillas. Al entrar en contacto con ella, noto que se me forma una carcajada de regocijo en el pecho, pero me fuerzo a reprimirla.
—¿Qué significa esa palabra? —le pregunto a Will una vez que Liv se aleja y se reúne con las otras criaturas en lo alto de unas flores moradas.
—«Hermosa» —contesta con suficiencia. Sus ojos reflejan la luz del lugar, que los convierte en dos orbes verdes y relucientes—. Aunque… esperaba más de mi hada. No me habría sorprendido que te hubiera llamado «extraña».
—Hadas… —susurro. También aparecían en el libro sobre mitos de Elsie—. Creía que…
—¿Se habían extinguido? —termina él por mí. Se para a inspeccionar los pétalos de un capullo anaranjado, y una sonrisa fugaz se dibuja en sus labios—. Ya me esfuerzo yo en que eso no ocurra.
—Pero el rey…
—El rey también pretendía exterminar a los piratas —me interrumpe. Se agacha un poco para oler la planta, que empieza a brillar cuando la toca. Después me mira de reojo con el ceño fruncido—. Y, sin embargo, tú sigues con vida.
Aprieto el puño al recordar la cara que puso mi padre cuando firmó el Corso del Rey.
«Los Oberon nunca caen derrotados», pienso con amargura.
Pero ya no somos el clan Oberon, esa familia de piratas que gozaba de gran notoriedad por todo el mar del Oeste: nos ganamos el respeto de todo el que nos conociera y el miedo de todo el que nos afrentara.
Ahora hemos quedado reducidos a los puestos que nos han asignado los cruzanoches: no somos más que criados, pajes y pinches de cocina.
La muerte ha dejado de ser la única derrota concebible, pues ahora mismo yo preferiría morir a seguir con esta vida legal y predecible en tierra firme.
No obstante, en el fondo de mi mente aguarda una vocecilla que dice: «¿Seguro?». Jamás habría imaginado que me sentiría tan lejos del mar como ahora, en este jardín embriagador donde la belleza y los aromas más dulces me envuelven por completo.
—¿Por eso nos atacaron los cruzanoches? —pregunto.
Tardo un segundo más de lo debido en recordar que Will no es otro humano más, al menos en el mismo sentido que yo.
Él curva levemente los labios, pero también arruga la frente; el resultado es una expresión contradictoria.
—Al decidir asaltaros, el capitán desobedeció órdenes directas del príncipe de Enigma. Se suponía que no debíamos interactuar con ningún pirata.
—¿Órdenes del príncipe? —repito con voz aguda.
Owen solía contarme historias sobre el infame príncipe de Enigma, el único heredero del rey Anteres: es un monstruo malvado y cruel que solo sale al amparo de la noche para beberse la sangre de los humanos, comerse sus corazones y clavar sus cabezas en las murallas del castillo.
Es el cruzanoches más temible que hay. A pesar de que todo cuanto sabía sobre los cruzanoches ha resultado ser mentira, aún se me eriza la piel solo con oír hablar del príncipe.
—Sí, del príncipe —remacha Will. Su mirada ha recuperado ese brillo divertido que la caracteriza—. Me pidió que supervisara la travesía y que me uniera a la escolta personal de su prometida, la princesa de Barbarie, hasta que la procesión real la recogiera en el puerto.
O sea, que la princesa de Barbarie iba a bordo del Brindasuerte, el mismísimo barco que atacó a mi familia.
Y el carruaje con símbolos de la realeza que vi pasar probablemente iba a darle la bienvenida.
Eso explica que Will no nos acompañara hasta la plaza donde se celebró la audiencia: todavía no había completado su misión oficial.
Acaricio los pétalos de una flor azul, el color de mi adorado océano.
—¿Por qué te eligió a ti?
—Porque confía en mí —dice con expresión inescrutable.
—¿Y eso?
—Somos… amigos —dice lentamente, y luego se agacha a examinar la tierra que bordea los adoquines del camino. Recoge un puñado de barro negro y lo deja caer entre los dedos—. Los dos tenemos dieciocho años, y encima nos llevamos menos de un mes. Nos criamos juntos en la corte.
La boca se me queda seca. Will y el príncipe de Enigma son… ¿amigos?
—Pero si él es…
—¿Malvado? —Will parece estar conteniendo una sonrisa—. Si todas las leyendas de tu pueblo contaran la verdad, yo también debería serlo.