Cruzanoches Capítulo siete #4
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Capítulo siete #4

Gestafuegos… Eso explica lo que ocurrió con la copa de Henry durante la cena, y todo aquello de que podía destruirme con una sola mirada.

Hace unos meses, Elsie me comentó que estaba aprendiendo de anatomía gracias a un libro que Charlie había robado de un barco mercantil.

Según lo que había leído, unos científicos de Jade habían descubierto décadas atrás que nuestros cerebros tenían electricidad.

Henry podría haber usado su mortífera magia para apagar el interruptor de mi cabeza sin despeinarse. ¿Por qué no lo hizo?

Will se muerde el labio inferior y da un paso atrás para examinar la habitación. Sus ojos se detienen un instante en la almohada que corona mi cama y luego bajan hasta mi muñeca, donde descansa la pulsera de Owen.

—Aster, durante la cena…

No espero a que termine la frase: me arrodillo, rescato la talega de debajo de la cama y esquivo al chico para salir corriendo al pasillo.

Avanzo a buen ritmo, pero él me alcanza enseguida y no deja de perseguirme, ni siquiera cuando bajo la escalera, cruzo la cocina y emerjo en el patio del ala oeste.

Dorothy, Sybil y Martin se quedan petrificados al vernos pasar.

«Que nos miren tanto como les plazca», pienso con amargura.

Me importa un bledo lo que puedan opinar de mí, porque mañana ya no estaré aquí.

Me niego a quedarme si eso implica consentir los caprichos de esta panda de cruzanoches.

Soy Aster Oberon y, ponga lo que ponga en el Corso del Rey, nací pirata hasta la médula. Y siempre lo seré.

Cuando llego a las caballerizas, me giro en redondo y le planto cara a Will.

—Dijiste que no me detendrías. Me diste tu palabra.

La mirada del chico no se posa en mí, sino en la verja de hierro que reluce a lo lejos, vigilada por dos figuras de rojo.

—Prometí que los guardias te dejarían marchar, pero no que yo también lo haría…

Esa es la gota que colma el vaso. Mucho estaba tardando yo en apuñalar a alguien.

Entro en las caballerizas, caminando con decisión hacia la pared cubierta de rastrillos y tijeras de podar.

Justo cuando agarro la herramienta más afilada, Will me derriba de un placaje y me tapa la boca con la mano.

Aterrizamos sobre la paja apilada en el establo de Cáligo.

Lucho por quitármelo de encima, pero Will se lleva un dedo a los labios y me inmoviliza con el peso de su cuerpo.

—… me puso la zancadilla —oigo decir a Margaret, y eso consigue que me quede quieta—. Tendrías que haber visto a Aster… Llegué a temer que se le ocurriera filetearlo con el cuchillo de untar.

—Pagaría por estar presente cuando lo hiciera —responde entre risas Jack, que se para junto a la puerta de las caballerizas—.

Conozco a Henry de toda la vida y, por lo que me cuentas, esta noche se ha portado mejor de lo habitual.

—Baja la voz y añade—: No puedes reprocharle a tu hermana que desee irse.

—Lo sé, pero… —Margaret suspira hondo—. Aunque esta no sea la vida de nuestros sueños, es lo que nos ha tocado. Y por extraño que suene, aquí soy feliz. Tan solo me gustaría que ella también lo fuera.

Will me contempla y despega la mano de mi boca. Sin embargo, ni él ni yo nos arriesgamos a movernos, pues podríamos revelar nuestra presencia.

Odio que la calidez de su aliento me provoque escalofríos por toda la espalda y que me cueste apartar la vista de sus labios, entreabiertos para respirar.

Mi yo del pasado nunca se habría acercado tanto a un cruzanoches sin que la situación acabara de manera fatal, al menos para uno de los dos.

Pero, ahora, mis traidores músculos se relajan a pesar de tenerlo encima, y todos los pensamientos de odio se me olvidan antes de llegar a la punta de la lengua.

—¿De verdad crees que se irá? —pregunta Jack.

—Si sigue siendo la hermana que conozco, lo más probable es que ya se haya fugado.

Se hace el silencio, y yo rehúyo la mirada de Will.

—Debería volver a la mansión —suspira Margaret.

—Ah… Sí, claro. P-por supuesto —farfulla Jack—. Buenas noches, señorita Margaret.

Me parece que ella le da un beso en la mejilla.

—Buenas noches, Jack —contesta Margaret, y luego oigo cómo se aleja.

Pasa un minuto y Jack se aclara la garganta. Me asomo por encima del hombro de Will y veo que el otro chico está apoyado en la puerta del establo, sacudiendo la cabeza.

—Habéis llegado antes de tiempo —dice con los brazos cruzados.

Will rueda para apartarse de mí y los dos nos quedamos sentados en la paja, sin atrevernos a hablar. Noto que me observa por el rabillo del ojo, pero yo me centro en las bailarinas, recubiertas de barro húmedo. Jack desaparece un instante y regresa cargado con una cesta de pícnic.

Tras soltar un pequeño suspiro, Will se pone en pie y le quita la cesta a Jack.

—Quiero enseñarte una cosa —me dice mientras la ata a la montura de Cáligo. Se sube a lomos del caballo y me tiende una mano—. Si todavía quieres marcharte cuando regresemos, dejaré que te lleves a Cáligo.

Le echo un vistazo a Jack, que me mira esperanzado.

—¿Y esta vez tú tampoco me detendrás? —le pregunto a Will con los labios fruncidos y los ojos entornados.

—Te doy mi palabra —promete él, inclinando la cabeza con picardía.