Capítulo siete #3
—Ve a tu habitación —le gruñe lord Bludgrave, airado. No queda ni una pizca de amabilidad en su rostro—. Ya te pondré en tu sitio luego.
Henry se levanta y aparta a Margaret con el hombro.
Ni Charlie ni Lewis se mueven, pero no le quitan la vista de encima al chico mientras se dirige a la puerta, como dos tiburones que acechan a un cachorrito.
Apenas ha pasado un minuto desde que nuestro padre firmó para convertirnos en criados, pero mi familia ya se está adaptando por las malas a lo que supone esta nueva vida de servidumbre.
En altamar, Margaret no habría dudado en rajarle el pecho y la barriga a Henry.
Y si no hubiera querido hacerlo, Charlie o Lewis la habrían sustituido con gusto.
En cuanto a Owen…, habría lidiado con él a su manera.
—Me disculpo desde el corazón —dice lord Bludgrave. Ya está recuperando su característica calidez, pero es demasiado tarde: no puedo borrar de la mente la ferocidad que ha mostrado hace un momento—. Te aseguro que mi hijo pagará por este ultraje.
—Ha sido culpa mía, señor —responde Margaret con la cabeza inclinada, manteniendo la compostura como una maestra.
Después sale del comedor, seguida de nuestros hermanos, nuestro padre y yo misma. Owen, el Crealuz y la libertad no son lo único que voy a perder: también me están robando a mi familia.
Margaret no se detiene, ni siquiera cuando regresamos a la cocina. Salgo con ella al patio del ala oeste, donde me arranco los guantes blancos.
—Margaret… —empiezo, con la mano estirada para tocarle el hombro.
Sin embargo, ella me rehúye y cruza los brazos.
—Déjame en paz —masculla antes de alejarse corriendo de la mansión.
—¡Espera, por favor! —exclamo mientras trato de agarrarla—. Yo también odio este sitio. Nada nos obliga a quedarnos. ¡Todavía podemos encontrar la isla Roja!
Ella se gira hacia mí con brusquedad y entorna los ojos.
—¿Es que no lo comprendes? Todo esto —dice señalando la mansión— supera con creces a cualquier cosa que nos deparara el futuro en el mar.
La isla Roja no era más que una leyenda, una fantasía con la que madre y padre os dejaban soñar, para que Owen y tú no os desanimarais.
Este lugar sí que existe de verdad. ¿Cómo puedes pensar en abandonar a tu familia?
«Soy yo la que se está quedando abandonada», lamento para mis adentros, pero no me atrevo a pronunciar esas palabras en voz alta. Justo en ese instante, advierto que Jack viene hacia nosotras con la cara manchada de barro.
—¿Cómo ha ido? —pregunta a la vez que se sacude la paja de la camisa. La sonrisa desaparece de su rostro a medida que se acerca—. A ver si lo adivino: ¿es por Henry?
Margaret suelta un resoplido y yo asiento, tensa.
—Tenía pensado dar un paseo —comenta Jack inclinando la cabeza hacia el huerto de árboles frutales—. ¿Os apetece acompañarme?
—Id vosotros dos solos —digo.
A continuación, regreso al interior de la mansión antes de que puedan protestar.
En la cocina, mi padre se pellizca el puente de la nariz junto a los fogones, afligido. Cuando me ve entrar, su expresión se ablanda.
—Aster, por favor, tienes que entenderme —ruega con un hilo de voz—. Piensa en Elsie. ¿No quieres que esté a salvo?
—¿Cómo va a estar a salvo aquí, rodeada de cruzanoches? —pregunto con los ojos como platos.
—Los Cástor nos protegerán…
—¡Eso ya podemos hacerlo nosotros mismos!
—Tu madre y yo decidimos que esta era la mejor opción —explica frunciendo el ceño—. Lo he hablado con el resto de tus hermanos, y todos están dispuestos a probar suerte aquí.
—A mí no me dijiste nada —replico sintiendo el corazón encogido.
Una emoción muy similar a la vergüenza danza por los ojos de mi padre.
—Si te lo hubiera comentado antes, sé que habrías…
—¿Qué habría hecho? —lo interrumpo, luchando contra el nudo que me oprime la garganta—. ¿Te habría contado lo mucho que odio este sitio, lo mucho que deseo marcharme? Y de haber sabido lo desgraciada que me siento aquí, te habría costado más aceptar la oferta de tu querido lord Bludgrave, ¿no?
Mi padre intenta acariciarme el hombro, como si pretendiera darme un abrazo.
—Aster…
Le aparto la mano y me alejo de él, pues no quiero oír ninguna de sus excusas. Salgo huyendo de la cocina, subo la escalera y recorro el pasillo hasta mi habitación, sin importar que mi padre siga gritando mi nombre a lo lejos.
Es demasiado tarde. Mis padres han sentenciado a nuestra familia con una mera firma.
Sin embargo, todo apunta a que soy el único que piensa así: mientras corría, he visto de pasada que Charlie y Lewis estaban cenando en compañía de Martin y el cochero, como si hubieran ganado algo.
A juzgar por las expresiones de mis hermanos, el hecho de que nos hayan capturado, vendido y reducido a criados se merece una celebración.
Se comportan como si nuestra vida de antes hubiera consistido en una serie de penurias insoportables, y no una aventura gloriosa como yo creía.
En cuanto entro al dormitorio, una mano me aferra por la garganta y me empuja contra la puerta. Yo reacciono de inmediato y me retuerzo para pegarle un fuerte codazo al asaltante. Aunque consigo liberarme, el ímpetu del forcejeo me lanza hacia el interior de la habitación.
Henry se interpone entre la puerta y yo con cara de odio.
Me viene a la cabeza la talega que escondí debajo de la cama, en la que había una navaja. Pero luego me acuerdo de lo que significa el peso añadido de mi delantal. Meto la mano en el bolsillo y agarro el cuchillo de untar que birlé en el tren.
—Los humanos nunca aprendéis —comenta Henry riéndose con crueldad.
Cuando el chico agita los dedos, una sensación abrasadora me atenaza las manos y me hace tirar el cuchillo. El dolor se propaga por mis brazos y luego pasa a las piernas, hasta que acabo de rodillas. Trato de gritar, pero el calor se me clava en el cerebro y me fuerza a cerrar la boca.
Henry se agacha ante mí, tan cerca que podría estrangularlo si este incendio interno no me tuviera paralizada. El chico ladea la cabeza.
—Podría destruirte con una sola mirada —susurra con la voz colmada de malicia.
«Pues hazlo —le pido mentalmente. Mi vida ya no tiene sentido: lo he perdido todo, tanto en tierra firme como en altamar. No puedo quedarme aquí, pero tampoco puedo marcharme. La muerte es mi única escapatoria—. Mátame, por favor. Deja que me reúna con Owen».
—A decir verdad, no eres tú a quien buscaba.
—Se pone en pie y se alisa el chaleco de seda bordada.
La cicatriz que le baja de la sien al cuello parece partirle el rostro en dos—.
Pero da igual. —Mueve otro dedo y una nueva ráfaga de dolor me martillea el cráneo—.
Podemos divertirnos un poco mientras la esperamos.
Un espasmo me sacude el cuerpo y les prende fuego a todos y cada uno de mis nervios. Se me empieza a nublar la vista. Supongo que este es mi final: así es como muero. Estoy lista para dejarlo todo atrás. Me entrego al suplicio y lo recibo con brazos abiertos.
Quizá se deba a que me queda poco de vida, pero oigo la voz de Owen como si lo tuviera a mi lado: «Estoy aquí, Aster». Y luego la escucho con más claridad, como si me susurrara las palabras al oído: «Estoy aquí».
«Pronto me reuniré contigo», le prometo antes de cerrar los ojos.
Pero, de un momento a otro, el dolor desaparece por completo. Cuando reabro los ojos, Henry está tirado junto a mí, rígido.
Y Will se encuentra en el umbral de la habitación, con el brazo estirado.
—Padre desea verte, hermano —dice con voz ronca. Flexiona los dedos y las articulaciones de Henry crujen hasta ponerlo en pie—. No deberías hacerlo esperar.
Will relaja la mano y la mete en el bolsillo, pero los músculos de su mandíbula permanecen en tensión. Presta una atención absoluta a cada movimiento que hace Henry.
—Es una pirata —gruñe Henry mientras se sacude el cuerpo—. Se merece algo mucho peor que esto.
Me lanza una última mirada de desprecio y aparta a Will con el hombro. Un instante después, la puerta de paño verde se cierra de golpe.
Will hace un amago de acercarse, pero supongo que se lo piensa dos veces.
Su mirada no transmite diversión, sino una profunda inteligencia en la que yo no había reparado hasta ahora.
Me estudia con una intensidad calculadora, igual que cuando lo vi analizar el paisaje.
Y también noto cierta reticencia, como si no quisiera encontrar lo que busca.
—¿Te ha hecho daño?
—¿Qué diablos acaba de pasar? —pregunto mientras me palpo todo el cuerpo, incapaz de olvidar esa sensación abrasadora.
—Henry ha salido a nuestro padre —responde Will con el ceño fruncido—. Los dos tienen afinidad por el calor, por la luz y la electricidad. Son lo que llamamos «gestafuegos».
El chico se inclina ligeramente, pero yo retrocedo a trompicones y me apoyo en la cama para levantarme del todo.