Capítulo siete #2
A pesar de que el trabajo me ha tenido liada todo el día, no he parado de pensar en Will.
He perdido la cuenta de las veces que me he planteado abrir esa puerta de paño verde y pedirle explicaciones: ¿por qué robó la pulsera de Owen?
¿Por qué esperó hasta anoche para dejármela en la almohada?
¿Y por qué no me devolvió también la mía?
Mientras daba vueltas a todas esas incógnitas, se me pasó por la cabeza más de una vez que él entró en mi habitación.
Me enfurece que él esté en su derecho de visitar mis aposentos, mientras que yo tengo prohibido acercarme a los suyos.
Aun así, el cosquilleo que noto en el estómago no nace de la rabia. «Déjate de tonterías, Aster», me digo.
Llegamos al comedor antes de que yo consiga recuperar la compostura.
—Cierra la boca —me gruñe Dorothy con discreción.
Yo aprieto la mandíbula de golpe.
Hago lo que me indica la muchacha y evito mirar directamente a la familia.
Fijo la vista en el reluciente mantel blanco que adorna la mesa, en la que descansa una panoplia de cubiertos de plata y una delicada vajilla con grabados de oro.
La señora Hackney solicitó nuestra presencia antes del amanecer y se tomó la molestia de llevarnos por todas las habitaciones para que supiéramos orientarnos por la mansión mediante los pasadizos secretos.
No obstante, el comedor ha cambiado totalmente desde esta mañana.
Los candelabros proyectan sombras titilantes sobre las pesadas cortinas de terciopelo, y el señor Hackney permanece junto al aparador con un decantador de vino entre las manos, a la espera de que alguien requiera sus servicios.
Los comensales de la mesa conversan en voz baja, y por el rabillo del ojo distingo a lady Isabelle, vestida con ropajes finos y una tiara que corona el elaborado recogido de su cabello.
Percibo la presencia de Will antes de verlo.
Hace apenas dos semanas me lanzaba de cabeza a cualquier batalla, armada hasta los dientes con dagas y pistolas.
Y, sin embargo, es ahora cuando me cuesta más calmar el ritmo apresurado del corazón, en este salón donde me dispongo a servir un plato de pudín.
El joven lord está sentado enfrente de su madre, con un esmoquin que resalta la esbeltez de su figura.
Cuando coloco el plato ante él, Will levanta la mirada y yo caigo en sus garras: quedo hipnotizada por esos ojos que reflejan la luz de las velas, hechizada por la sinceridad de ese ceño fruncido, cautivada por las arrugas que se le forman en la frente mientras abre la boca para decir algo.
Por un momento, pienso que va a ofrecerme una disculpa. Y, en ese instante, deseo que lo haga. A lo mejor hasta la acepto.
Pero al final cierra la boca sin hablar, frustrado.
Noto que el rubor me invade el rostro y le doy la espalda. ¿Qué mosca me ha picado? A él le importa un bledo lo que yo sienta. Probablemente quería pedirme que siguiera con mi trabajo, y a mí no se me ha ocurrido otra cosa que observarlo embobada, como una auténtica idiota.
Cada vez que lo veo, siento que me cuesta más odiarlo, y no lo entiendo.
Me armo de valor y busco a Annie, preparada para enfrentarme a otra visión sangrienta, o a una imagen de la niña envuelta en tentáculos tenebrosos.
Por suerte, hoy no detecto nada espeluznante en la pequeña.
«Gracias a las Estrellas», pienso. ¿Qué habría hecho si el sylke hubiera estado flotando junto a su hombro?
¿Habría degollado a una chiquilla de la edad de Elsie por tener la mala suerte de acabar poseída?
Sé que no. Pero, entonces, ¿habría dejado escapar al secuaz?
¿De verdad habría malgastado esa oportunidad?
—¿Te vas acostumbrando ya a todo, querida? —pregunta de repente la relajante voz de lady Isabelle justo cuando yo pretendía huir de este comedor para salvar al menos una pizca de mi dignidad.
En vista de lo que me había explicado Dorothy, no esperaba interactuar con la señora de la casa, y la situación me agarra completamente desprevenida.
—Más o menos —contesto con toda la docilidad posible, poniendo las manos a la espalda para no apretar los puños.
—¿Y tú? —le dice la mujer a Margaret, que responde con una reverencia demasiado natural.
—Muy bien, milady .
¿« Milady »? ¿Se supone que yo también debía añadir esa fórmula de respeto?
—¡Ahí estás, Philip! —exclama lord Bludgrave mientras se saca un pergamino enrollado del chaleco.
Cuando mi padre entra en el ornamentado comedor con el delantal manchado, parece todavía más fuera de lugar que yo.
—¿Ha solicitado mi presencia, señor?
—Quédate aquí —me indica lady Isabelle con uno de sus delicados dedos, lo que interrumpe una vez más mi intento de escapar al corredor para criados.
A juzgar por la expresión del señor Hackney, este imprevisto no es nada habitual ni apropiado, pero tampoco me extraña: según cuchichean el resto de los empleados, es bien sabido que los Cástor gustan de saltarse las normas de etiqueta.
Lord Bludgrave lo demuestra al levantarse del asiento y acercarse a mi padre con el papel en la mano.
—Debo reconocer que no había disfrutado de un festín así en bastante tiempo —declara con un destello de admiración en esos ojos de color carbón—. ¿Dónde aprendiste a cocinar?
—Siempre se me ha dado bien, supongo —contesta mi padre, mirándome de reojo y esbozando una sonrisa cortés.
La respuesta no parece satisfacer a lord Bludgrave, cuya curiosidad es evidente, pero el hombre no insiste en el tema.
—Y tanto que se te da bien —admite con alegría, y luego le ofrece el pergamino—. Me disculpo por armar semejante alboroto, pero lady Isabelle se ha empecinado en que no podíamos demorarnos ni un minuto más.
Mi padre desenrolla el papel y lo lee con el ceño fruncido.
—Soy consciente de que es muy repentino —continúa lord Bludgrave—, pero debemos resolver ciertos asuntos antes de que os asentéis aquí de forma permanente. Estás familiarizado con el Corso del Rey, ¿correcto?
Mi padre asiente lentamente y me echa una ojeada, como si quisiera advertirme que cierre el pico.
El Corso del Rey es un documento que identifica a un humano como súbdito de Enigma, en el que se especifica su derecho a trabajar, vivir y viajar dentro del país, dependiendo de que lo selle y apruebe uno de los señores gobernantes.
Para un pirata, supone mucho más que un indulto: es una declaración formal mediante la que el beneficiario reniega de la piratería y su Credo irrevocable.
Yo ya sabía que acabaríamos firmándolo si nos quedábamos aquí, pero Will prometió darme tiempo para pensarlo.
Le lanzo una mirada fulminante a la parte trasera de su cabeza y me clavo las uñas en las palmas.
A la izquierda del chico, Annie se asoma por encima del respaldo de la silla y me contempla con esos ojos verdes y suplicantes, como si fuera yo la que sujeta el Corso del Rey.
Al otro lado de la mesa, Henry estudia el pudin con un asco mal disimulado.
Y, junto a él, lady Isabelle observa a mi padre con una sonrisa dulce en esos labios rojos como rubís.
Lord Bludgrave le pasa una pluma a mi padre y dice:
—No es necesario que lo firméis ya mismo, pero me gustaría que os plantearais convertir la mansión Bludgrave en vuestro nuevo hogar.
Le ruego mentalmente a mi padre que se gire hacia mí, pero él no duda ni un segundo en firmar el documento, enrollarlo y devolvérselo al hombre.
Una vez que lord Bludgrave se guarda el pergamino y regresa a su asiento, mi padre se digna por fin a mirarme con esos ojos bondadosos, en los que ahora brilla un mensaje silencioso de disculpa.
En estos instantes solo me apetece salir del comedor hecha una furia y buscar a mi madre, pero no me serviría de nada.
Estoy segura de que han tomado esta decisión entre los dos, sin pararse siquiera a considerar lo que prefiero yo.
«Deja de comportarte como una niñata —me recrimino—. Esto es bueno para toda la familia». Aun así, siento que el Crealuz se vuelve a hundir ante mis ojos, que le estoy dando la espalda a la única vida que conozco.
Mis ojos se cruzan con los de Margaret, que se encuentra al otro lado de la mesa, justo detrás de lady Isabelle. Sin embargo, en su expresión no hay ni rastro del dolor que siento yo: solo me transmite lástima.
¿De verdad soy la única que ve la realidad de este lugar? Es una prisión. Y estas personas, los Cástor, son los carceleros.
Mientras lord Bludgrave y mi padre se estrechan la mano, lady Isabelle me despacha junto con Margaret, al tiempo que Charlie y Lewis entran en el comedor para recoger las bandejas vacías.
Cuando mi hermana empieza a rodear la mesa, Henry se retuerce levemente en el asiento y estira la pierna para ponerle la zancadilla.
Ella se tropieza y aterriza sobre las manos y las rodillas.
Charlie, Lewis, nuestro padre y yo nos lanzamos de inmediato hacia ella.
Pero lord Bludgrave se nos adelanta a todos, incluso a Charlie: el hombre se levanta de nuevo y ayuda a Margaret a incorporarse.
Si las miradas pudieran matar, Henry habría caído abatido en este mismo instante.
—Discúlpate —le ordena lord Bludgrave.
El chico hace caso omiso de él y se limita a alzar la copa de vino para beber.
El cristal se incendia justo antes de que le roce los labios, pero la única reacción de Henry es contemplarlo con exasperación.
Al final deja la copa en la mesa, tan bruscamente que el vino salpica el blanco mantel.
La mancha enerva al señor Hackney, que enseguida se dispone a limpiarla.
No obstante, lady Isabelle sube una mano y le indica que espere.
Lord Bludgrave extingue las llamas con solo echarles un vistazo, por lo que el fuego no llega a chamuscar demasiado la tela.
Aun así, el señor Hackney abre los ojos como si acabara de recibir una bofetada.
Henry contempla a Margaret con hostilidad y refunfuña un «lo siento».