Capítulo siete
Capítulo Siete
D e no conocer a mi padre, pensaría que lleva años trabajando en la mansión Bludgrave.
Se mueve por la cocina como un bailarín en plena pista de baile, igual que danzaba con mi madre a bordo del Crealuz cuando salían las estrellas.
Da vueltas de un lado a otro, trocea esto, prueba aquello y degusta las especias con gran deleite.
Es tan llamativo que a veces me detengo a observarlo sin darme cuenta, en lugar de centrarme en mis tareas.
Yo creía que él era feliz en el Crealuz, pero empiezo a pensar que igual siempre se ha sentido algo fuera de lugar en nuestro barquito.
Al verlo trabajar con ese chaleco blanco y esos pantalones de cuadros azules, me cuesta visualizarlo en el bauprés de nuestra nave, donde le gustaba tocar el violín; es como si esa versión de él fuera cosa de un sueño olvidado.
Aun así, alguna que otra vez se olvida de dónde está y le grita una orden a Owen, y luego se da cuenta de que ya no lo tiene a su lado.
En ese sentido, él es probablemente el único que entiende mi dolor.
Mi madre, Charlie y los demás también echan de menos a Owen, pero no al mismo nivel que mi padre y yo.
Hasta ahora, Owen era una parte más de la faena que nos han encargado aquí: cocinar sin él es como intentar cortar un hueso con un cuchillo romo.
—Martin encontró a la pobre criaturilla en el Templete de Hildegarda —oigo decir a Dorothy, una de las doncellas más jóvenes; está hablando a susurros con Sybil mientras lavan los platos juntas.
Dorothy se ha esforzado en evitarme todo el día, como si los humanos de tierra firme estuvieran advertidos sobre la brutalidad de los piratas.
Da igual que yo no tenga razones para hacerle nada, aparte de las constantes miradas de terror que me lanza.
De vez en cuando me planteo estrangularla con ese lazo negro que le sujeta la sedosa melena oscura, solo para demostrarle lo fácil que me sería cumplir sus pesadillas.
—Creen que un gore destripó al pequeño Querido.
No paso por alto el escepticismo que irradia el tono de Dorothy, y eso confirma mis sospechas sobre el comportamiento de los criados, que no se han acercado a mí desde que el jardinero encontró al atroxis eviscerado esta mañana.
Creen que lo he matado yo.
«Que piensen lo que quieran», decido para mis adentros mientras balanceo un cuchillo de pelar entre los dedos.
No importa que tengan miedo de mí. Mi familia está aquí, así que no necesito hacer amigos.
Además, no me quedaré para siempre: en cuanto descubra cómo encontrar al sylke que asesinó a Owen, saldré pitando de este lugar.
—¿Un gore? —grazna Sybil, tan asustada que se le cae al suelo un plato a medio secar.
La pieza se rompe en pedazos cerca de mis pies y nuestras miradas se cruzan. Anoche, la muchacha me trató sin mostrar la más mínima aprensión, pero, ahora, cuando se agacha a limpiar los fragmentos del plato, me doy cuenta de que le tiemblan las manos.
Dejo el cuchillo en la encimera y me arrodillo a su lado para meter los trozos en el recogedor que ha traído.
—¿Qué es un gore? —pregunto suavizando la voz todo lo posible, aunque mi mera proximidad parece bastar para atemorizarla.
—Un secuaz —susurra ella, y luego se muerde el labio como si el hecho de pronunciar la palabra pudiera invocar a la criatura.
La chica se pone en pie, me da las gracias con un gesto de la cabeza y se va corriendo al cubo de basura.
Yo también me levanto y me giro hacia Dorothy, que había parado de lavar los platos para mirarnos boquiabierta.
—¿Cuál es la diferencia? Me han hablado de los sylkes , pero no de los gores… —le digo.
Ella no le quita ojo a mi mano cuando la acerco de nuevo al cuchillo de pelar, pero al final traga saliva y contesta:
—Los sylkes son sombras que poseen a la gente. Y los gores… —vacila un momento— son monstruos devoradores.
Después aparta la vista de mí y se centra de nuevo en la vajilla.
Aunque no me haya dado más detalles, entiendo sin problema a qué se refiere. Ya sabía que los secuaces se comían a los humanos, pero no se me había pasado por la cabeza que pudiera haber tantos tipos distintos.
Tomo nota de todo mentalmente: «Los sylkes y los gores son dos clases diferentes de secuaces. Los primeros poseen a las personas, mientras que los segundos se las zampan». Tendré que averiguar todo lo que pueda sobre estos seres antes de salir en busca del sylke , especialmente si pretendo matarlo.
—¡Dejaos de necedades! —grita la señora Hackney, que entra por la puerta seguida de mi madre.
Ambas van ataviadas con largos vestidos negros y delantales cortos de color blanco—.
No toleraré que se hable de gores en esta casa —declara con rotundidad, lanzándole una mirada de advertencia a Dorothy—.
Si hubiera algún secuaz en la hacienda, lord Bludgrave estaría al tanto.
Lo que le ha ocurrido al atroxis de lady Annie es una pena, pero lo más probable es que sea obra de un lobo solitario, que se habrá acercado de más a la mansión. Y punto.
Miro a mi madre y descubro que ella ya me estaba observando con una sonrisa reservada.
Su expresión transmite cierto dolor, como si viera a otra persona cuando me contempla.
Agacho la cabeza sutilmente, convencida de que ella entenderá el significado tranquilizador de ese gesto: «No voy a marcharme».
Bajo los ojos hacia la patata a medio pelar que descansa en mi mano y después los poso en mi muñeca, donde la manga no oculta del todo la forma abultada de la pulsera de Owen. «Por ahora», añado para mis adentros.
—Quién hubiera dicho que nuestro padre sabía cocinar así de bien… —comenta Charlie alucinado al levantar la tapa de una bandeja de plata en la que yacen unas patatas gratinadas.
—Huele que alimenta —coincide Lewis inhalando profundamente el aroma.
—No podría haber hecho nada de esto sin los recursos que tienen aquí —afirma nuestro padre entre silbidos, mientras adereza el asado de ternera. Luego le indica a Lewis que lo saque al comedor—. Además, vuestra hermana ha ayudado.
—Tampoco mucho —digo encogiéndome de hombros, aunque se me escapa una sonrisilla.
—Se nota —resopla Charlie. Me da un codazo de broma, y casi se le cae la bandeja que sostiene con una mano.
—Si hubiera participado más, los Cástor solo tendrían pepinillos y huevos para cenar —añade Lewis, que se alisa el uniforme una última vez antes de tomar la bandeja de carne.
Mientras tanto, el señor Hackney intenta que mis hermanos corrijan la postura, sin parar de criticar su aspecto.
Riñe a Charlie por llevar el cuello arrugado, pero halaga el chaleco bien planchado de Lewis.
No obstante, a él lo acusa de parecer un haragán: «Alza la barbilla, muchacho.
¡Y endereza los hombros!». Al final también le dedica alguna palabra positiva a Charlie, alabando lo bien que se maneja por la ajetreada cocina.
Yo hago lo que puedo por no incordiar a nadie, y me limito a observar a los otros criados mientras se apresuran a recoger las bandejas y cumplir órdenes.
Reparo en la astucia que demuestran el señor y la señora Hackney a la hora de dirigir a los empleados, alternando entre cumplidos y regañinas con igual fervor.
Me recuerdan a mis padres cuando seguían en el Crealuz.
«Esta gente es como una familia —pienso—. O como una tripulación».
Según me explicó Jack, los empleados restantes de la mansión son demasiado jóvenes —como Sybil— o demasiado viejos para que los recluten.
Aunque el propio Jack sí tiene más de quince años, lo eximieron del servicio militar por ser el único miembro superviviente de su linaje.
Dorothy —que ha cumplido los dieciséis y es verdaderamente ágil— se libró porque está a cargo de su madre enferma, mientras que a Martin, el jardinero, le falta un brazo.
Por lo que he visto de ellos, los tres nos habrían venido de lujo como tripulantes del Crealuz.
La Liga está ansiosa por engrosar sus filas con todos los humanos posibles, y sé que no habría dudado en reclutarlos a pesar de sus circunstancias, pero lord Bludgrave mandó unas «provisiones especiales» a cambio de que se hiciera una excepción con ellos tres.
—Tú, muchacha —ladra la señora Hackney con cara de pocos amigos, indicándome que me acerque.
Margaret se encuentra a su lado, seria y compungida. Ya no se parece en nada a la pirata violenta y curtida con la que comparto apellido.
Ni siquiera me había dado cuenta de que mi hermana había entrado en la cocina, pues se ha cambiado el vestido de algodón nuevo por un uniforme blanco y negro como el mío.
También se ha peinado y trenzado la incontrolable melena castaña que la caracterizaba, y se ha decorado las mejillas y los labios con colorete.
Me tapo la boca en un intento de camuflar una carcajada, a lo que ella responde enarcando las cejas en señal de amenaza, para que me calle.
Aunque yo no había advertido su presencia, Jack sí que la observa embobado desde la puerta lateral.
Margaret se pone roja como un tomate, y esta vez sí que no puedo aguantarme la risa.
Me gano otra mirada reprobatoria por parte de la señora Hackney, pero la propia anciana tiene que reprimir una sonrisa cuando me entrega un par de guantes blancos.
—Esta noche os encargaréis de servir el postre. Haced caso a Dorothy, y recordad que deben veros pero no oíros. De hecho, cuando sea conveniente, debéis pasar completamente desapercibidas. ¿Entendido?
—Sí, señora Hackney —respondemos Margaret y yo al unísono.
Estoy tan aturullada que apenas presto atención a las instrucciones de Dorothy.
Fue ayer mismo cuando recorrí el poblado a caballo con Will, pero parece que ocurrió hace una semana, al menos.
Sigo a Margaret por el corredor para criados, con el corazón aceleradísimo.
¿Se dignará Will a mirarme? ¿Me sentiré más humillada si lo hace? ¿Prefiero que me ignore por completo?