Capítulo seis #3
Annie no reacciona a la voz de Jack. Tiene la mirada perdida y vidriosa, y nada interrumpe el ritmo regular de sus pasos.
La interceptamos en el límite del jardín, entre los rosales, pero ella continúa andando como si no nos viera.
No sale del trance hasta que Jack la agarra del brazo y la zarandea suavemente.
—¿Annie? —jadea el chico al levantar las manos de la niña, empapadas de sangre.
—Estaba buscando a Querido… —farfulla ella, como si no hubiera despertado del todo. Un instante después, se espabila de sopetón y profiere un chillido espeluznante—. ¡Querido! Ay, ¿qué le habrá sucedido a mi Querido?
La pequeña se deja caer en brazos de Jack sollozando a moco tendido.
El traga saliva y se gira un momento hacia mí.
—Se refiere al atroxis —me susurra.
—¿Dónde está Querido? —pregunto con voz temblorosa.
—¡No lo sé! —grita Annie antes de esconder el rostro en el cuello de Jack—. ¡No lo sé!
Cuando se encienden varias luces en la planta de arriba, Jack toma a la niña.
—La llevaré dentro —me dice, azorado—. Tú intenta descansar un poco.
Nos separamos en la entrada del ala oeste, pero, mientras subo la escalera y recorro el largo pasillo, no dejo de pensar en las columnas sangrientas ni en las manos enrojecidas de Annie. ¿Y si me he equivocado? ¿Es posible que el sylke haya poseído a la pequeña?
Me detengo ante la puerta recubierta de paño verde, con el corazón en un puño.
Estoy segura de que los llantos de Annie despertarán a toda la casa, si es que no ha ocurrido ya.
¿Estará Will al otro lado de esta puerta, preguntándose si Jack me ha entregado la talega?
¿Creerá que me he marchado? En el fondo, dudo que se acuerde de mi posible fuga: todo este escándalo lo tendrá preocupado por Annie.
Entro en la habitación temiendo que Margaret esté despierta, pero el farol se apagó hace rato y ella sigue roncando tan fuerte como antes. No hay nada que pueda molestar a esta chica mientras duerme. Por el contrario, no sé si yo conseguiré pegar ojo.
Meto la talega debajo del catre, un escondite del que podré sacarla sin problema si surge la necesidad. «Todavía puedo marcharme —me repito—. Todavía puedo escapar de aquí».
Cuando retiro las sábanas y me siento en el colchón, vuelvo a preguntarme si estoy imaginándome cosas, como me ha pasado en el patio con el templete ensangrentado.
Sin embargo, al estirar el brazo para rozar el objetito oscuro que descansa sobre mi almohada, lo que tocan mis dedos es cuero trenzado de verdad, un tanto desgastado.
Se trata de la pulsera de Owen.
Reprimo las lágrimas mientras me la ato en la muñeca izquierda, y luego me llevo el brazo a la zona del pecho donde late mi corazón.
A pesar de la oscuridad, visualizo a Owen como si estuviera aquí mismo: veo sus ojos bondadosos y su sonrisa amable.
Aunque ahora me encuentre en un lugar lejano y desconocido, él sigue estando conmigo.
Llevaré este adorno encima en todo momento, para recordarme lo que debo hacer: encontrar al secuaz que me arrebató a mi hermano y vengarme sin piedad alguna.
En cuanto apoyo la cabeza en la almohada, todos mis músculos parecen suspirar de alivio.
El agotamiento intenta cerrarme los ojos, pero yo fijo la mirada en el techo mientras le doy vueltas a todo.
Ahora tengo pruebas de que Will le quitó la pulsera a Owen aquella primera noche en el barco.
La pregunta es: ¿por qué ha tardado tanto en devolvérmela?
¿Y por qué no ha dejado también la mía? Lo sopeso una y otra vez, pero me percato de que ya sé la respuesta: Will quería que me quedara o, al menos, esperaba que lo hiciera.
Aun así, no entiendo qué pretende. Por mucho que haya tratado a mi familia con piedad, nunca confiaré en él.
Y tampoco perdonaré lo que él y el resto de su estirpe les han hecho a los humanos.
Si me ofrecieran recuperar la libertad a cambio de arrancarle el corazón de cuajo, no dudaría en clavarle un puñal entre las costillas.
¿O sí vacilaría?
Ahora que escucho los ronquidos de Margaret con la pulsera de Owen sujeta firmemente a la muñeca, se me ocurre que, a pesar del perturbador encuentro con Annie y la puerta de paño verde que me separa de Will…, no odio al chico tanto como había esperado en un principio. Ni tanto como debería.
Pero quizá sí me odie un poco a mí misma por ello.
Una ráfaga de aire fresco me azota la cara, lo que rompe el hilo de mis pensamientos.
A medida que la vista se me acostumbra a la oscuridad, voy divisando la silueta de una rejilla en el techo, del tamaño de un libro grande.
Creo ver unos ojos brillantes y rojos que me observan entre las hendiduras del latón.
El miedo me atenaza de inmediato y, por un momento, no puedo apartar la mirada de esos ojos, que prometen una muerte tan inevitable como la de un barco naufragante.
Pero luego parpadeo y esos destellos rojizos desaparecen.
Lo único que distingo ahora es el inmenso negror de este techo, donde no brilla ni una sola estrella, y me pregunto si he perdido algo más que mi hogar, mi hermano y la vida que he conocido.
¿He perdido también la cordura?