Capítulo seis #2
Trato de recordar cómo se llamaba la criatura que aparecía en el libro sobre mitos de Elsie.
La niña se obsesionó con esos seres, fueran malignos o no, y se aprendió todos los nombres de memoria.
Yo prefería las historias que nos contaban nuestros padres sobre las Estrellas, esos valerosos humanos que se ganaron un hueco en el mar celestial mediante hazañas osadas y gestos altruistas.
Ojalá hubiera prestado más atención a las peroratas de Elsie.
Jack se afana en limpiarme las bailarinas, lo que implica meterlas en un cubo de agua y quitarles el barro con un cepillo de cerdas duras.
—Una unicornio —dice señalando con la cabeza a la yegua blanca—. Creía que la gente de los mares estaba bastante familiarizada con los mitos.
—Los nuestros son diferentes —murmuro, embelesada por la belleza de la criatura.
En el océano, los mitos solamente inspiraban miedo: eran serpientes gigantescas que podían arrasar un barco con facilidad, o peces descomunales capaces de tragarse naves enteras.
Yo nunca llegué a ver uno con mis propios ojos, pero Owen aseguraba haber divisado un caballito de mar enorme conocido como «hipocampo», uno de los pocos mitos benévolos que moran en las vastas aguas.
«Eso significa que tendré buena suerte hasta el fin de mis días», solía decir él.
Ahora no puedo evitar preguntarme si de verdad avistó un hipocampo, o si se equivocaba al pensar que le traería buena fortuna.
—Si cambias de opinión, podría enseñarte a montar —propone Jack cuando me devuelve las bailarinas—.
En general, nuestra querida Thea solo permite que la saque a pasear Annie.
—Tras mirar de reojo a la unicornio, baja la voz con una reverencia fingida y añade—: Por todo eso de que «solo los corazones puros pueden cabalgar a un unicornio».
A continuación, se gira y comienza a rebuscar en un baúl cercano. Un instante después, desentierra un par de botas de piel, altas y desgastadas.
—Creo que te vendrán.
Me las ofrece, pero yo bajo la mirada a las bailarinas que me gotean los pies.
—¿Es difícil? —pregunto mientras examino la pared, donde cuelgan varias monturas y otras clases de equipo ecuestre—. Montar a caballo, me refiero.
—Diría que no tanto como navegar en barco —responde con un encogimiento de hombros, al mismo tiempo que le acaricia el hocico a Cáligo.
Observo al caballo, cuyos ojos son tan oscuros como un abismo, y luego les echo un vistazo a las botas.
«Owen no huiría», me recrimino. Él aprendería a montar y trabajaría con nuestro padre en las cocinas.
Él sacaría todo el provecho posible de estas circunstancias.
Él cazaría al secuaz que destrozó a nuestra familia y lo mandaría de vuelta a las profundidades de las Tierras Ardientes, de donde no debería haber salido.
—Si me enseñas a cabalgar, le hablaré bien de ti —comento antes de meter los pies en las bailarinas húmedas—. A Margaret, quiero decir.
Él se pone rojo como un tomate y suelta las botas.
—Entonces, ¿te quedas?
Me dirijo hacia la salida, y es en ese momento cuando noto la pesadez de la talega en el hombro.
—Depende. —Oigo cómo se abre y se cierra el baúl a mi espalda. Después, Jack se reúne conmigo a saltitos—. ¿Qué puedes contarme sobre los Cástor?
—¿Qué quieres saber? —replica él apoyándose en el marco de la puerta, con los brazos extendidos a los lados.
—Por dónde empiezo… —Me recuesto en el marco contrario y dejo caer la talega—. Los humanos los adoran, pero los cruzanoches los odian…
—No, los temen —precisa Jack, cambiando la sonrisa aniñada por una expresión más sombría—.
Los Cástor forman parte de la nobleza de Enigma; son miembros de la corte personal de los reyes.
Y el reparto de manán es responsabilidad de esa nobleza.
—Recupera su típica alegría y vuelve a hablar con la reverencia fingida de antes—: «Los señores dan y los señores quitan».
O sea, que los Cástor controlan el manán y los cruzanoches como Percy lo necesitan para tener poder. Por tanto, los Cástor poseen todo aquello que ansia el resto de los cruzanoches: control y poder. Sin embargo, no son crueles. O no tanto como yo esperaba, al menos.
Miro las estrellas y les pido consuelo a esas constelaciones que memoricé de niña: Talla la Arquera, Pablo y los Diez Gorriones, Ugo el Dragón, Tito y las Doce Llaves…
—¿Qué es el manán, exactamente? —pregunto en voz baja, recordando lo que Will comentó en el tren sobre los cruzanoches y sus habilidades.
Jack sigue mi mirada, pero él contempla el cielo con perplejidad, como si le pareciera más un misterio que un amigo.
—Mi madre me dijo una vez que es lo que constituye las almas.
Pero yo no tengo muy claro de dónde viene.
Ni yo ni nadie —explica encogiéndose de hombros—.
Es el secreto mejor guardado de la realeza…
Gurash-vedil… —susurro mientras pienso en todo lo que me contaron sobre esa sustancia mística, un polvo que supuestamente brilla como el oro más puro.
Yo siempre he creído que se trataba de una fuerza invisible, y que solo los cruzanoches podían controlarla. Para mí, ese polvillo resplandeciente y dorado era poco más que un mito, una forma humana de describir lo desconocido.
Jack asiente y se mete las manos en los bolsillos.
—Los cruzanoches solían consumirlo como si fuera azúcar; lo echaban en el té y la comida.
Algunos de ellos hasta lo esnifaban. Para los humanos como nosotros es mortal, aunque eso no evitaba que lo probara algún que otro pobre diablo.
—Se aclara la garganta—. Últimamente hay escasez.
Ni siquiera los nobles tienen facilidad para conseguirlo.
—Entonces, ¿es cierto que sacan su magia de él? —inquiero.
—No del todo. —El chico frunce los labios y me contempla con curiosidad—. Sabes por qué los llaman cruzanoches, ¿no?
Sacudo la cabeza, un tanto avergonzada, pero Jack responde sin la más mínima condescendencia.
—La palabra que usamos comúnmente para «noche» viene del término antiguo «manán».
Es decir, «lo incognoscible». Recojo la talega y me la vuelvo a colgar del hombro.
—Y ellos controlan eso, lo incognoscible.
—No, lo manipulan —precisa él—. Todas las cosas contienen algo de manán. Los cruzanoches toman esos hilos de manan que componen el universo y los entrecruzan.
Pongo rumbo a la mansión, pero camino a paso relajado, queriendo disfrutar de estos últimos instantes en el exterior.
—Y el polvo en sí…
—Surte el mismo efecto que una droga —termina Jack por mí. Anda a mi lado con las manos en los bolsillos—. Potencia su magia y los ayuda a enfocarla. Los hace más fuertes.
—Y más poderosos.
—Exacto.
Eres más listo de lo que pareces —comento mirándolo de reojo.
—Y tú no eres tan desagradable como esperaba.
—Con el tiempo cambiarás de opinión —replico dándole un codazo en el costado.
—Para eso hará falta que te quedes —dice él empujándome con el hombro.
De un momento para otro, los dos rompemos a reír. A pesar de que acabamos de conocernos, siento que somos amigos de toda la vida. «Puede que este sitio no esté tan mal —pienso—. A lo mejor yo también encontraré la felicidad aquí».
Pero el mero hecho de considerar esa posibilidad hace que la ausencia de Owen me ataque de nuevo, con más violencia que nunca. En ese instante, me percato de que la despreocupación y la picardía de Jack me recuerdan a él.
¿Cómo puedo ser feliz si Owen está muerto?
Creo que Jack percibe mi cambio de actitud, porque también deja de reírse.
—Me han contado que… —Se detiene, sacude la cabeza y prueba otra vez—. Siento mucho lo de… tu hermano…
—Jack —lo interrumpo con delicadeza, sin parar de frotarme la piel desnuda de la muñeca—. Somos piratas. Tener una vida larga nunca entró en el plan.
Rememoro esa última batalla, que sigue lacerándome la mente como una herida recién abierta. Todavía noto la vibración de los cañonazos en los dientes y el olor pungente de la pólvora en las fosas nasales.
—Fue Will quien paró el asalto —revela Jack, lo que me saca del ensimismamiento—.
Mandó una carta en la que mencionaba la muerte del capitán, por lo que ahora recaía sobre él la responsabilidad de ejecutar a tu familia, pero insistió en tomaros a todos como prisioneros.
—Con un deje juguetón, añade—: Les dijo a los agentes que pretendía «reformaros».
—Ya le gustaría —mascullo.
Si Will me hubiera golpeado más fuerte, me habría ido con Owen. Así nunca habría descubierto el dolor de tener que vivir sin él.
Pero tampoco habría conocido a Will. El secuaz me llevó hasta él, y la pregunta es: ¿por qué? Will nos protegió y se aseguró de que no nos separaran. Es más, ha puesto en juego la reputación de su familia para ofrecernos una segunda oportunidad.
El dicho de siempre vuelve a clavarse en mi corazón: «La piedad nunca se da gratis». Una parte de mí sigue sospechando que Will espera sacar algo de todo esto.
—¿Esa de allí es Annie? —pregunta Jack entornando los ojos. De repente, gira a la izquierda y sale corriendo hacia un estanque bañado en la reluciente luz de la luna, donde una niñita pasea por la orilla—. ¡Annie! —grita con urgencia—. ¿Te encuentras bien?
Tras salir del majestuoso templete que hay al otro lado del estanque, la pequeña se encamina hacia la mansión.
Creo que la penumbra me juega una mala pasada: en un primer momento, las columnas de piedra del templete parecen chorrear sangre.
Pero, cuando vuelvo a mirar para allá, la estructura abovedada está tan intacta y limpia como antes, envuelta en el resplandor plateado de la noche.