Capítulo seis
Capítulo Seis
L o único que separa mis aposentos de los de Will es una puerta de servicio, recubierta de paño verde para insonorizarla.
O eso dice una doncella llamada Sybil. Aunque no puede sacarle más de tres años a Albert —quizá tenga catorce—, le cuesta enderezarse después de encender el farol de la habitación que compartiremos Margaret y yo, situada en un pasillo de la planta superior.
—Antes había más criados —musita mientras contempla el largo corredor con melancolía, pero luego frunce el ceño y suspira hondo—. Supongo que debería considerarme afortunada. —Ya más animada, añade—: Me alegra que vayamos a ser más de aquí en adelante.
No me da tiempo a preguntarle por el comentario que hizo Percy sobre los empleados de Bludgrave y el reclutamiento, pues los pasos sigilosos de Sybil se alejan rápidamente por el pasillo.
Margaret se lanza a uno de los dos catres estrechos y abraza la almohada con fuerza.
—Mira, Aster: ¡tenemos almohada! —exclama—. ¡Y camas! ¿No te parece increíble?
—Y tanto.
Pero lo más increíble es que mi hermana Margaret esté chillando de emoción.
—Siempre he soñado con algo así, ¿sabes? —Añade ella en un susurro. La tenue llama de la vela me permite ver que está al borde del llanto—. Con una cama para mí sola…
Luego cierra los ojos, y yo me quedo completamente quieta durante un instante, sin hacer nada más que mirar cómo sube y baja su pecho. Margaret, guerrera de los mares y terror de las mareas, se está quedando dormida en la mansión de unos cruzanoches.
—Owen querría que fueras feliz —murmura, tan flojito que casi no la oigo.
Abro y cierro la boca en un intento de hablar, pero no encuentro palabras para expresar lo que siento.
—Lo sé —digo al final, pero la única respuesta que recibo por su parte es un potente ronquido.
Estudio la habitación y me esfuerzo en entender por qué encandila tanto a Margaret.
Los estrechos catres cubiertos de sábanas gruesas reemplazan lo que había en el sollado de nuestro barco: una hamaca, un montón de trapos apilados, un baúl vacío y una mesa endeble con una jofaina para asearnos.
La vida en altamar no ofrecía demasiadas comodidades.
Apenas nos preocupábamos por ir limpios, pues era más importante mantener la concentración y prepararse para lo que pudiera ocurrir.
Sin embargo, nada podría haberme preparado para esto.
Por mucho que este lugar nos ofrezca lujos de ensueño, yo no dudaría en cambiar este techo por el cielo estrellado, por mi libertad.
Me veo reflejada en el espejo que hay encima de la mesa.
En el Crealuz llevaba la melena castaña enredada y apelmazada, la ropa andrajosa y con hedor a agua estancada, y la piel cubierta de barro y sangre.
Aun así, parecía fuerte, sana, feliz. Ahora, con el cabello recogido en una trenza apretada y un pulcro uniforme blanco recién planchado, tengo un aspecto mucho más débil: mi piel ha perdido toda viveza, y me han salido unas ojeras más oscuras que nunca.
Se me ocurre que Owen ni siquiera me reconocería, lo que me duele como una puñalada en el pecho.
Salgo al pasillo desierto con cuidado de no despertar a Margaret.
Antes cenamos en la planta baja, donde el señor y la señora Hackney nos hicieron un resumen de las tareas que nos competían, pero yo tenía la mente tan aturullada que no les presté demasiada atención: aunque acabábamos de llegar, yo ya estaba planeando mi fuga.
Mientras los demás se zampaban el estofado y los panecillos, yo me dediqué a memorizar la disposición de los corredores para criados.
Para llegar al patio del ala oeste hay que bajar la escalera, girar a la izquierda, a la derecha, a la izquierda otra vez y salir por la puerta lateral.
La oscuridad nocturna del exterior me proporciona una pequeña dosis de libertad, pero todavía me siento como un animal que lucha por escapar de una jaula sofocante.
Respiro el aire fresco y saboreo el regusto de la lluvia recién caída.
—¿Vas a alguna parte?
Jack está apoyado en la pared de la mansión, con el gorro tan inclinado que le tapa los ojos.
A lo lejos, entre los pliegues de las lustrosas colinas verdes, las luces de Paraíso de Tinta centellean como luciérnagas.
¿A dónde podría ir? Me llevaría medio día regresar a la costa en tren, ¿y luego qué?
Tal y como dijo Will, me arriesgaría a acabar capturada o algo peor.
Para colmo, esta vez no tendría a mi familia conmigo.
La mansión de atrás les ha ofrecido refugio a todos mis seres queridos.
En el mar, era cuestión de tiempo que nos secuestrara algún clan enemigo o que otro de nosotros terminara en garras del Aullido.
Solamente podíamos depender los unos de los otros, y éramos conscientes de que eso no nos protegería para siempre.
Si nos quedamos aquí, al menos seguiremos juntos.
«Hemos vivido muchas penurias —me susurró mi madre al darme un abrazo de buenas noches—. Ya es hora de que nuestra familia sepa qué es la paz».
Se me cae el alma a los pies, y tuerzo la cabeza para ocultarle a Jack las lágrimas que se derraman por mis mejillas. Owen ya descansa en paz. ¿Por qué me resisto tanto a dejarlo marchar?
De un momento para otro, estoy corriendo.
—¡Aster! —grita Jack a mi espalda, pero no me doy la vuelta.
Cruzo todo el jardín, notando la blandura de la tierra que se extiende a mis pies.
Me quito las incómodas bailarinas bruscamente y hundo los pies desnudos en el barro.
¿Seguro que apenas ha pasado un día desde que nos sacaron del barco de los cruzanoches, desde que el capitán Sombra me tendió la mano y me ofreció la libertad?
Pues yo tengo la sensación de que todo eso ocurrió hace siglos.
Y recuerdo con más lejanía aún los ratos que compartía con Owen en la cocina del barco, sentada a su lado mientras él barajaba un mazo de cartas con destreza; hace una eternidad que no lo oigo reír, que no veo sus bondadosos ojos ni su sonrisa traviesa.
«Estamos muy cerca —me dijo unas semanas antes del asalto de los cruzanoches, con un dedo sobre el mapa desplegado ante nosotros.
Trazó un círculo alrededor de una región inexplorada del Aciago—.
Solo falta que convenzamos a madre y padre de que se adentren en el corazón del Aciago.
Presiento que la isla Roja se encuentra al alcance de nuestras manos».
«Y allí estaremos a salvo», añadí yo.
Owen asintió lentamente mientras miraba de reojo la cicatriz de mi cuello.
«En la isla Roja nunca pasaremos hambre. Viviremos como reyes. Ya lo verás, Aster: no te faltará de nada. Ningún clan se atreverá a enfrentarse a nosotros. Juntos protegeremos ese paraíso que nos aguarda».
La isla Roja es un refugio para piratas donde no tendríamos que matar para sobrevivir, donde no nos veríamos obligados a arrebatar más vidas humanas para poner pan en la mesa.
Pero esas leyendas ya parecen cosa de un pasado distante.
El sueño de Owen —o, mejor dicho, nuestro sueño—, ya no está al alcance.
Me derrumbo en el suelo sollozando con violencia.
Jack aparece a mi lado un instante después, con la respiración agitada.
—Aster… —Hace una pausa para coger aire entre jadeos—. Por si no lo sabías, eres bastante rápida.
Alzo la cabeza para mirarlo; está con las manos apoyadas en las rodillas, y su pecho sube y baja a gran velocidad. Se quita la andrajosa talega marrón que lleva colgada del hombro.
—Will me pidió que te diera esto —dice ofreciéndome la bolsa.
Me seco la cara con el dorso de la mano y agarro la talega. Dentro hay un mapa, una cantimplora, un trozo de queso duro, dos hogazas de pan, una brújula, una navaja de aspecto mortífero, una caja de cerillas y un saquito lleno de monedas de oro.
—Pensó que intentarías huir —explica Jack mientras se levanta el gorro para rascarse la coronilla.
Me pongo en pie lentamente y tiró del cordón que cierra la bolsa.
Después me la echo al hombro y fijo la mirada en los imponentes árboles que se alzan a lo lejos, justo en la boca del valle.
Podría arriesgarme a esconderme entre la naturaleza.
Y, una vez allí, podría poner rumbo a la costa para robar algún barquito y zarpar al mar, donde tendría todo el tiempo del mundo para buscar la isla Roja.
«Deja de ser tan egoísta —me reprocha una voz muy similar a la de Owen—. Nuestra familia te necesita. Elsie y Albert te necesitan».
«No, te necesitan a ti», rebato.
Igual que yo…
A unos pasos de mí, Jack recoge las bailarinas, que se han embarrado por completo.
—Descalza no llegarás muy lejos —comenta antes de soltar un suspiro largo y melodramático—. Ven conmigo. —Sale corriendo en dirección a las caballerizas, donde un único farol brilla tenuemente junto a la ventana—. ¡Quizá tenga algunas botas de sobra!
Lo sigo hasta allí, pero me detengo ante la puerta y arrugo la nariz. El Crealuz emanaba un hedor muy reconocible, pero no se acercaba a la pungencia de este.
Jack se ríe y me invita a entrar con la mano.
—Te acostumbrarás —afirma. Y luego, como si acabara de recordar qué nos ha traído hasta aquí, añade—: Bueno, en caso de que decidas…
Pongo cara de exasperación y cruzo el umbral con cierta reticencia, más por satisfacer mi propia curiosidad que otra cosa.
Hay establos a cada lado del suelo adoquinado, todos ellos recubiertos de paja.
Localizo a Cáligo de inmediato, pues los rayos de luna que se cuelan por el tragaluz le iluminan el negro pelaje.
En el siguiente compartimento espera una yegua blanca que parece emitir un fulgor plateado y en la coronilla tiene un cuerno retorcido que acaba en punta.
—¿Eso es…?