Cruzanoches Capítulo cinco #3
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Capítulo cinco #3

Mi padre solía comprarnos uno para cada Día de la Condenación, y lo repartíamos entre los siete hermanos.

Mis ojos lo buscan de inmediato, dando por sentado que estará desconsolado, pero su cara solo transmite una calidez que no termino de entender.

Él me indica con la cabeza que acepte el regalo.

Guardo la golosina en el bolsillo del delantal y murmuro un agradecimiento.

Detrás de lord Bludgrave, un chico que aparenta mi edad —no puede tener más de diecisiete años— desciende por la opulenta escalera a la carrera. En cuanto pisa el suelo de marfil, se lanza de un salto hacia Will. Los dos se abrazan y se dan palmaditas en la espalda.

—Este de aquí es mi hermano menor, Henry —explica Will señalando al muchacho, que posee la misma figura esbelta y el mismo cabello negro rizado.

A pesar del parecido físico entre los hermanos, Henry esboza una mueca de asco al reparar en nosotros.

Cuando vuelve el rostro, vislumbro la cicatriz irregular que le baja desde la sien y se le mete por el cuello de la camisa.

El color de la marca cambia según la ilumina la lámpara de araña eléctrica.

—Con que es cierto… —masculla sin apartar los ojos negros de mí—. Has traído piratas a nuestro hogar.

—¡Henry! —estalla su madre, pegándole un manotazo en el brazo.

—A partir de ahora, la familia Oberon estará a nuestro cargo —afirma lord Bludgrave con una expresión severa en ese rostro amable.

Su oscura mirada reluce de ira—. Los tratarás con el mismo respeto que les muestras al resto de nuestros empleados.

—A continuación, le hace una seña a uno de los criados, un anciano con los ojos hundidos y una escasa capa de pelo gris—.

Señor Hackney, creo que se nos ha hecho tarde para enseñarles la casa.

Llévalos a sus habitaciones y asegúrate de que cenen como es debido.

Mañana será otro día, y espero que os hayáis instalado para entonces.

Te llamabas Philip, ¿verdad? —le pregunta a mi padre, que asiente—.

Según cuenta William, sus guardias oyeron muchas de las conversaciones que compartiste con tu familia durante el viaje.

Me disculpo por semejante invasión de vuestra privacidad, pero nos urge encontrar un jefe de cocina, y William avisó por adelantado de que tú encajarías en el puesto.

Me asquea pensar que alguien espió a nuestra familia en un momento de tanta vulnerabilidad. Sin embargo, mi padre recibe la propuesta con una sonrisa de regocijo y sorpresa.

—Muchas gracias, señor —responde, claramente sincero.

—No es nada. —Lord Bludgrave gira la cabeza hacia mi madre—. En cuanto a la señora Oberon…

—A su servicio, milord —dice mi madre.

Al oírla, contengo las ganas de recordarle a gritos que es nuestra capitana. ¿Cómo ha podido aceptar una vida de servidumbre sin vacilar? Esto debe de resultarle verdaderamente humillante…

No obstante, cuando examino el rostro orgulloso de mi madre en busca de algún rastro de indignación, no encuentro nada similar.

Comprendo de repente que el objetivo ya no es sobrevivir: ella ha tomado una decisión, y noto que el resto de mi familia la acata sin necesidad de hablar.

«Aquí viviremos bien», parece decir la mirada de mi madre cuando pasa de Margaret a Charlie, Lewis y, por último, a mí.

Charlie cambia el peso de una pierna a otra, inquieto, mientras que Margaret y Lewis se contemplan con incertidumbre.

A mí se me queda la boca seca, y bajo la vista al suelo para dejar de tambalearme.

—Sí, te lo agradezco —contesta lord Bludgrave.

Luego se aclara la garganta y señala a una mujer de aspecto frágil y cuello esbelto, cuya melena grisácea descansa sobre su cabeza en un moño—.

Me temo que nuestra querida señora Hackney ha enfermado, por lo que pronto necesitaremos otra limpiadora.

Considero que estarás a la altura de esa tarea.

—Se vuelve hacia Lewis—. Tú tienes manos de sastre, tal y como dice mi hijo.

En cuanto a ti… —dice observando a Charlie— pareces fuerte como un toro.

Creo que los dos seréis unos pajes espléndidos.

Lord Bludgrave saca otro caramelo del bolsillo y se lo tira a Margaret.

—Tú eras cirujana… —musita mientras se frota la barbilla—. Aquí no hay pacientes que requieran de tus cuidados, pero sí que me hace falta una niñera para mi hija. Quizá no sea un trabajo tan complejo como el que acostumbras a ejercer, pero los juegos infantiles no son ajenos a la sangre.

—Entendido, milord —acepta Margaret, que agarra a Elsie del brazo cuando pasa corriendo y la obliga a detenerse.

¿Cómo pueden llamarlo «milord» como si no fuera nada?

Albert sigue persiguiendo a la criatura negra y peluda, que se me cuela entre las piernas y salta a los brazos abiertos de Annie.

Ahora que la niña lo sujeta, veo mejor el cuerpo rechoncho del animal, con seis patas regordetas que acaban en garras de pinta canina.

Un pelaje áspero, oscuro y desgreñado le cubre toda la piel, salvo la de unas orejas carnosas que recuerdan a las de un murciélago, y entre el pelo enredado del rostro sobresalen ocho ojos de insecto.

El morro alargado evoca el de un jabalí, especialmente por los cuatro colmillos amarillentos que brotan de él, pero el grotesco monstruito ronronea como un gato cuando Annie le acaricia la cabeza. Margaret los mira con mala cara.

—¿Qué diantres es esa cosa? —jadea Albert con las manos apoyadas en las rodillas.

—Un atroxis —responde Elsie remilgadamente, con la barbilla bien alzada.

—Muy bien —le dice lady Isabelle con dulzura, a lo que Elsie responde sonriendo de oreja a oreja. Los demás continuamos observando a la criatura boquiabiertos, así que la mujer nos lo explica—: Los atroxis son uno de los pocos mitos protegidos por ley real.

Me retuerzo con incomodidad al rememorar otras de las historias que solía contarme Owen, sobre los seres y criaturas que campaban por el mundo antes de la Caída.

Al igual que los cruzanoches cazaban a los humanos, también hostigaban a los mitos.

Algunos de ellos eran, por ejemplo, hombres y mujeres con patas de cabra que eran conocidos por hipnotizar a los niños que se portaban mal con sus flautas mágicas, o ninfas del agua que se encargaban de llevar los mensajes de nuestros ancestros por todo el mar del Oeste.

—La propia reina Anteres también tiene un atroxis de mascota, por si no lo sabíais —añade lady Isabelle con un guiño.

—Pero si es feísimo —comenta Albert con una mueca de desagrado.

Annie suelta un grito ahogado tan fuerte que el collar de cuero de la criatura tintinea, pero lord Bludgrave se ríe de corazón.

—No eres el único que lo piensa —bromea el hombre, dándole una palmadita en la espalda a Albert.

Una parte de mí esperaba que el barullo lo hiciera olvidarse de mí, pero lord Bludgrave no tarda mucho más en mirarme con los labios fruncidos.

—William no tenía claro dónde apostarte.

Será porque este no es mi sitio.

—Si se me permite…. —Carraspeo y alzo la voz para infundirle seriedad a mis palabras—. Preferiría trabajar con mi padre en la cocina…, señor —añado torpemente.

Lord Bludgrave suelta una carcajada y apoya la mano en el hombro de Will.

—Estabas en lo cierto… No queda duda de que es una mujer formidable. —Le dedica una sonrisa cómplice a su hijo, y yo noto que el rubor me trepa por las mejillas—. De acuerdo. Señor Hackney, los dejo a tu cargo.

El señor Hackney nos indica que lo sigamos por la puerta para criados, camuflada a un lado de la escalera. A pesar de su avanzada edad, el hombre nos guía a paso acelerado, y mi madre encabeza nuestra tripulación con postura orgullosa.

Un grupo pequeño de criados marcha detrás de mí, cerrando la procesión. Diviso a Will entre la ajetreada masa humana. Cuando nuestras miradas se cruzan, no detecto ni una pizca de diversión en su rostro: lo único que me transmite es tristeza.

En ese instante, sin necesidad de palabras, sus ojos me cuentan todo lo que necesito saber sobre mi nueva vida y el mundo en el que he entrado.

Puede que esta noche vayamos a dormir bajo el mismo techo, pero, cuando nos despertemos mañana por la mañana, él será lord Cástor y yo una mera pinche de cocina. Aunque no lo reconocería por nada del mundo, en el fondo de mi alma siento la misma tristeza que él.

«No puedo quedarme aquí», pienso mientras recorro el sofocante pasillo. La penumbra no me impide ver a Albert, que me toma la mano mientras avanza a mi lado.

—Echo de menos a Owen —dice con un hilo de voz.

Intento luchar contra el nudo de la garganta y las ardientes lágrimas que amenazan con derramarse por mi cara.

Por mucho que desee marcharme de aquí, no puedo abandonar a mi familia sin más.

Algunos de mis hermanos comprenderán mi ansia de huir, pero Elsie y Albert… acaban de perder a Owen. Necesitan tiempo para superarlo.

—Lo sé —susurro estrechándole la mano—. Yo también.