Cruzanoches Capítulo cinco #2
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Capítulo cinco #2

Hace una pausa dramática y agita un dedo, lo que deja a Percy arrodillado delante de él.

Después gira levemente las muñecas, y el cuello de Percy se tuerce hacia atrás hasta que queda mirando a la cara de Will.

Él se inclina y le susurra algo al oído.

Cuando vuelve a enderezarse, aprovecho para mirar a Percy: tiene la mandíbula completamente tensa y el rostro colorado.

Will mueve la mano una vez más, lo que en apariencia recoloca los huesos de Percy en su sitio.

El otro cruzanoches se cae con tanta brusquedad que su chistera sale volando.

Al tiempo que Will se sube a la montura de nuevo, Percy se levanta a trompicones y se sacude la tierra del arrugado chaleco.

Luego agarra a la niña del brazo y cruza a zancadas las puertas de una posada, mientras le chilla improperios al cochero que intenta cargar con su equipaje.

Will espolea suavemente a Cáligo, y la muchedumbre se dispersa con las cabezas gachas.

Los cruzanoches chismorrean entre susurros; capto la palabra «forjahuesos» más de una vez.

Sin embargo, unos cuantos humanos todavía contemplan a Will con adoración pura y dura.

¿Quién es este cruzanoches que inspira devoción entre los humanos y miedo entre su propia gente?

Unos instantes después, doblamos la esquina. La siguiente calle está más bien vacía, sin contar los pocos humanos ataviados con uniformes negros que están de faena.

—¿Qué le has dicho? —pregunto con discreción, arrimándome más a él.

Él vuelve la cabeza para mirarme y esboza una pequeña sonrisa, aunque sus ojos no transmiten nada de diversión.

—Que su banda de criminales ya ha aterrorizado bastante a las gentes de Paraíso de Tinta. Y que el próximo perro que le muerda el tobillo a la casa Cástor será sacrificado como un chucho.

—Te considera un blando por cómo nos tratas a nosotros —comento mordiéndome el labio inferior.

Me cuesta camuflar la rabia de mi tono, pues solo puedo pensar en la chiquilla a la que Percy ha sacado a rastras del carruaje. De no ser por Will, Elsie habría acabado como ella.

Reprimo un escalofrío.

—Entre otras razones —replica Will.

Cuando se endereza, yo retrocedo de golpe; no me había percatado de que seguía agarrándome a él con fuerza.

Él gira la cabeza otra vez, pero ya no me mira a mí.

Ahora, esos ojos verdes escrutan los picos montañosos que se recortan en el horizonte, donde se están formando nubes de tormenta. En voz baja, añade:

—Como te dije, Aster, mi familia es diferente.

Nos detenemos ante una verja de hierro al mismo tiempo que el ruidoso carruaje motorizado aparece en el camino de entrada, largo y circular.

Hemos llegado a la vez gracias a que Will conocía un «atajo especialmente útil», según me explicó mientras recorríamos a galope el paisaje ondulado.

En la cima de la colina, una fortaleza de piedra se alza como un centinela que vigila el valle de abajo, donde el lejano fulgor de Paraíso de Tinta parpadea como una vela solitaria envuelta en un manto de niebla.

A la luz del inminente crepúsculo, la hacienda irradia calidez. El resplandor dorado del cielo crea una aureola en torno a la cabeza de la estatua que corona la fuente situada en el centro de la glorieta, y unas farolas altísimas alumbran los extensos jardines que engalanan el patio.

Una vez, mi padre le compró un ramo de rosas a mi madre en el puerto de la costa Despiadada, donde solíamos atracar, pero las flores se marchitaron antes de que regresara al barco.

Desde entonces, siempre he pensado que la tierra es cruel e implacable, un cementerio olvidado en el que nada logra pervivir.

Jamás me habría imaginado que pudiera engendrar semejante belleza.

La única pega es que Owen no está aquí para verlo todo.

—Bienvenida a la mansión Bludgrave —suspira Will, y el evidente alivio de su voz me colma de envidia.

Este es su hogar, pero yo nunca podré regresar al mío, porque el Crealuz ya no existe.

El carruaje termina de recorrer la glorieta y deja a mi familia al pie de la escalera, al tiempo que las puertas se abren para recibirlos.

Will se apea con soltura y me ofrece una mano.

Me planteo rechazarlo, pero Cáligo elige ese mismo momento para sacudir la cabeza hacia delante.

El pánico me empuja a asir los dedos de Will, y él me baja del animal con cuidado antes de dejarme de pie en el suelo.

—¡So, Cáligo! —grita un chico, que desciende corriendo por la escalera y toma las riendas de Will.

Tras acariciarle el hocico al caballo, se quita el gorro de retales y me tiende la mano, con una sonrisa aniñada dibujada en el rostro.

Los remolinos de su cabello castaño claro se encrespan con rebeldía, pero él no hace amago de alisárselos—. Me llamo Jack. Jack Aldrin.

—Yo soy Aster. —Le estrecho la mano con firmeza y sigo su mirada, que se posa en Margaret mientras ella se dirige a la entrada de la mansión. Reprimo una carcajada—. Y esa es mi hermana, Margaret. Si quieres, te la puedo presentar. —Subo la voz para llamarla—: ¡Mar…!

—¡No! —chilla Jack.

El muchacho se esconde detrás de Cáligo justo antes de que Margaret se gire, y ella solo me ve a mí con Will en medio del patio, por lo que nos da la espalda de nuevo.

La risa ligera de Will me toma por sorpresa.

—Me alegro mucho de verte, Jack —comenta dándole una palmadita en el hombro.

—Igualmente, Cástor —masculla Jack. Después me contempla con un enojo fingido y se recoloca el gorro en la cabeza—. Encantado de conocerla, señorita.

—Lo mismo digo —contesto guiñándole el ojo.

Jack pone rumbo a las alejadas caballerizas y me deja a solas con Will al pie de los escalones. El empieza a subir, pero yo me detengo un momento a observar la verja de hierro que hay detrás de mí. Dos guardias vestidos con uniformes rojos —Will los llamó Gylda y Hugh— se disponen a cerrarla.

—Es humano… —murmuro sin esperar respuesta.

—Por supuesto —remacha Will con un destello de diversión en los ojos—. ¿Qué esperabas?

«Que te odiara —pienso—. O que te temiera».

—La Liga de los Siete reclutó a sus padres cuando teníamos seis años, y desde entonces ha vivido con mi familia —añade él, como si me hubiera leído la mente.

Dirige la vista hacia Jack, que ya ha desaparecido entre la niebla—.

Pero te mentiría si dijera que no he pensado en devorarlo alguna que otra vez…

Se me encoge el corazón, pero Will rompe a reír.

—Es broma —aclara con expresión deslumbrante, y después me ofrece el brazo—. Vamos ya, que todos están deseosos de conocerte.

Me aferró a su codo con vacilación y lo sigo hasta la cima de la escalera. Lo suelto nada más cruzar el umbral y paso a la mansión, y es entonces cuando comienza a llover. No puedo evitar preguntarme si estas gotas son una señal de salvación o una advertencia.

La tensión me embarga a medida que nos adentramos en el majestuoso vestíbulo.

Lo primero que percibo es un aroma dulce y embriagador, similar al de las cálidas especias que mi padre trajo una vez de la costa Despiadada.

Una mullida alfombra escarlata baja por la escalera de caoba y se derrama a nuestros pies como un río de sangre.

El emblema de los Cástor —el mismo dragón dorado que divisé en los uniformes de los guardias cuando llegamos a la hacienda— está colgado debajo de la barandilla, resguardado dentro de un marco de oro.

Me estremezco, cada vez más segura de que la lluvia se trata de una advertencia.

Una punzada de pena me atraviesa el pecho cuando las puertas se cierran a nuestra espalda y me separan por completo del aguacero.

La vida que llevábamos en el pasado ha arribado a su fin.

Ya no pasaré más noches en la cocina con mi padre y Owen, ni veré al océano luchar contra el horizonte desde la cofa, ni practicaré el manejo de la espada con mis hermanos a la luz del sol, ni esperaré con ansia a que mi madre nos cuente una historia por la noche mientras las olas nos arrullan.

En este grandioso vestíbulo de la mansión Bludgrave, rodeada de desconocidos, asisto a mi propio funeral.

Este lugar se convertirá en mi tumba, a no ser que me marche algún día. Ahora, mi corazón yace en el fondo del mar, acompañado del Crealuz y de Owen.

Me froto la muñeca izquierda al recordar el tacto del cuero trenzado.

Le prometí a mi hermano mayor que nadie se apoderaría de mí.

Pero luego me fijo en mi familia: mis padres se están presentando a un cruzanoches de aspecto amable y a su esposa; Margaret, Charlie y Lewis saludan a los criados, ataviados con uniformes que mezclan el blanco y el negro; Elsie y Albert corretean con Annie de una habitación a otra, en persecución de una criatura negra, gorda y peluda del tamaño de un gato cebado.

Al verlos así, empiezo a concebir la remota posibilidad de que ellos logren convertir este sitio en una especie de hogar.

Podría fugarme sin que ellos se enteraran. A lo mejor, ni siquiera les importaría…

—Tú debes de ser Aster —dice la mujer cruzanoches con voz cantarina—. Yo soy lady Isabelle —añade con una pequeña reverencia—, y este es mi marido, lord Bludgrave.

—¡Bienvenida, bienvenida! —brama el imponente hombre.

Se parece mucho a su hijo Will, sin contar los mechones plateados de su oscura cabellera ni las patas de gallo del rostro, que le proporcionan un aspecto sonriente en todo momento.

Lord Bludgrave le guiña un ojo a Will y se saca algo del bolsillo del pecho.

Después toma mi mano entre las suyas y, antes de apartarlas, me deja algo en la palma.

—¿Un caramelo blando? —susurro mientras estudio el envoltorio de rayas rosas.