Capítulo cinco
Capítulo Cinco
W ill no ha mentido. Cuando regreso al último vagón del tren, hay varias bandejas esturreadas por el compartimento, todas ellas salpicadas de migajas.
Annie también se encuentra allí, jugando con Elsie y Albert como si fueran amigos de toda la vida.
Esto me habría parecido impensable cuando todavía creía en las historias que me contaron sobre los cruzanoches, pero resulta que los monstruos de esas leyendas describen más bien a los secuaces.
Aprieto los puños con cien preguntas en la punta de la lengua, preparadas para salir disparadas como flechas.
Sin embargo, cuando me dispongo a plantarles cara a mis padres, reparo en la relajación de los hombros de Charlie, sentado entre ellos dos.
Se ríe de algo que dice Lewis, y Margaret les pega un pescozón a los dos, aunque también sonríe de oreja a oreja.
Se me hace raro verlos así, con el estómago lleno y el rostro rebosante de alegría.
Charlie me ve y hace hueco entre sí mismo y nuestro padre, indicándome que me siente sin parar de sonreír.
Le hago caso y me convenzo de que puedo esperar algo más para conseguir respuestas.
Pero el momento no llega nunca, pues tardamos poco en oír una bocina atronadora que me revienta los tímpanos, y el tren empieza a frenar con un chirrido.
Cuando bajamos del transporte, lo único que noto es el regusto amargo del resentimiento.
Owen no está para acompañarnos a este nuevo mundo, un mundo del que no quiero saber nada.
Pero, aun así, cuando mis padres se dan la mano e inspiran el aire húmedo y terroso de este lugar, no puedo evitar pensar que parecen felices.
Si lo que dijo Will era cierto, aquí estaremos a salvo: no tendremos que huir más.
Acabamos de llegar, pero las caras de mi familia ya empiezan a olvidar los duros y largos años que pasamos en altamar.
Lewis contempla con regocijo un escaparate adornado con rollos de tela, mientras que Albert y Elsie corretean con Annie alrededor de Charlie; hasta Margaret observa asombrada el ajetreado poblado.
Pero yo sigo echando en falta a Owen, cuya ausencia me golpea de nuevo con una fuerza inexplicable.
—Me temo que no habrá sitio para todos —dice la voz grave de Will a mi espalda.
Cuando me doy la vuelta, él ya está mirándome. Señala el carruaje a motor que llega escupiendo humo por el camino, envuelto en la nube de polvo que proyectan las ruedas.
—¡Un automóvil! —exclama Elsie entre saltitos.
El año pasado, nuestro padre le regaló un libro sobre medios de transporte terrestres y, desde entonces, no ha parado de cacarear sobre estos vehículos.
Will esboza una sonrisita de satisfacción y fija los ojos detrás de mí, donde se encuentra un caballo negro cuyo tamaño no tiene nada que envidiar al del carruaje motorizado.
—Se me ha ocurrido que podríamos seguirlos al galope —comenta. Al fijarse en lo poco que me agrada el caballo, su rostro se colma de diversión—. ¿Te importaría?
Le echo un vistazo a mi familia, que ya está metiéndose en el automóvil, y luego contemplo al animal otra vez. Trago saliva con fuerza.
El chico se ríe y le da una palmadita en el costado al caballo.
—Cáligo no muerde.
—No es él quien me preocupa —digo arrugando la nariz.
Will se sube a la montura y me tiende una mano. El vehículo empieza a alejarse, cargado hasta los topes con los miembros de mi familia. «Ni siquiera me han esperado», lamento con una punzada en el pecho.
Acepto la ayuda de Will, dando por sentado que volverá a ocurrir algo cuando nos toquemos, pero no percibo nada más que la superficie callosa de su palma.
Tiene manos de pirata, pero me saco ese pensamiento de la cabeza en cuanto me aúpa hasta el hueco trasero de la silla.
Me aferró a su cintura de mala gana, aunque me alejo de su espalda tanto como puedo sin caerme de la montura.
Por si todo esto no fuera suficiente, me doy cuenta de que emite calor.
Siempre me han dicho que los cruzanoches tienen cuerpos fríos y cadavéricos, que son bestias sin sangre ni alma, criaturas insensibles con los ojos rojos y los dientes afilados como cuchillas.
Se supone que no se parecían en nada a los humanos. Yo misma los consideraba monstruos.
Pero Will…
Se me revuelve el estómago cuando el caballo echa a galopar. No vamos detrás del carruaje, sino que Will tira de las riendas y pone a rumbo a otra calle adoquinada.
—¿Adónde me llevas? —inquiero, rezando porque no advierta el pánico de mi voz—. Dijiste que…
—Si tienes que sopesar la posibilidad de quedarte aquí, debes ver Paraíso de Tinta con tus propios ojos —responde él con cierta picardía.
Paraíso de Tinta… Me vienen a la cabeza los adorados mapas de Owen.
«Mira esto», decía mientras señalaba las costas irregulares de las Tierras Domadas, para luego deslizar el dedo desde las suaves colinas y los densos bosques al profundo valle que se extendía por el corazón de Enigma.
Ahí, entre los imponentes acantilados y los verdes campos circundantes, se encontraba Paraíso de Tinta: la única población importante que separa Jade —la capital de Enigma— de Calamidad, la nación vecina por el este.
«Paraíso de Tinta, el lugar donde la sangre humana tiñó las calles de negro», me susurró Owen con reverencia.
En aquel entonces, yo me lo imaginé como un sitio sacado de una pesadilla, una región oscura y tenebrosa donde los cruzanoches acechaban entre las retorcidas ramas de los árboles, con extremidades humanas colgadas de las fauces.
Ningún pirata que se adentrara tanto en el continente lograba regresar con vida al océano.
«Nuestra gente no es bien recibida», me aseguró Owen, y luego lo llamó «un valle de huesos».
Es imposible que estemos en ese Paraíso de Tinta.
El resplandor anaranjado del atardecer baña las colinas, y un riachuelo nacido de una pequeña catarata discurre por todo el poblado; la corriente del agua le susurra a mi corazón en el idioma del mar.
La superficie del canal refleja el brillo de unos coloridos faroles, que relucen como joyas, y el aroma a pan recién horneado y tierra húmeda impregna el aire.
La calle está bordeada de tiendas pintorescas, cuyos dueños han colocado velas encendidas en los escaparates.
Los habitantes cruzanoches pasean por el lugar con sus cestas, ataviados con satenes de todos los colores que realzan el esplendor y la viveza de sus rostros.
—¡El señorito ha regresado! —exclama una mujer rechoncha ante sus amigas.
Al reparar en el tono negro y austero de sus vestimentas, me doy cuenta de que todas son humanas.
A Owen le habría costado creer que existan humanos regordetes.
La señora en cuestión viste un uniforme de criada como el mío, pero es evidente que ella y sus acompañantes están bien alimentadas, y no les falta ningún trozo.
«Son los secuaces quienes devoran a la gente, no los cruzanoches», me recuerdo una vez más.
Al oír las palabras emocionadas de la mujer, todo el mundo se gira hacia mí y hacia Will.
Algunos saludan con la mano, mientras que otros nos dan la bienvenida a gritos.
Los humanos tratan a Will con gran aprecio.
«Y con más familiaridad de la apropiada», pienso al ver las expresiones de desaprobación que comparten los cruzanoches presentes.
Will no lo pasa por alto; de hecho, parece que busca despertar esas reacciones, pues le devuelve una sonrisa encantadora a la mujer que ha anunciado nuestra llegada.
—Buenas tardes, señora Carroll. Te veo muy bien.
La ha llamado por su nombre.
—Muchas gracias, milord. Es usted muy pero que muy amable —responde ella con un gesto de timidez.
Desde lo alto del caballo, diviso al cruzanoches que sale del carruaje de mi izquierda: es Percy, el hombre que se me acercó durante la audiencia en la plaza del pueblo. Se alisa el chaleco amarillo mientras fulmina con la mirada a Will.
—Ah, sí, ya ha vuelto el señorito —masculla con desdén, dispuesto a que lo oiga la gente cercana—.
Acompañado de una humana, nada más y nada menos.
—Se vuelve hacia Will, no sin antes echarme un vistazo a mí—.
Tengo entendido que la Liga ha reclutado a casi todo el personal de Bludgrave, pero veo que no has dudado en salir a por más chusma humana que pueda… satisfacer tus necesidades.
Will tira de las riendas hasta que nos detenemos en medio de la calle, a unos pasos de Percy. A continuación, se baja de la montura y se recoloca la capa.
—Mis «necesidades» pueden satisfacerse sin gastar una sola moneda, al contrario que las tuyas —replica Will con serenidad.
Algunas de las mujeres cruzanoches se ríen en voz baja, y los labios de Percy esbozan una mueca retorcida. Él le pega un tirón en el brazo a la niña humana que baja de su carruaje, esposada.
—Tengo todo el derecho —gruñe antes de escupir a los pies de Will—. Aunque tú y tu viejo hayáis repudiado nuestras costumbres ancestrales, los demás no…
Will abre la mano y flexiona los dedos. De repente, a Percy le ceden las rodillas y se desploma en el suelo. Un segundo más tarde, su cuerpo se pone en pie de nuevo, pero con los huesos en ángulos antinaturales. Percy aprieta los dientes entre jadeos, incapaz de formular ni una sola palabra.
—Ya que hablamos de mi padre… —dice Will con esa voz grave y severa, que acalla a toda la multitud—. Lord Bludgrave me ha pedido que haga llegar un mensaje a los Sabuesos de Paraíso de Tinta.