Capítulo cuatro #4
—Las maldiciones no son nada nuevo para mí —dice él en voz baja, sin parar de escudriñar el vagón restaurante—. Mi familia es… diferente. Ya he avisado de que vamos para allá. Nos gustaría ofrecerle un hogar a la tuya.
—A cambio de nuestra servidumbre —preciso con los ojos entornados, mientras deslizo el borde serrado del cuchillo por el mantel.
—Exacto.
—No parece que te haga mucha gracia.
—¿Acaso debería gustarme?
—Nuestras vidas están en tu poder. No nos queda otra que aceptar tus órdenes —replico.
—Ah, ahora que lo dices… Ya sabía yo que se me olvidaba algo.
El joven mete la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y saca el contrato que pagó.
El corazón me da un vuelco cuando él lo despliega y acerca el papel a la llama de una vela.
—Si os quedáis, recibiréis una compensación —explica—. También tenéis libertad para intentar regresar al mar, pero acabaréis capturados otra vez. Tú eliges.
Me hundo en el asiento y observo cómo se descomponen en ceniza los últimos trozos del documento.
Mientras tanto, me froto la zona de las muñecas donde estuvieron los grilletes, tan ceñidos que me atravesaban la carne.
Este chico no solo me curó, sino que también protegió a Elsie y mantuvo junta a mi familia.
Y ahora nos ha ofrecido la oportunidad de recuperar nuestra libertad.
Vuelvo a hacerme la misma pregunta: ¿qué beneficio puede obtener de todo esto?
—Por lo que a mí respecta, espero que os quedéis —dice contemplándome con esos relucientes ojos verdes—. Al menos un par de días. Si seguís queriendo marcharos después de ver cómo sería vuestra vida en la hacienda de mi familia, los guardias no os detendrán. Te doy mi palabra.
Hago una mueca y, al tiempo que levanto la copa de vino para distraerlo, con la otra mano me guardo el cuchillo en el delantal.
—¿Por qué iba a creerte?
—Porque te estoy contando la verdad —responde mientras sigue los movimientos de mi copa con la mirada, frunciendo el ceño.
Suelto un resoplido y me levanto con intenciones de salir del vagón, pero él me agarra la muñeca. El tacto de su piel despierta una ráfaga de familiaridad en mi interior, tan intensa que se me corta la respiración.
—Se te olvida algo —comenta sin quitarle ojo al delantal donde he escondido el cuchillo.
Me suelta para señalar la mesa, pero la sensación se mantiene igual de viva y exquisita, como si la sangre de mis venas se hubiera transformado en miel—.
Llévate un poco de comida para tu familia.
Aunque tú misma te darás cuenta de que los hemos tratado muy bien, lo aseguro.
Me obligo a moverme del sitio, pero no consigo sacarme de la cabeza la emoción que me ha embargado al tocarnos.
Lo estudio con suspicacia mientras me meto en el delantal un pedazo de queso, tres bollos y un puñado de galletas.
Se vuelve a hacer el silencio entre los cruzanoches presentes, y siento que todos los ojos del vagón me observan con un asco evidente.
El joven se levanta, y la pareja más cercana pega un respingo.
No obstante, a él no parece molestarle. «Quiere que nos vean», comprendo cuando toma mi mano con delicadeza.
La calma abrumadora de la otra vez vuelve a propagarse por mi cuerpo, lo que disipa toda la tensión de los músculos y alivia mi miedo.
No me alejo de él, ni siquiera cuando pega los labios a mis nudillos.
La oleada de tranquilidad, cálida y placentera, se extiende hasta mi mano.
Después levanta la cabeza para mirarme con esos ojos verdes, en los que danzan chispas de fuego dorado.
—Todavía no he preguntado cómo te llamas. Discúlpame.
Las mejillas se me acaloran. No había reparado en sus pecas hasta este instante, y me pongo a contarlas mientras intento recordar cómo se respira.
—Tú tampoco me has dicho tu nombre —respondo como una estúpida.
Él esboza una sonrisa que deja a la vista unos dientes blancos y perfectos.
—Will —contesta con cierta timidez—. A secas.
—¿Seguro que no prefieres lord William?
—Solo cuando la otra persona me cae regular —contesta con una risita que le arruga el rabillo de los ojos. Me acaricia con el pulgar la zona de los nudillos donde ha posado los labios, cuyo rastro sigo percibiendo—. ¿Y el tuyo?
Noto un cosquilleo en el estómago, tan distractor que me cuesta hablar.
—Aster. —Me aclaro la garganta y aparto mi mano de la suya bruscamente—. A secas.
—Aster… —repite esbozando una sonrisilla. Luego me hace una marcada reverencia—. Buen nombre para una…
No llego a oír cómo termina la frase: en cuanto la mata de rizos le tapa los ojos, me giro sobre los talones.
No miro atrás cuando llego a la puerta del compartimento, pero siento que él no me quita la vista de encima.
Me imagino el destello de diversión que habrá surcado su rostro al levantar la cabeza y descubrir que ya me había alejado.
La puerta se cierra a mi espalda y salgo al espacio entre los vagones, donde el viento me agita la melena mientras me observo los nudillos. Aprieto el puño al ver la marca rojo sangre que me han dejado sus labios.
No permitiré que nadie se apodere de mí.