Capítulo cuatro #3
—Quedan pocos humanos que luchen en su bando —comenta él con el ceño fruncido—. La mayoría trabaja para los cruzanoches que los gobiernan, y todos los reinos del Mundo Conocido tienen representación en la Liga de los Siete.
—¿Qué es la Liga de los Siete?
—Una unión de ejércitos cuya misión es mantener a raya a los secuaces. Algunos de los miembros vigilan las Tierras Ardientes, mientras que otros están apostados en los propios reinos, donde deben dar caza a cualquier secuaz que burle las defensas.
Noto que esa parte desconocida de mi ser sigue hurgando en mi interior.
—¿Por qué me cuentas todo esto? —pregunto.
—Sé lo que viste —dice en voz baja.
Muy a mi pesar, me inclino para oírlo mejor. Él escruta el vagón restaurante con una desconfianza que no irradiaba antes y continúa:
—Lo que buscas es un tipo específico de secuaz, uno al que denominamos sylke .
—¿Cómo lo sa…?
—Tenía razones para sospecharlo —me interrumpe—. Había indicios de que uno de los tripulantes cayó poseído en Barbarie.
¡Lo sabía! Aquella sombra poseyó al cruzanoches que asesinó a mi hermano en el Brindasuerte.
El sylke tomó el cuerpo del marinero como huésped para su oscura alma y, cuando dejó de serle útil, huyó para hacerse con otra víctima a la que controlar.
Y esa nueva víctima podría estar en este mismo tren.
La mirada del joven se posa en mi mano justo cuando trato de birlar un pedazo de queso duro. «Qué observador es», pienso con amargura. Desecho toda esperanza de robar comida para mi familia.
Por el rabillo del ojo veo que un soldado se acerca con las manos a la espalda. A su lado camina a saltitos una niña morena, cuyos largos rizos se derraman sobre un vestido de volantes rojo. La reconozco de inmediato: es la pequeña que se había escondido en el navío de los cruzanoches.
—Discúlpeme, señor, pero su hermana… —empieza a decir el hombre.
—¡Annie! —exclama el joven en tono de regañina, mientras despacha al soldado con un gesto de la mano. Luego le sonríe a la niñita y enarca una ceja—. Se suponía que ibas a quedarte en el compartimento.
—¿Puedo salir a jugar, porfi? —pregunta ella con las manos entrelazadas, haciendo pucheros.
El muchacho se gira hacia mí con una leve sonrisilla en los labios.
—Mi hermanita se ha pasado las últimas semanas rodeada de marineros, y parece haberse enterado de que tienes hermanos de su edad —me explica.
—¿Te refieres a Albert y Elsie? —digo entre parpadeos, desconcertada.
—Porfiii —canturrea Annie aferrada al dobladillo de mi vestido, igual que Elsie me agarra el brazo cuando quiere algo.
—No sé si…
—Es una idea estupenda —me interrumpe él antes de llamar al soldado—. Lleva a la señorita Annie al último vagón.
El hombre hunde los hombros y sigue a la saltarina Annie hasta el final del pasillo, donde se encuentra la puerta por la que he entrado antes.
—Quería darte las gracias —comenta el joven de repente.
—¿A mí? ¿Por qué?
—Por perdonarle la vida en el barco.
—No es más que una niñita.
—Pero también es una cruzanoches —precisa él casi susurrando—. Para ti, los míos siempre han sido algo a lo que temer y odiar. Aun así, cuando te topaste con ella en plena persecución del sylke , ni siquiera te planteaste matarla.
—Sabía que no era ella —murmuro mientras me miro en el reflejo del cuchillo; tengo unas ojeras muy marcadas y la piel amarillenta. Al menos, he descubierto que el asesino de Owen es un sylke , un secuaz—. Intenté perseguir a esa cosa, pero… desapareció.
Se esfumó sin más. No obstante, todavía siento su presencia cerca de mí, como si estuviera acechándome y susurrándome al oído: «Ven a buscarme…».
El joven se reclina de repente, y es entonces cuando reparo en lo pegados que estábamos. Relaja los hombros como si se hubiera quitado un peso de encima.
—No es Annie —suspira, más para sí mismo que para mí. Se revuelve los rizos con una mano, claramente aliviado.
—¿Creías que la había poseído a ella? —murmuro.
—No estaba seguro —reconoce, contemplando la puerta del compartimento con el ceño fruncido.
—¿Es que no puedes verlos?
Él hace un gesto de negación con la cabeza.
—Y tú tampoco deberías poder —añade en voz baja—. Si alguien se entera, te ejecutarán de inmediato.
Se me cae el alma a los pies. Antes pensaba que los cruzanoches solo pretendían devorarme o matarme sin una razón real. Pero ahora tienen una.
—¿Por qué? —mascullo con un hilo de voz, casi incapaz de hablar.
El chico estudia el vagón restaurante y después vuelve a observarme, esta vez con más amabilidad.
—Se cree que tu habilidad proviene de una maldición.
Eso me hace evocar una acusación del pasado: «Estás maldita».
Un dolor fantasma me aferra el cuello, como una soga apretada al máximo.
Esas palabras me salvaron de la tortura que sufrieron otros prisioneros del Aullido.
En aquel entonces pude achacarlo a las supersticiones de los marineros, pero ahora…
—Si es cierto que estoy maldita, ¿por qué me has…?
«¿Tratado con tanta piedad?». La pregunta se me atasca en la garganta. ¿Qué razón podría tener alguien como él para compadecerse de una pirata supuestamente maldita, de alguien que le han enseñado a odiar, de alguien a quien debería haber ejecutado?
«La piedad nunca se da gratis», me recuerdo. Pero ¿qué beneficio podría sacar él de ayudarme? ¿Cuál es el precio que me tocará pagar?