Cruzanoches Capítulo cuatro #2
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Capítulo cuatro #2

—Este tren va demasiado lleno para mi gusto —dice contemplando con desagrado a los otros pasajeros. Sin embargo, cuando se vuelve hacia mí, habla con mucha más suavidad—. Quizá deberíamos cenar a solas.

Todo el mundo aparta la vista de nosotros y el clamor de las conversaciones se reanuda, seguido del tintineo de los cubiertos y las copas. El joven entrelaza las manos, claramente satisfecho con esa reacción. Sus ojos se centran en mí, enmarcados por unas pestañas frondosas y negras como el carbón.

—He pensado que podrías tener hambre —dice con llaneza.

—¿Y qué pasa con mi familia? —pregunto sin molestarme en bajar la voz.

Sé que mi madre no se refería a esto cuando dijo que viniera a verlo, pero me niego a ceder ante los caprichos de este señorito, al menos mientras mis queridos Albert y Elsie estén muriéndose de hambre.

—Ya les hemos proporcionado alimento.

No me lo creo. Reviso con rapidez los manjares repartidos por la mesa: bollos de mantequilla, quesos aromatizados, fruta fresca… Pues mira, él podrá obligarme a escuchar sus explicaciones, pero pienso salir de aquí con los bolsillos a rebosar.

Me siento enfrente de él y examino el surtido de mermeladas: hay de fresa, frambuesa y arándanos. Se me encoge el corazón, porque Owen se habría quedado encantado de probarlas. Me froto la zona de la muñeca donde solían estar mi pulsera y la suya; echo de menos la textura del cuero trenzado.

De repente, vuelvo a recordar las palabras del capitán Sombra: «Ven conmigo».

Si hubiera tomado su mano, nunca habría visto nada de esto con mis propios ojos, ni tampoco habría descubierto cómo es el resto del mundo. Bueno, cómo es para los cruzanoches, en todo caso.

—Estás pensando en él —comenta el joven, observándome con la cabeza ladeada.

Me sonrojo de inmediato. ¿Es que también sabe leer la mente?

—¿En quién?

—En el familiar que has perdido —responde con el ceño arrugado y la barbilla gacha.

Ah. Owen… Me noto un nudo en la garganta, pero miro al chico a los ojos. No son rojos, como me contaron desde niña, sino de un color verde oscuro con motitas doradas.

—Tus hombres me lo arrebataron.

Él frunce los labios levemente y baja la cabeza, pesaroso.

—Esos no eran mis hombres. Mi misión era supervisar la travesía a Barbarie, pero la orden de asaltar el barco de tu familia vino del capitán, no de mí.

Me fijo en un cuchillo de untar y dejo que mis dedos se acerquen y rocen el fresco metal.

La mirada del joven sigue mis movimientos en todo momento, y parece rezumar intriga cuando agarro el utensilio para sopesarlo.

Aunque fuera el capitán quien mandó atacarnos, el verdadero asesino de Owen —aquella sombra de ojos rojos y brillantes— escapó.

Lo noto con total certeza en el pecho, igual que el ritmo ensordecedor de mi corazón: esa cosa sigue ahí fuera, provocándome, deseosa de que me lance a perseguirla.

Siempre he encontrado consuelo en la eficacia de los cuchillos, sin importar lo grandes o pequeños que fueran. Pero no tengo forma de apuñalar a una sombra: no puedo desgarrar la piel de algo que ni siquiera posee un cuerpo carnal.

Suelto el cuchillo, aunque todavía siento su peso en la mano.

—¿Y qué ha sido de dicho capitán?

El suave murmullo de la lluvia interrumpe el silencio que se forma entre nosotros.

Las gotas se derraman por la ventana y emborronan la densa masa de árboles que hay al otro lado.

En el mar, la lluvia era tanto una salvación como una advertencia.

Su llegada anunciaba la inminencia de una tormenta, por lo que debíamos prepararnos para lo peor.

Pero, cuando teníamos suerte y las Estrellas nos sonreían, la cosa no iba a más y conseguíamos agua potable.

Ahora, en este tren cuyo motor rechina con un patrón adormecedor, la lluvia solamente me reconforta.

Cada gotita trae consigo la caricia familiar del océano, un recordatorio de que no me ha olvidado.

El mar no me ha abandonado, aunque me encuentre a gran distancia de la costa.

—Está muerto —responde antes de indicarle a un camarero que nos llene las copas de vino—. Lo maté yo mismo.

Agarro el tallo de la copa con las manos entumecidas y me la llevo a los labios.

Una vez al año, en la víspera del Día de la Condenación, bebemos vino para celebrar nuestra libertad, en honor a los ancestros que derramaron su sangre para salvarnos de los cruzanoches.

El sabor amargo del líquido hace que arrugue la boca, pero posee una calidez que se propaga por mi estómago.

Cierro los ojos y disfruto del melódico golpeteo de la lluvia contra la ventana.

Es una pena que el capitán ya haya muerto. Me habría gustado despacharlo con mis propias manos.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, descubro que el joven cruzanoches sigue observándome. Es como si pretendiera leerme el rostro, pero parece costarle más de lo previsto.

—No eres como esperaba —murmura.

—Lo mismo digo.

El chico esboza una pequeña sonrisa y desvía esa mirada inquisitoria hacia el cristal, como si la lluvia tuviera la respuesta a la pregunta que tanto lo corroe.

—Los monstruos de las leyendas son reales —comenta de repente—. Esos con dientes afilados. —Sus astutos ojos se cruzan con los míos, y me pregunto si ellos le dan la respuesta deseada—. Y con ojos rojos y brillantes.

Una parte de mí se encoge y se aviva a partes iguales, como un secreto que yacía en las profundidades de mi ser, a la espera de que alguien lo descubriera.

—Los llamamos «secuaces» —prosigue, pero sé que ha percibido mi cambio de actitud. Yo también noto que él se inclina hacia mí con más intensidad, como si ahora nos uniera un objetivo común—. Por alguna razón, las historias de las gentes nacidas en altamar nos confunden con ellos.

Asiento lentamente mientras rememoro todo lo que me contaban mis padres sobre los cruzanoches.

Algo me dice que ellos conocían la diferencia entre los cruzanoches y estos secuaces, pues mi padre visitaba la costa Despiadada el tiempo suficiente para oír y ver cosas.

Aun así, nos hicieron creer esas falacias.

«La desconfianza va de la mano con la cautela —solía afirmar mi madre—. Y la cautela te mantiene con vida».

—Algunos detalles son ciertos, claro —continúa él.

Toma un bollo del plato y mete el cuchillo en un tarro de mermelada de frambuesa—.

Las dos especies venimos de otros mundos, uno de los cielos y otro del averno.

También poseemos poderes sobrenaturales.

—Mientras extiende la confitura con cuidado, me mira brevemente—. Y queremos hacernos con el control.

Acaricio el filo serrado de un cuchillo y me acerco la copa con la otra mano.

—¿El control de qué?

Antes de responder, muerde el bollo y la mermelada le deja en los labios una mancha similar a la sangre.

—De este mundo y todo lo que comprende.

Eso me recuerda a las historias de Owen. En ellas, los cruzanoches venían aquí con órdenes de castigar a la humanidad por su codicia. Nosotros intentábamos recuperar el poder, pero ellos contaban con habilidades superiores a las nuestras, un nuevo tipo de magia que no podíamos adquirir.

—Hace seiscientos años, tu pueblo, la humanidad, abrió una puerta que debería haber permanecido cerrada para siempre. —Come otro bocadito y lo mastica meticulosamente—. Habrás oído hablar de las Tierras Ardientes, ¿no?

Pienso en los mapas que tanto obsesionaban a Owen.

Siempre les suplicaba a nuestros padres que le dejaran viajar más allá de la costa, a explorar las Tierras Ardientes, una franja deshabitada y abrasada enclavada en los dominios del reino de Barbarie.

Se dice que un terremoto partió en dos ese terreno yermo, y que en el fondo del abismo resultante arden llamas inextinguibles desde hace seiscientos años.

—Si ese es el origen de los secuaces, ¿de dónde salisteis vosotros? —pregunto.

El joven bebe un trago de vino y se humedece los labios.

—Nos enviaron aquí para erradicarlos —contesta después—.

Antes éramos seres sagrados que morábamos en un mundo celestial, un paraíso escondido en otra dimensión.

Allí gozábamos de inmortalidad, así como de los dones otorgados por el Rey Verdadero, que nos permitían manipular los elementos, el manán.

El concepto «manán» representa todo lo incognoscible.

«Es lo que compone el universo», dijo mi madre una vez sobre ese polvillo dorado y reluciente.

Ella lo llamó gurash-vedil , que significa «polvo de la creación».

Mi padre también solía contarme anécdotas sobre hechiceros humanos que manipulaban el manán para controlar los vientos y las olas, mientras que otros lo usaban para incendiar barcos enemigos o plantar jardines espléndidos en sus propias naves.

Siempre se ha creído que esos hechiceros no eran humanos del todo, sino cruzanoches rebeldes que se habían hecho a la mar.

Cuando le pusimos fin a la situación, habíamos dejado de ser puros y sagrados.

—Vuelve a mirar por la ventana, centrando su atención en lo que sea que haya al otro lado del cristal, como si su vista llegara más allá de las colinas y los árboles, más allá del tiempo en sí mismo—.

Este mundo nos obligó a cometer atrocidades en nombre de la guerra, lo que nos arrebató la inmortalidad y las alas.

Quedamos expulsados de nuestro hogar, Elysia.

El hombre sentado en la mesa opuesta a la nuestra arruga la nariz, claramente disgustado. Intuyo que este no es su tema favorito.

—Durante la guerra contra los secuaces, luchamos mano a mano con los humanos.

—Se gira hacia mí de nuevo, pero esta vez me observa como si estuviera viéndome por primera vez, con la cabeza ladeada y los ojos más interesados que antes—.

Sin embargo, acabaron traicionándonos. Ansiaban poseer nuestro poder y, al final, se contentaron con lo más parecido que pudieron encontrar.

—Los secuaces —deduzco, asintiendo lentamente.