Capítulo cuatro
Capítulo Cuatro
— E stoy preocupado.
La voz de Lewis me espabila de sopetón. Mi hermano estira las largas extremidades y, durante un instante, cuando la mata de pelo rubio liso le cubre esos ojos pardos, siento que tengo delante a Owen.
La única diferencia es que, a los dieciocho años, Owen ya aparentaba más edad que Lewis ahora mismo.
Esa fue la consecuencia de las responsabilidades que recayeron sobre él como hermano mayor.
Lewis solo me saca un año, pero siempre se ha comportado como si fuera el mayor de todos, más cauteloso y paciente que el resto de nosotros.
Ahora también parece sereno. De no ser por el rugido ensordecedor del tren en el que vamos recorriendo la campiña, o por la pulcra camisa blanca y los pantalones negros que lleva él, podría pensar que seguimos en el Crealuz.
Lewis inspecciona con indiferencia nuestros alrededores, como si no hubiera nada de extraño en la velocidad a la que circulamos dentro de este compartimento, o como si no estuviera planteándose qué será de nosotros cuando lleguemos a nuestro destino.
Ni siquiera se inmuta cuando el tren pega una sacudida y amenaza con tirarlo del asiento.
«Se le da muy bien mentir», me recuerdo.
Por mucho que se esfuerce en ocultar su pena, soy su hermana, y a mí no puede escondérmela: la noto en la manera con la que se frota la piel desnuda y tatuada de las muñecas.
Sin los anillos que solían adornarle todos los nudillos, parece tan perdido como yo.
Lewis señala con la barbilla a Margaret, sentada enfrente de nosotros.
—A este paso, se va a comer sus propios dedos antes que los cruzanoches.
Margaret no para de mordisquearse las cutículas mientras fulmina con la mirada la puerta del compartimento.
Dos de los cruzanoches se llevaron a Charlie a lo que denominaron «vagón sanitario», donde supuestamente podrían sacarle la bala y tratarle la herida de forma segura.
Como buena cirujana que es, Margaret no ha podido estarse quieta desde que subimos al tren. Y no es la única.
Nuestro padre se retuerce las manos en su asiento, con los labios apretados de manera inquieta.
Nuestra madre intenta reconfortarlo estrechándole la mano, pero ella también contempla con seriedad el borroso paisaje acelerado del exterior, compuesto de prominentes colinas verdes y bosques frondosos.
Enfrente de ellos, Elsie consuela a Albert; aunque él es tres años mayor, siempre ha dependido mucho del cariño de su valiente hermanita menor.
—Hicimos mal en permitir que se lo llevaran —masculla Margaret mientras se roe el pulgar.
Quiero decir algo que pueda tranquilizarla, lo que sea, pero no se me ocurre nada.
Antes de subir al tren, el cruzanoches de ojos verdes se tomó la molestia de curarnos a todos la piel encarnizada de las muñecas y los tobillos.
Es más, le enderezó la pierna a Albert con un mero gesto de la mano.
Pero, aunque él se asegurara de que estuviéramos en buenas condiciones, los otros cruzanoches podrían estar despedazando a Albert en estos momentos.
Aprieto los dientes al imaginármelos en un lujoso vagón restaurante, donde van dejando limpios los huesos de Charlie.
Margaret lleva razón: tendríamos que habernos quedado a Charlie aquí a toda costa.
No obstante, en el fondo soy consciente de que no podíamos evitar que se lo llevaran.
Aunque no estemos encadenados, seguimos siendo prisioneros.
Nos mostraron piedad al dejar que embarcáramos juntos en el tren, y todo pirata sabe que la piedad no se da gratis.
Todavía no hemos descubierto qué pretende conseguir el joven cruzanoches a cambio de comprarnos como sirvientes y salvarnos de la prisión, o de un destino peor.
Dadas las circunstancias, solo cabe pensar que espera un beneficio mayor de lo pagado.
—Señorita —dice un cruzanoches ataviado con un uniforme azul.
No lo he oído entrar en el compartimento. «Céntrate de una vez y mantén la calma —me regaño a mí misma—. No dejes que perciba tu miedo».
—Lord Cástor solicita tu presencia —anuncia el hombre arrimando la mano a la empuñadura del sable, con los hombros en tensión y los ojos atentos.
Nosotros solo somos siete, sentados en los polvorientos y desgastados bancos del último vagón del tren, pero él se comporta como si hubiera entrado en un campo de batalla.
—Rechazo la petición —contesto mirándolo fríamente, con el rostro relajado para que no vea lo que se esconde debajo de mi máscara de apatía.
El soldado se aclara la garganta y agarra el sable con más fuerza.
—Lord Cástor no aceptará una negativa.
—Pues es lo que hay.
Él traga saliva y comienza a desenvainar el arma. Le cae una gota de sudor por la mejilla, y es en ese instante cuando lo entiendo todo: no tiene miedo de nosotros, sino de volver ante su jefe con las manos vacías.
—Me ha ordenado que te acompañe, señorita.
Al final, me levanto de golpe y le hago frente. No obstante, él no me pone el sable en el cuello, sino que se encoge y aferra la empuñadura hasta que los dedos se le tornan blancos. Una sonrisa se va dibujando en mi cara.
—¿Y de verdad cree que lo conseguirás por las buenas? —Bajo la vista al arma—. Porque te ha indicado que no uses la fuerza bruta, ¿me equivoco?
Me acerco un paso más y él retrocede otro, tan apresurado que casi se tropieza.
El hombre se sonroja. Según parece, teme más a lord Cástor de lo que me desprecia a mí. Deduzco que los soldados de este tren no acostumbran a negociar con piratas: se nota por la mueca de desdén que esboza, por la capa de rubor chillón que le inunda el semblante.
—Mira lo que te digo, pedazo de… —comienza a decir.
Lewis se pone en pie de un salto, con un trozo de madera rota en la mano. No duda en arrimar la punta afilada y astillada a la garganta del hombre.
—¿Quieres terminar la frase?
El soldado empalidece.
—P-por favor… —balbucea—. Me matará.
—Mejor —gruñe Lewis antes de pasarme el fragmento partido de madera.
Ni siquiera me había dado cuenta de que él había arrancado un trozo del banco. «Qué idea más inteligente —pienso—. ¿Por qué no se me ha ocurrido a mí?».
—¿Para qué quiere verme? —pregunto sin apartar la estaca del cuello del soldado.
—No lo ha mencionado. —La mirada del hombre se posa en Lewis, que espera detrás de mí, y luego regresa al palo—. Por favor, si no te llevo…
—Este tren perderá un soldado, ¿no? —lo interrumpo—. ¿Y quién te dice que no me encargaré de ello yo misma?
—Señorita… —farfulla él tragando saliva.
—Corre a ver qué quiere —interviene mi madre, que me hace bajar el brazo. Después me quita la estaca con gran delicadeza—. Si pretendiera hacernos daño, ya lo habría demostrado.
Como siempre, ella es la voz de la razón. Mi padre suele mencionar que ese don para la diplomacia es la razón por la que le transfirió la capitanía tras el nacimiento de Elsie, pues él no vale para ello.
Aparto al soldado con el hombro y me dirijo a la puerta del compartimento sin mediar palabra.
Ya he desobedecido bastante las órdenes de mi capitana, y no me apetece discutir con ella; al menos, hasta que podamos hablar primero sobre Owen, el Crealuz y el verdadero aspecto de los cruzanoches, algo que no ha ocurrido desde nuestro reencuentro.
Además, sé que lleva razón. Yo misma prefiero salir en busca de información a quedarme aquí y ver cómo Margaret se arranca los dedos de cuajo.
De repente, Lewis me agarra la mano.
—Te acompañaré —dice frunciendo el ceño.
—Lord Cástor ha especificado que… —Intenta protestar el soldado.
—No me pasará nada, Lew.
Le estrecho la mano con cariño, a lo que añado una sonrisa demasiado endeble para reconfortar a nadie.
Cuando el hombre se alisa el uniforme y me abre la puerta del compartimento, no miro atrás.
Aprieto los dientes y lo sigo por voluntad propia al interior de este nido de cruzanoches sanguinarios, donde no tendré ninguna manera de esconderme ni defenderme.
Aun así, no permitiré que se apoderen de mí.
Dejo atrás una cara disgustada tras otra a medida que el soldado me guía por un pasillo estrecho, bordeado por cómodos asientos de terciopelo y mesas con manteles de lino blanco. El hombre camina con la cabeza bien alta. «Se alegra de seguir vivo», pienso.
Ojalá supiera lo que se siente.
Me fijo en todos los platos que diviso. Nosotros teníamos pollos en el Crealuz, por lo que reconozco sin ningún problema el aspecto y el olor de su carne.
Sin embargo, aquí lo preparan de maneras que nunca se le habrían pasado por la cabeza a mi padre.
En altamar contábamos con provisiones limitadas, pero a veces atracábamos en algún puerto de la costa Despiadada y mi padre regresaba con una cesta colmada de hierbas y especias: romero, tomillo, salvia, ajo, cebolla en polvo…
Se me hace la boca agua al pensarlo, y no dejo de imaginar jo equipada que estará la cocina del tren en comparación con el cuartucho de nuestro navío.
Cuando llegamos al final del vagón restaurante, encuentro al joven cruzanoches sentado solo ante una mesa, con la barbilla apoyada en una mano desnuda y la vista fija en el paisaje de fuera, como si estuviera buscando respuestas entre las ramas de un árbol o las curvas de las colinas.
Ya no viste la capa, sino un elegante traje negro y un pañuelo escarlata atado alrededor del cuello.
Frunce el ceño al verme entrar con el soldado.
—¿Se ha resistido mucho?
—No, señor —responde el hombre con un tic en el labio, pero por lo demás mantiene una expresión neutral.
—Lo dudo bastante —comenta el chico, que me mira de reojo y esboza una sonrisilla.
Luego hace un gesto sutil con la cabeza para despachar al soldado, que se reposiciona junto a la puerta del compartimento.
Y a mí me indica con la mano que me siente.
Pero permanezco de pie.
—¿Qué quieres? —inquiero cruzando los brazos.
El tensa la mandíbula, pero intuyo que no soy la verdadera causa de su frustración.