Capítulo tres #2
Entonces se baja la capucha, y a mí se me cae el alma a los pies.
El joven del barco se desliza una mano por los rizos negros y luego le entrega el pergamino a uno de los agentes que espera junto a los prisioneros.
Sus oscuros ojos verdes, colmados de diversión, se cruzan con los míos.
Tengo la impresión de que todo el gentío está pendiente de lo que dirá ahora.
No sé si ese interés nace de la expectación o del miedo, pero sospecho que se debe a ambas cosas.
El muchacho inclina la cabeza y estudia brevemente a Elsie.
—Morirías por ella —comenta como si fuera una certeza, no una pregunta.
—Y también mataría por ella —contesto mirándolo a los ojos, inspirada por la dignidad de mi madre—. Como des un solo paso más, te desgarraré la garganta con los dientes.
Una mujer de la multitud suelta un grito ahogado, y toda la plaza estalla en susurros:
«Está poseída».
«Es una secuaz».
«Nos condenará a todos».
—No me tientes —replica el chico con una levísima sonrisa de satisfacción.
—Lord Cástor, eh… —balbucea el agente, pero el joven se limita a levantar una mano enguantada para acallarlo.
El hombre extiende el pergamino y lo lee con el ceño fruncido—.
Entendido, mi señor. —Se aclara la garganta y anuncia—: Las acusaciones quedan saldadas a cambio de un contrato de servidumbre con la casa Cástor.
El pánico se apodera de mí. Elsie se arrima todavía más, sollozando con tanta fuerza que le tiembla el cuerpecito entero.
—Por favor, llévanos a todos contigo —le ruego.
Odio cómo suenan las palabras que brotan de mi boca, pero la desesperación ha enterrado por completo el orgullo momentáneo de antes.
—Nada me obliga a hacerlo —responde él con suavidad, en voz baja.
El ambiente se torna tan tenso como una cuerda a punto de romperse.
A continuación, el chico asiente una vez sin apartar los ojos de mí ni un segundo.
El agente trastea con un llavero y se acerca a mí lentamente, como si yo fuera un animal salvaje.
Un instante después, me libera de los grilletes que me ceñían las muñecas y los tobillos.
El cruzanoches frunce el ceño al reparar en la piel irritada y ensangrentada de mis muñecas.
Me agarra del brazo y vuelvo a notar la misma ráfaga calmante del barco, solo que esta vez me insta a quedarme quieta.
Él se quita con los dientes el guante de piel negro que le cubría la mano libre.
Aunque es mucho más grande que yo, los ojos que brillan detrás de esas frondosas pestañas parecen estar pidiendo permiso para tocarme.
No soy capaz ni de hablar, así que solamente parpadeo.
Los dedos del joven me rozan las heridas.
Me encojo por instinto, dando por sentado que me hará daño.
Sin embargo, el tacto de su piel es amable y refrescante, como un bálsamo analgésico.
Cuando retira la mano, veo con incredulidad cómo se recompone la piel de mi brazo, como un pedazo de tela que se va tejiendo hilo a hilo.
La muchedumbre susurra con tonos desaprobatorios mientras él repite el proceso en mi otra muñeca.
Al oírlos, el chico hace otro gesto con la cabeza, y el agente se apresura a concluir la audiencia.
—¿Y los varones? —grita alguien desde la otra punta de la plaza.
—También les han hecho un contrato de servidumbre —contesta el agente, que le devuelve el pergamino al cruzanoches y se seca el sudor de la frente.
Luego murmura algo entre dientes y me mira con recelo mientras les quita los grilletes a mi madre, Margaret y Elsie. Una vez que ha terminado, se acerca a hablar con el agente de la horca.
Presumo que mi madre me hará alguna seña ahora que le han liberado las manos y los pies, pero ella permanece inmóvil.
Supongo que soy una ingenua por pensar que las cadenas eran el único impedimento de nuestra fuga.
Aunque lográramos salir de la plaza a base de puñetazos y patadas, todavía tendríamos que buscar a nuestro padre y los demás, y Charlie no está en condiciones de huir.
«Charlie sobrevivirá», me aseguro a mí misma. Me niego a concebir cualquier otra posibilidad.
El joven me suelta por fin, y la oleada de tranquilidad se disipa, lo que reanuda el ritmo atronador de mi corazón y la irregularidad de mi jadeante respiración.
Tardo más de lo debido en apartar el brazo con brusquedad e intento camuflar el rubor caluroso que se extiende por mi rostro.
«Pretende devorarte, estúpida», me recrimino.
Me froto la zona de las muñecas donde llevaba los grilletes. Ni siquiera quedan cicatrices. Si de verdad piensa comerme, ¿por qué me ha curado? Me saco ese pensamiento de la cabeza y flexiono los dedos hasta que recupero la sensibilidad, ese cosquilleo cálido y agradable.
El chico hace otra seña con la mano, y los dos cruzanoches con capas negras que estaban esperando detrás de nosotras se colocan a los lados de mi madre y Margaret. Tengo la impresión de que el pulso acelerado de las dos figuras hace vibrar el aire.
—¿Sois vosotros los que habéis pedido una recompensa por capturar a esta familia? —pregunta el joven cruzanoches con la mandíbula en tensión.
—¡Perdónenos! —exclama Duncan arrodillándose. Se le baja la capucha, lo que deja al aire su reluciente mata de pelo rojo—. Ha sido idea de Wren…
—¡Íbamos a darle una parte de los beneficios, mi señor! —Asegura la muchacha de cabello dorado, que también se ha quitado la capucha; está pálida—. Por favor…
Pero el joven los interrumpe levantando una mano enguantada.
—Tendría que haber especificado mis intenciones —reconoce con expresión neutral.
Duncan profiere un pequeño sollozo, mientras que Wren deja caer los hombros en señal de alivio.
—¡Gracias! —balbucean los dos al unísono—. ¡Muchas gracias, señ…!
El chico cierra el puño y ellos se callan de inmediato.
—La próxima vez que oséis cometer el error de actuar en mi nombre, no me mostraré tan piadoso. ¿Entendido? —dice con una frialdad mortífera.
—¡Sí, señor!
Cuando él vuelve a agitar la mano, los dos cruzanoches se marchan tan rápido que sus oscuras capas ondean. Ahora que se ha quedado a solas con nosotras cuatro, el joven me ofrece el pergamino y pregunta:
—¿Sabes leer?
Le arrebato el documento entre temblores y repaso las palabras escritas en tinta.
Una ráfaga momentánea de alivio me inunda el pecho.
No nos dejarán libres, pero al menos los ocho estaremos juntos.
Y es evidente que este contrato de servidumbre era su plan desde el principio.
¿Por qué me hizo creer lo contrario? ¿Por pura crueldad?
—No tengo interés en separar a tu familia —aclara él.
Después extiende la mano y yo le acerco el pergamino, pero no lo suelto. Aunque este pedazo de papel no vaya a inmovilizarme las muñecas ni los tobillos, sigue siendo lo mismo que una cadena.
—Porque quieres esclavizarnos.
—Solo pretendo daros una vida mejor de la que habéis llevado como piratas.
—Hasta que te entre hambre y decidas que tenemos buena pinta, ¿no? —replico con una mueca, tratando de provocarlo.
Él rompe a reír, una reacción tan inesperada que acabo soltando el pergamino.
Tras guardárselo en los bolsillos interiores de la capa, me contempla con una ceja enarcada.
—Eres tú la que ha amenazado con arrancarme la garganta de un mordisco.
—Y todavía podría hacerlo.
—Seguro que sí —contesta con una sonrisa torcida.
A mi espalda, la respiración de mi madre se agita.
Sigo su mirada y veo que mi padre va siguiendo una camilla, llevada por dos figuras encapuchadas, en la que está tumbado Charlie.
Albert avanza cojeando junto a Lewis, pero al menos les han quitado los grilletes de las manos y los pies.
Al otro lado de su grupito, un tren bañado en oro aparece escupiendo columnas de humo negro y denso que tapan el gris mate del cielo.
El extraño transporte frena con un chirrido, y yo me encojo al percibir el hedor a huevos podridos de la espesa humareda que ha inundado la plaza.
Recuerdo la vez que Owen me enseñó una ilustración de un tren.
Intentó explicarme cómo funcionaba y me dijo que los cruzanoches lo usaban para surcar el continente, como si de un barco se tratase.
Sin embargo, la versión real no se parece en nada a un navío: evoca más bien a una serpiente cuyo cuerpo dorado se ha hinchado después de cazar una presa.
El joven me observa. Ya no sonríe, y su expresión me resulta indescifrable.
Aprieto los puños, pero añoro más que nunca el frío acero de mis dagas.
—Si esperas que… —empiezo a protestar.
—Gracias —interviene mi madre con voz ronca. Me pone la mano el hombro, una señal silenciosa que me manda recular—. Nos ha demostrado la grandeza de su bondad.
El chico inclina la cabeza levemente y los rizos negros le caen sobre los ojos.
—Marchémonos ya —dice señalando el tren con un brazo extendido.
Me pregunto a cuánta distancia del océano me llevará esa monstruosidad dorada, cuánto me alejará del único hogar que conozco. Y, cuando arribemos a nuestro destino, ¿me arrepentiré de haber acatado los consejos de mi madre?
«Debemos sobrevivir», me ruega ella con la mirada, justo antes de agarrarme del brazo y apartarme de la horca.
No obstante, nada de esto se me antoja como un acto de supervivencia, sino como uno de rendición.