Capítulo tres
Capítulo Tres
A terrizo de lleno en el suelo. Aunque el impacto me vacía los pulmones, ruedo hasta quedarme bocarriba, de cara a un pálido sol grisáceo que me hace entornar los ojos.
El humo carmesí se aclara y revela la presencia del cruzanoches pelirrojo, que se ha detenido a mi lado con la espada de hierro pegada a mi garganta.
—Uy, pero si es el caballero que andaba buscando —mascullo cuando me levanta por el cuello de la túnica.
Miro la plataforma por si el capitán Sombra sigue ahí arriba, pero ya se ha esfumado, tal y como ocurrió la noche en que me rescató del Aullido.
El cruzanoches me arrastra hasta el callejón donde han apiñado al resto de mi azorada familia.
Se me revuelve el estómago al ver a Charlie postrado en un charco de sangre, una imagen que también me baña la nuca de sudor frío.
«No te mueras, por favor. Sal adelante», le ruego mentalmente.
Me niego a perder otro hermano; ni siquiera he tenido tiempo de llorar a Owen.
—¡Idiota! —le chilla la cruzanoches rubia al joven pelirrojo, iracunda—. ¡Por ese nos habríamos sacado treinta tenores!
—¡Iban a escaparse! —replica el chico con una mueca de desprecio, y luego le pega una patada en el costado a Charlie—. Llévalo a que lo trate un forjahuesos. Lo dejará como nuevo.
Charlie profiere un gruñido, y el alivio se propaga por mi cuerpo al instante.
—Al final no tendremos el público esperado para la audiencia —reniega la joven contemplando la plaza medio vacía.
—La gente regresará —asegura él—. Aunque sea para ver eso de allí.
El muchacho señala con la barbilla la soga de la horca, de la que ahora cuelga un esqueleto con una corona de bronce en lo alto de la cabeza. Además, en el poste de madera superior hay tres palabras recién garabateadas con pintura roja, que chorrea como la sangre: muerte al rey.
—¿Crees que habrá sido…? —empieza a preguntar la chica.
—No pronuncies el nombre —la interrumpe él en voz baja, casi susurrando—. ¿O acaso quieres que se repita lo sucedido en Espino? Si a estos humanuchos se les mete en la cabeza que el capitán Sombra ha unido fuerzas con los rebeldes…
—¡Calla, Duncan! —exclama ella antes de darle un fuerte pescozón a su compañero.
—¿Lo dices por estos? —contesta el tal Duncan zarandeándome—. No te preocupes por ellos, Wren. Cuando se los entreguemos a las matronas, pasarán a ser problema suyo.
La muchacha de cabello dorado pone cara de exasperación, pero luego le ordena a mi familia que se ponga en fila. Duncan sigue aferrándome del cuello mientras me guía al otro lado de la plaza junto con Margaret, Elsie y nuestra madre. Nos han separado de los chicos y nuestro padre.
—Charlie ha sobrevivido a cosas peores —comenta Margaret con voz temblorosa, a lo que yo asiento.
Ella lo sabe mejor que nadie: como cirujana del Crealuz, siempre se encarga de cerrarle las heridas.
Duncan me mete de un empujón en un puestecito pegado a la horca, y lo único que me apetece es rajarle ese careto arrogante.
Aun así, me limito a imitar la postura de mi madre, que mantiene la respiración tranquila y el mentón bien alto.
No perdemos la dignidad en ningún momento, ni siquiera cuando las mujeres a las que Duncan ha llamado «matronas» comienzan a desnudarnos.
Si la pequeña Elsie es lo bastante valiente para no derramar ni una sola lágrima, yo también debo serlo.
Las matronas se dedican con presteza a su trabajo, que consiste en restregarnos la piel hasta borrar la sangre reseca y la capa de mugre salada que hemos adquirido a lo largo de la vida.
Una mujer de aspecto austero nos quita las cadenas una a una y nos pone unos sencillos vestidos negros con delantal blanco, un proceso que me deja con un dolor sordo en la nuca.
Veo en el espejo que la expresión de la matrona se torna agria al descubrir la polilla tatuada en medio de mi espalda; fue Lewis quien me la trazó cuando cumplí los trece años.
Me entran ganas de arrancarle esos ojos saltones, pero mis manos permanecen inmóviles e inútiles.
Si no supiera que es tan humana como nosotras, pensaría que es capaz de leer la mente, pues me aprieta las cadenas el doble cuando toca reatarlas.
Me muerdo el labio para reprimir un grito.
Margaret escupe a la cara de la matrona que les quita las pulseras a ella y Elsie, pero por lo demás no se resiste. Mientras tanto, el dolor me apuñala el pecho hasta dejarme sin aire.
Me repito una y otra vez el mismo pensamiento:
«No permitiré que se apoderen de mí».
«No permitiré que se apoderen de mí».
«No permitiré que se apoderen de mí».
Una de las matronas me desenreda la melena y la convierte en una trenza bien tensada, mientras que otra me arranca las botas y me mete los pies en unas rígidas bailarinas.
Después tira las botas a una pila de zapatos desechados, lo que me duele en el alma.
Ya me arrebataron todas las armas durante el tiempo que estuve inconsciente en el barco, pero una parte de mí tenía la esperanza de que hubieran pasado por alto las dagas escondidas en las botas.
Ahora no me queda nada: ni el Crealuz, ni la armería secreta, ni la túnica remendada, ni los pendientes de oro, ni la pulsera de cuero, ni mi hermano mayor. Me lo han robado todo.
Por lo menos, el capitán Sombra pudo recuperar el medallón —el mejor botín que he sacado nunca— antes de que las matronas lo confiscaran. Y luego se esfumó de nuevo, llevándose consigo el tesoro que le birlé y mi única oportunidad de escapar del funesto destino que me aguarda.
Porque eso es lo que me ofreció al decir: «Ven conmigo».
No sé si mi familia se dio cuenta de que nos habíamos separado, pero ellos sí que intentaron fugarse.
Si lo hubieran logrado, me habrían dejado atrás.
Y… no podría echárselo en cara. Yo misma me quedé a un segundo de estrechar la mano del capitán Sombra, a un segundo de marcharme sin ninguno de ellos a ese «lugar seguro».
Sin embargo, al final tomé otra decisión; me decanté por quedarme con ellos. Ahora, pase lo que pase, tengo una cosa clara: nunca estaré a salvo, como les ocurre a todos los piratas.
Cuando una mujer austera nos saca del puesto y nos indica que esperemos delante de la horca, intento contagiarme de la dignidad de mi madre, pero estoy demasiado aturdida para mostrarme orgullosa.
¿Es así como acabará el clan Oberon, repartido entre una sarta de cruzanoches famélicos y elegantes que pretenden cocinarnos como almuerzo?
Trato de recordar las técnicas de respiración que nos enseñó nuestra madre, pero el calor húmedo de la plaza es tan asfixiante que me cuesta tomar aire.
Duncan predijo con acierto el comportamiento de la gente: los habitantes del barrio han acudido en masa a presenciar aquello que Wren denominó «audiencia».
A juzgar por la finura de sus ropas y las miradas inquisidoras que nos lanzan, como si tuviéramos aletas en vez de pies, deduzco que todos son cruzanoches; estoy segura de ello.
Me dejo llevar por la peste a sudor y el clamor de la multitud que se va cerniendo sobre nosotras, reducida a un montón de rostros borrosos.
Muevo los ojos de una punta a otra de la plaza en un intento de localizar a mi padre entre los prisioneros.
Los van colgando uno a uno después de que un agente lea la sentencia en la plataforma de la horca, pero ni mi padre ni mis hermanos se encuentran allí.
Un cruzanoches ataviado con un chaleco naranja chasquea los dedos delante de mis narices, lo que me obliga a apartar la vista de los demás prisioneros.
El joven ladea tanto la cabeza que la chistera de seda se le resbala levemente por la frente sudada, y me revisa de los hombros a la cintura con los ojos inyectados en sangre.
Después esboza una mueca y se rasca las patillas cobrizas.
—Es demasiado mayor —masculla; el aliento le apesta a whisky .
—¿Para qué soy demasiado mayor? Hace menos de un mes que cumplí los diecisiete, y él no parece sacarme más de unos pocos años.
Lo comprendo todo cuando se agacha a mi lado y toma la mano de Elsie. Se me revuelve el estómago.
Reacciono sin pensármelo dos veces: me interpongo entre Elsie y él para que no la agarre y le estampo la cabeza en la cara con todas mis fuerzas.
El golpe es tan potente que lo hace retroceder a trompicones, con los ojos como platos y la nariz chorreante de sangre.
La conmoción del muchacho se transforma rápidamente en indignación, pero no es rival para la mía.
—Como vuelvas a tocarla, me aseguraré de que te ahogues con tu propia sangre —le gruño con el corazón acelerado.
Me preocupaba ser la única que rompiera a llorar, pero, si este es el final que me depara la vida, prefiero morir a permitir que un monstruo separe a Elsie de nuestra familia.
—No eres más que una rata desagradecida —me espeta él mientras se recoloca la chistera.
Sus amigos lo flanquean de inmediato y desenfundan las pistolas para apuntarme.
—¡Debería mandarte a la hoguera por semejante agravio! —continúa.
—Quieto ahí, Percy —dice una voz grave desde el centro de la plaza.
Se hace el silencio entre la multitud, que se despeja ante un cruzanoches de negro con la capucha subida, lo que oculta los rasgos de su rostro—.
Si te atreves a ponerles la mano encima otra vez, te ataré a la pira con mis propias manos.
El tal Percy frunce los labios con rabia, pero al final se pone blanco como el papel y se limita a protestar con un mísero gruñidito.
El cruzanoches se acerca a la horca abriéndose paso entre la muchedumbre con facilidad.
Los presentes se apresuran a apartarse de su camino, y Percy parecer estar luchando contra el impulso de batirse en retirada.
El cruzanoches muestra un pergamino con una mano enguantada y hace un gesto con la otra para espantar a Percy y sus amigos, con cara de estar más bien aburrido.
Ni siquiera los mira cuando salen escopetados de la plaza entre murmullos airados.