Capítulo dos #4
Me sube a rastras por la escalera de la plataforma, caminando con seguridad a pesar de la nube roja que lo difumina todo.
Pasa por encima del cadáver con la flecha en la boca y se planta ante el verdugo encapuchado.
Se me cae el alma a los pies cuando comprendo para qué me ha agarrado: pretende usarme de escudo. Menudo sinvergüenza.
El verdugo acciona una palanca y el suelo de madera se abre debajo del prisionero, cuya soga se tensa de inmediato.
—Veo que te gusta acabar rápido —suspira mi atacante antes de guardarse la pistola—. No gozas de mucha popularidad entre las damas, ¿verdad?
El verdugo desenvaina el hacha y la alza con los dos brazos, pero, antes de que pueda golpearme, mi atacante estira una mano enfundada en un guante rojo.
De su manga sale disparada una bolita de hierro conectada a un alambre metálico, que se enrolla alrededor del cuello del verdugo.
El hacha aterriza con estruendo sobre la plataforma al tiempo que el hombre cae de rodillas; ni siquiera la capucha disimula los gorgoteos horripilantes que profiere.
Una vez que se ha quedado inmóvil, mi atacante agita la muñeca y la bolita de hierro retrocede hasta él, desgarrando antes los huesos y la carne de su víctima.
La cabeza del verdugo rueda hasta mis pies.
Mi atacante saca la espada —forjada con el mismo metal oscuro e iridiscente que llevaban los cruzanoches del Brindasuerte— y corta la soga. El joven prisionero se precipita al suelo entre toses y jadeos.
—¡Ya iba siendo hora! —grita sin parar de frotarse el cuello. Aparenta mi edad, aunque tiene la cara tan hinchada y descolorida que cuesta cerciorarse—. Empezaba a pensar que no aparecerías.
—Ea, ea —canturrea mi atacante. La calidez de su aliento me acaricia la coronilla—. ¿No se te ocurre otra forma más respetuosa de saludar a tu capitán?
El muchacho le hace un gesto obsceno y se adentra en la niebla carmesí hasta desaparecer.
—Me tomaré eso como un agradecimiento —comenta mi atacante con una carcajada casi musical.
A continuación, me gira hacia sí mismo. El corazón me da un vuelco al ver su máscara roja con forma de calavera, cuyos blancos dientes esbozan una sonrisa burlona. También lleva un sombrero de tres picos adornado con plumas de fénix, que oscurece unos ojos pintados de negro.
Es el capitán Sombra.
Parpadeo varias veces, tan conmocionada que me quedo sin habla. El aire salado del mar todavía impregna la capa corta escarlata que cubre su lujoso frac rojo. Al otro lado de la máscara, unos ojos azules brillan como el sol cuando se refleja en las aguas del océano.
—¡Ladronzuela! —exclama agarrando la cadena de mi cuello con el fin de sacarme el medallón de debajo de la túnica—. ¿Es que a los piratas no os enseñan a dejar en paz lo que no es vuestro?
—¿Tú qué crees? —replico mientras intento zafarme de él, pero ni siquiera se inmuta.
—Con todo el tiempo que ha pasado… —Chasquea la lengua y me arranca el medallón, para luego guardárselo en el bolsillo del pecho—. No cabe duda de que las Estrellas poseen un gran sentido del humor.
—¡Suéltame! —Gruño.
Si no tuviera las manos y los pies encadenados, ya me habría librado de él. No me había sentido tan indefensa desde que me aprisionaron en el Aullido.
—¿Que te suelte? —repite observándome con esos ojos azules, que rezuman picardía—. ¿Por qué iba a hacer eso, con lo que me ha costado encontrarte?
Abro la boca, pero no me sale ninguna palabra. ¿Puede ser verdad que el capitán Sombra haya estado buscándome? En cuanto me permito considerar semejante estupidez, un regusto amargo me baña la lengua. Claro que se ha dedicado a buscarme: ¡le robé el dichoso colgante!
—Ya has recuperado el medallón, ¡así que déjame ir! —grito tras recuperar por fin el aliento.
Sombra ladea la cabeza y entorna los ojos.
—Ven conmigo. —Se aparta de mí y da un paso atrás para ofrecerme una mano enguantada—. Te ayudaré a esconderte en un lugar seguro.
Centro la mirada en los iris azules del pirata y empiezo a levantar el brazo, con un leve pitido en los oídos que me tapa el caos circundante del humo rojo.
Él podría llevarme de vuelta al mar y ponerle fin a esta pesadilla antes de que arranque.
Ya me rescató una vez y ahora se dispone a hacerlo de nuevo. Solo tengo que darle la mano.
Se me entrecorta la respiración al comprender que mi familia no tendrá una oportunidad mejor para escapar. Son lo bastante astutos para fugarse con sigilo y romper las cadenas de una forma u otra. Pero ¿se darían cuenta de que no estoy con ellos? Y, si lo hicieran, ¿se quedarían aquí?
Mis dedos se acercan cada vez más a los del capitán. No me saco de la cabeza el «lugar seguro» que ha mencionado.
De repente, se oye un disparo tan atronador que me tiembla hasta el pecho.
—¡Charlie! —grita Elsie, lo que me hiela la sangre.
El nombre de mi hermano me devuelve la lucidez y me obliga a afinar los sentidos. Charlie me necesita. Y el resto de la familia también.
—Mi hermano habría querido darte las gracias —digo antes de retirar la mano.
Un destello extraño recorre los ojos del corsario enmascarado. Él intenta agarrarme cuando me giro sobre los talones, pero logro esquivar su amago y me tiro de la plataforma.