Cruzanoches Capítulo dos #3
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Capítulo dos #3

—Si no pretendiera ganarse un dinerillo fácil, ¿para qué los mantendría con vida? Ahora que el capitán ha muerto, por el momento no nos saldrá más trabajo. Tómate lo que saquemos como un finiquito.

Delante de mí, Charlie tensa los hombros. Al verlo, se me forma un nudo en la garganta que me impide respirar con normalidad. Justo en ese mismo instante, pasamos por un puesto de madera en cuyo exterior han colgado varios carteles, que me dejan con la vista nublada:

PROCLAMA N.º 63: LOS HUMANOS CONDENADOS POR PRACTICAR LA HECHICERÍA SERÁN AHORCADOS .

ÚNETE A LA LIGA DE LOS SIETE Y CONOCE EL MUNDO .

LUCHA POR TU REY Y TU PAÍS .

SE BUSCA A MALAQUÍAS SOMbrA, LA PERSONA QUE LLEVE A SUSODICHO CRIMINAL ANTE LOS AGENTES DE SU MAJESTAD, YA SEA VIVO O MUERTO, RECIBIRÁ UNA RECOMPENSA DE DOCE MIL TENORES .

Me detengo al leer ese último cartel, donde aparece el boceto de una sonriente máscara con forma de calavera, pero el cruzanoches pelirrojo me obliga a avanzar de un empujón.

Deduzco que Margaret también se ha fijado, pues suelta un gritito ahogado y me mira de soslayo con los ojos como platos.

El infame cazarrecompensas conocido como capitán Sombra es una leyenda viva para nuestro pueblo: se dice que reparte comida entre los clanes más famélicos y rescata a los niños de tripulaciones caníbales como la del Aullido.

Nadie sabe por qué se pone máscara ni lo que esconde detrás de ella.

Algunos cuentan que lo maldijo un hechicero y usa la máscara para ocultar un rostro desfigurado y horripilante, pero otros sostienen que tiene la piel cubierta de quemaduras o cicatrices.

Margaret cree que solo intenta disimular una belleza despampanante.

Muy pocas personas se han topado con él en carne y máscara.

Y yo soy una de ellas.

Hace un año, me sacó del Aullido y me devolvió al barco de mi familia poco antes del amanecer, para luego esfumarse sin que nadie se enterara de que me había salvado.

Ni siquiera me exigió la recompensa que suele conllevar semejante acto.

Simplemente… desapareció. La única prueba que tengo de su existencia es el medallón de bronce resguardado debajo de mi remendada túnica, justo encima del corazón.

«Ojalá llegue el día en que pueda darle las gracias por hacer lo que yo no pude», dijo Owen esa noche, mientras Margaret me trataba las heridas.

Sí, ojalá.

Se me encoge el corazón, y aparto la mirada del cartel para fijarme en lo que espera más adelante. Al fondo de la plaza del pueblo, una enorme plataforma de madera se alza amenazante frente a la multitud reunida.

Se me seca la boca al entender lo que es: la horca.

Albert chilla cuando nos separan en dos filas a cada lado del camino, una para los varones y otra para las mujeres. Noto que empiezo a perder la compostura, pero, si yo me derrumbo, el resto de la familia no tardará en seguirme. No pienso ser la primera que caiga en la histeria, al menos por ahora.

El ruido lejano y repetitivo de unos galopes sacude el suelo de lugar y consigue que me vibre hasta el pecho.

Una figura vestida de escarlata me empuja hacia el chico pelirrojo para apartarme de la aturullada marabunta de gente.

Mi secuestrador gruñe algo, pero no lo oigo bien.

Me quedo boquiabierta al comprender qué atemoriza tanto a los vecinos de las casas cercanas.

Cuatro caballos de color medianoche levantan una nube de polvo cuando llegan tirando de un carruaje negro, cuyas ventanas lucen un grabado del sol escarlata de Enigma.

Detrás de ellos marchan los oficiales militares del reino, con uniformes negros cubiertos de medallas y condecoraciones.

Se dirigen al puerto por la misma ruta que nos ha traído hasta aquí.

Me quedo embobada mirando a los caballos que cruzan la calle, tan grandes que proyectan sombras oscuras sobre la muchedumbre.

—Fascinante… —masculla la cruzanoches rubia con la cabeza ladeada, observándome como si yo misma fuera un animal salvaje—. Esta pirata nunca había visto un caballo.

Mentira: había uno dibujado en alguno de los libros de Elsie.

Pero no me imaginaba lo mal que huelen, ni lo pequeños e indefensos que parecen los cruzanoches a su lado.

Me resisto al impulso de contestar y espero hasta que el carruaje dobla la esquina y desaparece.

La gente inunda de nuevo la despejada calle y se agolpa en el centro de la plaza, ante la plataforma donde un verdugo de negro está atando una soga al cuello de un joven.

Me escuece la garganta al recordar el asfixiante nudo que me hicieron en el Aullido, poco antes de que el capitán Sombra cortara la cuerda. La parte más retorcida de mi ser agradece no estar en esa plataforma, pero… no creo que mi familia vaya a correr una suerte mucho mejor.

Se oye el sonido de una trompeta, y un hombre de uniforme azul sube a la horca con un pergamino entre las manos.

Un manto de silencio envuelve a la expectante multitud aglomerada.

El agente se dispone a leer la sentencia del prisionero, pero no le da tiempo: una flecha se le mete en la boca y le atraviesa la nuca.

Enseguida se desploma con la barbilla empapada de sangre.

Una nube de humo rojo invade la plaza. La gente empieza a gritar y empujar, pero yo afianzo los pies encadenados en un intento de evitar que me derriben y me aplasten.

—¡Hechiceros! —grita alguien.

—¡Bandidos! —chilla otra voz.

En medio de ese caos cegador, un brazo me rodea el estómago como un cinto de hierro y tira de mí entre la niebla. Le doy un codazo en las costillas al atacante, pero él responde pegándome una pistola a la sien, lo que aplaca por completo mis intentos de incapacitarlo.

—Buena idea, querida —susurra una voz melodiosa y amortiguada, similar a un ronroneo. Me resulta… familiar, como si la conociera de toda la vida—. Pórtate bien y no saldrás mal parada de esta.