Capítulo dos #2
—Te han tenido encerrada dos semanas, As —dice con una voz gutural que suena casi como un gruñido.
Charlie, el más alto de la familia gracias a su metro noventa de puro músculo y mal temperamento, parece una montaña en comparación con los cruzanoches que nos han capturado.
Lleva el cabello castaño rapado por los lados y recogido en un moño en la parte posterior de la cabeza, lo que deja al descubierto el tatuaje de una estrella de ocho puntas que le decora la nuca—. Albert lo ha pasado fatal.
Guiño los ojos para hacerme a la tenue luz grisácea y me asomo por detrás de Charlie para echarle un vistazo a mi hermano pequeño.
Hace unos años, Albert empezó a atarse el pelo rubio en un moño para ir a juego con Charlie, y solo se lo suelta para que nuestra madre se lo desenrede.
Ahora no para de observarlo con disimulo, en un intento de copiar la postura intimidante de nuestro hermano mayor, a pesar de que él le saca nueve años y lo triplica en tamaño.
—¿Dos semanas? —Recuerdo vagamente que me desperté una vez, pero… no tiene sentido. ¿Cómo podría haber dormido dos semanas enteras? ¿Y por qué me mantuvieron separada de mi familia?—. ¿Qué hicieron con vosotros?
Charlie no responde hasta que el chico pelirrojo ha pasado de largo.
—Nos dejaron tirados en el calabozo más limpio que he visto en la vida. Y nos dieron pan y agua —explica con la misma mueca que ocupa su rostro a casi todas horas. A continuación, se encoge de hombros y añade—: La verdad es que he estado en celdas peores.
El barco cruje al rozar un muelle. No es la primera vez que avisto tierra firme, pues solemos visitar los puertos de contrabandistas en la costa Despiadada de las Tierras Domadas, así como los puertos comerciales clandestinos, donde los piratas de todo el mar del Oeste paran a estirar las piernas y hacer trueques con bienes robados.
Aun así, nunca antes me había alejado del Crealuz.
El océano es mi hogar, mi santuario, mi protector.
Ahora, mientras bajamos por la rampa de desembarco, las olas golpean el barco de los cruzanoches como si quisieran exigirles mi libertad.
Miro atrás, dispuesta a aprenderme el nombre del barco para poder darle caza en el futuro y hacérselo pagar a la tripulación.
Estudio con los ojos entornados la proa del navío, donde unas letras doradas forman la palabra «Brindasuerte».
En el pasado, fuimos capaces de hundir buques de guerra con nombres como Cantatormentas o Comealmas.
Un regusto agrio me sube por la garganta al pensar que el Crealuz ha caído ante un velero llamado Brindasuerte.
En cualquier caso, el nombre de la nave que ha capturado a mi familia es la última de mis preocupaciones.
Me aferró a la presencia del agua todo el tiempo posible y disfruto los momentos finales de su abrazo.
Puede que nunca vuelva a saborear este aire salado, ni a notar el tacto de la niebla en la piel o las sacudidas mecedoras y reconfortantes de las olas.
En cuanto hundo la bota en la pantanosa orilla, el cuerpo entero me suplica que vuelva al mar.
Me veo obligada a dar un tembloroso paso tras otro, hasta que los imponentes pinos negros de la costa salen a un enorme claro y el rugido de las olas se reduce a un mísero murmullo.
«Regresaré —me prometo a mí misma, luchando contra el nudo de la garganta—. No se apoderarán de mí».
Avanzo a trompicones mientras tuerzo el cuello para observar los árboles, más altos que los mástiles del Crealuz.
El suelo de tierra está sólido y lleno de barro húmedo y arenoso, nada parecido a la chirriante madera de un barco.
La empapada hierba verde brota sin ton ni son por todas partes y, vista así de cerca, parece emanar viveza.
Cuanto más nos adentramos en el continente, más opresivo y pegajoso se torna el aire, cuyo olor roza la dulzura.
Este cambio de ambiente me hace sentir que he entrado en un mundo nuevo y peculiar, compuesto de sonidos extraños, texturas desconocidas y colores vividos que compiten por mi atención, tan llamativos como abrumadores.
Cuando empiezan a llevarnos por las embarradas calles, pienso en Owen para tratar de reponerme.
Siempre me contaba historias sobre los cruzanoches y los humanos que les gustaba tomar como mascotas.
«Son como nosotros —decía de esas pobres personas— pero los hechizan de alguna manera».
Yo solía acurrucarme entre Lewis y Margaret mientras Owen y Charlie narraban leyendas sobre épocas anteriores a la aparición de los cruzanoches, cuando los humanos todavía gobernaban el Mundo Conocido.
«Su codicia derivó en una maldición que los obligó a exiliarse al mar —me explicó Owen un día—.
La humanidad intentó hacerse con un poder que se escapaba a su control, y todavía seguimos pagando por los errores cometidos en aquel entonces».
A excepción de los guardias con capa negra que nos escoltan por el barro, no sé cómo distinguir a los humanos locales de los cruzanoches.
Ni siquiera los mendigos más desamparados, ataviados con chaquetones apolillados y gorros de espiguilla, tienen nada que envidiarle a la tela burda de nuestros pantalones y túnicas.
Dado que no hay manera de diferenciar entre aliados y enemigos, tomo la decisión de no confiar en nadie hasta saber con seguridad que no se trata de un cruzanoches, por muy humano que se me antoje.
Y, aun así, no creo que pueda confiar plenamente en ningún humano de aquí.
«No todos huyeron al mar —dijo mi padre una vez—.
Y algunos de los que sí se marcharon acabaron volviendo».
Nos contó que en tierra firme se trataba a los humanos como ganado, como meros trozos de carne que acababan entre los afilados dientes de los cruzanoches para saciar su sed de sangre humana.
No obstante, yo estaba segura de que algunos humanos convivían con ellos.
Al fin y al cabo, solíamos asaltar a los clanes piratas que frecuentaban las aldeas humanas segregadas de la costa Despiadada de Enigma, el reino occidental de las Tierras Domadas.
Y, cuando nuestros almacenes empezaban a vaciarse, Charlie mencionaba el botín que aguardaba en las naves mercantiles de los cruzanoches, esos barcos de construcción humana que cargaban provisiones recogidas o fabricadas por más humanos.
Sin embargo, aunque la mayoría de los piratas que merodeaban por las fronteras del Aciago atacaban a los cruzanoches de frente, nuestra madre siempre dejaba claro que nunca debíamos acercarnos a ellos.
Así es como salíamos adelante: saqueábamos los restos de aquellos que sí se atrevían a hacerlo.
Siempre nos hemos beneficiado de los humanos que viven y trabajan en tierra firme, pero nunca me había hecho una idea de lo numerosos que son.
Hasta ahora.
Grupos de hombres y mujeres se agolpan a las puertas de sus cabañas de paja, desde donde observan la desaliñada procesión que llevamos hacia a la plaza del pueblo.
A los lados del camino, los mercaderes intentan ofrecer sus productos a los cruzanoches que pasan; reparo de inmediato en los adornos de sus capas, en su evidente gusto por las joyas, en que se comportan como si se creyeran los dueños de toda la calle.
Los siguen de cerca varios criados igualmente humanos, ataviados con uniformes austeros de color blanco y negro.
Puede que estas personas no estén hechizadas, pero tampoco se puede decir que tengan libertad.
Cruzamos por delante de un puesto que vende principalmente iconos y reliquias de épocas pasadas sin nada de interesante, aunque uno de los artículos sí que me llama la atención: se trata de una espada, en cuya hoja está inscrita la frase «El Rey Verdadero lo ve todo».
Miro de reojo a los cruzanoches que nos acompañan, pero ninguno de ellos se fija en el mercader ni la espada, y eso hace que se me acelere el corazón.
Daba por sentado que requisarían y quemarían cualquier elemento relacionado con el Rey Verdadero.
Según las leyendas de mi pueblo, fue él quien creó a los cruzanoches, hasta que advirtió su crueldad y les dio la espalda tachándolos de abominaciones.
No obstante, cuando me vuelvo otra vez, veo que uno de ellos blande la espada con diversión ante el resto de sus compañeros. Ya no sé qué pensar.
Mi pueblo se ha aferrado durante siglos a la esperanza de que el Rey Verdadero haga pagar a los cruzanoches desde sus dominios celestiales, para que nosotros podamos reconquistar las antiguas tierras de la humanidad.
Sin embargo, parece que los propios cruzanoches lo tienen en bastante estima, puesto que llevan abalorios religiosos con la misma frase grabada.
«El Rey Verdadero lo ve todo». A bordo del Crealuz, esa frase nos recordaba que siempre debíamos hacer el bien, aunque nadie más estuviera presente. Pero lo único que me pregunto ahora es… si el Rey Verdadero es consciente de nuestro sufrimiento, ¿por qué no interviene?
—Hazme caso, si se entera de que nos hemos agenciado la recompensa por los piratas que ha capturado él mismo, nos destripará en plena calle —le susurra el chico pelirrojo a la cruzanoches de pelo dorado.
Afino el oído para escucharlos mejor—. ¿No recuerdas cómo dejó al capitán Dañe?
Le rompió todos los huesos. —El muchacho se estremece—.
¡Y pensar que solo tiene dieciocho años…
! La afinidad de los forjahuesos es espeluznante. No me fío de nadie que la posea.
—Tenía derecho a reaccionar así después de lo que hizo el capitán —apunta la chica—. Dañe se merecía un castigo ejemplar.
—¿Y cómo crees que nos tratará a nosotros? —le espeta el joven, mirándola por encima de mi cabeza.
—Como de costumbre, siempre y cuando le demos una parte de los beneficios —responde ella quitándole importancia con un gesto de la mano.
—¿Acaso le interesa el reparto de las ganancias?