Cruzanoches Capítulo dos
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Capítulo dos

Capítulo Dos

M e arrodillo al lado de Owen, que yace en un charco de su propia sangre.

Le doy la vuelta con gran esfuerzo y les ruego a las Estrellas que los bondadosos ojos de mi hermano me devuelvan la mirada, pero ya no transmiten nada en absoluto.

De repente, unas sombras emergen de las cavernosas cuencas, y sus labios esbozan una sonrisa retorcida e inhumana que le roba toda la familiaridad a sus rasgos.

El chico se abalanza sobre mí y comienza a estrangularme.

Me despierto de un respingo, con la destrozada túnica empapada de sudor.

En un primer momento, doy por sentado que mi madre ha venido a rescatarme de los terrores nocturnos.

Sin embargo, lo único que detectan mis adormilados ojos son los rayos suaves y ondulantes de la luna.

El océano me mece ligeramente, a un ritmo tan reconfortante y familiar como el de mi propio pulso.

Sigo en altamar, pero no voy a bordo del Crealuz.

Estoy enterrada debajo de unas pesadas pieles de color escarlata que me resguardan del frío y, cuando intento aferrar el medallón del cuello, descubro que me han atado las muñecas con unas cuerdas muy ásperas.

El aturdimiento no impide que divise de nuevo al joven con la capa de cruzanoches, que me contempla desde un lado de la cama.

Una mata enredada de rizos negros enmarca su prominente mandíbula, y la luz plateada de la noche baña sus pálidas manos cuando me toca el hombro con delicadeza.

Una ráfaga de tranquilidad se propaga por mi cuerpo y me insta a dormir.

Se me cierran los ojos y vuelvo a ver a Owen, envuelto en un manto de niebla.

Esta vez se encuentra delante de mí, flanqueado por un ejército de sombras amenazadoras con dientes puntiagudos, y su mirada se ha convertido en dos pozos de tinieblas.

La oscuridad se derrama por sus mejillas como lágrimas de tinta.

«¡Tendrías que haberme matado!», grita con una voz irreconocible, sin que la sonrisa inhumana de antes se borre de su rostro.

«Perdóname», intento contestar, pero mis labios se cierran fuertemente y frenan con violencia la salida de los sollozos.

Las sombras se precipitan sobre él con los colmillos al aire y un destello rojo en los ojos, como si mi desesperación las hubiera empujado a atacar.

Primero le desgarran un brazo y luego una pierna, mientras la sangre lo salpica todo.

Los gritos que profiere él suenan de todo menos humanos, por lo que intento convencerme de que la figura medio desangrada del suelo no es Owen.

No obstante, después empieza a pedir piedad con su voz de siempre, la de mi hermano y mejor amigo, la del chico que solía reírse en la cara del enemigo.

Quiero ayudarlo, pero no soy capaz de moverme. Ni siquiera puedo apartar la vista.

Cuando los espeluznantes crujidos de los huesos acallan por completo sus aullidos y el tenebroso ejército lo consume del todo, las sombras se giran hacia mí. Justo cuando los colmillos me atraviesan el hombro izquierdo, abro los párpados de golpe.

Me han quitado las pieles de encima, y mi túnica se ha secado.

Estoy sentada contra un barril en la cubierta principal, amarrada con unas cadenas metálicas que me ciñen el pecho.

Pestañeo varias veces para espabilarme y entorno los ojos hasta que me acostumbro al fulgor del atardecer.

Las siluetas de los demás prisioneros se recortan en el cielo grisáceo, erguidos a pesar de las ataduras, y los cruzanoches ataviados con capas negras los tienen rodeados.

Se me acelera el pulso mientras cuento a los rehenes, cuyas expresiones agotadas y perplejas se asemejan a la mía.

Veo a mi madre, mi padre, Margaret, Lewis y…

El nudo del pecho se me deshace en cuanto localizo por fin a Elsie, con esas trencitas rubias medio sueltas y pegadas a las mejillas.

Tiene el rostro bañado de lágrimas, pero mantiene la cabeza bien alta.

A su lado se encuentra Albert, apoyado en el hombro de nuestra hermana menor y con la pierna derecha retorcida en un ángulo feo.

El dolor me trepa por la garganta. La ausencia de Owen es tan patente que me carga los hombros y amenaza con aplastarme. Debería estar aquí, tan vivo como nosotros.

Se me encoge el estómago al advertir que todos mis hermanos llevan sus pulseras de cuero trenzado, ese distintivo que nos identifica como familia.

Por el contrario, lo único que decora mis muñecas ahora son unos grilletes, tan apretados que me cortan la circulación.

Tanto la pulsera de Owen como la mía han desaparecido.

Intento menear los dedos inmovilizados mientras fulmino con la mirada a los cruzanoches presentes. ¿Cuál de esos monstruos me ha quitado la pulsera? ¿A quién tendré que hacérselo pagar con su vida?

La que se encuentra más cerca de Elsie se baja la capucha, y una melena dorada le cae sobre los hombros.

La niña grita algo que no logro oír por encima del aullante viento, pero le saca una carcajada al cruzanoches que espera a la derecha de Margaret.

Se ríe tanto que echa la cabeza hacia atrás y se le cae la capucha, lo que revela una mata de pelo rojo. No son monstruos, sino… gente normal.

Me propongo encontrar cualquier rasgo físico que distinga a los cruzanoches de los humanos como nosotros, pero las únicas diferencias son su evidente riqueza y su condición de dueños de este navío.

Incluso la finura de sus capas resulta inconfundible, por muy sutil que sea.

Solo reconozco a los miembros humanos de la tripulación porque sus ropas no llevan bordados de oro ni plata.

Aunque, ahora que me fijo mejor, dichos humanos van mucho más sucios que los cruzanoches, como si les hubieran prohibido asearse para resaltar más aún la diferencia de estatus.

El pánico vuelve a correr por mis venas. ¿Cómo voy a saber quién es el enemigo si todos tienen mi mismo aspecto?

No me da tiempo a formar ningún pensamiento coherente más, pues alguien me levanta de sopetón. Los grilletes de los tobillos hacen que me tropiece, pero una segunda mano me agarra a tiempo y comienza a tirar de mí.

—¡Démonos prisa! —grita la cruzanoches de cabello dorado—. La audiencia empezará justo después de la ejecución. Con suerte, llegaremos a tiempo de ver cómo ahorcan a ese traidor y nos ganaremos un buen dinero a cambio de esta gentuza.

Mi mirada se cruza con la de mi madre, que me lanza una advertencia con esos ojos de color zafiro; la expresión que se dibuja en su curtido rostro me indica que no debo resistirme.

Recuerdo lo que nos dice siempre: «Algunas veces toca luchar y otras toca sobrevivir».

Y sé que el momento de luchar pasó hace mucho.

A pesar de lo orgullosa que es nuestra familia, ahora mismo nos encontramos desarmados y rodeados de cruzanoches, para los que no somos rival.

Puede que no contemos con riquezas ni vengamos de alta alcurnia, pero lo compensamos con un buen sentido común.

Lo más importante en este momento es que el clan Oberon perdure.

Bajo la cabeza mientras me arrastran por la cubierta ensangrentada en la que yacía el cuerpo sin vida de Owen. Los gritos de la pesadilla siguen resonando en mi mente: «¡Tendrías que haberme matado!». ¿Es posible que sobreviviera a un espadazo en el corazón?

No, lo vi caer. Estaba muerto. Además, ya no importa, porque habrán tirado su cuerpo y todos los demás cadáveres por encima de la borda.

Al contemplar con rabia el punto del suelo donde respiró por última vez, diviso un trozo de papel blanco que ha quedado encajado entre los tablones de madera, con un dibujito blanco en la esquina que parece una mancha de hollín.

Ahí, entre los listones de la cubierta, se encuentra el naipe de la suerte de Owen, la jota de tréboles.

Supongo que se le salió de la manga durante la batalla.

Hago un amago de recogerla, pero alguien se me adelanta: un cuervo con las alas de color medianoche aparece de la nada y agarra la carta de Owen con el pico. El ave ladea la cabeza y me mira a la cara con esos ojos negros, pero luego se marcha volando sin soltar el naipe.

No me da tiempo a sentir conmoción, pena ni curiosidad por el dichoso pájaro porque me meten de un empujón en la fila de prisioneros, entre Charlie y nuestro padre.

Miro por el rabillo del ojo a mi padre, que inclina el cuello levemente para saludarme como el marinero sereno que es.

Al contrario que Owen, él suele raparse el cabello trigueño casi por completo, aunque la desarreglada barba le ha crecido un poco desde la última vez que nos vimos.

Tiene los ojos inyectados en sangre, pero siguen igual de cálidos y amables que siempre, lo que me reconforta un poco.

—La muerte es la única derrota —me susurra, tan bajito que casi lo achaco a mi imaginación.

Los cruzanoches no lo ven mover los labios, un truco que ha intentado enseñarme montones de veces, pero nunca he llegado a perfeccionarlo.

—Y nada derrota a un Oberon —termino yo con un hilo de voz.

Los grilletes, que se me clavan en la piel hasta hacerme sangre, parecen opinar lo contrario.

Aun así, no me queda más alternativa que confiar en él, más por el bien de mi familia que por el mío.

Debo hacerlo por la curiosa Elsie y el amable Albert, por la inteligente Margaret y el considerado Charlie, por el excéntrico Lewis y su don para las travesuras peligrosas, por esos padres que nos han dado todo lo posible y nos quieren más de los que nos merecemos.

Y por Owen, que sí cayó derrotado.

Pero nosotros no permitiremos que vuelva a ocurrir.

—¿Dónde te habían metido? —murmura Charlie mirándome de soslayo—. ¿Estás herida?

—No —contesto con rapidez, sin hacer caso del dolor insoportable que me tortura las muñecas—. Y, no sé… Me llevaron a un camarote, creo.